DIARIO DE UNA DISTOPÍA REAL. 2


LA DESERCIÓN DEL CORONAVIRUS

Lo confieso, yo soy de esos desertores de Madrid que se lanzaron de forma insolidaria a infectar las saludables provincias de la España vacía con nuestras miasmas, egoísmo y contagiosos virus. No solo me fui yo, sino que agarré a mis dos hijos pequeños y casi obligué a mi mujer, porque ella no veía la necesidad de abandonar nuestro confortable y céntrico apartamento malasañero para perderse en el páramo castellano manchego. Nos fugamos a los predios de mi familia política y luego pudimos leer en todos los medios que éramos funestos heraldos de la peste. Da igual que nos fuéramos para recluirnos. En masa y a bulto, todos los que abandonamos Madrid mientras se podía éramos despojos humanos. Sé que hemos pecado pero véanle ustedes el lado positivo a la estampida, la España vacía ya no lo está tanto.

También es cierto que nos fuimos bastante antes de que el presidente anunciase que iba a anunciar un pronto anuncio de medias drásticas. O sea, nosotros ya teníamos mucha dehesa de por medio cuando empezaron las redes a reclamar progromos para los madrileños en la costa y en la sierra, que solo son bienvenidos cuando llegan sanos y alegres de cartera para que los locales les vendan chuches, gofres y gafas de bucear y así puedan vivir seis meses con lo facturado en verano y semana santa. Pero si van a venir enfermos a sus apartamentos y chalets por los que pagan IBI al ayuntamiento y transmisiones patrimoniales onerosas a la Comunidad Autónoma que los ponen en la picota, entonces que se queden en su Madrid de mierda, al que sin embargo mandan si pueden sus hijos a estudiar y que, por cierto, fueron los primeros en volver, tan contagiados como los demás. Es normal, quieren sus hospitales, financiados en gran parte con las transferencias de los impuestos cobrados en Madrid, para ellos solos. Los madrileños mejor se mueren en sus hospitales saturados. Esta es la grandeza de España, señora.

Tal era la furia contra los insolidarios de Madrid, que mi mujer y yo, que no somos de Madrid ninguno de los dos, tuvimos tal sentimiento de culpa madrileña retroactiva que pensamos inmediatamente en regresar a la zona cero de la infección y ofrendar nuestros hijos en la hecatombe vírica para hacernos perdonar que, movidos por un irresponsable egoísmo, buscásemos lo mejor para ellos y prefiriésemos aislarlos en una casa de campo a muchos kilómetros de cualquier zona urbana, para que pudieran jugar al aire libre en un jardín más grande que nuestro coqueto saloncito de pisito de modernos de Malasaña donde a la semana se nos habrían comido como feroces alimañas de 2 y 4 años. Afortunadamente, se nos pasó rápido tal impulso, en cuanto los vimos montar en bicicleta y perseguirse el uno al otro en lugar de perseguirnos a nosotros. Bueno, el impulso lo tuve yo, porque mi mujer ya había olvidado que un día se resistió a abandonar su pisito de moderna malasañera y ahora era ella la que aseguraba haber tenido la gran idea de poner pies en polvorosa en cuanto salió un ministro a decir que no veían motivos para imponer restricciones a la movilidad de los españoles, que estaba todo controlado y que contaban con la mejor sanidad del mundo, etc, etc.

Y aquí estamos, a tomar por saco de todo y de todos, recibiendo las únicas visitas de mi suegra, la pobre, obligada por su hija a hacernos la compra y vestir guantes y mascarilla para acercarse a cuatro metros mínimo (por su propia seguridad, medida en la que no puedo negar estar absolutamente de acuerdo pues las suegras son sujetos frágiles y la distancia es hoy necesaria). Recibimos noticias de los confinados en la ciudad y casi sentimos envidia de no poder aplaudir en los balcones. Aplaudimos bajito dentro del baño, eso sí, para no llamar la atención de los guardas forestales. Nosotros más que confinados, estamos en la clandestinidad. No queremos contagiar ni que nos contagien, jamás se nos hubiera ocurrido ir a la playa, ni pasear por los bosques y además ahora aunque quisiéramos ser irresponsables no podríamos porque no tenemos salvoconducto que enseñar a los agentes que vigilan poblados y carreteras para pillar infractores del toque de queda general. ¿Qué sanciones esperan a los madrileños fugados? Nadie lo sabe, pero a la vista de las opiniones publicadas, lo mínimo sería cosernos una estrella (o cinco) en la pechera.

¿Cómo matamos el tiempo en nuestra remota dehesa? Pues como todos los matrimonios con hijos: discutiendo y viendo el parte oficial de guerra. Y que lo de guerra no lo digo yo, oigan, que es el mismo presidente quien se pone épico con la chuleta que le pasa Iván Redondo y nos habla del enemigo que ya no está a las puertas, que ha pasado, y al oírle dan como heroicas ganas de lavarse las manos o de agarrar la bayoneta. Así que nos ¿informamos? viendo una vieja televisión con nieve electromagnética de la época de Arias Navarro. Contemplamos esperanzados como nuestro presidente tranquiliza a la nación prometiendo minolles y minolles, como quien promete la lluvia o un elixir crece pelo viajando en un carromato del oeste. Y yo, que soy autónomo y no facturo nada desde que los infectados eran 5000, lo único que pienso es que el día 20 del mes que viene tengo que hacer el ingreso del IVA, que son euros contantes y sonantes que no tendría que pedir en préstamo al ICO ni al ICA y cuya condonación o al menos mora me facilitarían de verdad pagar las bolsas del super que traen las manos enfundadas en látex de mi suegra, pero de eso, oye, no dice nada. La retórica se queda a las puertas mientras el enemigo sí se pasea por la ciudad (de Madrid).

Será que saben que somos de los desertores de la zona cero y nos quieren castigar dejándonos fuera de ese Estado que hará lo que sea necesario para que nadie se quede atrás. Pues oiga, nosotros ya estamos muy, muy atrás, en el vacío de la España despoblada, y encima con miedo a asomar la cabeza por el pueblo. Igual al ver que venimos de la capital nos hacen una noche de cristales rotos en un momento.

Seguiremos informando.

Categorías: Uncategorized | 7 comentarios

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7 pensamientos en “DIARIO DE UNA DISTOPÍA REAL. 2

  1. Nico

    La gente que se marchó lo hizo por desconocimiento y desinformación por parte de las autoridades competentes sobre el problema hoy nos acontece. Nadie ha explicado nada. El trabajo de supervisión y coordinación que se supone que debe ejercer un Ministerio (Asuntos Exteriores, Sanidad o el nombre que sea según el gobierno de turno), donde se supone que deben estar las personas y equipos más preparados de un país para velar por el bien común del propio país, no ha estado a la altura de las circunstancias. Cualquiera que pudiera haber aprovechado unos días fuera de Madríd, lo habría hecho.

    Mejor estar allí que aquí Miquel, todavía hoy no se han tomado medidas para hacer un test a toda la población vulnerable para averiguar si están contagiados y ayudarles a tiempo. Es más fácil curar o asistir a una persona que esta en los primeros estadios de la enfermedad que tratar a una persona que ya precisa respiración asistida. También es más económico hacer un test urgente a 30 millones de personas que dar ayudas de 200.000 millones de euros y sumirnos en una crisis de los años que dure. Parece que estemos entre una campaña electoral donde nadie tiene responsabilidad de lo que está ocurriendo y una quiniela a ver quien acierta sobre las cifras de la pandemia.

    Sin duda queda mantener una actitud positiva! y sobre todo ilusión por hacer buenos documentales como los tuyos!

    Saludos!!

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  2. Chema

    Ánimo Miquel , cuida a tu familia y cuídate tu . Esto pasará y todo volverá a rodar . La naturaleza ya nos lo está agradeciendo . Mira Venecia como está. Un abrazo.

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  3. francisco dominguez carrasco

    Normalmente estoy muy de acuerdo en todo, pero esta vez no te puedo dar la razón.
    Soy de Cádiz, y mientras se comunicaba que no salieran de casa, un día de trabajo en un centro comercial, solo atendí a madrileños para comprar bañadores y ropa deportiva, para irse a la playa.
    Yo trabajando porque no tenía más remedio, no comprendía la situación tan cómica, mientras todos o casi todos deseábamos irnos a casa, ellos se lo tomaban a risa e incluso alguno me comento que no era para tanto, en fin cada uno sabrá lo que hizo y como lo hizo.
    Un saludo desde Cádiz donde vendemos chuches, gofres y gafas de bucear y así podemos vivir seis meses con lo facturado en verano y semana santa.

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    • Pues habrá que juzgar individualmente a cada uno por cómo lo hiciera y gestionara. Imputar responsabilidades colectivas a todos es una táctica totalitaria, que es precisamente de lo que habla mi post. A mí que me juzguen por lo que hice yo con mi familia, que nos fuimos antes del decreto a una casa de mi suegra, para cuidarla y de aquí no hemos salido. Y al que se haya ido a la playa, que se le censure, juzgue y multe.

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    • Alfonsov Sandoval

      Y por no hablar de Gandia, La Manga del Mar Menor (con botellón incluido, de jóvenes y mayores) ha sido un despitote que ahora estamos pagando todos, los de la capital del reino y los de provincias (que tanto les gusta decir).
      Estoy totalmente de acuerdo con tu comentario.
      Salud, hacen falta camiones e 34 toneladas repletos.

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