Marruecos en la BMW R1250GS 5ª


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Los campamentos de jaimas de Erg Chebbi son básicos pero confortables. Las tiendas, dispuestas en círculo, son amplias, sólidas e impermeables. Tienen una bombilla que proporciona una débil luz, un par de jergones duros como tablas y sobre ellos varias mantas de lana, gruesas y pesadas. No hay más calefacción que la hoguera central, así que por la noche no queda otra que arrebujarse bajo el inmenso peso de los muchas frazadas con las que hay que arroparse. Sin embargo, debido al cansancio del viaje en moto y a la paz de este escenario de película de aventuras arábigas, el sueño es profundo y reparador. 

La cena fue abundante, casi pantagruélica. Ensalada marroquí, pollo con arroz, tajin de cordero y pan, mucho pan, redondo, sin apenas miga, algo duro pero delicioso. El campamento no sirve alcohol pero yo siempre viajo a Marruecos con mi propia provisión de vino español para evitar esos terribles momentos en los que estás en un lugar maravilloso y te falta algo con lo que brindar por la enorme fortuna de vivir. Así que pude entregarme a la comida y a las libaciones del dulce y rojo néctar de la cálida alegría mediterránea.  Después trabajadores y los pocos huéspedes nos reunimos en torno a una fogata de madera de eucalipto. Los árabes eran cuatro y nosotros también cuatro. Los tres miembros de la expedición y una extraña norteamericana que viajaba sola y que lucía una atroz cicatriz en la frente de su joven rostro. Supe luego que esa marca era debida a un accidente de circulación en la adolescencia que la dejó en coma varias semanas. Al despertar no recordaba quién era ni tampoco cómo hablar ni escribir. Tuvo que aprenderlo todo de nuevo y supongo que desde entonces no veía la vida del mismo modo y por eso estaba sola en temporada baja en un campamento de jaimas en las dunas del Sahara. 

Los guardianes sacaron tambores y té y empezaron a tocar y a cantar mientras la lumbre nos calentaba y las pavesas ascendían revoloteando hacia el negro cielo como luciérnagas enloquecidas. La gran duna, de más de 100 metros de alto, se erguía a nuestro costado pero en la oscuridad apenas se percibía su sombra como la de un cíclope acostado al que conviene no despertar. El fuego debía ser alimentado continuamente con pajas y ramas porque los duros troncos de eucalipto no se querían consumir y mantenían una débil y delgada llama que parecía brotar de su interior. Cuando el guardián arrojaba una brazada de combustible, este provocaba una llamarada fugaz que nos iluminaba como la magnesia del fotógrafo antiguo. Hipnotizado por el danzar de las llamas, con las estrellas de África sobre mí, y una cantimplora llena de vino tinto de Valladolid, podéis creerme si os aseguro que viví un momento mágico de plenitud. Para esto había venido y por esto me había hecho 1500 kilómetros en moto en solo 48 horas. 

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Categorías: Uncategorized | 1 comentario

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Un pensamiento en “Marruecos en la BMW R1250GS 5ª

  1. describirlo así, es como vivirlo en directo. Gracias

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