Marruecos en la BMW R1250GS 4ª


 

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La primera cena marroquí fue tajín, lo cual es decir bien poco porque el tajín en realidad no es una receta sino el recipiente donde se hacen muy diferentes platos. Es un cono invertido, hecho de barro cocido, que se cierra sobre una base redonda hecha del mismo material. La base es algo cóncava, como un plato sopero, y en ella se colocan los ingredientes, algo de carne y mucha verdura, especias, aceite y sal, se cierra el cono y se pone al fuego. Al cabo de un rato el tajín está hecho y satisface de sobra al viajero cansado y hambriento. Así que ahíto y agotado me duché y dormí como un tronco dentro de mi habitación de adobe, cubierto por gruesas mantas de lana mientras fuera asediaba el gélido viento que bajaba de las montañas.

 

Desperté antes de que amaneciera pero no sentí cansancio alguno, solo la agradable excitación del camino. Me vestí con mi gastada ropa de motorista y bajé a desayunar. Era el único huésped despierto y me topé con la primera anomalía temporal del viaje. Según mi teléfono móvil, eran las 7 pero según mi reloj, que había atrasado una hora al entrar en Marruecos, sabedor de que nuestro vecino oficialmente roba 60 minutos al horario peninsular, eran las 6. Pregunté a los empleados y unos me dijeron que eran las 6 y otros las 7. Miré el GPS de mi moto, y según él también eran las 6, pero el Iphone, que se actualiza automáticamente, eran las 7. El misterio de la hora dubitativa me acompañaría hasta casi el final de mi viaje. 

Pero como el bufé estaba abierto, entré a comer algo. La chimenea estaba encendida y cuidaba de ella un sirviente vestido con pesada chilaba de lana. Las viandas eran las típicas de hotel marroquí: mermeladas a granel, miel, huevos cocidos,  tortitas, pan y naranjas. Té a la menta, leche y café soluble. Me decanté por el té, que se convierte en compañero inseparable de mis viajes por Marruecos. Un par de huevos duros, una naranja y me despedí para comenzar el viaje de verdad. 

Cuando me puse en marcha estaba amaneciendo. El sol recién nacido me golpeaba de frente y apenas veía lo que tenía delante. Recé para que los conductores que fueran en sentido contrario me vieran bien a mí. El termómetro de la moto marcaba 0 grados, pero eso era porque estábamos en el llano. Cuando subiéramos al Atlas la temperatura bajaría más. Y así fue. Después de un ascenso revirado llegué a un pueblo sobre un altiplano y allí estábamos a menos siete grados, suficiente frío como para convertir el viajecito matutino en un suplicio. Recé de nuevo para que el sol subiera más rápido y calentase algo la faz de esta tierra áspera y desolada.  Me estaba volviendo muy religioso en Marruecos. 

 

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Imposible no acordarse de Dios cuando uno contempla tanta magnificencia natural y tantas mezquitas de altos minaretes. La religión siempre está presente en un país musulmán. Los moecines llaman a oración al amanecer, la gente se postra en dirección a la Meca allá donde le pille el momento del rezo, grupos de creyentes se reúnen para orar en común, congregados en plazas, patios o calles. En algunas laderas está escrita la frase en Árabe: Alá es grande. Y las expresiones Inshalá y Hamdulilá se repiten continuamente. Si Dios quiere y gracias a Dios. Entre esas dos invocaciones se concentra toda la vida, porque todo lo que vivimos no es más que algo que deseamos que pase, Inshalá, Ojalá, si Dios quiere, y todo lo que sucede en el presente o ha sucedido en el pretérito ha sido Hamdulilá, gracias a Dios o por la voluntad de Dios. Incluso las cosas malas son gracias a Dios puesto que no existe el mal absoluto, salvo la impiedad. De ese modo, si en el Islam es lícito odiar y desear el mal a los enemigos, lo que para unos es malo, para sus enemigos será bueno.  Y así el universo está en equilibrio. 

 

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Como puede apreciar el lector, el efecto combinado del té a la menta, el exceso de azúcar, de aire frío y de montañosa belleza provoca extrañas y profundas reflexiones sobre la naturaleza de Dios y las religiones. Afortunadamente, el sol acaba ascendiendo y la carretera descendiendo y así la temperatura sube y con el calor se disipan estos graves pensamientos pues el corazón se emborracha del azul intenso del cielo, el ocre de las derruidas casbas de adobe y el verde de las palmeras que en cerrada masa arbórea han aparecido delante de mí. Estoy en el concurrido mirador al oasis del valle del Ziz. Un frondoso palmeral datilero se extiende sin final salpicado aquí y allá de casas de adobe, minaretes y casbas. Cruzarlo significa estar en las cercanías de Errachidia, la ciudad puerta del desierto. 

Tras Errachidia, aparece Erfoud. Es el momento de buscar la desviación que va hacia Zagora. El paisaje es ya pedregosa hamada y áspero páramo de polvo y arena. A los pocos kilómetros se divisa una especie de cráter de ancha base y cono truncado. Se eleva varias decenas de metros sobre el horizonte. Busco cualquier pista que salga de la carretera y me dirijo hacia él. Todas las sendas al final acaban llegando al único gran punto de referencia en la inmensidad. Aprecio una gran hendidura en un lateral del cráter, como una entrada. Hacia ella voy sintiéndome James Bond, y es que este raro accidente geográfico fue escenario de una de las películas de la saga, Spectra, protagonizada por el último 007, Daniel Craig, quien encontró aquí la base secreta de los supermalvados, que por supuesto destruyó con gran exceso de pirotecnia y efectos especiales. 

 

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Cuando llego yo solo encuentro un par de acacias en su interior. Casi gemelas, pero separadas, dándose la espalda durante años, como dos hermanos univitelinos obligados a nacer juntos, a convivir, pero odiándose en silencio y sin posibilidad de perdón. Estoy en la Gara Meduar, también conocida como cárcel portuguesa, aunque nunca fue una cárcel. Tal vez el nombre proceda de que aquí almacenaban a los esclavos negros que traían del sur antes de exportarlos a América y Europa. No era una cárcel pero de aquí no podían ir a ningún sitio pues el inmenso desierto que nos rodea se encargaría de castigar su fuga. 

Me despido de las acacias enfadadas y me dirijo a Risani, con una bella y alta puerta de arco. Al cruzarla el viajero se siente un poco Lawrence de Arabia. Es como si traspasara el umbral del misterio del Sahara. Aún quedan unos pocos kilómetros hasta mi destino para pasar la noche, pero a lo lejos ya se distingue el blando perfil de las dunas de arenas, es el erg Chebbi, el mar de dunas saharianas más cercanas a Europa. Justo a tiempo para filmar el ocaso de oro. Esta noche dormiré en el campamento de jaimas que el grupo Xaluca tiene entre los montículos de silicio molido.  Y mañana será otro día, y otro cuento de estas mil y una noches.

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2 pensamientos en “Marruecos en la BMW R1250GS 4ª

  1. Ignacio Bonilla Sánchez

    Relato ameno y lleno de imágenes conocidas ya por todos los que seguimos tus viajes pero que, al enfrascarnos en su lectura, parece que esas imágenes se hacen más reales y emotivas. Gracias por escribir las vivencias, los paisajes y las gentes. Un abrazo.

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  2. Paco

    Me encantan tus relatos sobre MArruecos, me hacen revivir mis numerosos viajes en los que he pasado por todos los sitios que describes y me traen muy buenos recuerdos. Gracias por compartirlos Miguel. Un abrazo

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