El tipo que no levantó el brazo


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Considero mi derecho el opinar sobre la situación que vive el país en que vivo. Pero llegados al punto de fractura social y crisis constitucional ya no es solo un derecho, es un deber cívico. El punto de enfrentamiento en que nos hayamos exige tomar partido a aquellos que tienen un mínimo de presencia social. Si uno se presenta ante un público diverso y pretende que lean sus libros y artículos, vean sus documentales o películas o se emocionen cuando juega al fútbol o al tenis, creo que se debe respetar a esa gente y ser sincero con aquello que se cree; es una muestra de respeto para quien piensa como tú pero sobre todo para quien discrepa y pueda saber qué opinas distinto. ¿Que tiene un coste? Por supuesto. Pero quien no quiere pagarlo no respeta a su audiencia y no merece tenerla. Por eso me parece coherente Isabel Coixet, directora de cine, e incoherente el jugador Piqué, que amaga y luego se esconde sin reconocer lo que piensa y actuar en consecuencia.

Yo intento ser coherente. Nunca antes había tomado partido tan nítidamente por alguna causa porque soy escéptico con todas las causas. Yo sé que los problemas en el mundo son muy complejos y que ni conozco todas las variables posibles ni puedo comprender cabalmente todos los antecedentes y consecuencias. Por eso como escritor lo único que hago es describir lo que veo. Si cuando recorro África observo que los cooperantes de la ONU van en 4×4 de cientos de miles de euros, lo digo, y si las monjas de un hospital a pocos kilómetros apenas tienen para medicamentos, lo digo también. Que el lector extraiga sus conclusiones. Pero no pontifico sobre las soluciones porque no las conozco y si pretendiera tenerlas, sería un irresponsable. Uno puede ser solo cronista del caos, no fontanero del universo.

Sin embargo, hay algunas pocas ocasiones en la Historia en las que a uno se le pone frente a una realidad inconcebiblemente injusta y se da cuenta de ello. Entonces se debe tomar partido. Ocasiones en las que decae la complejidad de los vectores, los antecedentes y las consecuencias porque lo que está en juego es la libertad, el respeto y la autonomía personal, y encima en circunstancias de desarrollo intelectual y económico en los que no tiene ningún sentido que lo estén. Como no tiene ningún sentido que en una de las regiones más prósperas, bellas y climáticamente privilegiadas de Europa se margine a las personas por su pensamiento y su lengua. Y eso sucede hoy en Cataluña y no le sucede a los nacionalistas ni a los catalano parlantes, por mucho que ejerzan el victimismo como táctica de guerra. Quien sufre persecución, acoso, marginación, ostracismo y conculcación de sus derechos son los catalanes que no son nacionalistas y quieren expresarse, rotular sus negocios o educar a sus hijos en una de las lenguas oficiales de Cataluña: el castellano.

Pretender tapar esa situación injusta tras las aparatosas imágenes de cargas policiales es manipular la realidad. Intentar convertir esas actuaciones en prueba de un acoso autoritario español contra el pueblo de Cataluña es solo una táctica eficaz en la estrategia de deslegitimar al Estado. Independientemente de lo que cada uno pensemos sobre la oportunidad o conveniencia de tales cargas, el hecho cierto es que los derechos de al menos la mitad de los catalanes son conculcados en Cataluña por una ideología totalitaria que usa los recursos públicos con fines propagandísticos, construyendo una realidad paralela que niega al discrepante. Negar este hecho es pura hipocresía. Todos sabemos lo que pasa. Lo sabemos desde hace mucho tiempo. Los no nacionalistas de toda España lo hemos tolerado pensando que tampoco era tan grave, y los nacionalistas lo saben también pero internamente lo justifican porque creen en su construcción nacional y no reconocen como verdadero igual al no nacionalista, y externamente lo niegan por pura conveniencia.

La ventaja que ha tenido la mascarada del Proces es que se han caído las caretas y ahora todos nos hemos visto las cartas que teníamos tapadas. Ya sabemos de qué va esto en realidad. Y ya no hay más excusas. Hay que tomar partido. Yo quiero, necesito, estar en el lado correcto de la Historia para mirarme al espejo y para que mi hijo pueda hacerlo el día de mañana. Y la verdad es que lo tengo muy fácil. Después de toda una vida de escepticismo con las revoluciones, he encontrado una causa que vale la pena sostener sin titubeos: denunciar el fanatismo nacionalista que coarta derechos a los ciudadanos. No se trata del nacionalismo blando de quien se siente muy de la tierra. No, todos sabemos de qué se trata: del que segrega niños en el patio, del que niega el castellano como lengua común, del que señala a sus vecinos por no ser nacionalistas, del que retira el saludo al que opina diferente, del que trata de imponer una única visión de la Historia y la realidad.

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Por supuesto, tratan de desmontar mi posición acusándome de no saber lo que sucede en Cataluña, de no conocer la realidad. Intentan, otra vez, colarnos un cuento de hadas sobre lo bien que se vive en Cataluña y lo tranquilos y pacíficos que son. Es falso y es la tranquilidad de los guetos ideológicos en los que todos están de acuerdo. Rescato una fotografía de mis gamberros veinte años. Me gustaba el jaleo, el punk y todo lo que oliera a movida. Así que me apunté a una: La escuela de verano de las Juventudes Nacionalistas de Cataluña. Entonces formaba parte de ella el hoy calvo diputado del PdCat Carles Campuzano y por allí fue Jordi Pujol en loor de multitudes. Vi, viví, aprendí y conocí lo que aquellas gentes decían cuando creían que estaban solos y que hablaban exclusivamente para los de su tribu. Y si algún nacionalista de organización lee esto, sabrá perfectamente a qué me refiero. Cuando la careta se les cae, solo queda el rostro del supremacismo. “Nosotros somos mejores” Y eso justifica liquidar los derechos de los que no somos “nosotros”.

Claro que sé lo que sucede en Cataluña. He vivido y trabajado allí, tengo amigos allí, tengo familia allí y tengo corresponsales que me informan de su situación real en el sistema educativo y policial. Es una dictadura. Y me avergüenzo de todo el tiempo que estuve mirando para otro lado, como tantos otros, porque quería convencerme de que no era para tanto. Pero ahora no hay excusa. Y por eso yo levanto la mano y hablo. Porque tengo muy alto concepto de mí mismo y espero seguir teniéndolo. Porque la vida me ha ofrecido la posibilidad de ponerme en el lado correcto de la Historia. Y aunque en la batalla que se avecina entre legalidad y golpismo podamos perder en lo inmediato e incluso ver la independencia de Cataluña, en el futuro solo puedo ganar, como ganaron los pocos alemanes y austriacos que se posicionaron contra el nazismo.

Yo quiero ser el tipo que en la foto se negó a levantar el brazo cuando todos los demás hacían el saludo romano.

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7 pensamientos en “El tipo que no levantó el brazo

  1. Ana

    Me ha encantado tu artículo, sabes escribir y lo disfrutamos los que no sabemos hacerlo en condiciones, aportas pruebas y no sólo de oídas si no de lo que has vivido, gracias por darnos voz al resto de los Españoles 🤘🏍

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  2. Arie Han

    Excelente y clara exposición Miquel. Como siempre, al grano y directo.
    Soy ignorante respecto de los pormenores de la realidad española y las naciones que la componen pero si se de nacionalismos falsos, de fanaticadas segregacionistas y la unción de los elegidos. Y el resultado siempre es el mismo. Calamidad.

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  3. Caramba Miquel, elevamos el tono -con toda corrección- y también la calidad literaria. Da gusto leerlo. Yo también he vivido y trabajado en Cataluña y suscribo al 100% tu posición.
    Saludos

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  4. Jesús

    Tienes mi máximo respeto y total acuerdo Miquel,

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  5. Sergio

    Me siento identificado con lo que cuentas, se ha llegado a un punto de difícil retorno, ¡que manera de retorcer las cosas cuando vivimos en una época con más libertades de las nunca antes se podían tener!

    Gracias decir de forma tan clara lo que piensas.

    Yo tampoco soy especialmente patriótico, pero lo sucedido éstos días me ha hecho querer más al país en el que vivo.

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  6. Miguel Angel LLaneza Garcia

    Totalmente de acuerdo en todo lo que dices Miquel. Lo grave de la cuestión es algo que pones aquí y es que por desgracia, esto ya se veía venir. Los hemos tratado y tolerado como hacemos con casi todo en esta sociedad del buenismo, de evitar los conflictos por el miedo a posicionarnos y a que se nos encasille.
    En un país en el que llevar la bandera constitucional sea motivo de que te llamen facha y que te hagan sentir mal sea algo normal, es que algo falla.
    Yo personalmente a estos que me llaman facha les digo y “tu bolchevique” y se me quedan mirando con cara de “y eso que significa”, lo que me da a entender que lo que dicen es lo que oyen y ven, no lo que piensan y eso aun me entristece mas.
    Se dice que el pueblo que olvida su historia está condenado a repetirla y estamos en ello.
    Me hace gracia que ahora piden dialogo. Esto es como si yo y aquí me pongo otra vez de protagonista, un día que queme medio monte cerca de mi casa desobedeciendo a mi padre él cual me prohibió ir al monte, al llegar este a casa y ver que se necesito la ayuda de medio pueblo para que la cosa no fuera a mas, le digo que si que muy bien, pero que vamos a dialogar. Dialogar que, si ya la había armado, si ya había desobedecido y ya estaba el mal hecho.
    Dicen que tomar decisiones está muy bien, y es muy fácil, que lo realmente complicado es vivir con las consecuencias y me da que en estas estamos ahora, en las consecuencias.
    Un saludo de alguien que te sigue y admira.

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  7. Tienes toda la razón. Nadie me va a decir que es mentira porque yo lo he vivido y sufrido tambien, los años que he vivido allí y trabajado como profesora en diferentes institutos de Catalunya.

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