Historia de mis motos. BMW K 1200 R


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¿Sorprendido de verme en el circuito de Le Mans sobre una BMW K 1200 R con 160 caballos a la rueda y cuatro cilindros en línea? No se parece en nada a una GS 1200, que es la moto con la que probablemente estás acostumbrado a relacionarme. Pero es que antes de convertirme en viajero de maxi trail tuve uno de estos bicharracos, y aunque no lo mantuve mucho tiempo, con ella fue con la que realmente empecé a viajar sin importarme si era incómoda o si no tenía protección contra el viento. No me importaba porque era libre y la libertad es lo que más cómodo te hace sentirte.

Era el año 2008. Todavía España vivía la euforia del ladrillo. Yo trabajaba como registrador de la propiedad y ganaba un buen sueldo. Gasté el dinero en motos caras después de mucho tiempo de penurias como opositor (léase el post sobre la BMG GS 650), así que tenía una Harley Davidson y una Ducati S4RS. Después del grave accidente con la Harley (léase post sobre Harley Night Rod) las vendí para comprar motos con ABS. El dinero que obtuve por 2 motos lo gastaría en otras 2 motos. Me presenté en BMW Madrid, que vende modelos de dirección con una sustancial rebaja, y señalé una deportiva: La K 1200 R, que sustituyera la Ducati, y una GS 1200 amarilla, que varios años después acabaría transformada como La Gorda. Eran de 2ª mano pero estaban impecables.

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Había pedido la excedencia y abandonado el despacho para irme a Irlanda, un buen lugar para perfeccionar el inglés. Elegí ese destino porque hay seis millones de habitantes frente a los setenta de Gran Bretaña y como son católicos, tienen un fondo cultural más similar al nuestro que la tradición protestante. Mi plan era ir en moto y pasar allí el verano. Existen dos rutas posibles. Bien por Santander hasta Plymouth y luego hacer 400 Km por Inglaterra hasta el puerto de Fishguard para desde allí arribar en ferry a Rosslare, o bien atravesar Francia de Norte a Sur hasta Roscoff, en Bretaña, donde hay una línea de Irish Ferries hasta Irlanda. Me decanté por éste último camino, que en mayo se me antoja menos húmedo y más atractivo que atravesar la pérfida Albion Y seguro que me serviría para beber buen vino, una de mis debilidades junto a las motocicletas y la literatura.

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Un lunes de mayo del 2008 salí de Madrid a mediodía con la GS 1200 cargada hasta arriba. Mi humor era bueno y tenía ganas de viajar. Dormiría en Jaca y me tomaría el plan de ruta con calma: tenía cinco días para atravesar Francia de norte a sur. En Guadalajara cogí la desviación hacía Jadraque. No me gustan las autovías para viajar en moto. Había llovido durante los últimos días y el verde de los campos lucía intenso. El humor mejoraba con cada curva. La carretera era muy agradable, los pueblos aparecían desiertos, apenas había coches y el tiempo era bueno. En la provincia de Soria enlacé Almazán, Agreda y Ólvega antes de entrar en Zaragoza. Me detuve a comer un bocadillo en Tarazona. Dejé Tudela a mi izquierda. Camino de Ejea de los Caballeros atravesé el Parque Nacional de las Bárdenas Reales. El Canal corre tan caudaloso como mi felicidad por saberme libre.

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En Ejea no tomé la vía más directa, sino que me aparté un poco para atravesar Sos del Rey Católico. Los paisajes de esta zona son de una hermosura tranquila y apacible. La imagen del pueblo medieval impresiona a la izquierda de la carretera. Enlacé con la nacional que va de Pamplona a Jaca, atravesé el pantano y empezó a llover. No me preocupé, la ropa era buena y la moto muy estable. Sin embargo, a veinte kilómetros de mi destino, en una curva sencilla, la rueda trasera patinó y salí despedido contra el quitamiedos del otro lado. El golpe fue brutal. La moto chirrió, escupió chispas y quedó tendida y rugiendo. Permanecí unos largos minutos aturdido y magullado. Mi viaje había terminado antes de empezar.

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Me llevaron al hospital. La espera para unas radiografías y analgésicos se me hizo eterna. Afortunadamente, no tenía nada roto. Cené solo y triste. Al día siguiente desperté como si me hubieran dado una paliza. El dolor de las costillas era intenso. El hombro también se quejaba. Los mecánicos del concesionario de Huesca me confirmaron lo peor. La moto estaba mal. No tenía arreglo en una semana y la factura prevista superaba con mucho mi presupuesto para todo el mes de mayo. Abatido, decidí volver a Madrid en el coche que me proporcionó el seguro. Por la tarde arribé a mi destino y me dejé caer en la cama con el enorme cansancio acumulado en tres días negros.

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El Jueves, el dolor se mantenía estable, así que decidí no tomar los analgésicos. No fue una buena idea. Me desperté en medio de la noche con un gran sufrimiento. El golpe había afectado profundamente a toda mi anatomía pero el nolotil enmascaraba los daños. Cambié el billete de ferry del viernes 16 al viernes 23. Me iba a ir de todas formas. En España no pintaba nada. Decidí irme en la K 1200 R y salí con ella el viernes por la mañana. Conducir no me dolía, pero cualquier maniobra en parado me hacía ver las estrellas. Seguí la misma ruta que en el primer intento y sentí una extraña y triste sensación de deja vu. El tiempo era bueno pero se nubló al poco rato y llovió entre las provincias de Soria y Zaragoza.

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Al pasar por la curva maldita, reduje la marcha y contemplé con aprensión la marca en el asfalto que había dejado mi GS. Subí los Pirineos otra vez con buen tiempo. Estaba disfrutando de nuevo. Atravesé el túnel de Sonmport y al salir estaba en suelo francés. Descendí la montaña y me metí en el valle. El paisaje era brumoso pero espectacular. En Oloron-St-Marie, a unos veinte kilómetros de Pau, decidí parar a dormir en el primer hotel que encontré. La cena era de diseño, no me gustó demasiado, pero el vino era bastante bueno. Consumí una botella entera que junto a las medicinas hizo que me entrara un sueño maravilloso. Me acosté cansado y dolorido y me quedé dormido al instante.

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El domingo desperté en Francia. Sólo eso hizo que ya me sintiera bien. Después de tomar un café decidí salir a correr. Llevaba casi una semana sin hacer ejercicio y eso me estaba afectando. Mi humor se vuelve agrio. Al empezar a trotar, fue como si veinte enanos me dieran patadas en el costillar. Pero aun así no me detuve, puedo ser muy burro cuando me lo propongo. Media hora después regresé al hotel molido pero feliz. Desayuné abundantemente, con hambre sana y voraz, y trabajé en la habitación con el portátil durante un par de horas. A las doce, pagué la factura, armé la moto con toda su impedimento e inicié la marcha hacia Pau.

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El país es enorme y muy verde. Me encantaron las sensaciones que tuve al recorrerlo con aquella moto tan potente. A un golpe de gas me ponía donde quería. Los adelantamientos duraban centésimas de segundo. Además, la gente aquí es bastante respetuosa con las motos. La mayoría se aparta a la derecha para dejarlas pasar y mantiene una distancia de seguridad prudente. Es un país que tradicionalmente ha tenido una gran afición al motor. Lo crucé por estrechas secundarias durante varios días antes de llegar a la Bretaña y allí tomar un ferry. Poco a poco el viaje me iba transformando. No me dolía nada y me sentía cada vez más contento en mi piel.

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En Irlanda descubrí al poco de llegar la historia de los náufragos de la Armada Invencible, esos 8000 españoles muertos de mala manera y a quien nadie recordaba. Seguí en la K 1200 R el camino del capitán español Francisco de Cuéllar y eso me permitió conocer el país y hacerlo además con un motivo. Cuando terminé mi viaje escribí un reportaje que se publicó en ABC a todo color. Eso alentó mi afán de contar historias. Viajando en moto podría hacer literatura y encima tendría oportunidades de publicarla en grandes medios. Fue una revelación. Comprendí que tenía una oportunidad explorando ese camino inédito: el viaje en moto y la búsqueda de la historia española olvidada. Cuando años después publiqué el libro La fuga del náufrago, hoy reeditado dentro de Europa Nómada, las fotografías son de La Gorda antes de su transformación. Pero eso es porque regresé con ella para filmar un vídeo y hacer las fotos.

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Fue una gran aventura recorrer Francia, Irlanda, Isla de Man, Gales e Inglaterra con la K 1200 R. Era mi bautizo de viajero en moto, mi primer contacto con la libertad total de no tener fecha de regreso. Me gustaba aquella moto y nunca la encontré incómoda. Sin embargo, me di cuenta de algo que me hizo venderla cuando regresé. Era demasiado potente. Con 160 caballos en el puño, uno se siente tentado de usarlos. Yo soy un conductor lento y un piloto pésimo. Voy despacio porque quiero ver lo que me rodea pero también por seguridad. No me importa lo rápido que viajo, solo me importa viajar durante mucho tiempo. A medida que viajas lento, te acostumbras y te encuentras cómodo yendo a 100-120 por hora. Con la K 1200 R volabas y aunque me decía que debía ir con ojo, siempre hay algún momento en que tienes prisa o que te da por exprimir la potencia. Pero como escribí  en La fuga del náufrago, nada más bajar del barco y empezar a recorrer una autopista irlandesa, se me cruzó un gato. “Si él llega a salir un segundo más tarde o yo ir un poco más rápido, ahora mismo estaríamos muertos los dos”.

Así que vendí la K1200 R y el dinero obtenido lo empleé, claro está, en comprar otra GS 1200. Porque tenía planes para ella que ya contaré cuando le toque turno a la historia de Jackie, la bestia roja de Europa Lowcost.

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Categorías: 100 Países en Moto, Historia de las motos de Miquel Silvestre, pruebas de motos | 1 comentario

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