Historia de mis motos. Yamaha XT 350


img_7255

Libros y motos están mezclados en mi infancia de modo indistinguible. Fui un niño lector que no jugaba al fútbol porque prefería quedarse leyendo. También fui un niño motorista. Mi padre montaba en moto. Quiso regalarme una. Tuve mi primera moto a los ocho años. Una preciosa Montesa Cota 25 de color rojo. En aquella época había pocos modelos infantiles de fabricación nacional: las Montesa Cota 25 y 49 y las Bultaco Chispa y Lobito. Fui montesista desde entonces. Casi todos los grandes pilotos de mi generación aprendieron a montar en una igual. Pero yo soy muy mal piloto, por eso siempre viajo despacio. Tras aquella miniatura tendría que esperar hasta los veinte años para conseguir una Yamaha XT 350.

La había comprado con ayuda paterna. En aquella época existía el servicio militar obligatorio y como soy un desastre, se me olvidó pedir la prórroga de estudios, de modo que un día recibí una notificación en la que se me indicaba que como miembro del quinto reemplazo del 90 tenía que incorporarme a filas en septiembre en la Brigada Paracaidista de Alcalá de Henares. De modo que en junio agarré la moto y me fui a vivir a tope mis últimos meses de libertad con los golfos amigos de mi etapa en el colegio mayor Ximenez de Cisneros. Uno de esos amigotes de farra era Alejandro Terrón, quien luego sería el socio de BDO que me proporcionó mi primer patrocinio como viajero. Quedé con él Granada y juntos nos fuimos en aquella moto a recorrer Las Alpujarras y a viajar hasta Jaén, donde veraneaba Andrés, otro amigote golfo de la época.

Aquella trail me dio algunos de los mejores momentos de mi juventud. La vieja nacional III la recorrí muchísimas veces para ir a ver a Susana, mi novia de la veintena. Ella estudiaba en Valencia y yo en Madrid. Con esa motocicleta mono-cilíndrica descubrí el adictivo sabor de la libertad. Cuando con veintidós años hacía servicio militar obligatorio, la imagen recurrente que aparecía en mis sueños de escapada era una larga carretera, el sonido del motor de la Yamaha y el largo y rizado cabello de Susana flameando tras ella como la estela de un cometa rubio.

Mi padre siempre tuvo motos. Las motos estuvieron ahí de modo natural, sin darles importancia. Para mí las motocicletas formaban parte del paisaje sin atribuirles un valor específico de objeto tribal. Jamás tuve que engañar o convencer a mi madre para que me dejara montar. Mi padre me enseñó a disfrutar de las motos, a no temerlas ni tampoco a adorarlas. Me llevó hasta ellas de un modo no asociativo o gregario. Nunca fue un motero, sino un motorista. Un caballero solitario en su chupa de cuero negro. Y así fui yo. Para mí las motocicletas siempre fueron herramientas para alejarme de la manada. Nunca para acercarme a una, cualquiera que esta fuera.

Aquellos eran otros tiempos. Recuerdo aquellos días como un momento luminoso y perfecto de mi juventud. El final de los años ochenta y los primeros noventa en España fue, más que un periodo de tiempo, un delirante estado de ánimo en el que todo estaba permitido. No creo que jamás una sociedad occidental y desarrollada vuelva a experimentar semejante grado de anarquía y libertad colectiva de modo tan armonioso. España era el país de Nunca Jamás donde todavía había pocas normas y se respetaba la autonomía personal. Fue un sueño que duró poco pero yo tuve la suerte de vivir mi juventud en aquella euforia en la que si no te estrellabas en un accidente de coche o te enganchabas a las drogas te convertías en un duro superviviente.

La vida ha querido devolverme aquella primera moto. La vendí hace muchos años por cien mil pesetas para comprarme un perro y una cadena de música. El perro era un bóxer al que llamé Paco y que debía acompañarme mientras estudiaba las oposiciones a registrador de la propiedad. El perro murió después de una vida feliz y de la cadena no tengo el más mínimo recuerdo de donde quedó. Pero un día me encontré con la persona que me había comprado la Yamaha. Le pregunté por ella y me dijo que la tenía abandonada en un garaje, que me la podía llevar si quería. Y eso hice. Tenía el depósito picado y para poder andar le encajé uno de XT 600 de color azul. Pregunté en Facebook si alguien podía conseguir un depósito original, y lo que cuento en el vídeo es el continuará de la historia, que tendrá su propio continuará.

Anuncios
Categorías: Historia de las motos de Miquel Silvestre, pruebas de motos, Uncategorized | 6 comentarios

Navegador de artículos

6 pensamientos en “Historia de mis motos. Yamaha XT 350

  1. Las viejas glorias nunca mueren

    Me gusta

  2. Resulta que hicistes la mili en la Bripac!!!

    Me gusta

  3. Miquel, la Lobito era una moto mas gorda, a partir de 75cc. Si querías una equiparable a la Montesa Cota 25 tenías la Chispa Bultaco
    V’s

    Me gusta

  4. Gracias por esa lectura y por prestarme su voz en off para vivir más de cerca esta anécdota. Saludos desde la Ciudad de Mexico. Espero que vuelva pronto.

    Me gusta

  5. Que bonita historia, primera moto primer amor!

    Me gusta

  6. Pingback: Historia de mis motos. Yamaha XT 350 — Un millon de piedras | Moto Acción

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Crea un blog o un sitio web gratuitos con WordPress.com.

A %d blogueros les gusta esto: