100 países en moto. Nº89 Túnez


me beside sunk bike

Said se hace llamar “Espada”. Me lleva a su casa en Sousse a comer con su familia. Es una pareja tradicional. El padre habla francés y me explica el mandato de la hospitalidad coránica y lo majaras que están en Argelia y Mauritania. Ella sólo habla árabe y me sirve cus cus, fruta, dulces y té. Tendré que agradecer a su hospitalidad mi diarrea del día siguiente. Luego vamos Said y yo a buscar hotel. Tras varios intentos, el Fenix por 40 dinares, más 5 por la moto y 5 por el desayuno. Cuando está todo arreglado, salimos a tomar vino local llamado Magon y cerveza Celtia. Está muy orgulloso de su país. Me cuenta que Túnez es un país muy abierto, que el aborto es legal desde los 60, que las mujeres y hombres son iguales ante la Ley. Añade que los libios y los argelinos vienen a Túnez a desfasar, a hacer todo aquello que no pueden hacer en sus países. Para él los libios son imbéciles con dinero. El petróleo los ensoberbece, no tienen interés en producir nada y en Túnez se comportan como hooligans que pensaran que todo les está permitido. Asegura conocer unos catalanes que viven en Sousse. Compran aceite tunecino, lo exportan a España, lo envasan y lo venden como producto español. Ese fraude le parece una genuina muestra de inteligencia comercial.
 

—Nosotros también somos listos. ¿Sabes lo que hacen en el sur de Túnez? Compran en Libia tomates tunecinos más baratos que en Túnez.

—¿Cómo es eso?—me extraño.

—En Túnez el precio de los alimentos está regulado, pero Gafafi subvenciona los alimentos, de modo que en Libia todo es mucho más barato. Nuestros comerciantes del sur van a Libia, compran los tomates, los traen de regreso y los venden por debajo del precio regulado. Genial, ¿no?

—Supongo que sí.

—Claro que sí, los libios son muy tontos. Ahora si quieres podemos ir a una discoteca y verás como las chicas tunecinas beben y bailan. Puedes ligar con ellas si quieres. Les gustan mucho los europeos.

salt lake boat bike

Sousse es una ciudad con enorme mezcla. Turistas occidentales y magrebíes. Corro a lo largo de la playa y veo nórdicas en bikini y musulmanas bañándose completamente vestidas. El centro es comercial y animado, con cafés, tiendas, agencias de viaje y restaurantes. Pero hay mucha gente ociosa. Es la lacra africana, el desempleo. Jóvenes sentados en los bancos sin nada que hacer. En el puerto hay unas horribles naos de madera, como galeones o carabelas, para dar una vuelta a los turistas. Una de ellas se llama Hannibal. La del general cartaginés fue la primera invasión norteafricana que sufrió Europa.

Compro una sim card par el móvil. Les tengo que entregar el pasaporte y uno de los clientes se lo lleva para hacer una fotocopia. Ahora mismo soy un indocumentado. Si no llego a estar ya experimentado en estos viajes hubiera sido un shock, ¡sin pasaporte en un país musulmán! Menuda imprudencia. Pero yo estoy tranquilo. Sé que se trata solo de resolver el engorroso trámite de cumplimentar el contrato. Mi documento aparece, firmo los impresos, pago y me voy. Cuando intento salir hacia El Jem, pregunto a un taxista la dirección correcta. Para mi sorpresa resulta ser una taxista. Una mujer. Cuando me acerco, me agarra cariñosamente del brazo. Los musulmanes se tocan continuamente. Unos tipos se me acercan y me preguntan por la moto. Creen que hablo árabe. Cuando les digo que soy español me entregan dos euros y creo que quieren que se los cambie en dinares, pero no nos entendemos y saco todas mis monedas, pero no es eso lo que quieren. Me las devuelven. No buscaban dinero. Son buena gente que simplemente me desea suerte.

tunisian roman gate

Tomo de nuevo la autopista, que curiosamente es gratuita yendo al sur. Los peajes están abiertos. El Jem resulta una aldea miserable pero tiene un magnífico anfiteatro romano. Doy una vuelta completa al recinto. Me detengo donde un joven vendedor que viste una camiseta de la selección española. Quiero que me busque pegatinas de Túnez. Mientras las encuentra, me entretengo con un señor mayor que me ofrece una lámpara romana, auténtica según asegura. Al final le compro un camello de peluche y un colgante de plata antigua para Mercedes. Todo por 45 dinares. Aparece el chaval con las pegatinas. Intenta cobrarme un disparate por ellas. Al final le pago 2 dinares y arreglado. Durante el tiempo que he estado aquí los jóvenes del café no han dejado de observarme; me miran sin simpatía. La sensación que tengo después de un día en Túnez es que los mayores y los muy jóvenes son muy afables, pero que los chicos en edad de trabajar, que aquí son una multitud, empiezan a envenenarse de resentimiento.

 

Sfax es grande. La medina es imponente. Dentro de la ciudadela las calles son estrechas, angostas. Apenas recorro un par de tramos y casi no puedo salir. Cuando lo hago tomo un par de fotos de la puerta y un tipo que se identifica como policía me pregunta qué estoy fotografiando y por qué. Porque es bonito, respondo. Le enseño las imágenes y se queda tranquilo. Será paranoia, pero en esta ciudad siento un ambiente algo extraño. Igual Túnez no es tan abierto y prooccidental como me han dicho. Las contradicciones son evidentes, pero las mujeres libres de vestirse como quieran también. La policía para a la gente en la carretera. Cada vez que veo un coche de policía, y los hay a cientos, hay otro detenido y sometido a revisión. Pero a mí no me molestan, el turista es bien de interés nacional.

tunisian girls 3

El paisaje es de olivos. Aparecen bien cultivados, ordenados en simétricas hileras, plantados sobre una arena roja que les llena de vida. Se extienden los olivares hasta el mismo mar, que luce de un azul muy oscuro al caer la tarde. Rebaños de ovejas y pastores circulan entre ellos. En los arcenes venden los frutos que da la tierra. Peras, melocotones y uvas. Me como casi un kilo de esta macedonia de ocasión en un puesto de la carretera. Luego, más al sur, cuando el paisaje es de rala vegetación predesertica, lo que venden son granadas y dátiles. La carretera a veces se aproxima al Mediterráneo, y entonces surgen pueblos pesqueros.

beach window

El comerciante de El Jem me recomendó hacer en noche en Gabés, y es un acierto. En el puerto los pescadores se me acercan y me dan la bienvenida. Voy hacia la playa. El hotel Oasis está bien, algo anticuado y el pasillo huele a pintura reciente, pero la habitación es amplia, tiene una terracita, y sobre todo sirven cerveza y vino. Me cobran 80 dinares con desayuno. En la cena coincido con un grupo escolar de alemanas y otro de trabajadores del petróleo. Mi vecino de cuarto resulta ser kazajo y alucina cuando le comento que he estado en su país. El otro es libanés, de Zhale, cristiano y le pasa lo mismo cuando le digo que dormí en Montealberto. Me voy a dormir borracho de Magón, aunque el ruido de un generador me despertará bien de mañana. En fin, hoy espero llegar al desierto.

Anuncios
Categorías: 100 Países en Moto, Uncategorized | Deja un comentario

Navegador de artículos

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Crea un blog o un sitio web gratuitos con WordPress.com.

A %d blogueros les gusta esto: