100 países en moto. Nº87 Tanzania (la que no enseñan los safaris)


 

tanzania bus

 

Tanzania es un país africano que conocí en 2008 durante mi primera gran aventura personal, que consistió en recorrer 14 países de África en una moto antigua que compré de 2ª mano en Nairobi. Con una BMW R 80 G/S, sin saber de mecánica y sin documentación me lancé a los caminos de un continente del que lo desconocía todo ya que nunca había estado en él y ni siquiera sabía qué país vendría después del siguiente. Para mi sorpresa sobreviví y completé el viaje, no sin sufrir enfermedades, accidentes, problemas burocráticos y hasta algún pequeño robo. Lo que consideré normal teniendo en cuenta los terribles prejuicios que llevé conmigo, heredados de los telediarios que se ven en Occidente. De aquella intensa experiencia nació mi primer libro de viajes: Un millón de piedras, que para mi sorpresa se convertiría en un inesperado best seller dentro de su sector y hoy en un clásico que va por su octava reedición. De él rescato estos párrafos sobre Tanzania.

A treinta kilómetros de Dar es Salaam el tráfico pesado se multiplicó. Los camiones arrojaban arena y fuel caliente. Mis brazos se habían achicharrado a pesar de la protección solar extra con que me embadurnaba de la mañana a la tarde. Seguí el curso del Kizinga. Cuando avisté los primeros edificios del gran puerto del Índico, me desvié hacia la península de Msasani donde están las embajadas y las residencias de los ejecutivos extranjeros. Quería buscar alojamiento en Smokie Tavern, un hotel recomendado por la guía turística. Agotado, ansiaba de verdad una ducha y una cama. Pero el hotel no aparecía. Nadie conocía Kinawan Avenue. Cuando la encontré no me extrañó, no había tal avenida, aquello era sólo un callejón. Ni rastro del Smokie Tavern. En su lugar encontré un pub irlandés. Vinieron hasta mí los recuerdos de los prados verdes de Galway. Mas mi gozo acabó en un pozo nada más entrar: no había Guiness. Un pub irlandés sin stout sólo es posible en África. Confirmaron que el hotel que buscaba había cerrado hacía años. Mi guía llevaba siglos sin actualizar, aunque no debía preocuparme, ellos también arrendaban habitaciones.

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Salí a la terraza a contemplar la bahía. Allí encontré un chaval holandés. Cuando un blanco encuentra un blanco en un país sin blancos lo habitual es charlar un rato. ¿De dónde eres? ¿Qué haces aquí? ¿Cuánto tiempo llevas? Conversaciones banales que no llevan más que a matar el rato. Me contó que trabajaba en microcréditos. Recién aterrizado, llevaba en Tanzania apenas unas semanas. Todo le impresionaba. Todavía tenía la palidez neerlandesa sobre la piel. Se quedó mirando mis brazos quemados. “Pronto”, predije para mí, “tendrás tus propias quemaduras”.

—Dime una cosa—soltó al ver mis lesiones—¿Por qué no viajas en coche?

Aquel bienintencionado muchacho tenía todavía mucho que aprender. Una vez que te engancha el motociclismo, estás atrapado para siempre. Es posible que por miedo, por presión familiar o por responsabilidades mal entendidas dejes de montar, pero lo cierto es que siempre lo echarás de menos. Es una adicción más. El que monta lo sabe; el que no lo hace no lo entenderá jamás. Aún así, traté de explicárselo.

—El viaje en moto es una de las últimas aventuras reales que quedan. Un automóvil es una caja en la que uno se aísla del exterior, pero sobre una motocicleta uno es el exterior. No hay barreras entre tú y el paisaje; sobre ti golpeará la lluvia, el viento y el sol. Claro que te cansarás antes y estarás expuestos a graves riesgos. Pero serás ágil. Serás centauro, caballero y nómada de corta impedimenta. No cargarás más que con lo imprescindible y aprenderás a renunciar a lo accesorio. Si esto no te parece motivo suficiente, no creo que pudieras entenderlo ni aunque estuviéramos hablando durante horas.

UN NUEVO OCEANO

Llegué hasta una playa erizada de palmeras. Ahí me aguardaba el Océano Índico. A esas horas había poca gente. Algunos trotamundos curaban tumbados en la arena la resaca de la juerga nocturna. Más allá, se veía un nutrido grupo de niños jugando al fútbol. Al fondo, sobre un mar asombrosamente azul, languidecía perezosa Zanzíbar. Auténtico Estado libre asociado a Tanzania desde 1964. Según aseguran las guías, el nombre de la isla viene de Ziny el Barr, Tierra de negros. Se lo pusieron los mercaderes árabes. Debido a sus tesoros (esclavos y especias) y a su estratégica posición fue constante motivo de disputa entre portugueses y omaníes. Los primeros tiraron la toalla en 1668 y se conformaron con dominar la costa Mozambiqueña, bastante más al sur; los segundos lo hicieron en 1895 cuando las islas de Pemba y Zanzíbar pasaron a ser protectorado británico. No debieron dejar muy buen recuerdo a pesar de haber convertido al Islam a gran parte de la población. Los africanos se cobraron las cuentas pendientes sólo un año después de la independencia. En enero de 1974 masacraron a diecisiete mil árabes que aún residían allí.

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Yo también tenía alguna cuenta que saldar. Llevaba demasiados días alimentándome de arroz con pollo. Si quería esquivar el escorbuto necesitaba alguna variación en mi dieta. Una ciudad de más de un millón y medio de habitante debía ofrecer muchas posibilidades culinarias. Salí de exploración a la búsqueda de sabrosa pitanza. Detrás de las mansiones situadas en la avenida Haile Selassie se apiñaban las chabolas. Era igual que en Nairobi. La misma pobreza extrema conviviendo con el lujo. Las mismas miradas curiosas cuando un muzungu pasaba en moto por allí. Cuando por fin llegué al restaurante se produjo todo un alboroto alrededor de la Princesa. Siempre ocurría igual. El dueño, un hindú de mediana edad, la quiso comprar. No sería el único. En los meses sucesivos recibiría muchas ofertas por ella. Recordé aquel otro hindú que regentaba un motel barato en Daytona Beach, Florida. Al verme aparecer en moto, confesó que deseaba ardientemente comprarse una él también para viajar hasta Alaska. Afortunadamente para él y para Alaska, su mujer se lo tenía totalmente prohibido.

BAILE EN EL APARCAMIENTO

Después de cenar, me encontraba torpe de miembros y de mente debido al exceso de libaciones con las que estuve intentando aplacar el ardor del curry. Había caído la noche. Todo se había vuelto oscuro, irreconocible. No encontraba la dirección correcta de regreso al hotel. El barrio había trocado en laberinto. Di vueltas y vueltas por callejuelas estrechas, sin asfaltar, bacheadas. Habían cobrado nueva vida. Desvanecido el calor, su lugar lo ocupaba una multitud bulliciosa y animada. Cientos de peatones bebían, comían, reían, amaban, vivían. En las zonas menos concurridas, los vecinos salían al exterior de sus maltrechas viviendas y encendían fogatas. En torno a estas bombas de luz se sentaba toda la familia a dejar pasar la noche. De pronto perdí toda prisa por regresar a mi habitación. Lo más mágico era que bajo aquella oscuridad, nadie reparaba en aquel blanco motorizado. Pude deslizarme entre la muchedumbre casi sin ser visto. Como un felino de grandes ojos rayados. Recorrer ese dédalo oscuro de callejones plagados de fuegos y sombras me proporcionaba una sensación deliciosa e inquietante a la vez.

fog

En el pub irlandés celebraban un concierto de rock. Muchos occidentales. No me gustan los occidentales en grupo, y menos fuera de Occidente. Preferí salir al parking con los guardas. Eran masai. Había cientos en Dar es Salaam. Para poder ser un guerrero adulto, los jóvenes tienen que demostrar su valía abandonando el poblado para valerse por sí mismos. En la actualidad, en lugar de vagar por la sabana a la búsqueda de un león, se trasladan a las ciudades, que no dejan de ser otra clase de selva. Trabajando como guardas de seguridad ganarán lo suficiente para regresar a casa, comprar unas vacas y casarse. Aquellos jóvenes delgados, guapos y fuertes tenían el porte altivo de aristócratas. El líder era despierto y ambicioso. Estudiaba para guía de safari. Me contó que se puede distinguir a un masai de Kenya de otro de Tanzania porque éste no tendrá las orejas perforadas. El gobierno marxista lo prohibió por ser considerado un rito cruel. Preferí no preguntarle si no consideraba cruel la ablación genital que tradicionalmente practican con sus mujeres. En su lugar, opté por el costumbrismo gastronómico.

—¿Es verdad que no coméis verdura y que sólo bebéis leche?

El chico me miró con cierta sorna.

—No te creas todo lo que dice el National Geographic. Claro que bebemos agua y comemos vegetales. Lo que no probamos es el pescado.

Su delgadez típica no es fruto solo de la dieta, sino que viene determinada por su biotipo nilótico. Los africanos no tienen todos la misma estructura. Los bantúes son regordetes y culones mientras que los nilóticos son altos y fibrosos. Son diferencias que ellos consideran importantes. Quizá eso no tenga nada que ver para desencadenar una matanza en Rwanda, pero lo cierto es que los hutus son bantúes y los tutsis nilóticos. Y el odio entre ellos, africano.

Me preguntó si les quería ver bailar. “Claro”, dije. Negociamos el precio. Doce mil shillings. Se reunieron a la débil luz de las farolas. Comenzaron a emitir unos sonidos guturales, profundos, rítmicos. Era un latido ancestral. Incluso mi escepticismo quedó compungido. Aquello era real. En un maldito parking tenía ante mí una representación tribal genuina. Aquellos chicos no eran profesionales del Masai Mara sino aprendices de guerrero en pleno viaje iniciático para retornar a su poblado. Y saltaban, saltaban muy alto con las piernas juntas y la lanza en la mano. Cada vez que uno aterrizaba, los demás gritaban. Aparecieron más y más jóvenes. Habían oído el follón y acudieron a la llamada. No eran actores, ni bailarines profesionales. No danzaban para un grupo de turistas disfrazados de safari tapioca . Lo hacían para mí, para ellos y para la oscuridad del aparcamiento trasero de un pub de moda.

ANIMALES

En dirección suroeste, dejé atrás Morogoro y llegué al parque nacional de Mikumi. Un cartel anunciaba del peligro de animales salvajes durante cincuenta kilómetros. En los parques nacionales están prohibidas las motocicletas. No en Mikumi. El paso estaba franco. El GPS indicaba que ese era el camino. Así pues, aceleré y me metí dentro. Apenas quinientos metros después se cruzó un elefante. El corazón dio un vuelco. Carajo, pensé, uno de estos puede destruirme de un soplido. Había también búfalos, jirafas, babuinos, antílopes. Mientras pensaba qué hacer, un camión nos adelantó a velocidad vertiginosa. Él no tenía miedo. La ley del más grande. Sería mejor para aquellos pobres bichos apartarse a tiempo. Mas yo era pequeño. Viajaba en moto. Yo era el exterior. ¿No era eso lo que quería? ¿No me gustaba tanto ser nómada de corta impedimenta, centauro, caballero y todas esas chorradas? Sí, pero la literatura barata se había terminado porque yo era sobre todo frágil como un mosquito, como una jodida chinche fácil de aplastar. Cada año mueren cientos de personas en África por el ataque de animales salvajes Aquello iba en serio. Conduje despacio, con los ojos abiertos y el corazón febril. No obstante, al mismo tiempo que temblaba de miedo me sentía increíblemente vivo. Era acojonante. En los dos sentidos de la palabra.

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Al salir del parque encontré un par de lodges. Me decanté por el Motel Génesis. Los bungalows estaban destartalados; algunos nunca se llegaron a terminar y sus esqueletos daban aquel anticuado complejo un aire de ciudad bombardeada. Dos camas estrechas, mantas ásperas, televisor taiwanés sin antena, armario desencuadernado, baño inmundo. El auténtico paraíso tropical por veinticinco dólares. Caí rendido después de rociar la habitación con insecticida. A las cinco oí un tremendo alboroto. Enfrente había alojada una familia de hindúes celebrando alguna fiesta religiosa en pleno éxtasis. A falta de un arma de repetición con el que perpetrar una matanza, me resigné a madrugar. Cuando me levanté, descubrí que mi pantalón tenía unos enormes agujeros. África lo rompe todo. En el tercer mundo se lava a mano. Incluso en los buenos hoteles prefieren pagar un sueldo de miseria a una mujer con las manos destrozadas antes que comprar una lavadora. Abrieron la cocina a las cinco y media. Tomé el insípido café soluble en compañía de los cocineros y sirvientes. Fue un error. Las cocinas africanas es mejor no visitarlas, no saber nunca como son. A veces es conveniente ocultarse la verdad.

Bajo el techo de zinc, sorbía mi brebaje y observaba un abejorro gigantesco girando en torno a una luz mugrienta. Era casi imposible que aquel troleobús alado pudiera levantar el vuelo. Sólo un milagro le permitía izar su enorme peso con alas tan diminutas. Orgulloso de su proeza, el maldito bicho emitía un zumbido tozudo, estruendoso, implacable. No se había querido enterar de que en algún momento de la evolución debería haber renunciado a su sueño de ingravidez para limitarse a reptar empujando una bola de mierda como hacen el resto de escarabajos, cucarachas y otros insectos obesos. Pero él era de otra pasta. Las leyes de la física le importaban una higa. Quería volar y el muy cabrón volaba. Admiré su determinación. Yo tampoco quería obedecer algunas leyes. Terminé mi café y salí a correr en dirección a Mikumi y sus animales salvajes. Estaba loco. África ya había licuado mi seso y me había dejado tan tarado como a aquel abejorro. Afortunadamente, los elefantes, los búfalos y los leones debían dormir en sus guaridas y ninguno se molestó en darme mi merecido.

UN RADAR

La Princesa rugió alegre cuando apreté el botón de arranque. Le encantaba rodar. Era feliz con el viaje. Había nacido para ello. Era una viuda reciente con novio joven. Durante quince años la habían cuidado, rodeado de mimos y buen aceite, pero no la habían montado. Fue una presa en jaula de oro. Mas ella había nacido para las largas travesías, para la aventura, para la búsqueda del horizonte. Ella era una princesa de ilustre familia, no un puto ciclomotor para hacer recados en ciudad. Por fin alguien le estaba dando aquello para lo que había nacido. Conmigo disfrutaba de una segunda juventud. Resplandecía feliz a pesar de estar ya muy sucia y tener los bajos cubiertos por una gruesa capa de polvo. Era dichosa, sin duda, aunque también empezaba a sufrir de agujetas. Pronto tendría algunos problemas de salud debidos a tanto placer. Aquella dama no estaba acostumbrada a ciertos excesos y tanta excitación la acabaríamos pagando los dos.

tanzanian police

Al salir de Mikumi nos enfrentamos a montañas de verdad. El camino cambió de forma radical. La vía se retorció en curvas de fuerte inclinación. Los camiones ascendían como lentos gusanos. Ya no eran tan valientes. Agobiados por el esfuerzo, traqueteaban y tosían espesas humaredas de azufre y aceite quemado. Muchos se averiaban y quedaban derrengados en el arcén como dinosaurios exangües. Un montón de ramas era la señal que, a falta de triángulos reglamentarios, dejaban los conductores para avisar del obstáculo. La Princesa los adelantaba con agilidad de atleta. Familias enteras de curiosos babuinos nos observaban desde la espesura. No eran los únicos mirones. Al final de una larga recta aparecieron unos policías vestidos de kaki. Nos dieron el alto. Tanzania no era Kenya. Los blancos no tenían bula. Exceso de velocidad, me informaron regocijados. ¿Exceso de velocidad? ¿De qué coño estaban hablando si por aquellas carreteras infames no pasábamos de ochenta?

—El límite son sesenta y usted iba a setenta y siete por hora.

—¿Y cómo puede saberlo con tanta exactitud?—protesté.

—Porque tenemos aparato mágico—explicó el jefe señalando a uno de sus subordinados que posaba orgulloso frente a un trípode con un cinamómetro encima, probablemente el único radar en todo el país.

—Aparato mágico—prosiguió aquel tipo verdaderamente contento—, está fabricado en Japón y dice que usted tiene debe pagar ahora mismo veinte mil shillings.

 

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