100 países en moto. Nº85 Suiza


 

mountain man

Cruzo la frontera suiza sin que nadie me detenga y aparezco casi de inmediato en Ginebra. La urbe brilla limpia, perfecta, impoluta, fría. La ciudad que más organizaciones internacionales acoge tiene un aire cosmopolita y provinciano a la vez. Seguramente ha sido así desde siempre, o desde que se ubicó en el mundo con nombre propio por su radicalismo religioso en el siglo XVI. Habiendo expulsado al obispo que la gobernaba, en 1541 asiló a Calvino y éste instituyó una república teocrática que resistió todos los embates de la Contrarreforma vaticana.

Calvinista en estado puro, en la urbe ginebrina hay dinero y calidad de vida, pero demasiados coches. Me cuesta horrores llegar a Nyon, mi destino, a orillas del Lago Leman. Cuando aterrizo en el centro, me recibe Arja. Asegura que Pascal, su novio, volverá en pocos minutos. Son australianos. Él es de familia suiza por parte de madre y ella noruega. Los conocí en Estambul cuando hacían su Sydney-Oslo. Ha ido a por unas cubiertas para la moto. Las cambiamos en la calle usando la pata de cabra de mi GS como palanca. Pascal es un tipo grande. Salta sobre la goma y acaba desprendiéndola de la llanta. A mí me resultaría imposible. No peso lo suficiente. Luego subimos.

pascal arja me

Durante la cena recordamos nuestros viajes mientras comemos y bebemos cerveza y vino hasta casi caer desmayados.

Despierto en un sofá cama, pero me siento en casa. La calle huele a croissant. Salgo a correr a lo largo del lago. Paso por delante de la sede de la UEFA. Regreso al olor de los croissant y el pan recién hecho. Es la Suiza francesa. En casi todos los balcones hay banderas, algunas suizas pero la mayoría son extranjeras. Se celebra el Mundial de Fútbol. Los suizos de origen inmigrante tienen colgadas las de sus respectivas patrias de origen. Hay muchas banderas portuguesas y españolas.

Desayuno en casa de Pascal. Tienen un cómodo apartamento todo exterior. Un largo balcón que da a un patio que inyectade un conjunto de casas le da toda la luz natural que necesitan. En el patio crece un enorme y viejo árbol muy verde y frondoso. Es una vida sencilla y tranquila la de mis dos amigos que pasan el día soñando con terminar su vuelta al mundo dejada a medias.

Él trabaja ahora como técnico informático y debe ganar un buen dinero, ella no tiene todavía ocupación laboral y se dedica a recibir clases de francés. Salimos bajo un cielo plomo que amenaza aguacero.

pascal and me

En la gasolinera donde Pascal comprueba la presión de los neumáticos descubrimos que el mío trasero está muy bajo. He pinchado. Hay un tornillo profundamente clavado en la cubierta. Es mi primer pinchazo en miles de kilómetros. Recuerdo la conversación con Dave sobre que nunca había tenido un flat tire. Estas cosas pasan por hablar. Saco el kit repara pinchazos “stop and go”. Es una maravilla. Aparece un tipo amable y nos indica que hay un taller cerca. Se lo agradecemos pero le decimos que lo repararemos por nosotros mismos. Se queda un poco desconcertado y se aleja. Resuelto el asunto, salimos. Primero recorremos el lago. Hay mucho tráfico. Subimos a gran altura entre viñedos y descendemos por las laderas hacia la orilla.

Dejamos atrás Montreaux y subimos a la pura montaña suiza por estrechas y empinadas carreteras. Nos dirigimos a Interlaken, en el valle del Grindenwald, centro neurálgico urbano antes de subir a la Jungfrau, ell techo de Europa con sus 4158 metros. La enorme mole está ahí, la Jungfrau, custodiada por el Demonio y el Monje. Llueve a mares y no hay sitio en la ciudad, copada por músicos disfrazados de época. Celebran algún tipo de festival. Nos dirigimos al monte. En el camping Jungfrau encontramos alojamiento más que digno por 34 francos. El baño es común pero todo reluce de limpio y confortable. El agua sale caliente en cuanto se pulsa el botón. El ambiente es cordial mas algo pero distante y profesional. Cenamos en el restaurante del camping y casi terminamos las reservas de Chianti. Pruebo el rostí, típico suizo, patata cortada en láminas y gratinada al horno. Charlamos con un sudafricano al que parece no hacer mucha gracia mi nefasta opinión sobre la criminalidad de su país.

three on top

Ha llovido toda la noche. Pero al amanecer, el cielo nos da algo de tregua. La aprovecho para salir a correr por un escenario de cuento alpino. Una senda recorre el valle entre las dos paredes montañosas cortadas a hachazos y con cascadas a los lados. El agua al caer de gran altura parece formar nubes de vapor. Las casas de madera, las vacas impasibles, las flores silvestres, los riachuelos. Todo es encantador y hasta algo empalagoso. Al volver revisamos la presión del neumático trasero. Ha perdido bastante. Pascal lo hincha de nuevo con su compresor portátil. Vuelve a llover. Salimos hacia el pico. Arriba todo está húmedo, frío y nublado. Regresamos después de un café y nos despedimos en Interlaken. Continúo por la nacional hacia Luzern, . Llego bastante pronto y devoro una ensalada en un restaurante con magníficas vistas sobre el lago. Como es pronto prosigo marcha hasta Swychz y luego . Sigo dirección Zurich. El tiempo empeora. Empieza a hartarme pero cuando llego al lago veo que si sigo hacia él éste lloverá pero que si me dirijo a la ciudad tendré el cielo más despejado.

Encuentro un ferry que cruza el lago y decido subirme sólo por probar pues el camino que sigo llega igualmente hasta la capital suiza. Le pregunto al revisor qué lado es mejor y se encoge de hombros. Los dos son iguales viene a decir. Para mí no lo son. En uno todavía no he estado. Cinco francos y llego a Meilen en diez minutos. De ahí a Zurich es un paseo. Zurich, civilizada e implacable ciudad de banqueros y comerciantes. Alemana, perfecta, pacífica. Suena todo a protestante, a calvinismo, a impúdica exhibición de dinero.

No veo policía y sí muchos turistas. Los adoquines contemplan mi caminar por la vieja ciudad. Los barrios se ordenan en torno al casco antiguo según el sentido de las agujas de un reloj.

helmet

Miro los escaparates. Hay tiendas de mobiliario selecto y muy caro. El barrio está plagado de anticuarios y galerías de arte. Veo en una de ellas un casco de piloto que me enamora. La neutralidad del país se remonta a las guerras napoleónicas. Napoleón conquistó Zurich sin apenas resistencia, pero no pudo conservarla con la misma facilidad. Llos austriacos le derrotaron tras dos duras batallas. Las murallas medievales de la ciudad fueron demolidas y pronto nació una confederación helvética como falla de descompresión entre los gigantes europeos que surgían de las cenizas del Antiguo Régimen: una Francia derrotada pero fuerte, unas Alemania e Italia neonatas como países independientes y unificados, y el formidable Imperio Austrohúngaro que apenas un siglo después demostraría tener pies de barro. Esa neutralidad se mantuvo durante el conflictivo siglo XX, problemático y febril, por la utilidad que Suiza ofrecía a todos los contendientes en las sucesivas guerras europeas.

Los adoquines contemplan mi caminar por la vieja ciudad. Los barrios se ordenan en torno al casco antiguo según el sentido de las agujas de un reloj. Mañana una multitud de ejecutivos caminará a sus trabajos como obreros a una obra. Pero yo tengo que irme ya. A ratos chispea. En una plaza hay dos bancos ocupados por vagabundos. Consumen cerveza en grandes latas. Son silenciosos y educados. Pasa una vecina y les saluda afablemente. Hablan unos instantes y ella se marcha a seguir con sus ocupaciones. Qué suizo resulta todo. En cualquier caso, la iconografía suiza de las navajas, las cruces blancas sobre fondo rojo, el chocolate, los relojes, las montañas… todo el decorado resulta ya un tanto irritante. Suiza y su maldita perfección suiza empalagan.

zurich stairs

Sigo las indicaciones del GPS para salir de la ciudad de Zurich y entonces acontece el desastre, la hecatombe, la tragedia. Un flash centellea a mi espalda. Me ha cazado un radar. Pocos metros después una figura uniformada de azul hace indicaciones claras. He de parar. La policía del Cantón de Zurich me va a aplicar el reglamento. Voy a 77 por hora en un tramo limitado a 50. Revisan la tabla y me informan de que he de pagar 760 francos. Es una fortuna. No llevotengo tanto dinero encima.

Me meten en el coche patrulla para ir hasta un cajero. Son una pareja. La chica es rubia y mona. Le sugiero que revise mi pasaporte para que vea todos los sellos y visados. Soy un viajero y esta sanción me hace polvo. Ella está compungida, se da cuenta de la enormidad de la multa pero esto es Suiza y ellos no pueden hacer nada. La broma me cuesta casi 600 euros. Mi presupuesto del mes. Son amables pero inflexibles. Aun así consigo que posen para la foto. . Me fijo en la pesada pistola automática que lleva ella colgando del cinto.

—¿Ha matado a alguien con eso?

Se vuelve hacia mí. Sus ojos son bellos pero duros.

—No, todavía no—contesta sin sonreír.

Habla completamente en serio. Otra cosa que he aprendido viajando es que Habla completamente en serio, pero no son malos tipos. Cuando nos despedimos, nos damos la mano y ella reconoce está un poco celosa de mis viajes. Por un momento pienso que querría venirse conmigo. Pero en la vida hay que elegir: o pistola o libertad.

El camino toma siempre su propio curso, obedece sólo a sí mismo y a veces ofrece amigos no deseados. A estos dos elementos espero no volver a encontrarlos nunca, al menos vistiendo uniforme.

 

swiss cops

 

Extracto del libro Europa Lowcost. Pídemelo dedicado en info@miquelsilvestre.com

cubierta Europa Low Cost - Miquel Silvestre

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