100 países en moto. Nº80 Sudáfrica


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La furgoneta engullía con angustiosa calma la carretera que une Ciudad del Cabo con Durban. Frente a nosotros, el horizonte resplandecía con la luz hiriente de las primeras horas del atardecer. En noviembre late el más tórrido verano en el hemisferio sur y el sol castigaba sin piedad la abrupta costa que dobla la esquina del continente africano, allí donde se encuentran dos océanos en una perpetua pelea de espuma y rocas. Por algo los que unos llamaron Cabo de Buena Esperanza otros lo denominaron de las Tormentas. Rydall encendió un cigarrillo rubio mientras vigilaba las motocicletas por el retrovisor. Las dos BMW atadas al remolque traqueteaban nerviosas con cada bache. Saqué el teléfono móvil. Funcionaba a pesar del golpe. Marqué el número de asistencia en el extranjero de mi aseguradora. Al tercer timbrazo contestó una teleoperadora a más de veinte mil kilómetros. Su voz sonó extraña, irreal, como si procediera del regusto final de una pesadilla de la que pronto uno despertará. Pero yo no estaba durmiendo, me lo impedía un agudo dolor que iba acentuándose a cada minuto, a cada kilómetro de los cuatrocientos que aún me faltaban para llegar a un hospital.
 

 

—He tenido un accidente de moto en Sudáfrica—gruñí—. Tengo erosiones, una herida incisa en el brazo y creo que me he roto un tobillo.

—Dígame su nombre y apellidos.

Se los deletreé con paciencia mientras consumía los dólares del crédito internacional de mi móvil.

—Lo siento, no nos consta como asegurado.

—¿Y si le digo mi número de DNI? Quizá así pueda encontrarme—resoplé.

—Vamos a intentarlo.

Tras silabeárselos uno a uno, llegó la respuesta.

—Lo siento, los accidentes en moto no están cubiertos por su póliza.

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Colgué con una mueca de resignación. Ni me molesté en intentar explicar a una mileurista de call center que se equivocaba y que de no estar cubiertos los accidentes de moto, jamás hubiera contratado aquel seguro. Pero hacía ya bastante tiempo que no confiaba en ninguna solución que no pudiera encontrar yo mismo sobre el terreno. Una compañía mercantil sólo podría ofrecerme incomprensión y dificultades. Los actuarios que diseñan las coberturas y calculan los riesgos nunca han cruzado un desierto ni enfermado de malaria. El malentendido sobre las coberturas se arregló horas después cuando llamé a Juan Ferro, mi corredor local. Sin embargo, el hecho cierto fue que si en lugar de estar a salvo en la furgoneta de Rydall me hubiese encontrado en la carretera, mi seguro no habría hecho nada por mí escudándose en una exclusión inexistente. Lo más curioso del caso es que yo hacía publicidad de la compañía en cuestión llevando pegatinas con su nombre en mi motocicleta, cuya imagen ya había salido en varios reportajes periodísticos.

Primera lección, los seguros no aseguran.

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Había golpeado un quitamiedos a unos ochenta kilómetros por hora por culpa de una distracción. Debido al intenso calor, me quité la chaqueta y la até al equipaje. La carretera era recta, aburrida. Me relajé. Por el retrovisor vi que la prenda se cayó, giré la cabeza para buscarla y el fuerte viento lateral me desplazó hacia la cinta de metal. El impacto fue brutal. Seco. Lo viví a cámara lenta. Sentí el casco golpear contra algo muy duro y hostil. Mi cuerpo fue erosionándose al frotarse con el asfalto. Cuando se detuvo la inercia, me incorporé y comprobé que aún tenía todos mis miembros en su sitio. Respiré aliviado, podía haber sufrido alguna mutilación y sólo descubrí abrasiones en brazo, cintura y hombro, así como un corte profundo en el antebrazo que requeriría algún punto de sutura. Pero había algo más. Al segundo paso que di, supe que tenía una fractura. Aún podía caminar debido a la adrenalina y a la sujeción de la bota, pero ya me había roto antes algún que otro hueso y reconocía el proceso. Ponto no podría mantenerme de pie. Necesitaba asistencia urgente. Además, allí plantado estaba expuesto a otro peligro añadido. Cargado de equipaje en Sudáfrica, era un caramelo apetitoso para cualquier criminal. Levanté la moto y le hice un ligero examen. La tapa del cilindro izquierdo estaba rota y había escupido todo el aceite. No podía salir de allí montado en ella. Mientras tanto, los coches iban y venían sin que nadie se detuviera por temor a ser víctima de una emboscada. Los asaltos armados a los automovilistas son cotidianos. La paranoia está instalada de forma indeleble. Llamé al 112. Resultó una carcasa vacía, un servicio que no servía para nada. No llegaría ninguna ambulancia. Dependía de mi mismo.

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Pero cuando las cosas se me ponen realmente feas, siempre aparece un rayo de luz, un ángel. En esta ocasión se llamaba Rydall y hacía la ruta de Ciudad del Cabo a Port Elisabeth en furgoneta una vez a la semana. Él también era motero. La solidaridad tribal volvió a funcionar. Para mi fortuna, transportaba una moto en un remolque para un mecánico. Entre los dos subimos la mía. Acto seguido me derrumbé en el asiento. El camino era de más de 400 kilómetros. Rydall había tenido que vender su moto por culpa de la recesión. Dormía en su furgoneta para ahorrar el precio de un hotel. Tres hijos son muchas bocas que alimentar. No se quejaba. Él al menos tenía un trabajo. Muchos amigos suyos no tienen tanta suerte. En la nueva Sudáfrica, las políticas de afirmación positiva que priman la contratación de negros están mandando a muchos blancos de clase baja al desempleo. No es raro ver vagabundos rubios. El éxodo es creciente. Los blancos que se quedan sin casa y sin empleo, abandonan el país con destino a Australia, Estados Unidos o Gran Bretaña, a cualquier sitio donde a uno no le disparen por un teléfono móvil. Rydall no quiere irse. Le gusta vivir en una modesta granja con Megan, su mujer, quien trabaja ocho horas diarias como recepcionista por cinco mil rands, unos quinientos euros. ¿Asaltos en la carretera? Por supuesto, incluso trataron de entrar en su casa una noche. Por eso viaja siempre armado. Tiene licencia desde que estuvo en la guerra de Angola, en la que Sudáfrica combatió a la milicia revolucionaria del FLNA. No dudó en disparar al intruso, aunque con cuidado de no matarle. Eso le hubiera costado un grave problema legal.

Dos mundos en uno.

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Sudáfrica vive dos realidades, dos mundos paralelos que solo coinciden tangencialmente. Existe un tercer mundo de pobreza extrema, paro endémico y sida rampante. Es el mundo de los cuarenta millones de negros y mulatos que viven en casas de cartón. Existe también otro mundo, el primer mundo de las autopistas y los supermercados. Es el mundo construido por los cinco millones de contribuyentes de estirpe europea. Sudáfrica es el segundo mundo que combina lo peor de los otros dos. Del primero tiene la prisa, el colesterol, el estrés occidental. Del tercero, la miseria sin la alegría vital que se respira en el resto de África.

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Es un mundo con buenos hospitales privados y eficaces profesionales sanitarios. En el Green Acres Hospital de Port Elisabeth, una solícita enfermera me trajo una silla de ruedas. En mi nuevo bólido arribé a urgencias donde limpiaron las erosiones e inyectaron una dosis de vacuna antitetánica. Múltiples radiografías que descubrieron que la fractura no afectaba a la articulación. Bastaría con una bota de plástico con cámara de aire inflable. El no va más de la ortopedia. La factura ascendió a más de 600 euros. Pude pagarlos gracias a que en el segundo mundo sudafricano se aceptan todas las tarjetas de crédito.

Realidad africana

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Tuve mucha suerte. Una semana después estaba encima de la moto gracias a los analgésicos y a los apósitos. No quiero ni imaginar que hubiera pasado en Mozambique o Tanzania. La diferencia a favor del tercer mundo es que habría parado a ayudarme el primer conductor en pasar. La diferencia en contra del primero es que el viaje hasta cualquier hospital habría durado un día entero por carreteras rotas y habría recibido una asistencia muy básica.

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Nueve días después de mi accidente debía quitarme lo puntos. Me encontraba en el norte de Lesotho. A unos 50 kilómetros de la capital, Maseru, encontré un modesto hospital de distrito. El panorama era desolador. Los enfermos de sida eran reconocibles por su extrema delgadez. Pero los doctores habían salido a comer. Me aseguró una enfermera que regresarían a las dos. A las tres todavía no habían vuelto. El calor resultaba agobiante en aquella sala abarrotada y silenciosa. Insistí. La enfermera los llamó por teléfono. Veinte minutos después aparecieron con cansino caminar. A nadie se le ocurrió protestar. La paciencia africana está curtida en siglos de espera.

Arrancaron sin contemplaciones los apositos. Con ellos se fue también el delicado tejido nuevo que había germinado en aquellos días. Mis llagas volvieron a sangrar. Haber humedecido el vendaje con desinfectante habría bastado para conservarlo, pero tales sutilezas no se estilan en uno de los países más pobres del mundo. Luego cortaron los puntos de sutura como quien recolecta nabos. Una cura de mercurocromo a granel, una gasa sin esterilizar y un burdo vendaje.

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Sin embargo, lo esencial se había realizado. Los puntos estaban fuera y mi herida desinfectada. Habría sobrevivido sin mimos. No los hay en el África real. El tercer mundo verdadero es muy duro para la suave piel occidental, pero aún así ofrece preciosos regalos y una solidaridad sincera. Ante el infinito y bello horizonte montañoso de Lesotho no pude evitar pensar que siendo europeo acababa de consumir un pequeño pedazo de los muy limitados recursos de la sanidad africana sin que nadie me pidiera nada a cambio.

La historia de este viaje por África está contada en detalle en el libro Un millón de piedras que puedes pedirme dedicado en info@miquelsilvestre.com

 

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