100 países en moto. Nº79 Eslovenia


 

frontera eslovena

Eslovenia se adivina tras unas montañas cubiertas de bosques. Esta región de Italia es ya alpina y frondosa. La carretera se ofrece angosta, revirada. Atraviesa bosques de coníferas y pintorescos pueblos de casitas de tejado a dos aguas. Tomé este mismo camino en el 2009 y sé que pronto encontraré uno antes de la frontera de inolvidable nombre: Linder. Para mí es inolvidable porque es el apellido de una novia que tuve. Recuerdo que cuando pasé por aquí me sorprendí mucho al verlo porque nunca había sabido de donde podía proceder. Es un apellido muy extraño en España. Aquella vez paré la moto y le envíe una foto del cartel. Estaba seguro de que ella tampoco conocía el lugar. Esta vez ya no lo hago y paso de largo. No tengo interés y he perdido todo contacto con aquella mujer, que hoy ha revivido fugazmente en mi memoria porque está unida a un pueblo italiano en la frontera con Eslovenia, un pueblo que, paradójicamente, se unió a mi memoria por tener el nombre de mujer amada. Hoy, sin embargo, recuerdo el pueblo y la mujer está olvidada. Son estas las curiosas paradojas de la mudable añoranza y los volátiles sentimientos.

No obstante, la emoción de entrar en los Balcanes se mantiene igual de viva hoy que hace seis años cuando vine por primera vez. Los tétricos cuarteles aduaneros, hoy vacíos y abandonados, contemplan desde sus ventanas sin cristal mi libre entrada en un territorio que hace no tanto tiempo era el comienzo del Telón de Acero y que hoy forma parte de la Unión Europea en su mayor parte, aunque nunca dejará de ser algo más: los Balcanes. Mucho más que una denominación geográfica, son un símbolo ético, estético, moral y político. Balcánico es desde hace siglos un adjetivo cargado de significados que sugieren escenarios escarpados, humanidad agreste, violencia atávica, complejidad étnica y aventura real. Y además, aquí en Eslovenia, belleza natural, pues éste es uno de los países con más bosques del mundo y también con una de las historias modernas más cortas, pues nació en 1991, tras una breve guerra de independencia contra Yugoeslavia, la Guerra de los 10 días.

Eslovenia era parte de la nación Carantonia durante la Edad Media y luego formó parte del Imperio Austrohúngaro, hasta que éste se colapsó en 1918 tras la 1ª Guerra Mundial. Pasó a formar parte del nuevo Reino de Serbios, Croatas y Eslovenos hasta que se formó el Reino de Yugoeslavia en 1929, germen de lo que sería la República Federal Socialista de Yugoeslavia, nacida al terminar la 2ª Guerra Mundial. País desarrollado y moderno, de apenas dos millones de habitantes, rápidamente se integró en la Unión Europea y en su moneda única.

Lo primero que ofrece la nueva nación nada más cruzar la linde fronteriza no es policía sino un supermercado, pues los precios en Eslovenia son más baratos que en Italia y eso le garantiza la afluencia de los italianos de los pueblos más cercanos. Aprovecho para comprar provisiones pues hoy planeo acampar antes de llegar a Lubiana, la capital. Salami, queso, pan y vino tinto. Los lugareños a los que pregunto son amables y me informan de la ruta a seguir. Cargo mis vituallas en las maletas de Victoria y salgo. Esta parte occidental del país es alpina, montañosa, salvaje. Me encanta. La carretera es estrecha y va retrepando sobre los montes sembrados de abetos. Atravieso un gran río caudaloso y rápido, de un azul tan intenso y sobrenatural que más pareciera esmaltado.

lago montaña 3

El día pasa casi sin sentir pues la belleza de esta naturaleza pura hace que uno no piense en el cansancio o en llegar a destino. De hecho, hoy no tengo ningún destino concreto. Simplemente me divierto conduciendo y me prometo parar en el primer lugar que me guste para montar el campamento. Así que de pronto leo en una señal que estoy a solo cincuenta kilómetros de la capital. Eso me hace salir de mi ensimismamiento. No puedo seguir conduciendo o llegaré a la ciudad. He de buscar un lugar de campamento ya. Mis ojos adoptan inmediatamente una nueva función, la del cazador. Oteo a los lados de la carretera buscando un rincón idóneo para acampar. No es tarea sencilla. No puedo meterme en una finca vallada, en un jardín ni en un prado que se vea desde la carretera. La primera norma del campista libre es no ser visto. No sé si es legal acampar libremente en Eslovenia. En España no lo es. Uno no puede tender su tienda donde bien le parezca aunque no moleste a nadie. Si al campista ocasional lo pesca la Guardia Civil, le impondrá una multa elevada que amargará definitivamente la experiencia de comunión con la naturaleza. Y esto nos lleva a una reflexión. En España está prohibida la acampada libre, siempre que seas un ciudadano que cumpla con las leyes, tengas una nómina o una cuenta en el banco. Sin embargo, parece que si eres un rumano en una furgoneta vieja, puedes aparcarla donde te dé la gana y acampar por las bravas. Mejor si son varias las furgonetas que aparcan juntas. Ese campamento será ya intocable. En esos casos sí se permite la acampada libre en España. Los mismos ecologistas que se echarán encima de ti si plantas tu tienda en un monte, reprocharán a los policías que desalojen un campamento de caravanas.

curvas

Observo a mis costados los montes circundantes sembrados por una oscura y espesa capa vegetal, casi impenetrable. De pronto veo una loma suave, erizada de coníferas. Imagino que al otro lado habrá una correlativa cuesta abajo y al final una meseta plana. Allá seguro que se puede acampar sin que nadie me vea desde la carretera. Lo importante es descubrir el camino que lleva hasta ella. Pocos metros después lo encuentro. Es una angosta senda, apenas visible, que se abre a mi derecha y se pierde en el bosque ladera arriba. Detengo a Victoria y giro 180 grados. Emboco la vereda. Está cubierta de hojas, señal de que nadie la ha usado últimamente. Avanzo unos metros pero cuando la inclinación aumenta, las ruedas patinan. Ha llovido mucho estos días pasados, el invierno recién ha terminado y el piso está embarrado. Yo todavía llevo lisas ruedas de carretera que aquí no traccionan. Lo intento dando gas aunque solo consigo que el patinaje me desplace hacia un lado, hasta que la moto cae en una posición muy incómoda para mí. Se ha vencido hacia un terraplén y queda con las ruedas hacia arriba. Así resulta imposible levantarla y encima estoy solo y sin posibilidad de pedir ayuda a nadie. ¿No querías acampar sin que pudieran verte?

En momentos como éste, mi primer impulso es el de desesperarme, gritar, gemir y mesarme los cabellos, pero como el segundo es usar el cerebro para pensar que así no voy a solucionar mis problemas, no hago nada de eso, y en lugar de desesperarme, gritar y gemir, saco una cámara de vídeo, la planto en su trípode un poco alejada y filmo la escena porque sé que algo va a suceder, que algo voy a hacer para salir del atolladero y que estará bien tener el momento recogido. De modo que eso hago. Cojo la cámara del casco y la coloco camino arriba. Luego regreso donde está la moto con la barriga al aire y observo su posición espacial y como están distribuidos el resto de elementos que el planeta me ha regalado esta vez. La senda embarrada tiene blandos los surcos abiertos por el paso de los tractores, sin embargo, la zona central está dura. Por ahí es por donde deberé circular cuando consiga devolver la verticalidad a Victoria.

arroyo moto

Observo que la BMW ha quedado tumbada sobre las maletas en la pendiente lateral al camino. Cuando el centro de gravedad está más bajo que la superficie principal de apoyo resulta imposible enderezarla. Hay que hacer que gire sobre su eje para invertir esa posición. De modo que me subo con todo el peso sobre la rueda trasera para conseguir que toquen suelo. Luego me encaro a ella de frente y hago toda la fuerza que puedo como si quisiera izarla aunque sé que no puedo conseguirlo. Me bastará con que apoye las dos ruedas y que el motor se despegue de la tierra. Lo consigo solo unos centímetros pero es suficiente. Al estar tan inclinada, la gravedad hace que las ruedas giren hacia atrás y la moto caiga el par de metros que le quedaban para estar en el plano fondo del valle. Una vez allí, me doy la vuelta y la levanto completamente. Lo he logrado. Al menos la primera parte. Voy donde está la cámara y la recojo. Comento jocosamente la operación. Cuando vea las imágenes horas después comprobaré que en mi colorado rostro por el esfuerzo hay algo más: felicidad. Estas cosas me encantan. Vivo intensamente cuando peleo por superar las dificultades.

campamento

Enciendo el motor y esta vez circulo por la dura parte central del camino hasta llegar a un claro en el bosque. Esta es la llana meseta que adiviné desde la carretera. Altos árboles circundan un espacio despejado, cubierto de hojas y con blando piso arcilloso. Esta noche dormiré en un hotel de cinco estrellas. Aparco entre los pinos y robles. Saco una de las bolsas amarillas de Touratech que cargo sobre las maletas. Es donde llevo el equipo de acampada. Muy sencillo, muy ligero y muy compacto. Saco la tienda. Es iglú de las que se montan sin piquetas. En pocos minutos la tengo instalada. La esterilla es auto hinchable. No es como dormir en un colchón pero ocupa muy poco espacio y uno se acostumbra. Y el saco de dormir de plumas. Una vez todo dentro de la tienda ya tengo el hogar. Me coloco la lámpara frontal y rescato las provisiones compradas en la frontera. Voy preparando unos bocadillos mientras atardece. Doy cuenta de mi cena y bebo el vino rodeado por el maravilloso silencio del vivac. Me rodea la naturaleza feraz de Eslovenia con su intenso verdor y un cielo despejado y limpio que va tiñéndose de azul oscuro según atardece. Huele a limpio, a aire puro y frío. Disfruto grandemente de no tener internet ni cobertura para el teléfono móvil. Solo el campamento, las estrellas, la luna y yo. Este creo que es el momento crucial del comienzo del viaje. Por fin siento que estoy en mi sitio.

 

Extracto del libro Nómada en Samarkanda. Si lo quieres dedicado pídemelo en info@miquelsilvestre.com

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