100 países en moto. Nº76 Serbia


welcome to serbia

Serbia es un país que nació tras la desaparición de Yugoslavia, literalmente la tierra de los eslavos del sur. Los eslavos son un pueblo de Europa Oriental, originario de los montes Cárpatos, un sistema montañoso que forma un semicírculo de 1.600 kilómetros de largo. Los Cárpatos se extienden por los actuales países de Austria, Chequia, Eslovaquia, Polonia, Ucrania, Rumanía, Serbia y Hungría. De esta amplia región se expandieron a partir del siglo VI los eslavos tras la caída del Imperio Romano en tres direcciones. Hacia el oeste, los occidentales, instalándose en la zona que comprende los ríos Danubio, Vístula, Elba y el mar Báltico. Son los checos, eslovacos o polacos. Hacia el este, los eslavos orientales, por las llanuras fértiles de Ucrania y Rusia, así como por Letonia, Lituania y Estonia. El tercer gran grupo serían los que fueron al sur, los eslavos meridionales, quienes ocuparon los Balcanes y darían lugar a los serbios, macedonios, montenegrinos, croatas y búlgaros.

Los Balcanes son un territorio muy interesante para recorrerlo en moto, algo que he hecho en numerosas ocasiones. Recuerdo, por ejemplo, cuando entré en Serbia desde un recién independizado Montenegro. Estos son algunas de las notas que tomé de aquellos viajes.

Los policías fronterizos serbios no tienen ni casetas; hay un tipo gordo con uniforme azul plantado en la mitad de la vía. Cuando ve mi pasaporte español me dice que hay que sellarlo, que aparque la moto en el arcén. Sentados en un banco hay varios agentes más. Mal vestidos e indolentes, parecen una cuadrilla salida de un viejo fotograma de los tiempos de la guerra. Sale el jefe y al ver que soy español hace bromas sobre el baloncesto que los demás conmilitones ríen sonoramente. Al parecer Serbia ha debido ganar a España en un campeonato o algo así. No sé a qué se refiere exactamente pero enseño los dientes a modo de sonrisa. Ellos sellan y yo me voy. He entrado en la provincia kosovar todavía bajo su control, situada al norte y administrada por Serbia con el nombre de Asamblea Comunitaria de Kosovo y Metohija. Esta región se ve extremadamente pobre, atrasada, de gente cenicienta y poco simpática. En una gasolinera compruebo que usan dinares serbios que están en proporción de 1 euro a 113. Serbia resulta un padrino mucho más pobre que la Unión Europea.

welcome mitrovica

Mitrovica es una ciudad dividida por un río y dos almas. La parte albanesa es igual de miserable que la serbia aunque se ve más animada, caótica, grande y populosa. El típico bullicio musulmán. Se ven mezquitas, algunos barbados islamistas y mucho cartel de apoyo a las fuerzas de Kfor, que son una constante del paisaje bien visible. En esta parte están los franceses, noruegos e italianos. Hay monumentos de ensalzamiento de la UCK y algunas tumbas convertidas en mausoleos nacionalistas de honra a los mártires.

Cruzo a la parte serbia por un puente sobre el río Ibar que ha visto de todo. Una pintada da la bienvenida a las tropas rusas en la zona norte. Recuerda el genial golpe estratégico que dio Putin cuando recién constituida la KFOR mandó sus tropas desde Bosnia para impedir que la OTAN entrara en la ciudad y proteger así a los serbios, tradicionales aliados eslavos con quien comparte religión ortodoxa y alfabeto. Un destacamento de soldados ucranianos hace guardia junto a una tanqueta, pero en general el ambiente se ve tranquilo. Pregunto en una tienda de recambios automovilísticos por las pegatinas de Serbia y el tipo, casi emocionado, me regala un montón de ellas. Ofrezco pagarlas pero se niega. Él está muy orgulloso de que un extranjero deseé poner en su moto el emblema del país maldito, y yo cavilo sobre la moneda en que debería satisfacerlas. ¿En euros o en dinares serbios? ¿Qué divisa se admitirá en esta parte de Kosovo que no quiere ser Kosovo?

mitrovica grafitti

Coloco la pegatina en mi maleta y reflexiono sobre las teorías que hay al respecto. No faltan quienes dicen que no les interesan las pegatinas, que son solo un sígno de vanidad viajera. Tienen su parte de razón, no lo niego, pero son algo más. Son un pedazo de la historia de cada viaje. Cuando mire mi pegatina de Serbia recordaré cómo la conseguí y donde. Veré de nuevo la cara de este comerciante de luengos bigotes y recordaré su orgullo patriotico cuando se negó a cobrarme. Reviviré el ambiente espeso de una ciudad dividida y el rostro rubicundo de los soldados noruegos que pasaron en un todo terreno de la Kfor justo cuando salía de la tienda. Esta pegatina será vanidad viajera, sí, pero también será la fotografía de un momento único en Territorio Comanche.

Regreso al puente. Veo que hay muchos jóvenes de palique en los escalones de piedra que hay a ambos lados del cauce. Indiferentes al odio de sus padres, dejan pasar el rato mientras quizá esperen en vano que les surjan oportunidades para un futuro incierto. No quieren guerras, quieren comprarse un BMW. Este cauce medio seco por el estío es como una gran plaza segura. Charlo con unos muchachos que están apoyados en el pretil. Son pobres, inocentes y serbios. No les gustan los albaneses, no saben decirme por qué, así que me sueltan una consigna incontestable. “Dobro Serbia”, dicen. Bien Serbia.

Llegué de noche a la capital de Serbia. La ciudad es masiva, enorme, viva. Un indeleble toque soviético marca su urbanismo. No encontré hotel fácilmente. Cansado después de 600 kilómetros de frío, lo intenté en el primero que vi. Se alojaba la selección argentina de Karate y no tenía mala pinta, pero pedían 120 euros por noche y me marché. Deambulé sin rumbo alrededor de los altos edificios del distrito de negocios. No conseguí nada. Me metí en el atasco y me dirigí al centro. Recorrí las murallas, crucé el Danubio y seguí sin ver solución. El GPS estaba vacío de información. Igual que el depósito de gasolina. Paré a repostar y pregunté. No sabían indicarme de forma inteligible aunque sí amable. Los serbios me parecían majos aunque no les entendiera nada. Entonces apareció un taxista con barba de patriarca y andrajos de clochard. Me pidió 500 dinares y me llevó hasta la estación central. Él preguntó precio en los hoteles y al final me quedé en un hostel donde me cobraron 40 euros por una habitación para mi solo aunque sin cuarto de baño y 5 más por guardar la moto. No era barato pero ya tenía refugio. Me sorprendió el alto nivel de precios en Serbia, un país donde el sueldo medio era de unos 300 euros al mes. Cené opíparamente en el restaurante anejo por una cifra que sí me agradó aunque no pueda recordarla ahora mismo.

kfor bike

Desperté muy pronto. Salí al pasillo a las 6 para conectarme a Internet. A esas horas amanecían varios trabajadores allí alojados. Sin duda resacosos y somnolientos, me dirigían miradas de franca hostilidad. El europeo del éste no suele ser especialmente amable, pero aquellos tipos eran verdaderamente odiosos. Ellos no podían saber que yo era español, lo que habría justificado algo su antipatía. A los serbios no se les olvidará nunca que el español Javier Solana era secretario general de la OTAN cuando los bombardearon. Aquella campaña salió bien porque Serbia es un estado organizado y pudieron doblegarlo destruyendo sus centros de mando, comunicaciones y productivos. Pero cuando se trata de bombardear estados fallidos y organizaciones terroristas como los talibanes de Afganistán, las campañas de la OTAN o de cualquier coalición occidental se empantanan y cuestan mucho tiempo y dinero.

Salí a correr y de pura casualidad llegué al Danubio. Ancho, caudaloso, calmo, legendario. Recorrí un precioso y largo paseo que circulaba por su orilla y al otro lado contemplé las casas flotantes, los bares y restaurantes sobre barcazas. El ambiente era gélido y el horizonte brumoso, pero tenía un atractivo real. Belgrado me gustó y me pareció una ciudad que merecía una visita más pausada. Quizá en primavera, me prometí.

mitrovica guys

Cogí la autopista, que se paga en peajes ordinarios, salí de la ciudad y me adentré en el corazón de Serbia. Me fije en los coches que me hacían compañía. Abundaban las matrículas de Croacia, Macedonia, Eslovenia. Es lo normal, los balcánicos viajan por los Balcanes. Es aquí donde celebran sus negocios, donde tienen sus amigos y familiares. La guerra y independencia no cambian esas cosas. Los eslavos viven un área geográfica desde Bulgaria hasta Eslovenia. Desde Macedonia a Rumanía. Pero ahora tienen que enseñar su pasaportes en nuevas fronteras. Para la gente corriente la independencia no es más que un incómodo lujo cuyas ventajas no encuentran salvo en el romanticismo barato que les venden los políticos locales, esos que viajan en los audis que de vez en cuando me adelantan a toda velocidad seguidos de un 4×4 negro centelleante de luces rojas y azules.

Al sur de Serbia desapareció la autopista. Era una zona montañosa y atrasada. Muy pobre pero me resultaba mucho más atractiva e interesante. La vía recorría un estrecho cañón con un río al fondo. El tráfico de camiones TIR turcos era agobiante. Los coches sufrían largas colas pero en moto todos los escollos se adelantan ágilmente en cuanto hay un hueco libre. Bulgaria apareció por fin. Crucé la frontera sin dificultad y encontré un país netamente socialista y oriental aunque presuma ahora de ser Unión Europea. Por lo menos las motos no pagan viñeta, y menos mal porque sus carreteras no son ninguna maravilla.

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