100 países en moto. Nº75 Senegal


dakar portrait

Senegal es un gran país del África francófona. Su capital es Dakar, y eso lo convierte en un imán para los aventureros. Para llegar hasta allí hay que cruzar uno de los países más pobres y de más rígido islamismo: Mauritania, donde he pasado más miedo que en mi vida. Todo está contado con detalle en el libro que narra mi aventura africana a lo largo de 14 países: Un millón de piedras, de donde extraigo los siguientes párrafos.

Senegal es como cambiar de planeta. Se acabó el desierto. Senegal es el África alegre, colorida, sexual. Senegal es el país de la cerveza La Gazele, de las mujeres en pantalones ajustados y de los hombres fuertes y atléticos. Sin embargo, es aquí donde más cerca estoy de morir en este último viaje. Circulo por una carretera recta, voy a más de ochenta kilómetros por hora camino de la desembocadura del río. Oigo el ulular de una sirena. Giro la cabeza y veo que una ambulancia se aproxima a toda velocidad. Me aparto un poco pero no hay arcén, sino un alto desnivel. Me adelanta a centímetros, si llega a rozar una de mis maletas habría salido proyectado. Las lesiones hubieran sido muy graves. Es casi paradójico haber estado a punto de ser asesinado por una ambulancia que corre a socorrer algún accidentado. Hubiera sido culpa mía, además. Un viaje de aventura no es una obligación. Se llega a sufrir lo indecible, pero el perro que busca la sarna no puede expresar queja alguna por rascarse. Por dura que sea a veces, la aventura es siempre un privilegio, aunque no sea para todo el mundo. El aventurero a veces muere en el empeño, pero como la muerte es inevitable y te puede alcanzar en cualquier momento, incluso en el más banal, sigue siendo privilegiada la ocurrida en acto de servicio, en el cumplimiento del deber o en una curva cerrada de Sierra Leona. Lo que queda de nuevo claro es que el motorista debe añadir siempre en su equipaje la buena suerte a la pericia.

Saint Louis es un caos policromo y animado. Las calles son un mercado, un ágora y un zoológico. Cruzo el puente de hierro y entro en la ciudad vieja que fuera capital colonial francesa de la región. Es como un Nueva Orleáns africano y abandonado. Está lleno de vida. Doy una vuelta. Cruzo al otro lado, a la zona más pobre. Niños y autobuses desvencijados. Juegos, risas, multitudes que vienen y van. Busco hotel, en la Mansión Rose la habitación es de lujo. Me la rebajan a unos 56 euros. Merezco un buen reposo después de 3 días en el desierto, pero no voy a pagar semejante fortuna. Voy al cercano hotel La Tour. 35 euros. Desayuno. Me dejan meter la moto en recepción. Este es mi sitio. Como todos los edificios de la isla, el inmueble se ordena en torno a un patio con jardín. Habitación correcta. Retrete con ingenioso aparato que dirige un chorro al sitio indicado. Ruidoso aire acondicionado. Wifi en la zona común. Para mí es suficiente. Un auténtico palacio.

diama (4)

Voy a cenar al cercano Hotel La Residence. El restaurante es precioso, el dueño es un francés nacido en el Senegal de antes de la independencia. Me atiende Madeleine. Una belleza local que habla un inglés correcto y es toda simpatía. Dice que los mejores clientes son los americanos. Por las propinas, digo yo. Se ríe y me pregunta cómo lo sé. Porque he estado allí, contesto, es costumbre dejar entre un 15 y un 20%. Los españoles apenas nos rascamos el bolsillo, le digo. Ella no dice nada por educación pero sé que está de acuerdo conmigo, piensa que los españoles somos simpáticos pero roñosos. Me recomienda un pescado blanco de río, el capitán. Enorme pero algo soso. Entra bien a la parrilla servido con puré de patatas y mucha cerveza flag especial. 650 cc y 5,4 grados. Embriaga sólo de olerla. Salgo del comedor ahíto y borracho. He vuelto a la vida.

saint louis bridge

Salgo a correr por la isla. Le doy la vuelta entera en media hora. Escolares y militares son los únicos habitantes que encuentro a las 8 de la mañana. En el río están atracadas las barcas de los pescadores pintadas de tonos chillones. Una multitud se mueve en destruidos autobuses tan coloridos como las embarcaciones. Transporte Comunal. Sin cristales para que corra el aire. El desayuno del hotel es sencillo, pero el cruasán y el pan son de los mejores. Bendita África francófona. Lo único malo es el calor y que el turismo ha alimentado una plaga de vendedores y guías que hacen muy incómoda la visita. Las calles de Saint Louis son un hervidero de buscavidas. Me lo tomo con calma y les digo que yo quiero vender y no comprar. ¿Qué vendo? La moto. ¿Cuánto? Cuatro mil euros. Inmediatamente conocen de alguien que la puede comprar. Por supuesto, no hay tal comprador, pero el sueño de la comisión los entretiene. Uno de ellos habla español, insiste varias veces en que me tome una copa con él. Pagando yo, claro está. Al final tengo que mandarlo a la mierda para que me deje en paz. Se hace de noche dulcemente sobre la desembocadura del gran río.

san louis

BAOBABS, DESPERDICIOS Y UN HIJO DE PUTA

Salgo de Saint Louis y me detiene la policía. He estado a punto de pasar de largo, pero recordé las palabras de Nigel, el inglés de Ouarzazate: “Si no va armado, no pares”, pero este va armado y me detengo. Se pone a gritar que voy demasiado rápido. Me arrebata los papeles y me dice que no me voy a ir de allí hasta mañana, o pasado, o el otro, o el lunes. Parece estar fuera de sí, pero es un cabreo impostado. Un tipo me recomienda que pague un soborno y me marche. Pero no me da la gana. No me gusta que me griten. Llamo a Marie Ba, la socia de BDO en Dakar. Es mi contacto local y seguro que sabe domesticar chusqueros ladradores. Le explico la situación y me pide que le ponga al policía al aparato. Según va hablando le cambia la cara y el tono de voz. Ya no está enfadado ni altivo, se ha convertido en un amable gatito que no hace sino ronronear y decir gracias, gracias, gracias. Me devuelve el teléfono y la documentación y me invita a seguir viaje con una voz servil y bajuna. Ha sido una victoria pírrica, la llamada con mi móvil español ha costado más que el soborno que hubiera tenido que pagar, pero ha sido una satisfacción moral, una especie de venganza contra todos los corruptos, chupatintas y extorsionadores hijos de puta con uniforme que me he encontrado en el camino.

san louis kids

DAKAR, DAKAR

El camino a Dakar es polvoriento, caluroso y reseco, aunque la carretera es sorprendentemente buena, impropia de África. Hay cientos de acacias y baobab sin hojas en esta época del año. A la entrada y salida de cada población hay un vertedero al aire libre. Senegal nada en la inmundicia. Tengo calor y me detengo a comprar algo de fruta. Adquiero una sandía que abro y devoro allí mismo. Mientras como, se monta el típico revuelo de mujeres y curiosos. Todos quieren sacarme algo. Incluso se presenta un tipo manco pero armado de un enorme cuchillo. Debería alarmarme, pero ni lo hago caso. Intentan meter mano en mi sandía pero la defiendo con uñas y dientes. Cuando quedo harto, se lanzan a por las sobras. Una de ellas insiste y aún consigue venderme unas naranjas.

senegal river (2)

Dakar es una ciudad asquerosa. El sueño apesta. Una cosa es la poesía y otra África. Cuando llego no hay tres mil vírgenes huríes esperándome sino un atasco fenomenal. Es algo que se sale incluso de las irracionales medidas africanas. Un colapso magnífico de trastos humeantes se prolonga durante kilómetros. Zigzagueando me dirijo a Dakar Centre. La señal está doblada y rodeada de detritos. Es un perfecto tótem para tomar una foto. Otro icono.

Llego a la Plaza de la Independencia. Aparco y me veo inmediatamente rodeado de vendedores y pedigüeños. No, no, no y no. Llegan los de BDO. El hotel que han buscado no me gusta. Está cerca de la oficina pero allí no puedo guardar la moto. La moto es lo primero. Siempre. La primera obligación del viajero en motocicleta es encontrar un lugar seguro donde guardarla, después una cama y por último el combustible del espíritu, o sea, cerveza. A poder ser fría, aunque no es imprescindible. Buscamos otro establecimiento. Es tipo motel americano, con pequeñas habitaciones, espartanas pero limpias, que dan a una explanada donde aparcar los vehículos. Todo está cerrado por un muro y el guarda duerme en la misma entrada. Residence du Jardin de France, 4 Rue D, Point E. 38 euros. No hay wifi pero puedo usar la del restaurante camerunés a la vuelta de la esquina. Ceno un buen pescado a la plancha y hectolitros de cerveza La Gazele.

marie ba

Por la mañana me recibe Marie Ba. Viste el traje típico. Me ha preparado recibimiento con bandera de España y la Unión Europea. Organiza también un recibimiento oficial con pancarta frente a la Cámara de Comercio de la Plaza de la Independencia. Van a intentar que en la recepción haya presente un miembro de la embajada española. Delante de mí llama a José Manrique, diplomático destinado en Dakar. Su respuesta negativa es innecesariamente agresiva. La socia de la quinta empresa de auditoria del país no está acostumbrada a que la hablen de forma descortés. No entiende nada. Yo me avergüenzo de lo que estoy presenciando. Se supone que un diplomático debe ser diplomático y no un verdulero maleducado que arremeta contra los nacionales de la nación donde está destinado. Quizá a él no le parezca que merezca la atención de la embajada la visita de un compatriota en moto (yo tampoco creo merecerla y no tengo ningún interés en el Cuerpo Diplomático), pero a una empresa senegalesa con relaciones con España sí se lo ha parecido y ellos no merecen un repertorio de castiza mala educación.

madeleine

Durante estos días Dakar vive encapotada por el polvo y los aniversarios. Los contornos de los edificios se borran en el horizonte gris. Voy a correr por el paseo marítimo. Está acompañado por una autopista de dos carriles de ida y dos de vuelta. Hay mucha gente corriendo y en una parte de la playa juegan al fútbol o entrenan con pesas oxidadas, pero la atmósfera tórrida y polucionada resulta asfixiante. Me cuentan que esta macro infraestructura la acometió el presidente Abdoulaye Wade, cuyos primeros diez años en el poder se celebran hoy. Dizque liberal, derrotó el régimen socialista que gobernó durante cuatro décadas desde la independencia. Tres presidentes: Leopold Senghor, Abdouf Diouf y Wade. Corrupción absoluta, absoluta pobreza. No hubo guerra de liberación. El deporte nacional de Senegal es una lucha libre a puñetazos, pero el país es muy pacífico. De Gaulle les concedió la independencia en 1960 después de una visita en la que la multitud le mostró su deseo de libertad en pancartas. ¿Queréis la Independencia?, vino a decir. Tomadla. Pero no fue un proceso tan traumático como el de Guinea Conakry, donde el líder nacionalista Sekou Touré le espetó que preferían ser pobres y libres a esclavos ricos. El orgulloso general francés le hizo caso al pie de la letra. Guinea sería el primer país independiente del África Francesa en 1958, también el más pobre. En cuatro meses desapareció todo rastro francés. Ni trabajadores, ni maquinaria, ni infraestructura, ni edificios, ni servicios. Nada. Guinea regresó a la edad de piedra en ciento veinte días y el orgullo Francés obtuvo una satisfacción mezquina.

Si quieres leer más, pídeme el libro dedicado en info@miquelsilvestre.com

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Categorías: 100 Países en Moto, personajes | Etiquetas: | Deja un comentario

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