100 países en moto. Nº74 Rusia


bike and curch

Admitámoslo, la generación Beat ha hecho más daño a la Humanidad que cincuenta años de comunismo con sus millones de muertos y esa inútil retórica utopista que se hubo de enrejar cuando la realidad avariciosa del homo economicus se impuso sobre las quimeras de igualdad. El estalinismo ha matado mucho, de acuerdo, pero el anhelo beatnick ha matado peor. Lo ha hecho lentamente, dejando envejecer a los jóvenes hipsters y enfrentándolos al espejo de su fracaso como inconformistas. El beat, o muere joven o muere ridículo. Generaciones enteras de sensibles muchachos se han malogrado soñando con viajes iniciáticos y aventuras en la carretera; la mayoría nunca lo intentó, o como mucho se conformó con un largo fin de semana de fiesta química que no les dejó sino ojeras. Pero las verdaderas víctimas son aquellos pocos insensatos que realmente emprendieron el viaje definitivo que tenía que cambiar sus vidas. Y no es porque no lo consiguieran. Siempre ocurren cambios cuando se viaja, pero nunca del modo en que esperamos.

Yo fui uno de esos ilusos llenos de Literatura y Cine que se empeñó en hacer realidad el sueño trucado. On the Road, El Cielo Protector, Aullido, Drugstore Cowboy… Pero sobre todo, Easy Rider, la película dirigida en 1969 por Denis Hooper sobre dos motoristas que lo dejan todo tras de sí y salen a buscar su destino cargados de yerba y farlopa. La carretera interminable, motocicletas bruñidas por el sol, ocasos profundos, amaneceres lentos y el hedor dulzón de un porro tras otro. Iconos rebeldes de bajo octanaje. Éxito comercial inmediato. Mito eterno. Purpurina barata. De la película sólo se salva la breve pero inmortal aparición de un jovencísimo Jack Nicholson en el papel de abogado alcohólico, hijo de un rico cacique del más profundo y cateto sur estadounidense. Su presencia, y el lúcido discurso que se gasta, son sin duda lo mejor en una cinta mediocre. Porque la verdad es que Easy Rider es tan mala película como On the Road mal libro. No obstante, ambos títulos son culpables de un crimen peor que el de ser malos: son reos de habernos hecho soñar. Sólo por eso merecerían que el mismísimo Guy Montag* los arrojase a la hoguera sin dudar un segundo.

russia on bike

Like a true nature’s child, we were born, born to be wild” cantaba Steppenwolf en la banda sonora del film. Así nos hemos pasado la breve juventud, soñándonos nacidos para ser salvajes cuando lo que realmente era salvaje es el mundo exterior al que un día debíamos salir después de mucho sesetear en la cómoda placenta de la irresponsabilidad. Pocos tendríamos estómago para soportarlo. Yo no lo tuve. Fantaseé con el inconformismo hedonista de eterno joven rebelde, y un día desperté a punto de cumplir los cuarenta. Y como el dinosaurio de Monterroso, mi prosaico yo de todos lo días seguía allí. Así que subí a una motocicleta para alejarme de él. Sin experiencia de ningún tipo como aventurero, me largué a cruzar selvas y desiertos con la fe del poseído. Para empezar, Norteamérica de costa a costa. Dos veces, por el sur y por el norte. Los primeros veinte mil kilómetros no fueron demasiado complicados y casi llegué a creerme el personaje que había querido construir de antemano. Pero aunque los paisajes fueran sobrecogedores y las experiencias tan diversas como las muchas puestas de sol que contemplé, no se puede decir que aquello constituyera una verdadera experiencia beatnick.

Norteamérica no sorprende demasiado; quizá lo más sorprendente es lo poco que sorprende. Es grandiosa, de una belleza perfecta, casi inverosímil. Todo eso es cierto, pero cuando estás en medio del desierto del Mojave o bajo los rascacielos de Nueva York, lo miras todo con un punto de escepticismo, te encoges de hombros y te dices con gesto de paleto resabiado a lo Martínez Soria, “bueno, esto está muy bien, pero ya me lo conozco de sobra”. Porque, la verdad sea dicha, es como si ya hubiéramos estado allí. Y es que así ha sido. En efecto. Ya hemos estado antes. Muchas veces, además. Demasiadas. A través del cine nos conocemos el percal. Por eso cruzar USA y Canadá de costa a costa divierte pero no transforma. Nos sabemos de memoria el final de las películas de vaqueros y Vietnam. Después de la ensalada de tiros siempre gana John Wayne y el resplandor del NAPALM derramado sobre cualquier jungla es el más puro perfume de la victoria.

He de admitir que África tampoco funcionó como experiencia liberadora. Cierto que allí las carreteras son territorio sin ley, el clima resulta insoportable, el agua puede matar de una violenta diarrea o la violencia tribal pillarte en medio de dos fuegos. Mas todos esos obstáculos son ingredientes de la diversión. África no es ni mucho menos adecuada para vivir la aventura beat por los complejos que el propio occidental arrastra. ¿Cómo vamos a liberarnos de represiones y abrir las puertas de la percepción si no conseguimos contemplar la miseria africana sin sentir que somos responsables de ella? El libertino, el tipo guay que va de que rechaza toda convención, llega allí y de pronto asume todos los dogmas pijoprogres más tópicos. Inmediatamente se reconoce heredero del esclavismo, el colonialismo, el imperialismo, el capitalismo y el neoliberalismo. El cazador cazado. No hay On the road que valga cuando uno se siente culpable. Los últimos que consiguieron no sentirse así fueron Rimbaud, que pilló la sífilis de tanto follar con negras, y Joselito, el Pequeño Ruiseñor, que se lió a tiros con un fusil más grande que él. Los demás somos nenazas lloronas. Sí, ya sé querido lector que ahora piensas que soy un hijo de puta sin sensibilidad. Te equivocas. Tengo demasiada. Por eso África supuso un nuevo fracaso aunque la recorriera del Ecuador al Cabo de las Tormentas y del Índico a la Costa de los Esqueletos.

trigo ukraniano

Estaba a punto de asumir mi condición de turista vulgar en lugar del viajero beat con que soñaba, cuando crucé una frontera decisiva. Dejé atrás Hungría, me metí en el infierno de la Antigua Unión Soviética, y todo cambió. Definitivamente y a peor. Joder, ahí querría ver yo a Kerouack. ¿Problemas con las drogas, falta de libertad, dificultades administrativas? Por un mísero porro vas a una cárcel tremebunda; en cada pueblo un control de entrada y otro de salida; sin visado, problemas, deportación y multa. ¿Pobreza? Tanta que asombra, pero esa miseria la miras con el desapego de quien no se siente concernido ni culpable. Al fin y al cabo, te dices, este fracaso es responsabilidad exclusivamente suya. ¿Replanteamiento de esquemas? Absolutamente. Si alguna vez tuve veleidades izquierdistas, se me quitaron de golpe. Aquel régimen fue un desastre total. Escalofría sólo imaginar que hubieran conseguido exportárnoslo. Desde luego, este capitalismo de rostro amable que nos venden como un nuevo orden es una mierda, pero allí, además de la misma mierda globalizada, sufren desde hace sesenta años paisajes de fealdad atroz, estructuras administrativas policiales y una corrupción absolutamente institucionalizada.

russian landscape (3)

Y encima no se les entiende una palabra porque sólo hablan ruso, que es un idioma de lo más cabrón. El viaje se tornó incomprensible nada más entrar en Ucrania. Fue como ingresar en el túnel del tiempo para retroceder a los años cincuenta. A los peores años cincuenta de los planes quinquenales, las delaciones y el KGB. Policías ásperos, nula cordialidad, señales en ininteligible alfabeto cirílico, pueblos decrépitos, tipos ociosos vestidos con camiseta de tirantes, miradas de curiosidad nada amable, pésimas carreteras, infinitos campos de trigo arados por bueyes. En Ucrania sigue en pie toda esa vieja épica musculosa de cuadriculados héroes del pueblo sin más sentimientos que la dictadura del proletariado. Estrellas rojas, monumentos a la victoria contra Alemania, esculturas dedicadas al agricultor, al soldado, al artesano, al obrero. Lo curioso es que esa imaginería oxidada coexiste con un fuerte resurgir religioso. Lenin y Cristo conviven ahora frente a frente.

ukranian briber

Casi nadie sonríe. Salvo los agentes de tráfico, que sonríen constantemente. Pero la suya es una sonrisa de hiena. Su repulsiva desfachatez para cobrar sobornos demuestra que es una corrupción consentida por las autoridades, cuando no directamente alentada. Así no hay quejas por los salarios de miseria. Liberalismo puro en la prestación del servicio. Hacer los primeros ciento cincuenta kilómetros me ha costado un buen puñado de euros. He pagado la novatada. Pronto aprenderé que incluso para la extorsión hay fijadas tarifas aceptables. La alternativa es siempre igualmente expresada: “money o protocol”; o sea, lo solucionamos aquí y ahora, o mediante una lenta y burocrática denuncia. Así que uno paga lo que sea sólo para poder seguir su camino lleno de baches en dirección al próximo villorrio devastado.

 

Entrada en Rusia. Militares, policía, agentes de aduana. Grandes gorras de plato, ladridos y mucho papeleo incomprensible. Volvogrado, la antigua Stalingrado, es un agujero. Escombros industriales, naves abandonadas, fábricas en ruinas, fracaso en gris de un sueño de supremacía. Sucio y ajado, el hotel es un agujero dentro del agujero. En la cafetería hay dos rusos y una tía muy joven. Beben vodka. Uno lleva un escorpión tatuado en la muñeca. Tiene aspecto de orangután. El otro, rubio y aniñado, chapurrea algo de inglés. La chica es prostituta. Me ofrecen vodka. Lo pruebo, es muy aromático. Peligroso. No bebo más. Ella dice que quiere tener sexo conmigo, pero en grupo. Declino la invitación. Siguen bebiendo. El de los tatuajes me llama hermano. El rubio sube a la habitación con la chica. Baja sin camiseta a los cinco minutos. Me dice que lo que quiere es que suba con él. Me levanto. Salgo del hotel. Cojo la moto y me largo a buscar cualquier otro agujero. Desde la terraza, el tipo grita que no me vaya, que ha sido un malentendido. Puede ser, pero no tengo ningún interés en comprobar cuan equivocado estoy respecto a sus buenas intenciones.

lenin (2)

La ciudad de Astrakhan aparece sobre el delta del Volga. Canales. Casas antiguas. Mosquitos hambrientos. Encuentro un hotel con aspecto de mansión de los Monster. Paso un severo escrutinio de visado y pasaporte. Sin estar todo en regla no hay habitación. Las recepcionistas de los mejores hoteles lo que primero hacen es ladrar: “Passport”; luego, si el establecimiento es muy caro, a lo mejor sonríen. Éste no lo es, así que no hay sonrisa. Uno de los guardas indica dónde puedo cenar. Como sus explicaciones resultan ininteligibles, me acompaña. Le doy una propina por ello. Creo que son 10 rublos pero me estoy equivocando. Estos jodidos billetes parecen todos iguales. El restaurante es oscuro. Terciopelos y cortinones. Soy el único comensal. Pido cerveza y ensalada griega. Muy buena. Vegetales frescos, abundantes, sabrosos. Luego más cerveza y el segundo plato. Un pucherito con carne estofada y patatas. Delicioso. Alimenticio. Me siento en la gloria. Termino el banquete con 50 gramos de vodka.

volga bike

Sale la gorda cocinera. Me exige con gestos que pague. Le digo que su comida estaba buenísima y entonces se deshace. No es mala gente. Me pregunta si soy italiano. No, español. ¡Español! Se sorprende. Saca una aceituna de la cocina. Son de Sevilla. Nos reímos. Sí, faliki, aceitunas. Pregunta si tengo niños, contesto que no y me ofrece como esposa a la camarera rubia. Pido la nota pero no tengo bastante dinero. Caigo en la cuenta de que he regalado 500 rublos, una pequeña fortuna. Voy al hotel a por algo de efectivo. Explico a los guardas lo sucedido. Entonces acontece el gesto más extraño que he visto en todos mis viajes. El tipo me devuelve el billete de 500 rublos. Se ríen de mi cara de borracho estupefacto. Deben pensar que estoy chiflado o que soy tonto de baba. Probablemente las dos cosas son ciertas pero esta noche nada de eso importa. Respiro el aire fresco que emana del canal. Me siento ebrio y feliz.

La felicidad no durará mucho. Nunca lo hace. Menos en Rusia. El paisaje hacia el éste es mucho más bello que en la parte europea del país. Estepa, caballos salvajes y gente de rasgos orientales. No es el típico horizonte de la literatura de Bowles, pero tal vez aquí el cielo me proteja. Equivocación. No se puede entrar en Kazajstán sin visado. No sólo no lo expiden en la frontera sino que por lo visto es casi un crimen lo que he tratado de hacer. El comandante del puesto, un tipo con un montón de estrellas y entorchados, me hace mil preguntas. ¿Quién soy, qué pretendo, por qué quiero asesinar al jefe del Estado? Me llevan de aquí para allá por unas dependencias sórdidas y siniestras. Despachos tétricos con la ubicua foto del presidente Nazarbayev. El preboste brilla de maquillaje y fotoshop. Aparenta treinta y cinco años y no los más de setenta que en realidad tiene. Viejos perros con nuevos collares. El comandante teclea lenta y trabajosamente con un solo dedo en un vetusto ordenador. Me obliga a firmar una declaración en ruso que no entiendo. Por fin, resuelve que tengo que regresar por donde he venido.

lenin square astrakhan

En Rusia tampoco me quieren dejar entrar. El visado ruso expiró al salir del país. Miran mi pasaporte como buscando una clave, una señal, un holograma escondido que me delate como espía o traficante. Joder, es un pasaporte, pienso yo. El jefe de policía de fronteras, un chaval delgado y pálido, se lo toma con una pereza suprema. Las horas van pasando. “Tienes un problema”, me dice por fin, “nadie te quiere en Asia Central. “No”, contesto, “el problema lo tenemos los dos, porque aquí estoy bajo tu jurisdicción”. Al final, me deja regresar a Astrakhan. Viajo con miedo de que me pare la policía. Sin visado soy carne de cañón. No podré ni ocupar una habitación de hotel. Lo intento en uno de 4 estrellas, quizá en un sitio caro sean menos rigurosos. La recepcionista no se da cuenta hasta que examina la fotocopia del pasaporte y repara en que mi visa caducó esta mañana. Demasiado tarde. Ya me ha dado la habitación y no me puede echar.

Ahora mismo soy un extranjero ilegal. ¿Qué consecuencias puede traerme eso en esta nación con una democracia más falsa que un Rolex de Taiwan? Lo ignoro. Sólo tengo vagas referencias de enormes multas e incluso encarcelamientos por ilícitos administrativos que en Occidente no tendrían mayor importancia. Aquí todo es importante, sobre todo el papeleo. Este país es poco amable. He tratado con los suficientes policías rusos como para haberme dado cuenta de que les resultaría placentero joder a un europeo en apuros. La paranoia se dispara. Tal vez entren en tromba y registren el equipaje buscando evidencias de mis delictivos propósitos. ¿Qué haría Jack Kerouack en mi lugar?

bike and heroes

El departamento de Inmigración es un pasillo con dependencias a los lados. Triste como todo lo oficial. Me estaban esperando. Ya sabían que un español iba por ahí sin visado. La chica que me atiende es guapa. Me trata bien. Una sonrisa a veces vale más que mil palabras. Accede a concederme un visado de tránsito por diez días. Lo curioso es que aunque viaje en moto tengo que adjuntar un billete de tren o autobús para el expediente. Absurda burocracia. En cualquier caso, por la tarde obtengo el ansiado documento. Soy legal otra vez. Mi clandestinidad ha durado dieciocho horas. Con la visa en mi poder puedo poner rumbo a Europa, a la civilización y a la comodidad que supone viajar cien kilómetros sin que te pidan diez veces los papeles y un soborno. Sin embargo, cuando voy a recoger mi alijo, algo me lleva a parar en el consulado kazajo a preguntar si sería posible obtener el visado de entrada en el país de la Nada Absoluta. Los pillo de buenas. Sí me lo harán. Ya habían sido advertidos por el comandante del puesto fronterizo de mi intento de entrada y sentían curiosidad por verle la cara a ese lunático que quiso violar la integridad territorial de Kazajstán.

Estoy en un dilema, pienso mientras lavo la moto con una toalla cogida de la habitación. Regresar por donde he venido es lo más sensato porque si entro en Kazajstán no podré salir del infierno ex soviético en varios meses. Nada hay más complicado que viajar por estas putas naciones ficticias del Asia Central que se inventó Stalin un día que estaba inspirado entre purga y purga. Para regresar a Europa si no salgo ahora mismo tendría que llegar hasta Almaty, a más de dos mil kilómetros a través del desierto kazajo, ya en la frontera con China. Sólo allí hay un consulado de Uzbekistán donde tramitar de nuevo los sucesivos y complicados permisos de entrada en Turkmenistán y Azerbaiján, únicas posibles vías de escape por el Cáucaso hacía Georgia y Turquía. No sé qué hacer. Un tipo sale vociferando del hotel. Aúlla histérico que he destruido la toalla y que me la van a cobrar. No le hago ni puto caso, ya conozco esta forma rusa de gruñir. Sin embargo, sus gritos me ayudan a tomar una decisión.

bike on grass

Me despierto eufórico. Bajo alegre a recepción. En la cuenta que me quieren cobrar está el precio de la toalla presuntamente echada a perder. “De acuerdo”, les digo, “si voy a pagarla, la quiero”. Me traen una completamente blanca, inmaculada. No y no. “Quiero la misma toalla que se supone que he arruinado irremediablemente, ese trapo ennegrecido que no sois capaces de encontrar entre un montón de toallas blancas”. “Vaya”, comento como quien no quiere la cosa, “pues parece que no la arruiné tanto”. Al final ceden. No me la cobran. He ahorrado un pequeño puñado de rublos. Poca cosa, de acuerdo, pero me sabe a gloria esta pírrica victoria sobre la formalista mentalidad rusa. Salgo de la ciudad. En el camino me para la policía. La sempiterna alternativa. “¿Money o protocol?” Pero algo ha cambiado en estos días. Tal vez haya cambiado yo. Esta vez elijo “Protocol”. El mensaje es claro: vamos a rellenar papeles, vamos a molestar a mi embajador y a vuestros jefes y vamos a perder aquí todo el día si hace falta porque no tengo ninguna prisa. Respuesta correcta. Lo que menos les gusta a estos hijos de puta es trabajar. “Davai, davai”, dicen resignados. O sea, largo de aquí.

crossing camel

En la frontera, la oficial que estampa el pasaporte tiene las uñas prolijamente decoradas. Cuando le digo que son muy bonitas me enseña una dentadura con más oro que una joyería de Serrano. La chica es bonita pero sus áureos piños echan para atrás. Es una epidemia esta forma de empastar. Me despido alegre de Rusia. Esta vez sí tengo visado. No os queda más remedio que dejarme entrar. Aun así, los guardas fronterizos de Kazajstán consiguen ponerme nervioso. Preguntas, exámenes, amenazas. Estos tipos sí que saben atraer turistas. ¿Drogas? Niego vehementemente. Uno de los aduaneros me dice que si soy de España es seguro que llevaré encima marihuana. Revisan con detenimiento mi equipaje pero no logran dar con el escondrijo. Sudo en silencio mientras realizan el registro. Me esperan muchas fronteras calientes a lo largo de la ruta por la que viaja la heroína afgana hasta Europa. Pero en realidad sé que no lo haré. He leído demasiadas veces On the road y visto hasta la náusea Easy Rider. Un verdadero beatnick nunca se deshace de sus valiosas provisiones. Con algo habrá que abrir las jodidas puertas de la percepción. Si es que algún puñetero día de estos consigo encontrarlas.

camels

Este texto se publicó con el título de On the (soviet) road en un libro de varios autores como homenaje a los autores de la Generación Beat.

 

 

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Categorías: 100 Países en Moto, personajes | Etiquetas: | 2 comentarios

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2 pensamientos en “100 países en moto. Nº74 Rusia

  1. El Árbol de las Levas

    Se me acaban de quitar las ganas de planear tan si quiera un viaje a Rusia jajajaja

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    • Yo no la encontré tan problemática. Tiene algo de auténtico. Al principio desconcierta, pero rápido te adaptas y aprendes a tratar con los rusos. Hasta conseguí que unos polis rusos me perdonaran la multa (por exceso de velocidad, en uno de los pocos tramos de asfalto decente) jajajaja

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