100 países en moto por orden alfabético. Nº68 Paraguay


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Paraguay es un país de Sudamérica que no tiene salida al mar, encajonado entre Brasil, Argentina y Bolivia, con todos sus vecinos estuvo en guerra. Es también un país muy desconocido porque las rutas overland por Sudamérica suelen ignorarlo, y sin embargo es muy interesante porque es la única nación donde el idioma originario, el guaraní, se habla tanto o más que el español, y porque la ruta a través del Chaco es una auténtica aventura. Tuve ocasión de recorrerlo de este a oeste, desde Uruguay a Bolivia durante el rodaje de la primera temporada de la serie de Televisión Española Diario de un Nómada. De esa odisea escribí un libro homónimo del que rescato los siguientes párrafos.

Al salir de Filadelfia encontré dos policías en la rotonda. En casos de encontronazo directo con la autoridad en terruperios tan lejanos y tan acostumbrados a la rutina del conocerse todos a todos, donde soy una auténtica nave espacial venida de otro mundo, prefiero parar por propia iniciativa y hacerles una pregunta banal sobre la ruta. He comprobado que esta actitud tranquiliza a los agentes de la ley y nos evitamos escenas de crispación. Si me paro con calma delante de ellos y les hablo sin temor, inconscientemente reduzco el nivel de inquietud que todo funcionario experimenta ante la presencia de desconocidos en un su territorio. Pero para eso es fundamental un elemento que algunos motoristas pasan por algo. El casco modular, que se puede abrir completamente dejando el rostro al descubierto.
Un motorista con casco es un hombre enmascarado, pero si enseña su cara, sonrisa, ojos y expresión, es ya una persona. Lo he dicho muchas veces, la sonrisa es el mejor pasaporte. Abre muchas puertas y evita muchos problemas.

—¡Hola!—les dije alegremente.

—¡Hola! ¿Que tal?—contestó el policía más mayor.

—¡Bien!—respondí—. Voy para Mariscal Estigarribia.

Otra norma básica con la policía. Siempre quieren saber donde va uno, aunque se esté en un país de libre circulación, la pregunta es siempre la misma. Y usted, ¿a dónde va? Y para evitar el interrogatorio, lo mejor es dar uno mismo la información.

—Es derecho para Estigarribia—indicó el agente señalando la única carretera.

—Y ¿a cuánto está más o menos?

—A 80 km o 89 km

— Y luego, después de Mariscal Estigarribia, para ir a Bolivia ¿cómo está la carretera?

—Pésimo—afirmó el policía sin más diplomacias.

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Me despedí y me fui. Todo el encuentro duró tres minutos o menos. Estaba seguro de que si hubiera intentado simplemente irme sin más, me habrían dado el alto. Las preguntas de quién soy, qué hago, de dónde vengo y a dónde voy habrían consumido mucho más tiempo. Y no quiero ni imaginar que me hubieran pedido algún documento. Mostrar un carné de conducir internacional a cualquiera de los policías de los países firmantes de los tratados de mutuo reconocimiento es como enseñarles el indescifrable libro sagrado de la Tora. Bizquean, parpadean, ojean el documento de arriba abajo y de detrás adelante y al final lo devuelven y dejan pasar porque no entienden nada pero un funcionario jamás reconoce que algo no lo sabe o no lo entiende, pero hasta que procesa todo el razonamiento y decide quitarse de en medio utiliza lo que a él le sobra y a ti te falta: tiempo.

El camino aún me deparó un encuentro más. La carretera se proyectaba como un salivazo gris sobre la espesura. Divisé unas vacas pastando y aflojé la marcha. Los animales cruzan libremente en la mayor parte de países y es responsabilidad tuya el esquivarlos. La regla suele ser así en el mundo, salvo en la burbuja liofilizada occidental. Si mi vaca pasta en el campo y cruza la vía pública y tú te estrellas contra ella por ir rápido, tú me pagas la vaca y te jodes con los daños de tu vehículo. Bueno, eso si el conductor no vuela por encima de la vaca al conducir un gran camión, invulnerable a los topetazos, y pasa de largo con total indiferencia, entonces el que se jode es el dueño del animal. Las normas de circulación son muy diferentes por ahí fuera a lo que estamos acostumbrados.
Al reducir la velocidad vi que las reses iban con su vaquero. Un gaucho a caballo, con botas y sombrero de ala ancha. El tipo era orondo y emanaba una gran humanidad.

—¿Como se llama usted?—le pregunté.

—¡Cándido!—contestó.

—¡Que bonito nombre! ¿Sabe usted que hay un libro titulado Cándido?

—¡ah!—se sorprendió.

—Sí, de Voltaire, un filósofo francés. Pangloss, preceptor del joven Cándido, decía que estaba muy contento con el mundo, que vivimos en el mejor de los mundos posibles.

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El gaucho me miró sin comprender que carajo le decía, aunque yo sospeché que para él era más cierta esa afirmación optimista que para el personaje de ficción creado en el siglo XVIII por un sardónico Voltaire, quién jamás reconoció ser el autor del libro. La novela intenta p ridiculizar el optimismo de Leibniz, quien afirmó que al ser Dios el creador del mundo, había barajado todas las posibles combinaciones matemáticas y al final se había decantado por esta que vemos, porque aun siendo imperfecta, es la mejor posible. Voltaire creo al personaje de Pangloss imitando a Leibniz y ante cada desastre que acontecía a la pareja de maestro y discípulo respondía: “Estamos en el mejor mundo posible.”

Pero como eso resultaba un poco complicado de explicar a un gaucho en el arcén, me refugié en la dialéctica socrática del razonamiento extraído con preguntas a las gentes sencillas.

— Y es que teniendo tereré todo está bien ¿no?

—¡Sí! –exclamó entusiasmado mi nuevo amigo—¡Todo tereré!

MARISCAL ESTIGARRIBIA

Y la carretera se estiró sobre la sabana y se fue haciendo cada vez menos confortable y cada vez estaba más rota y cada vez más pésima, como me advirtieron los policías. Al final de la mañana llegué a un poblado triste y desolado. Coronel Estigarribia, llamado así en honor a un héroe de la Guerra del Chaco entre Bolivia y Paraguay, uno de esos conflictos terribles que se vivieron en Sudamérica ante la total indiferencia de la opinión pública europea pero con pingües beneficios para algunos comerciantes y gobiernos europeos que suministraron armas y pertrechos a los contendientes.

La guerra del Chaco, de 1932 a 1935, fue la conflagración sudamericana más importante, violenta y mortífera del siglo XX, pero en Europa ni se enteraron ocupados como estábamos en preparar nuestras propias matanzas al por mayor. Las razones por las que dos de los países más pobres del continente se enfrentaron por ese pedazo de tierra yerma casi deshabitado pueden reducirse en realidad a la necesidad imperiosa de Bolivia de obtener una salida al mar después de que Chile le arrebatase su puerto marítimo en la guerra del Pacifico y al grave recorte territorial y de orgullo que sufrió Paraguay tras la guerra de la Triple Alianza. ¿Pero si en el Chaco no hay mar, porque entonces pelearse y entregar a la matanza a decenas de miles de hombres? Pues porque la salida al Atlántico la ofrecía el río Paraguay.

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Tras decenas de miles de muertos en un conflicto sucio y feo, en un teatro de operaciones inhabitable, con muchas bajas civiles de hambre y enfermedad, El armisticio se firmó en Argentina por presiones de Estados Unidos, pero sobre todo por agotamiento de los contendientes, especialmente de Bolivia, país que había enviado a morir al Chaco a miles de campesinos reclutados a toda prisa. En la firma del acuerdo se vieron las caras un general boliviano, llamado Peñaranda, cubierto de entorchados y correajes, y un sencillo militar paraguayo pero con grandes dotes de estratega, José Félix Estigarribia, “de mirada dulce y tranquila”, como alguien escribió entonces, y que se había formado como oficial en Chile, Europa y África.

El pueblo que llevaba su nombre era una aldea en el extremo occidental del Paraguay. A partir de ahí era donde comenzaba el tramo peor de la carretera Transchaco hasta la frontera con Bolivia. Todas las informaciones eran que la ruta asfaltada estaba destruida y que el mejor camino era tomar una pista de tierra llamada Picada 500, que iba directamente hasta el puesto fronterizo de Infante Rivarola, a 230 kilómetros. La senda no era mala salvo cuando llovía, porque entonces se convertía en cenagal. Era una decisión difícil de tomar porque las dos opciones eran malas. Cuando una ruta de asfalto se arruina es siempre peor que una pista de tierra. Los baches son continuos y duros. No hay momento de descanso. Eso sugería tomar la Picada 500. Pero si llovía, el barro tropical sería un suplicio.

En esas dudas estaba cuando vi un cartel a la entrada del pueblo donde ponía Inmigración del Paraguay. Podría haber pasado de largo porque el edificio estaba algo apartado de la carretera, pero un sexto sentido de viajero me hizo fijarme en la palabra “inmigración” y repetírmela en la mente mientras me alejaba camino del centro urbano. Cuando el mensaje caló en mi entendimiento, frené. Inmigración es algo que solo está en las fronteras. Si había un departamento de inmigración en Coronel Estigarribia, a más de 230 kilómetros de la frontera quizá era porque en la linde no lo había. Y si allí no lo había, nadie me podría sellar el pasaporte ni dejarme salir del país. Estas cosas son así. A veces sucede esto porque los países no tienen presupuesto para mantener a los funcionarios en puestos fronterizos lejanos o poco transitados, como nos pasó en Brasil al salir de Uruguay, y los trámites hay que hacerlos antes de salir físicamente del país.

 

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Di la vuelta e hice señas a Heber para que me imitara. Me detuve en la puerta del departamento de inmigración. No era más que un galponcillo con un tipo ocioso, una mujer de misteriosa ocupación y un perro somnoliento.

—Voy a Bolivia—dije— y he visto el cartel de migración así que he decidido preguntar aquí no vaya a ser que en esa frontera tan chica no haya un departamento de migraciones y no pueda entrar en Bolivia.

—Gracias a Dios que vio ese cartel grande que está ahí sobre la ruta—
dijo el tipo, que se puso casi en posición de firmes cuando vio aparecer la cámara de Antonio, quien había aprendido que en situaciones así en las que yo me ponía a hablar con alguien, tenía que encender la Panasonic y preguntar después.— Ahora mismo te vamos a sellar acá la salida.

—Pero bueno, si no llego a preguntar—comente´.— y me paso de largo este puesto y llego a la frontera, ¿me hacen regresar?

—Puede ser si, puede ser no—respondió él a lo gallego.

Por lo menos me confirmó que hacía dos días que no había llovido y que la ruta estaba seca. El tipo nos sugería que saliésemos en aquel mismo momento hacia la frontera, que llegaríamos de sobra, pero ya eran pasadas las dos de la tarde y decidí que lo mejor era descansar y afrontar el desafío de la Picada 500 por la mañana. De modo que pasamos la noche en el único hotel de Coronel Estigarribia. Aunque no creo que se le pueda llamar hotel porque aunque debió serlo, en aquel momento estaba en obras. Había sido una especie de motel con patio interior ajardinado y habitaciones a lo largo de un corredor que daba a ese jardín. Lo que ocurría era que el negocio había cerrado hacía años y el patio era descuidada selva y los dormitorios basureros o almacenes de chatarra.

El dueño era un joven uruguayo que por razones desconocidas y esotéricas pensó que sería un buen negocio rehabilitar aquel fantasmal albergue en un pueblo perdido y remoto del Chaco Boreal. Cuando nos vio aparecer ofreció un dormitorio triple por sesenta dólares. Era un robo. Pero podía pedir lo que hubiese querido porque no había otra opción. Nos dijo que apenas llevaba una semana con las obras, pero que apenas nos molestarían. Nos llevó a la parte trasera y allí mostró el más horrible cuarto para tres que había visto. Catres oxidados y vencidos, paredes desconchadas y baño de azulejos desportillados.

—¿Internet?

—No.

—¿Aire acondicionado?

—No.

—¿Restaurante para comer algo?

—No.

—Estupendo—dije sonriendo—, nos lo quedamos.

Cuando se fue nos quedamos mirándonos unos a otros y comenzamos a reírnos. La aventura es la aventura, como dijo Belmondo. Aunque hubo alguna discrepancia inicial, al final reconocimos unánimemente que aquel era el peor agujero de todos en la lista de peores agujeros. Había quien seguía defendiendo ese honor para Porto Mauá, pero cuando se fue la luz durante horas y permanecimos a oscuras, se acabaron las discusiones al respecto.

LA PICADA 500

Si uno busca en internet referencias sobre “Picada 500” le aparecerán fotografías de recetas de cocina con carne molida y unas curiosas noticias publicadas por la prensa paraguaya sobre la negativa del gobierno paraguayo a asfaltar la Picada 500 para gran preocupación de los homólogos chileno, argentino, boliviano y brasileño, deseosos de establecer un corredor comercial para los productos de uno y otro lado del norte del Cono Sur. Pero como los paraguayos se niegan al asfaltado por razones poco claras, el libre y fluido tránsito se ve interrumpido en el Chaco Boreal.

 

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El periódico paraguayo ABC lo comentaba así ya en el 2003 y desde entonces el asfalto no había aparecido

“Entre el 18 y el 20 de noviembre está previsto llevar a cabo en Asunción una reunión de gobernadores (…) El objetivo del encuentro es analizar el proceso de integración regional y la implementación de proyectos viales pendientes. Los gobernadores de las provincias argentinas de Salta y Jujuy se encuentran preocupados por la negativa de Paraguay de asfaltar la Picada 500.

Esta decisión tendrá un impacto negativo en el objetivo de convertir el noroeste argentino y el Chaco paraguayo en mercados complementarios. Tanto Salta como Jujuy llevan a cabo millonarias inversiones en procura de unir su infraestructura vial con Chile y Paraguay. (…)

El tramo conflictivo es Paraguay. El Gobierno de nuestro país tomó la decisión de llevar la ruta Transchaco desde Mcal. Estigarribia hasta La Patria y de allí a Infante Rivarola, dejando de lado el asfaltado hasta el puente sobre el Pilcomayo, en Pozo Hondo.

No solo las autoridades argentinas están preocupadas, sucede lo mismo con los chilenos. En Antofagasta se considera la decisión de Paraguay como un boicot al megapuerto de Mejillones, que es el principal proyecto portuario de Chile, con miras a captar productos del Mercosur con destino a mercados asiáticos. “

¿Qué clase de ruta podía ser la Picada 500 para afectar de aquella manera las relaciones internacionales en la región? Un poco de asfalto no podía ser tan determinante para permitir o no el paso de las mercaderías desde la frontera a Mariscal Estigarribia, distante solo 230 kilómetros. ¿O sí?

 

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El cartel nos indicaba Picada 500. Picada 500 no es ningún pueblo sino que es la ruta en si misma. Una pista sin asfaltar que si llueve se convierte en un barrizal absolutamente impracticable. De hecho, estos últimos 230 kilómetros a la frontera con Bolivia de Infante Ribarola es el verdadero desafío de la Transchaco porque hasta el momento, desde Asunción hasta allí no habíamos tenido ninguna dificultad a través de una carretera asfaltada con algunos baches y eso sí, mucho calor. Pero salvo eso, nada serio, una ruta para niños. ¡Ahí empezaba lo bueno!

Al comienzo del recorrido me crucé con algunos indígenas pero poco después desapareció la gente. El Chaco austral es una de las últimas fronteras agrícolas modernas. La densidad demográfica es muy baja y el territorio pobre y áspero. Debido al terreno complicado, fui dejando la camioneta atrás y pronto solo quedamos la moto, el horizonte verde y plano y unos árboles de tronco recto y sin apenas ramas hasta llegar a una copa en forma de cono invertido. Esa copa estaba formada por sarmentosas ramificaciones de las que brotaban unas hojas pequeñas. Era el quebracho chaqueño. Su nombre viene de quiebra hacha por la dureza de su madera, muy apreciada en ebanistería y en curtido de cueros gracias a sus taninos. La explotación del quebracho es masiva y al visionar las imágenes aéreas del drone veríamos inmensas calvas en la arboleda.

Me preocupaba el tiempo. Veía nubarrones al fondo y era muy probable que estuviese lloviendo. Este camino de tierra y arena entre la jungla en tiempo seco sería muy divertido, pero si se me ponía a llover iba a ser un infierno. Esperé no haberme equivocado de decisión. Yo quería salir del infierno verde y tener más éxito que Juan de Ayolas, quien participó en la fundación de Buenos Aires y en 1537 salió a explorar el Chaco en busca de un mítico cerro rico del que hablaban los indígenas, pero sin encontrar tal mina de plata, jamás logró salir del Chaco.

 

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Y entonces comenzó a llover. Lleva lloviendo diez minutos y ahora mismo me estoy mojando y el suelo que piso está embarrado y resbaladizo. La selva electrificada corre a los lados mientras una cinta de barro se desliza veloz debajo de mí. El horizonte es una delgada línea verde que se funde con un cielo ominoso de color gris pisoteado. En la caliente espesura se hiende frente a mis cansados ojos un largo cuchillo de tierra encharcada, cuya invisible punta parece perderse en una lejanía sin accidentes reconocibles ni más esperanzas que la de llegar a Bolivia antes del anochecer. Me rodea una inmensidad vegetal de arbustos feraces, una maraña sarmentosa de espinos en la que la vida humana no ha sido nunca bienvenida. El Chaco paraguayo hierve a más de cuarenta grados en su caldera de incomestible vegetación.

Frente a mí se alzan unos montículos de lodo. Están a una veintena de metros. Se dispara la alerta de mis sentidos a pesar del embotamiento. Imposible esquivarlos. Agarro el manillar dispuesto a pasar por encima. Intento negociar los montones por su bisectriz, donde la superficie parece más plana. Pasa la rueda delantera y acelero muy suavemente intentando que los tacos de las gomas enduro muerdan algo de tierra debajo del blando pastel y me saquen de aquí con la ayuda de los muchos caballos de mi moto Pero debajo no hay nada mas que más barro. La rueda trasera patina. La BMW gira bruscamente sobre su eje y se precipita al suelo por el lado izquierdo con el ruido mate de una maza de carnicero sobre un trozo de res. No hay ningún deslizamiento a pesar de que circulaba a casi sesenta kilómetros por hora. El barrizal lo impide con su viscoso abrazo. La moto se detiene en seco y yo absorbo toda la energía cinética al clavarme el manillar en el torso. Todo dura menos de un segundo. Quedo sin respiración tirado en el fango. El silencio solo se rompe por la grosera rumorosidad del motor boxer de 1200 centímetros cúbicos. Me incorporo y lo apago. Ya solo oigo el latido de mi corazón y como la sangre bulle nerviosa en mis sienes.

ENCUENTRO CON LA REALIDAD

Esta es la realidad de Diario de un Nómada. Somos tres extraños perdidos en mitad de un páramo de espinos en las más despoblada región de Sudamérica y nadie nos echa de menos. Hemos estado al borde de la guerra civil. No tenemos apenas dinero, no tenemos soporte exterior, no usamos teléfono satélite, no existe un plan de emergencia ni un rumbo definido. Estamos solos. Nos queda todavía más de la mitad del viaje. La producción no tiene guión ni escaleta ni orden ni concierto, no sabemos donde vamos a dormir cada noche, no sabemos que vamos a filmar cada día, ni tampoco conocemos el tiempo que nos hará mañana. Dirijo un rodaje sin experiencia alguna, no tengo dotes de mando, no sé dialogar, y no sé muy bien qué diablos quiero contar en el fondo. Pero por alguna incompresible razón, tengo fe inquebrantable en que estamos haciendo algo que va a ser bueno y por lo que vale la pena jugarse el tipo y todos los ahorros. Y en eso estoy.

Espero a que lleguen mis compañeros. Tardan apenas unos minutos.

—Antonio—respondo jovialmente mientras hago un gesto para impedir que me ayuden—, filma como levanto la moto, que estos momentos son los que quiere ver la gente. Lo que les divierte es que yo lo pase mal.

 

 

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