100 países en moto por orden alfabético. Nº67 Panamá


 

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Panamá es un país centroaméricano que conocí durante el rodaje de la 1ª temporada de la serie de Televisión Española Diario de un Nómada. Era el final de un viaje que subía desde el extremo sur del continente, desde el Estrecho de Magallanes. Pero a Panamá no se puede ir en moto porque la carretera Panamericana se corta al llegar a una selva impenetrable. Es el Tapón de Darién que se puede saltar en barco o en avión. Elegí hacerlo en barco y este es el relato de aquella aventura, narrada en el libro Diario de un Nómada.

Despierto bajo un cielo azul marino. Todavía no ha amanecido completamente. El viento es fresco y salino. La vela mayor está hinchada sobre mí. El mar zumba bajo el casco y el vaivén del Independence deslizando las aguas negras es suave, veloz. Ya superamos las incómodas olas de la víspera. Me incorporo sobre la colchoneta azul de cubierta y veo en derredor una pequeña muchedumbre de durmientes. Tardarán en despertar. Anoche bebieron ron y vodka hasta bien entrada la madrugada. Para estos jóvenes anglosajones, sonrosados, imberbes y rubios, navegar entre Colombia y Panamá es una interminable juerga caribeña de cinco días. Para mí el único modo de superar el Tapón del Darien.

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El Independece es un barco viejo con más de cuarenta años de servicio. Y parece todavía más antiguo. No es un crucero porque carece de comodidades y estabula sin espacio para ello a 38 pasajeros y seis tripulantes. En realidad, estoy sacando la moto ilegalmente de Colombia y pienso entrar ilegalmente en Panamá lejos de cualquier puerto comercial legalmente autorizado para importar mercancías. Hay tres retretes, cuatro camarotes, una sala que sirve tanto de comedor como de dormitorio, unas colchonetas en la estrecha cubierta, cucarachas por doquier, un capitán lunático y de tempestuoso genio, pero tiene la ventaja de que el casco es de acero y tiene motor, es por eso el navío más rápido y seguro de los que hacen la ruta. Al ser alto, las cuatro motos que viajan van en la cubierta superior, a resguardo del agua de mar. Es una navegación de lo más incómoda. Nos dedicamos 5 días a navegar por las islas coralinas del Caribe y a tener fiestas cada noche. Lo único realmente malo es el espacio tan reducido que tenemos en el barco.

No recuerdo como conseguí el contacto, pero hace semanas escribí a un hostel de Cartagena para reservar plaza para Antonio, para la moto y para mí. Recibí una rápida respuesta que me requería para hacer un depósito de cien dólares no retornables si no llegaba a tiempo. El barco salía de Colombia dos veces al mes y si no tomaba el que salía el día reservado, debería esperar dos semanas y pagar de nuevo el depósito. El coste total era de unos 2000 dólares. ¿A qué tenía derecho por ese dinero? El correo no lo aclaraba pero una vez a bordo comprobé que el precio incluía un retrete compartido, un camastro donde me lo encontrase, tres comidas diarias, a cinco noches de fiesta, a cinco mañanas de resaca, a compartir espacio con una turba de jóvenes borrachos y a una postal del paraíso entre los atolones del archipiélago de San Blas.

El hostel donde debíamos conseguir los billetes estaba en el barrio histórico de Getsemani, que era donde vivían los esclavos y hoy es el solar de los hoteles baratos para los mochileros de todo el mundo que recalan en Cartagena de Indias. El albergue era el típico almacén de pies negros cargados de mochila, rastas y tatuajes. Básico pero pretendidamente cool, con las paredes pintadas con grafitis y cortinas de cuentas por aquí y por allá. En el patio se despatarraban los viajeros juveniles que, como en el juego de la oca, van siempre de albergue en albergue, según el itinerario marcado por las guías de trotamundos de sandalia. Lo único que me pareció interesante allí era una Yamaha XT 660 con maletas de viajero, pegatinas de países sudamericanos y matrícula de Luxemburgo. Pregunté por el conductor, pero no estaba presente.

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El dueño del hostel era un australiano hastiado cuyo mejor amigo parecía ser un enorme gato que dormitaba sobre su escritorio. Confirmó con desgana nuestras reservas y contestó mecánicamente las preguntas que le hicimos. Él no tenía relación con el barco, solo recibía las reservas. No había camarotes privados, el barco iba completamente lleno y el capitán no se encargaba de los trámites burocráticos de la aduana, solo de los de inmigración. Sellarían nuestros pasaportes de salida de Colombia y entrada en Panamá pero no obtendríamos autorización para sacar la moto de un país e importarla en el otro. Eso era asunto nuestro. Se tomaba o se dejaba. Tampoco se asumía responsabilidad alguna por posibles daños en los vehículos durante las operaciones de embarque o desembarque.

 

—¿Pero hay algún riesgo?—pregunté algo preocupado.

 

El australiano se encogió de hombros.

 

—Nunca ha pasado nada.—comentó esbozando la primera sonrisa del día—, pero no hay rampa. Las motos se llevan en un bote hasta el barco y se elevan con una grúa. Es una maniobra bastante espectacular.

 

Yo había visto algo de eso por internet. El procedimiento era una auténtica locura. Los botes eran pequeños y si las motos se caían su destino era el fondo del mar.

 

EMBARCANDO

El día indicado fuimos al muelle deportivo. Pero no entramos en él. Todo se hizo de modo alegal en una dársena sin dueño. Éramos cinco motos. Mis compañeros de viaje eran un luxemburgués pelirrojo llamado Nils, que había hecho la misma ruta que yo y se dirigía a Nueva York, Marcela y Felipe, un matrimonio argentino que iba a Canadá y una pareja eslovena, Simon e Ivana, que daban la vuelta al mundo. El procedimiento era tan sencillo como delirante. El barco estaba atracado a unos quinientos metros y un bote neumático con motor fuera borda llevaba las motos una a una. Había que llevarlas hasta la orilla y ahí habían puesto unas piedras alineadas que hacían de inestable rampa. A fuerza de brazos subíamos la rueda delantera y la dejábamos caer dentro de la barquichuela, que se movía nerviosa como un caballo enfadado con su jinete. Luego izábamos la rueda trasera, empujábamos y la BMW quedó encajada en la lancha.

 

—No es fácil—comenté cuando ya la vi segura.

 

—Esta es la parte fácil—comentó guasón uno de los tripulantes con acento venezolano—. El desembarco en Kuna Yala es la difícil.

Subí a bordo y el capitán arrancó el motor. La diminuta embarcación zarpó y yo vi con alarma que el agua llegaba casi al borde del casco. Mi moto era la más pesada, sobre trescientos kilos, y allí estábamos tres hombres corpulentos. Yo no soy muy alto pero mi complexión es maciza y supero los 75; el marinero aun delgado era fibroso y pesaría otros tantos. En cuanto a Michael, el capitán, era enorme y pesaba tanto como la moto. De pelo rizado y descuidado, tenía aspecto de oso blanco. Su piel había sido pálida pero el mar y la edad se la habían llenado de vasos capilares rotos, su nariz gruesa y deformada estaba recorrida por venitas azules y tenía un brillo endemoniado en la mirada. Daba miedo. Y esa es una muy buena cualidad para navegar por el Caribe.

 

—No problem—escupió en su rudimentario y eficaz inglés al verme examinar el nivel del agua.

 

—Ya—dije entre dientes—, no problem, esas son las últimas palabras que muchos han escuchado tratando de hacer estupideces como estas.

 

Cuando llegamos a la altura del Independence vemos que el barco es un paquebote antiguo y que los tripulantes asomados a cubierta son mochileros a los que el capitán paga una miseria y trata a patadas, pero ellos aceptan porque es un modo de viajar y comer. En algún caso, se trata de marinos en busca de experiencia para obtener el título oficial. A estos los trata todavía peor y les exige más responsabilidad. Si alguien piensa que ser becario en España es una forma de esclavitud, es que no ha navegado en el barco de Michael.

Lanzan un cabo y lo enganchamos a un arnés que el capitán ha anudado con simples cuerdas a la moto. Nos explica muy ufano que es muy importante saber hacer nudos marineros porque una atadura ordinaria se apretaría tanto al levantar una carga tan pesada que no podría desatarse. Toda la energía del peso quedaría comprimida en el lazo. Un nudo marinero tiene la virtud de distribuir la fuerza, elevar una gran masa y luego poder desanudarse fácilmente tirando de uno de los cabos.

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Me resultaba muy interesante pero yo estaba más preocupado por el bamboleo de Anayansi. Colgaba del cabrestante y se agitaba de un modo inquietante. Los marineros la agarraron y la giraron diestramente sobre su eje para depositarla en la cubierta superior. Allí ya estaban las otras motos, bastante más ligeras y menos voluminosas que mi BMW de 1200 centímetros cúbicos y 130 caballos de potencia. Una de sus compañeras era una humilde Honda Falcon de solo 400 Cc. Es la del matrimonio argentino. Sus maletas son de tela y ellos no llevan traje especial para motoristas. Viajan en vaqueros y zapatillas. Su equipaje es básico pero conseguirán llegar a Canadá y regresar. El viaje en moto no consiste en llevar el último modelo o vestir como un piloto de rallies. Es todo mucho más simple. Yo llevo lo mejor porque voy patrocinado, pero también he viajado como ellos. Mis primeros viajes fueron en vaqueros y zapatillas. Y fui feliz. Tan feliz como lo son ellos al cumplir su sueño. No hay clases en el motociclismo. O no debería haberlas. Los motoristas del Independence ya no nos separaríamos en toda la navegación. Pasaremos horas hablando, de viajes en moto y de la vida en general, porque montar en moto es solo otra forma de hacer la vida más ancha.

NAVEGANDO

Los miembros de la tripulación eran dos primos venezolanos de biotipos completamente diferentes. Uno era delgado y de pelo lacio y largo, el otro rechoncho y de pelo rizado y corto. Los dos muy morenos y muy buena gente. El más flaco quería ser marino mercante y buscaba en el Independence un documento firmado por Michael que acreditase sus prácticas, a cambio recibía peor trato que los demás. Luego había una chica de Texas, rubia y chalada, que por las noches tocaba el ukelele y cantaba canciones erótico chistosas. El otro miembro era un chico polaco moreno y atractivo que sospechamos era quien inspiraba las canciones. Estaba Michael, pero quien de verdad organizaba la intendencia de abordo era Majo, un auténtico personaje y una mujer de una belleza extraña, muy especial. Tendría poco más de veintidós años, muy delgada y morena, con un toque de sangre negra. De una inteligencia natural tenía el cuerpo acostumbrado a la mar y caminaba con seguridad por el barco. Llevaba al cuello una chapa militar; decían que había estado en la Marina colombiana. Vestía pantalones cortos que dejaban al aire unas piernas largas y torneadas. Era quien cobraba los pasajes, quien organizaba los turnos, la que compraba los víveres y la que negociaba con las autoridades ya que Michael no sabía hablar español.

Majo era la capataz del capitán, su mano derecha… y su amante. Antonio no se lo quería creer. No entendía que una mujer tan bella e interesante durmiera con un anciano cascarrabias. Antonio no entendía nada. Y tampoco lo quería creer. Tuve que hacerle pensar en cuántos camarotes había en el barco. Había una cabina en proa para los tripulantes, donde convivían los tres chicos con la texana. Luego estaban las camaretas centrales para los pasajeros. Y finalmente el castillo de popa donde vivía el capitán. Y desde el que se oía de vez en cuando una voz seca y tajante que ordenaba “¡Majo!. Y Majo entraba en el camarote del capitán, que era el suyo también porque no tenía otro sitio donde dormir. Y Antonio lo pensaba y negaba con la cabeza.

 

—Es imposible—decía.

 

El resto de los pasajeros lo componían algunos viajeros solitarios, como una chica española, Meritxel Saura, que llevaba ya meses viajando por toda Sudamérica y que se nos unió al grupo, una mujer hebrea que se la unió a ella y por tanto a nosotros y cuyas preocupaciones fundamentales consistían en cepillarse a un marinero y conseguir suficiente vino tinto, y un ruidoso grupo mixto de adolescentes irlandeses e ingleses, quienes a pesar de sus seculares diferencias históricas se pusieron inmediatamente de acuerdo en la común afición del empinamiento de codo. Eran por lo menos veinte y se hicieron con el poder por su aplastante mayoría. Le dieron recio durante los cinco días, tanto ellos como ellas. Cerveza por las mañanas, ron al atardecer y por las noches se desgañitaban como animales en celo sin que se supiera muy bien si en aquel guirigay de gritos y rugidos se entendían frases inteligibles o simplemente interpretasen algún tipo de danza homínida . Su comportamiento era rutinario, primitivo y disculpable por la edad. Otro de los miembros del pasaje, un holandés de unos treinta y tantos, que viajaba con su mujer y creyeron equivocadamente que el Independence era una especie de crucero, les recriminó el griterío y recibió como respuesta un categórico y convencido: “hey, man, this a party boat”. Eh, colega, este es un barco de la fiesta.

 

El calmado holandés se quedó atónito.

 

—¿En dónde está escrito que esto sea un party boat?—se quejaba.

 

En ningún sitio de la web del barco o el hostel, pero seguro que así se aseguraba en los blogs de viajeros que habían pasado antes por aquí. Estos muchachos sabían a lo que venían. Cuando en el calor del trópico los vi venir el día del embarque caminando hacia el muelle comprendí perfectamente sus intenciones. Cargaban más bebida que equipaje. Sus rostros exhaustos y demudados, bermejos y bañados en sudor, revelaban que llevaban con aquel alcohólico régimen desde que habían puesto el pie en América. Cuando se es joven se puede identificar vacaciones con una juerga continúa. Como yo ya no lo soy, di una palmada en el hombro al guapo holandés y convine con él que navegar en el party boat era un infierno.

LA POSTAL DEL PARAÍSO

Soy un superviviente y me acomodo de inmediato allá donde caiga. Rápidamente he descubierto los secretos del Independence. El mejor sitio para dormir es en el comedor, consistente en una mesa cuadrada y cuatro bancos alargados. Aquí dispongo de más silencio y espacio y estoy a cubierto si llueve por la noche. Las ventanas enfrentadas y siempre abiertas generan algo de corriente y frescor. Cuando me despierto, tengo el café a mano. Respecto a las necesidades fisiológicas, confieso que no uso el retrete. La masificación hace que a pesar de los gritos y amenazas de Michael, siempre hay alguien que deja un generoso regalo. El destino de todos los excrementos y orines es el mar, de modo que yo uso el mar directamente. La cerveza la evacuo por encima de la borda en un rincón de cubierta bastante escondido. Respecto al alimento sólido, ni por dinero lo dejaría en el sórdido cubil colectivo teniendo el más espacioso servicio. Todas las tardes fondeamos frente a alguna de estas maravillosas islas de coral, arena fina y palmeras. Es entonces cuando me lanzo por la borda y una vez en el agua, me agarro de la cadena del ancla para estabilizarme en el oleaje y sencillamente me relajo y aguardo que la urgencia corporal trabaje por sí sola. La limpieza del procedimiento y la belleza del marco contrastan con la suciedad y fealdad de la letrina. Cuento a todos mis amigos mi sistema y aunque al principio se ríen de mí, al cabo de pocos días casi todos acaban pasando por la cadena del ancla.

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Tiene algunas incomodidades, ciertamente, pero el viaje en velero nos permite contemplar el mismo paisaje que vio nuestro próximo explorador cuando arribó en las costas de Panamá desde La Española. Estamos ya en el Golfo de San Blas, en la costa atlántica de Panamá. Esta postal del paraíso es la misma que vieron los primeros navegantes españoles de finales del siglo XV comienzo del XVI. Nos encontramos en la última etapa de nuestro viaje por Sudamérica y vamos a recorrer la distancia que nos separa desde el mar Caribe hasta el océano Pacífico para ver lo mismo que viera Vasco Núñez de Balboa, la primera persona que encontró ante sus ojos un nuevo mar: el Mar del Sur.

La navegación, además, nos permite unos días de asueto en el paraíso caribeño que no vienen nada mal después de tanto trajín. Pasamos los días en calma, charlando de todo y de nada. Nadamos, comemos, reímos, dormitamos… la verdad es que no hacer nada es algo muy adictivo. Los motoristas hacemos un grupo aparte y nos llevamos muy bien. Particularmente hacemos bromas con Nils, que odia que en su viaje lo hayan confundido con alemán cuando decía que era de Luxemburgo y al que precisamente por eso lo llamamos alemán continuamente. Los argentinos son una gente maravillosa. Él tiene una pequeña imprenta que heredó de su padre y fabrica blocs de facturas para unos cuantos clientes fieles. Vive modestamente. Su mujer Marcela decidió no tener hijos y él, que adora los niños de sus hermanos, se conformó. A cambio le deja montar en moto. Ahorró durante dos años para realizar este viaje y lo disfrutan con alegría de los niños que no tienen. Simon e Ivana son diferentes. Arquitectos, lo dejaron todo para la gran aventura. Él es simpático, expansivo, parece de carácter más latino; ella es más reservada. Muy delgada y pálida es una belleza eslava; tiene un cuerpo bonito de piernas largas y cintura muy estrecha. Le reprocha de vez en cuando que él se esté poniendo algo rollizo. Al principio pensábamos que era antipática porque no nos hablaba, luego descubrimos que era timidez y un pudor de niña perfeccionista. Ella es siempre la mejor en todo pero su inglés no es muy bueno y eso le molesta. Pero poco a poco se va soltando y junto a la española y su amiga judía formamos un grupo muy armónico.

Tumbados en cubierta, Meritxel nos cuenta sus viajes con un novio con el que acaba de romper pero al que no olvida. Han pasado meses de hostel en hostel, viendo a las mismas personas porque al final todos van a los mismos sitios y los mochileros que hacen el circuito de Sudamérica en el mismo periodo de tiempo forman un universo en movimiento que acaba recalando en los mismos alojamientos y comiendo en los mismos restaurantes baratos. El itinerario lo marcan los transportes públicos. Ya sea en tren o autobús, el viajero viaja como por un pasillo, obligado por las rutas preestablecidas y cuando le marca el horario que fijan terceros.

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Veo que una canoa se acerca con tres indígenas. Es una balsa hecha de un solo tronco ahuecado. Son Kunas, los dueños de esta región. Pequeños, morenos, nervudos. Me levanto a observarles

 

—Aquí viene nuestra cena—digo.

 

El fondo de la balsa está lleno de marisco. Son langostas. Enormes, parduzcas, vivas. Nunca he visto tantas juntas. Los tipulantes del Independence les echan un cabo y amarran la canoa cabe el barco. Suben uno de los pescadores y saluda a Majo. Los otros dos echan langostas en un gran saco de tela basta. Es un saco enorme. Lo elevan sobre sus cabezas y los marineros lo agarran. Lo pesan en cubierta con un dinamómetro. Marca cincuenta libras, más de veinte kilos. ¡Veinte kilos de langosta!

 

—¿Cuánto cuesta la langosta?—interrogo.

 

—A cinco dólares la libra—responde el pescador. En Panamá parece que se usa el dólar.

O sea, a unos seis euros el kilo. Majo las preparará a la plancha cortadas por la mitad. La regla del barco es que se puede repetir ración de langosta si se demuestra que se ha comido el cuerpo pero también las patas. Yo conseguiré demostrar que soy capaz de comerme cuatro pares de juegos de patas. No me he dado un atracón de langosta semejante en toda mi existencia.

UN MUNDO QUE DESAPARECE.

Michael se acerca y me dice que le acompañe. Quiere enseñarme algo. Pide que venga también Antonio con la cámara. Le seguimos por la cubierta hasta el bote neumático. Subimos y arranca el motor. El capitán señala una de las islas cubiertas de palmeras.

 

—We go there—dice. O sea, vamos allá.

 

La lancha zarpa y el agua nos salpica. Hace sol y el reflejo en el turquesa del mar resulta tan cegador como bello.

 

—Esto es un paraíso como no hay otro en el mundo—comenta Michael—. No hay huracanes, esa es la diferencia con otros archipiélagos del Caribe o del Índico. Por eso vine aquí hace veinte años.

Contemplamos el escenario. El barco ha quedado atrás y nosotros estamos frente a unos pequeños atolones coralinos. Bajo la embarcación hay solo transparencia y se distinguen los arrecifes y los peces de colores. También hay troncos de palmera. Michael los señala.

—¿Los veis? Hace poco esto era una isla. No hay paraísos perfectos. Todas estos atolones eran mucho más grandes el año pasado. En solo un año se ha ido una cuarta parte. En diez años, tus hijos no verán nada de esto. La razón es que las palmeras no permiten a la isla crecer. La mantienen al mismo nivel, pero el agua sí que crece. Está subiendo de nivel.

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Miro en derredor y me sube un escalofrío por el espinazo a pesar del sol. Las noticias nos informan a diario del deshielo en los polos, del retroceso de los glaciares, del aumento del nivel del mar… predicen grandes desastres, catástrofes naturales sin cuento, y uno acaba acostumbrándose al anuncio del caos o lo imputa al beneficio de inventario futuro. Pero contemplar de pronto uno de los más sensibles fieles de la balanza nos golpea. Un centímetro más de agua supone que una isla tropical se sumerja. Estas bellísimas ínsulas caribeñas de cocos y palmeras donde retozamos felices dejarán de existir mucho antes de que se corrompan los archivos donde guardamos las fotografías digitales que hemos hecho de ellas. Toda esta belleza será simplemente un recuerdo. Así que estamos viendo un mundo que desaparece.

Desembarcamos en un islote de no más de sesenta metros cuadrados con su penacho de cuatro palmeras. Es la típica estampa de comic donde uno espera encontrar un náufrago barbudo. Pero lo que hallamos no es un chiste. Es basura. Y no la ha traído nadie, ha venido sola, navegando desde muy lejos. Un bote de desodorante, una botella de ketchup, un peine guarro, una lata de refresco… Esto es lo que le está sucediendo a nuestro planeta. Lo muestro a la cámara de Antonio. Esto hay que verlo, hay que enseñarlo. Ya está bien de documentales idílicos. La realidad no siempre es agradable.

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Volvemos al mar después de recoger los desperdicios y nos dirigimos a una isla más grande. Está poblada. Divisamos las cabañas de madera metidas en la floresta tropical. Los habitantes son indígenas kuna, pequeños, cobrizos y delgados. Los saludamos afablemente y muestran un gran interés por ver lo que Antonio está filmando. El capitán me informa de que este archipiélago forma parte del Kuna Yala, un territorio autónomo en Panamá donde gobierna un consejo tribal que aprueba sus propias normas. También tienen su propia y curiosa bandera con una esvástica roja sobre un fondo idéntico a la enseña nacional española. Existe esta peculiar autonomía desde la llamada Revolución Kuna en 1925, en la que los indígenas se alzaron en armas frente a la occidentalización forzada que las autoridades del nuevo país querían imponerles.

Son pues los Kuna y no las autoridades panameñas las que nos dejan desembarcar las motos sin documentación alguna. No es la única peculiaridad de la región. También está prohibida la tala forestal que tan pingües beneficios reporta en toda Centroamérica.

—No se talan los árboles porque el congreso general se negó.—me dice un pescador—. Nosotros somos 49 pueblos y hemos decidido que no se puede talar ningún árbol. El gobierno de Panamá quería sacar carbón, pero nosotros dijimos que

—El pueblo kuna ha dicho “no” al carbón—resumo.

—No al carbón—confirma— Si no, no va a haber más animales, los ríos se van a secar. Nosotros no queremos eso. Mira, todo está azul, verde, se ve bonito.

Y ciertamente que se ve bonito. Más aún, se ve precioso. Porque esta naturaleza es preciosa, única y valiosísima. Pero ¿Hasta cuando vamos a poder verla así? Probablemente ni el Congreso General de los Kuna pueda provocar una nueva revolución que detenga el aumento del nivel del agua ni las toneladas de basura que navegan por sus mares.

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