100 países en moto por orden alfabético. Nº 66 Territorios Palestinos


 

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Conocí los Territorios Palestinos cuando viajé por Oriente Medio. La historia de lo vivido allí está contado en uno de mis mejores libros, La emoción del nómada. Narra la peregrinación que realizo a Tierra Santa después de mi conversión religiosa experimentada en Uzbekistán. Como ya he comentado en alguna ocasión, incluyo un país en esta lista independientemente de su reconocimiento internacional cuando hay que cruzar una frontera, física o espiritual, cuando hay una identidad muy marcada o cuando los tipos armados que hay en uno y otro lado de la linde divisoria son de distinta obediencia. Circunstancias que se dan todas entre Israel y los Territorios Palestinos. Los siguientes párrafos están extraídos del libro, aunque no está el capítulo completo porque lo que me sucede en la Iglesia de la Natividad es el punto culminante del relato y desvelarlo aquí sería tanto como decir quien es el asesino en una novela de intriga. Baste decir que tras haber visitado el Santo Sepulcro en Jerusalem yo quería ver la Iglesia de la Natividad, donde nació Cristo. Iba acompañado por Marc, un peregrino holandés a quien había conocido en Turquía.

El problema es que la Iglesia de la Natividad está en los Territorios Palestinos. ¿Podremos llegar en moto hasta el templo? ¿Será seguro circular por allí? La situación parece estar tranquila estos días pero cualquiera sabe que la calma siempre es tensa aquí y que una Intifada puede desatarse en el momento más inesperado. ¿Seremos bien recibidos? Los ciudadanos israelíes tienen radicalmente prohibido la entrada y probablemente un par de chicos pálidos sobre una gran BMW parezcan antes judíos desorientados que europeos en peregrinación. Pero, aunque lográramos entrar, nos quedaría el asunto de salir. Los controles de seguridad hebreos han de ser exhaustivos por necesidad y ya tuve suficiente con el chequeo en la frontera con Jordania. Además, está el asunto del muro. El lado oriental de Jerusalén está enclavado en la zona controlada por la Autoridad Nacional Palestina y el muro parece estar en todas partes. ¿Dónde hay una entrada apta para vehículos?

palestinian territories

Empezamos a dar vueltas tratando de orientarnos. Preguntamos varias veces y las indicaciones son confusas. Algunos aseguran que el muro sólo se puede cruzar andando por una puerta rigurosamente controlada por el Thasal. Otros nos dicen que se puede ir en coche, pero no parecen saber indicarnos cómo hacerlo. Al final, un taxista de rasgos árabes nos señala una dirección. Enfilamos la carretera y nos metemos en un túnel. No sé dónde estoy ni a donde nos dirigimos. Que sea lo que Dios quiera. Al salir al exterior, veo una indicación a Bethelem. La sigo, poco después encuentro un cartel amarillo en el que se advierte de la prohibición para los israelíes de penetrar en los Territorios Palestinos. Pero yo no soy israelí, tampoco israelita, así que acelero y de pronto encuentro una calle polvorienta, el comienzo de una pobre población y un control de carretera. Pero los uniformados que nos salen al paso no son soldados hebreos ni llevan armas norteamericanas. Sus AK 47, de origen ruso o quizá chino, los delatan como milicianos de Al Fatah. Examinan nuestros pasaportes y nos advierten de que no podemos entrar con la moto. “No es seguro”.

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¿Cómo que no es seguro?, protesto. ¿Acaso no os habéis dado cuenta de que somos peregrinos y que Dios nos protege? Embebido en mi propia chifladura, discuto con ellos y les digo que necesito ir a la Iglesia de la Natividad, que no me preocupa si es seguro o no. No es que sea un insensato, pero ellos no parecen estar demasiado tensos ni alerta, así que no me creo los motivos de seguridad. Ellos tampoco. Uno sonríe y me enseña su teléfono móvil. Es una foto suya montado en una Suzuki deportiva. Es lo de siempre. Las motos. El vínculo sagrado. Ya somos amigos. Nos dejan pasar. Recorremos la humilde población y al punto llegamos a una gran plaza tomada por vendedores musulmanes de imaginería religiosa cristiana. Turistas a montones, entre ellos bastantes españoles. Hay también una multitud de milicianos y policías. ¿Dónde están los problemas de seguridad? Viendo como un taxi descarga un grupo de occidentales, imagino que tales objeciones no eran más que una técnica disuasoria para que los peregrinos extranjeros usen los servicios de los pocos taxistas palestinos autorizados a cruzar de un lado a otro.

natividad church

En la entrada del templo hay una garita de la policía de Al Fatah. Me resulta sumamente ofensiva su presencia. Permanece fresco en mi recuerdo de que forma tan brutal y cobarde los milicianos palestinos usaron tan sagrado recinto como bunker y urinario en la última Intifada. Sabían que los israelíes se lo pensarían dos veces antes de irrumpir a sangre y fuego en tan sagrado lugar. Una acción militar semejante en el Portal de Belén hubiera sido totalmente repudiada en Estados Unidos, único gran aliado internacional de Israel. Para evitar ser prendidos o muertos, los milicianos, incapaces de enfrentarse a los soldados judíos, se parapetaron tras la fe cristiana como si de un burladero se tratase. Consiguieron así torcer el brazo del Tshahal, que apretando los dientes de rabia permitió la salida de los palestinos atrincherados. Escoltados y protegidos por la retransmisión televisiva mundial, viajaron en un convoy hasta el aeropuerto. Desde allí, los héroes volaron con destino a cómodos exilios en Occidente. En España se recibió a tres de ellos, de cuyas obras y andanzas nunca más se supo. Tras la ocupación, quedó un rastro de inmundicia, orines y excrementos que costó mucho limpiar. Pero lo que no se limpió del todo fue la insultante garita en la entrada de un templo construido sobre la cuna de Jesucristo.

 

El templo está repartido entre las distintas confesiones cristianas. La católica tiene una capilla, que ni es principal ni especialmente grande. En Tierra Santa, donde todos los cristianismos conviven, se da uno cuenta como el catolicismo es una religión menor. Otras son más importantes y vistosas, como los protestantes o los ortodoxos. No obstante, es la mía. Mi poca formación religiosa me impide compararlas más allá de sus diferencias esenciales, el celibato obligatorio para frailes, sacerdotes y monjas, y el dogma de la virginidad de María. La verdad es que no tengo una idea formada al respecto de ambas cuestiones salvo sospechar que una vida célibe no puede ser demasiado atractiva para hombres hechos y derechos. No voy a vincular celibato con pederastia, tal relación no se sostiene, pero sí pienso que de algún modo una opción de vida que supone ab initio repudiar el sexo no es razonable ni sana. Pero he sido educado en el catolicismo y son sus códigos los que me resultan inteligibles, así que llegado el momento de dar cuentas, me dirijo a la capilla católica para pedir confesión.

marc and me

El único disponible es un sacerdote norteamericano de Boston. Bueno, no creo que mis pecados sean tan excepcionales como para no poder expiarlos en inglés, lengua con la que mal o bien llevo meses manejándome. Nos sentamos en un banco y yo me dispongo a abrir mi pecho y mi conciencia durante tanto tiempo alejadas de Dios. Para mí éste es un momento trascendental, de algún modo supone la culminación de un durísimo peregrinaje en moto. Caí del caballo como Saulo al ver la luz de Cristo guiándome en la inhóspita estepa kazaja y por fin voy a poder hablar de ello con un profesional de la cosa, alguien que sin duda me entenderá, confortará y acogerá y encima me dirá que soy cojonudo y la clase de fiel que la Iglesia necesita. Sentado allí, en el mismísimo epicentro de la Cristiandad, me entrego libremente a un fetichismo de mi yo que me habrá de salir caro. La petulancia de mis sentimientos es tal, tanta mi soberbia de converso, tan inmensos mi presunción y mi egoísmo mal revestidos de Fe, que no puede sino suceder un desastre.

El rito del sacramento comienza mal. El sacerdote me advierte que tiene que asistir a una procesión y que no puede dedicarme más de quince minutos. Un cuarto de hora parece escaso tiempo para una emoción tan pura como la mía. Pero no seamos quisquillosos, me digo, seguro que da para que este cura comprenda el milagro acontecido en Asia Central y el esfuerzo realizado para llegar hasta aquí.

—¿Cuánto tiempo llevas sin confesarte?—pregunta él después de la entrada ritual de la que me acordaba gracias a mis muy lejanos años de colegio religioso.

—Veinte—contesto. Seguramente son algunos más, pero una cifra tan redonda habla por sí misma y poco importará si me dejo cinco o seis.

Este reconocimiento causa no obstante una honda impresión en el confesor que me mira a los ojos por primera vez. Hay verdadera sorpresa en su expresión. Veinte años son muchos, sí, más o menos dos décadas, pero tampoco creí que aquello fuera realmente de importancia. Lo importante es que el hijo pródigo había vuelto y quería entrar en casa.

—Entonces no puedo darte la absolución.

—¿Cómo?—exclamo sorprendido. Este rechazo no forma parte del guión de música celestial y angelotes revoloteando que mi imaginación había rubricado.

—Has estado veinte años alejado de la Iglesia. Ahora te llevará tiempo regresar. ¿Conoces los mandamientos de la Iglesia? Tienes que ir a tu parroquia habitualmente y asistir a misa los domingos…

—Verá, Padre, usted no lo entiende. Yo puedo ir a misa y puedo cumplir con esos mandamientos, eso es fácil, lo que de verdad me parece difícil es vencer el egoísmo.

—Sí, claro, eso también—comenta sin darle demasiada importancia—, pero hay que santificar las fiestas e ir a misa los domingos.

Como me quedo pasmado y sin palabras y el tiempo corre inexorable y mis quince minutos se agotan, él vuelve a hablar.

—¿Por qué quieres regresar a la Iglesia? ¿Lo has decidido aquí, en Tierra Santa?

—No, padre, estoy en Tierra Santa porque lo decidí antes. Verá, yo monto en moto y …

—¿En moto? ¿Eras miembro de alguna banda?

—¿Cómo?—replico estupefacto— ¿Miembro de alguna banda como los Ángeles del Infierno? No, padre, yo estaba en Uzbekistán cuando…

Pero el padre ya no me escucha. Mi cuarto de hora ha transcurrido. Se levanta y repite su sentencia.

—Lo siento. No puedo darte la absolución, pero sí mi bendición. Yo te bendigo en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Ve a tu parroquia y asiste a misa los domingos.

El bostoniano se levanta y se aleja con un fru fru de sotana mientras yo me quedo anonadado sentado en un banco de madera. Mi guión jamás podía haber previsto un desenlace tan prosaico. ¿Pero qué se le va a hacer? Me levanto y camino hacia la salida. Un inválido pide limosna. Sin duda está en uno de los lugares mendicantes más rentables del Mundo, pero su deformidad es atroz y me conmueve. Le alargo unas monedas. Salgo a la intensa luz solar. Marc me espera. Apenas le comento nada de lo sucedido. Él no podría entenderlo, no cree en la confesión. Saco mi teléfono móvil y llamo a Mercedes. Cuando le cuento lo sucedido, ella, que es mucho más religiosa que yo, se inflama de cólera.

—No te enfades—le digo muy tranquilo—; estoy dolido, claro, pero lo entiendo perfectamente. No podía ser de otra manera. Esto no es una película de Hollywood con final feliz en la que el chico se casa con la chica y encuentra en Jerusalén un coro de angelotes tañendo música celestial porque ha decidido ser cristiano después de veinte años de indiferencia. No, las cosas no son tan fáciles. Creer no es sencillo y ser recibido en casa de Dios cuesta más trabajo y esfuerzo del que uno cree. Si me enfadara me estaría dejando llevar por la soberbia y el egoísmo que me he comprometido a combatir. No me ha gustado lo que ha pasado ahí dentro pero lo acepto con humildad. No soy tan importante y esto ha sido la forma que Dios ha tenido de hacérmelo saber.

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Salir de los Territorios Palestinos nos resulta asombrosamente fácil. Cogemos de nuevo la carretera principal que pasa por debajo del muro. Al salir del túnel nos topamos con un control militar. Se parece a un peaje de autopista. Reducimos la marcha, pero los soldados nos hacen gestos de que prosigamos. No nos detienen ni nos registran ni nos molestan lo más mínimo. Al contrario, una chica con galones me dice que mi moto es “very cute”, o sea, una monada. Cada vez tengo más la impresión de vivir en un sueño absolutamente irreal. Una vez de nuevo en Israel, enfilo hacia la autopista que lleva a Tel Aviv. Tengo que reunirme allí con los socios de BDO. El tráfico es espeso. Algunos conductores me saludan. Creo que los judíos tienen una relación compleja con BMW. Por un lado les gustan los coches y las motos que fabrican, pero por otro no pueden (y quizá no deban) olvidar que en sus fábricas emplearon a judíos como mano de obra esclava. Tampoco lo olvidan los árabes. No resulta difícil encontrar signos de afecto hacia Alemania. Cuando se celebran partidos internacionales de fútbol he encontrado muchos árabes que van con el equipo alemán y festejan sus goles como propios. Cuando les pregunté la razón de su afecto, la respuesta me heló la sangre: “Porque los alemanes mataron muchos judíos”.

 

Si tienes interés en el libro, pídemelo dedicado en info@miquelsilvestre.com

 

La emoción del nómada - Cubierta

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Categorías: 100 Países en Moto | Etiquetas: | 1 comentario

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Un pensamiento en “100 países en moto por orden alfabético. Nº 66 Territorios Palestinos

  1. Te dejó plantado un cura.. jajaj!! Buenisimo!

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