100 países en moto por orden alfabético. Nº64 Nepal


 

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Nepal es un país que visité durante mi vuelta al mundo en moto Ruta Exploradores Olvidados del 2011 al 2012 y que quedará para siempre imborrable en mi recuerdo porque lo recorrí con una pasajera de excepción, mi madre, que entonces tenía 72 años. Vivimos jornadas intensas e inolvidables rumbo al Annapurna. He aquí el relato de aquella aventura.

Cuando me desperté en la habitación del albergue abrí el correo electrónico. Tenía un mensaje de mi madre de setenta y cuatro años. Como todo en ella, era sintético y fatídico. “Hijo, he visto en el blog de la vuelta al mundo que has llegado a Nepal. Necesitas buenas fotos del Himalaya. Yo te las haré. Llego mañana.”

Como acostumbra a hacer, la decisión estaba tomada y no admitía apelación. El correo me dejó algo desconcertado, preso de emociones contradictorias. Por un lado me hacía ilusión verla, pues llevo ocho meses fuera de España viviendo con lo poco que cabe en las maletas de una motocicleta, pero la idea de recorrer las terribles carreteras asiáticas de alta montaña con mi madre de paquete me inquietaba sobremanera.

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Cuando voy a recogerla al aeropuerto encuentro una multitudinaria marcha motorizada por un estado sherpa independiente. Aquí cuando no hay una huelga, un corte de suministro o una algarada, hay una manifestación. Tras la guerra civil, Nepal es una rara república dividida entre dos poderes. El Gobierno y los maoistas. Lo curioso es que los maoistas hoy son también miembros del Gobierno, lo que no impide que prosigan las protestas contra los cortes de energía eléctrica o el incremento del precio de la gasolina que el propio Ejecutivo decreta. Ni tampoco los “ilegales” peajes en las carreteras principales para sufragar las necesidades de la comunidad popular de turno.

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En el aeropuerto no se puede esperar a los viajeros delante de la puerta de salida. Hay que amontonarse junto a cientos de personas en un lateral. Los policías de vez en cuando empujan a la masa hacia atrás. El sol nos cae a plomo. Observo como varios occidentales van siendo expulsados de la panza de los aviones. Un pálido lama escocés con ropones rojos y cara de pánfilo, un grupo de trekkers, dos ejecutivos impecablemente entrajetados, una pareja de hippies americanos que han venido a recoger a los padres de ella. El novio y la suegra se saludan con un abrazo de pájaro, de apenas una fracción de segundo. Un abrazo sin calor físico, contacto ni afecto. Los abrazos de los yanquis son de horchata.

Y entonces aparece mi madre. Nosotros sí que nos abrazamos de verdad. Lleva más de veinte horas de aviones y salas de espera, pero sigue desprendiendo una energía extraordinaria.

—¿Dónde nos vamos a alojar?—pregunta mientras se sube en el asiento trasero de Atrevida, mi BMW GS 1200 30 Aniversario.

—Estoy en un albergue del centro.

—Ah, no—protesta—, a mi no me llevas a uno de tus agujeros. Yo quiero ir al Dwarika´s. Me encanta ese sitio. Tienen la mejor colección de artesanía antigua de Nepal.

¡Diablos! El Dwarikas es el mejor hotel de la ciudad. Es un auténtico museo. Un lugar que vale la pena visitar solo por disfrutar del mimo con que los dueños han acometido el trabajo de restauración de un gran tesoro nacional. El problema es el precio.

—¿No eres escritor de viajes?—comenta ella como si yo fuera un poco tonto—. Diles que les vas a hacer un reportaje y que te hagan un descuento.

Imposible negarse. Intenté la estratagema, les enseñé la BMW, les dije que daba la vuelta al mundo escribiendo para revistas y periódicos, y de modo casi milagroso conseguí una rebaja más que sustancial, y que de paso me dejaran meter la moto dentro del patio ajardinado para hacer una sesión fotográfica con todo el staff del hotel.

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Cerca se encuentra el soberbio templo hinduista de Pashupatinath, el más antiguo de Katmandú, a orillas del río Bagmati. Declarado Patrimonio de la Humanidad, es centro de peregrinación. Por las carreteras de Nepal se puede ver los andrajosos peregrinos que vienen a pie desde India. En los escalones que llevan al agua es donde se incineran los cadáveres. Un penetrante olor a carne quemada inunda el ambiente. Subimos las interminables escaleras que llevan hasta la cima del montículo tomado por centenares de monos que aprovechan las pujas u ofrendas alimenticias a los dioses. Un guarda nos intercepta. El paso solo está permitido a los hindúes.

 

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—¿Pero qué está usted diciendo?—salta mi madre.—Mi hijo es escritor y necesita tomar fotos de este lugar, así que déjenos trabajar.

Imposible resistirse. El centinela nos deja paso franco y saluda militarmente. Cuando terminamos con el “trabajo”, mi madre comenta.

—En Katmandú hay muchas cosas que ver, pero creo que te interesan solo aquellas a las que puedas llegar en moto. Recuerda que el viaje que estás haciendo es excepcional; debes procurar que siempre aparezca tu BMW, tú no llegas a los sitios en avión como todo el mundo. Olvidemos las estupas y vámonos para la Plaza Durbar.

—Pero, madre—me atrevo a objetar—, el centro es peatonal y además hoy hay huelga. Nadie circula por la ciudad.

—No digas más tonterías. Tú eres un extranjero. La política nepalí no va contigo.

La Plaza Durbar es el auténtico corazón de la ciudad, aquí se haya un curioso templo de madera, reconstrucción del primigenio que hace miles de años diera nombre a la ciudad, así como la residencia de esa desgraciada niña diosa a la que llaman la Kumari.

—Una tradición perversa—comenta mi madre mientras nos rodean los curiosos—, esa pobre cría no puede pisar el suelo, no se relaciona con otros niños y no tiene una vida normal. Es una divinidad, sí, pero hasta que tiene la primera menstruación, entonces es devuelta a su casa. Ya me contarás qué futuro tiene alguien que ha vivido los primeros años completamente aislada de la realidad.

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Abandonar Katmandú no es fácil. Gente, tráfico, baches y muchas curvas. La cosa se tuerce pronto. En un control de maoistas me hacen señas para que pare. Yo nunca pago a bandidos, ni siquiera cuando llevan uniforme legítimo y estos no lo llevan. Intento esquivarlos adelantando al coche que me precede por la izquierda, pero el resto de carril viable es muy estrecho y golpeo su parachoques con mi maleta derecha.

El impacto es tremendo. Nos caemos con todo el equipo. Lo primero es preguntarle a mi madre si está bien. Lo segundo es comprobar el estado de la moto. Ha quedado en una posición muy rara. Tumbada de lado, con la rueda delantera metida dentro de una acequia. Es imposible sacarla solo, me tienen que ayudar estos filibusteros de la carretera.

—Mira, ya tienes historia.—comenta mi madre divertida mientras hace fotos—, los maoistas que querían extorsionarnos te acaban echando una mano.

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En Pokhara vamos a la zona de lago Fewa. Acabamos en la Swiss Home, aunque de suizo solo tenga el nombre. Un caserón con descuidado jardín y dos pisos de habitaciones espartanas. Tras un corto regateo se queda en 15 dólares habitación. No estaría mal si no fuera porque no tienen luz, ni agua caliente, ni calefacción, ni nada de nada. En fin, del Dwarika´s al Swiss Home hay mucho más que doscientos kilómetros. Hay un mundo y uno debe estar preparado para cualquiera de los dos extremos.

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Al día siguiente salgo adormilado al exterior y entonces lo veo por primera vez. Dios mío, es enorme y fabuloso. Durante el amanecer de los meses invernales las paredes nevadas refulgen rosáceas, como diamantes enamorados. Desde cualquier calle de Pokhara se ven los Annapurna. Dominan el pueblo como celosos guardianes, como una presencia constante y retadora. “estamos aquí”, parecen decirte, “aquí desde siempre, desde mucho antes que tú, pequeño reptil medio evolucionado”. Y tú los miras y sabes que tienen razón, que son grandes, poderosos, eternos y que tú eres nada, una hormiga a su lado. Pero son ciegos, sordos y mudos. No tienen corazón ni voluntad. Hay algunos hombres que sí pueden vencerlos, hombres que luchan con corazón y voluntad. Y es que aunque los montes no lo sepan, existen solo para que soñemos con escalarlos.

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Si he venido hasta aquí ha sido para rendir mi modesto homenaje a esos valientes exploradores del siglo XXI, los alpinistas españoles fallecidos en su conquista. El mallorquín Tolo Calafat murió en el 2010 en una expedición liderada por Juanito Oyarzabal y el navarro Iñaki Ochoa de Olza en el 2008, cuando sufrió un edema cerebral a pocos metros de cima y se organizó uno de las más fantásticas operaciones de rescate con varios himalayistas de primer nivel unidos en el empeño de salvar la vida de un personaje excepcional, como montañero y como persona.

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Subimos una empinada senda sin asfaltar. Mi madre se agarra fuerte. Siento su temor. Yo ya me he acostumbrado a todo, pero es cierto que si se piensa fríamente, debería helarme la sangre recorrer esta escarpada pista con un precipicio a mi lado. Cuando revise las fotos me daré cuenta de la dimensión del vacío que bordeaba. Pero lo cierto es que ahora no lo veo. Sé que está aquí, acechando, pero mi pasión por capturar ese momento me impide a veces calibrar bien el riesgo que corro.

Detenemos la moto justo enfrente del macizo.

—¿Sabes por qué he venido en realidad?—pregunta mi madre—. Esa montaña que tienes delante habla. He venido a Nepal porque quiero escuchar lo que te dice y que al estar conmigo no se te olvide nunca.

Me enfrento a la majestuosidad pétrea. Creo que por primera vez la veo como realmente es. Un espejo. Un espejo de nieve, cielo y sol. El espejo más alto y más puro del planeta.

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—Me dice que he luchado mucho por llegar hasta aquí aunque muchos no lo entiendan. Son los mismos que piensan que los alpinistas están locos por empeñarse en subir montañas a riesgo de sus vidas. Pero la montaña me dice que hay algo allá arriba. Alcanzar esa cima debe ser parecido a lo que siento al viajar en moto alrededor del mundo y escribir sinceramente sobre exploradores olvidados. Hay una satisfacción especial en ello. Algo profundo que nos saca de aquí. No sé qué es exactamente, pero sí sé que existe y que es algo que realmente vale la pena.

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