100 países en moto por orden alfabético. Nº63 Namibia


 

desert bike

 

Namibia es un extraordinario país de África del Oeste, al sur de Angola y al norte de Sudáfrica, gran parte de su territorio es desierto. Antigua colonia alemana allí también perduró el apartheid durante décadas. Es una de las naciones más bellas, especialmente para recorrerla en moto. La conocí durante mi viaje africano contado en el libro Un millón de piedras. En ese recorrido tuve ocasión de convertirme en el único motorista en décadas que logró recorrer la Costa de los Esqueletos. Este es el relato de aquella aventura contenido en el libro.

 

 

Día 16 de abril del 2009. Namibia. A tres mil kilómetros de Ciudad del Cabo. Ese día hizo un año justo desde que me concedieron la excedencia. Desperté muy pronto. Corrí durante una hora por unas lomas desérticas que subían y bajaban. No encontré a nadie. Era el único hombre en la tierra. Desde la cima del cerro se veía un asombroso horizonte. Me sentía eufórico delante de aquella reseca belleza. El cielo aparecía limpio. A poco menos de doscientos kilómetros hallaría el Océano Atlántico y la Costa de los Esqueletos. Estaba a punto de conquistar el primer hito de mi reto. Además, como buen fetichista de la Historia, deseaba rendir homenaje a los arrojados europeos que cruzaron el planeta en los más duros tiempos de la navegación a vela y los grandes huecos en los mapas. En el siglo XV, Portugal se hallaba comprometido en la explotación mercantil del continente africano y en encontrar a través del mar un itinerario alternativo a la Ruta de la Seda. Así que yo tenía que hollar el mismo suelo que piso Diego Cao, el marinero portugués que desembarcara en Namibia en 1486. Paradojas de la Historia, quizá ese empeño de los lusitanos por la vía africana nos deparara a España la gloria del descubrimiento de América.

resting

Cargué a la moto con la garrafa de combustible, leña, dos litros de agua y comida para un par de días. La senda se encrespó a lo largo de 180 kilómetros de grava y arena. No era fácil pilotar por aquellas pistas. Los cauces secos tenían acumulado gran cantidad de material suelto. La Princesa tendía a cabecear. A veces amenazaba con tirarme, pero se portó estupendamente. Amaba esa jodida moto. Amaba su forma de comportarse, su mecánica, sus elegantes líneas, su noble fisonomía de metal.

 

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Ella también aborrecía esta vulgar época de plástico y gasolina sin plomo. Por el retrovisor veía una estela de polvo tras de mí. Henchido de gozo y aire puro, embriagado por el sol, el viento y el desierto, me sentía como un cometa dejando atrás su brillante estela. Visité el bosque petrificado, el calor era asfixiante. No dejaba casi pensar. En el puesto de souvenires compré una pequeña muñeca de trapo hecha por las mujeres Himba. Proseguí mi camino. Superé una cadena montañosa, detrás apareció el desierto. Su magnífica inmensidad se teñía de rosas, naranjas y malvas. Nubes ocres se levantaron en el horizonte. Era una familia de avestruces huyendo del rugido de mi motor.

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Cuando llegué a las puertas del Parque Nacional de la Costa de los Esqueletos me sentía agotado pero feliz. Pronto vería el mar. Se hallaba apenas a cuarenta y cinco kilómetros. Por fin, el Atlántico. Sin embargo, los guardas no nos dejaron entrar; las motocicletas estaban rigurosamente prohibidas. No podía creérmelo. Llevaba más de siete mil kilómetros y un millón de piedras soñando con la Costa de los Esqueleto. Me negué en redondo a regresar por aquella pista infernal de más de doscientos kilómetros. Se nos haría de noche en mitad de la nada. Mi mapa indicaba un camping dentro del parque. Si tan solo me dejaran llegar hasta allí para descansar.

skeleton gate south

Llegó un coche todo terreno. Era una pareja de turistas italianos. Les pedí por favor que me llevaran hasta el camping. No quería quedarme allí, en tierra de nadie. Quería ver el mar. Ya recogería la moto al día siguiente. Ella me miró como a un extraterrestre. Él se negó alegando no sé qué del seguro. Al parecer las compañías de alquiler prohíben recoger transeúntes y autoestopistas; es una precaución lógica para prevenir asaltos. Mas yo era un viajero como él, un europeo en apuros. Resultaba evidente que no le iba a robar, ni a violar ni a matar.

namibian children (2)

 

Aunque ganas me entraron de hacerles las tres cosas a la vez cuando se montaron en el coche y arrancaron. Ahí te pudras, espagnolo. Valientes cabrones. No se daban cuenta de que por lejos que fueran siempre arrastrarían su egoísmo y su cobardía con ellos. Salían de Europa buscando un paraíso virgen, pero se llevaban la peor Europa metida en la mochila, la Europa de los complejos, miedos y mezquindades. Gente asustada, gente miserable, pobre gente. Si en lugar de en la puerta del parque me hubiesen encontrado herido en la carretera, tampoco me habrían ayudado no fuera que se les manchara la tapicería de sangre y tuvieran problemas con el seguro del coche.

welcome to namibia

La ira hizo cambiar mi actitud. Me rebelé. No abandonaría la Princesa. Acamparía allí hasta que nos dejaran pasar o apareciera algún camión que cargara con la moto hasta la otra salida. Ni siquiera consideré el hecho de que no tenía víveres suficientes. Uno de los guardas dijo que esperar un camión que pasara por allí podía llevarme mucho tiempo. Lo miré y le dije que él no entendía nada.

—Tengo una misión. Mi destino es llegar hasta la Costa de los Esqueletos. De un modo u otro Dios me ayudará.

Mientras desempacaba la tienda de campaña, se me ocurrió una locura. Llamaría a mi amigo Alejandro Terrón. Seguro que cuando le explicara el caso, él telefonearía a su vez a sus contactos de BDO en Namibia. Sin duda tendrían buena relación con el gobierno. En cuanto supieran de mi problema dejarían cualquier cosa que estuvieran haciendo para ponerse en contacto con el Ministro de Medio Ambiente namibio y convencerle de que prevaricara a favor de un español enloquecido al que nadie había visto y del que nadie sabía nada.

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La pretensión era a todas luces totalmente absurda, propia de una mente alucinada. Era evidente que yo había perdido el juicio durante aquellos días en África, pero lo cierto, y esto es lo más grave, era que contemplaba aquella insensatez como una posibilidad real. Y esperaba que funcionase. ¿Cómo no iba a hacerlo? El inconveniente era que allí no había cobertura para móviles. Les pedí usar el teléfono fijo del puesto. Más bien se lo exigí.

—¿Para qué?—inquirió el guarda sorprendido.

—Necesito llamar a mi gente en España, ellos llamaran al Ministro de Medio Ambiente de Namibia para que nos dejen pasar.

El guarda me miró con sus ojos bizcos como quien contempla un demente furioso o la aparición de un truculento fantasma.

—Te, te, tengo que consultarlo con mi jefe—tartamudeó mientras descolgaba el auricular—. Espere fuera, por favor.

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Me senté a la sombra con el otro guarda. Grande, corpulento, un poco idiota. Se llamaba Jonas y aseguró que al final tendría que regresar por donde había venido. Nadie había entrado en moto desde que él trabajaba allí. Siempre tiene que haber un gilipollas que pretende desanimar. Me negué a hacerle caso. ¿Qué coño sabría él de lo que yo era capaz? El de la consulta telefónica salió al cabo de un breve rato. Su rostro expresaba una honda sorpresa,

—Está usted de suerte—anunció—. Mi jefe le ha concedido una autorización extraordinaria para entrar en el parque con la condición de no acampar ni desviarse hacia el norte. Tiene que llegar hasta la pista que discurre paralela a la línea costera. A partir de la señal de Torra Bay debe seguirla hacia el sur, hacia la salida que lleva a Swakopmund.

Me levanté como un resorte Aquello era increíble. Carajo. Se había producido el milagro. Mi insensatez había funcionado. Estreché sus manos y se lo agradecí varias veces. No cabía en mí de felicidad. No sólo llegaría al Atlántico, sino que iba a ser el único motorista que recorriera la costa de los esqueletos. Jonas me miraba sinceramente impresionado.

—Tenías razón—reconoció con asombro—cuando dijiste que Dios te ayudaría.

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Aquella noche compartí mi comida y vino con ellos. Neftali era el superior. Delgado, pequeño y bizco del ojo izquierdo. Vivía allí con su familia. Encendí la hoguera. Una perra esquelética esperaba pacientemente que le cayera algún despojo. Sobre nosotros brillaban las estrellas con una luz más furiosa que nuca. Parecían infinitas. No lo eran. Parecían tan cercanas. Tampoco era verdad. Muchas habían muerto hacía miles de años, pero era algo sobrecogedor contemplar aquel firmamento salpicado de luces. Me sentí inmensamente dichoso por estar allí, por haber resistido, por no rendirme, por haber aprendido a confiar en mí, en los hombres y en el Dios que poco a poco estaba reconociendo. Comprendí que hasta la negativa del italiano tenía su por qué, su razón de ser. Si llega a hacerme un hueco en su coche habría perdido esta oportunidad. Mi destino no lo habían escrito todavía. Lo escribía yo mismo mientras esquivaba el millón de piedras que me tiraban a dar.

namibian girl

Salí a correr por el desierto mientras amanecía. Panzudos nimbos se enrabietaban de reflejos tornasoles. Aquellas nubes volaban tan bajo y tan heridas de sol que parecían zeppelines precipitándose a tierra envueltos en llamas. Era asombroso y sólo estaba yo allí para verlo. No, no soñaba. Todo era cierto; lo confirmaba un dolor en el músculo estabilizador de la cadera. Sobreentrenamiento. Desde que estaba en África corría todos los días. Corría por el placer de sentirme vivo en los más asombrosos paisajes. Corría porque no podía parar. Regresé al campamento y me duché con agua fría. Una de las mejores duchas de mi vida. Salí desnudo al exterior. La hija mayor de Neftalí regresaba de la letrina. Llevaba los pechos al aire. No hizo ademán de cubrirse. Miró con una insolencia que no comprendí. Su padre vino poco después a traerme agua caliente para el café. Era un buen hombre. Desayuné dátiles y frutos secos mirando hacia la árida llanura. A mí alrededor orbitaban la perra y dos cachorros que no cejaban en pugnar por las resecas ubres de su madre.

skeleton gates open

Jonas y Nefatlí abrieron las puertas y nos desearon suerte. Me sonó a redundancia. ¿Suerte? Si yo tengo a raudales. Lo que no sabía entonces era cuanto la iba a necesitar. Toneladas de suerte. Tanta como arena. Porque allí sólo había arena. Arena y viento. La primera parte fue un agradable paseo por un paisaje lunar donde corrían grandes mamíferos. Cuando llegué a la linde del mar, la cosa cambió radicalmente. A partir de la señal de Torra Bay, viajar en moto por aquel inhóspito paraje era una auténtica odisea. La arena nos quería sepultar. El avance de la moto era agónico, la rueda trasera patinaba y el embrague trabajaba de lo lindo cada vez que encallábamos. Temí quemarlo.

—Vamos, Princesa, no me dejes tirado ahora, vamos.

Una detrás de otra, las dunas eran una barrera impenetrable. Cuando la moto se quedaba encajada en una de ellas tenía que liberarla a puro pulso. A fuerza de brazos y apretones de dientes. Cuando encalló por tercera vez, la Princesa preguntó si es que acaso estaba gorda. Como cualquiera sabe, este interrogante nunca se puede afrontar sin que acabe en pelea conyugal. Pero yo sudaba y renegaba y no contesté con suficiente rapidez.

—Claro que no, Princesa, no estás gorda, es esta jodida arena

am I fat

Demasiado tarde. La ofendida dama se tiró al suelo y allí se quedó tendida como si nada le importase.

—No, por favor, no—, supliqué—Tenemos que salir de aquí

Me di la vuelta y la levanté como mi padre me enseñó, de espaldas y empujando con las piernas y no con los lumbares.

—Princesa, por favor, no nos hagas esto—, rogué al borde de la desesperación—

 

sand trap

Te prometo que si salimos de aquí te haré una revisión completa con aceite nuevo, filtros y todo lo demás. Hasta te compraré neumáticos nuevos. Ya verás qué guapa te dejan.

Resoplando, conseguí enderezarla. A regañadientes se quedó quieta mientras yo cargaba de nuevo todo el equipaje.

—Te juro que no estás gorda— susurré cerca de su manillar—, Nunca he visto ninguna moto tan en forma como tú.

Y era verdad. Para la edad que tenía, su estado de forma era fabuloso. Aquella vanidosa señorita contaba nada menos que quince años. La paliza que estaba resistiendo habría mandado al desguace a vehículos mucho más modernos.

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Agoté toda mi reserva de agua de dos ansiosos tragos. Sin provisión líquida, ya no tendría más oportunidades. A partir de ese momento, me jugaba la vida. No era ninguna broma. El horizonte aparecía como un infierno blanquecino de nubes plomizas. Estaba inmerso en la más absoluta desolación. Llegamos hasta la playa. No había nada. No había nadie. Pero lo habíamos conseguido. Estaba siendo el peor y el mejor día de mi vida como motorista Aquel pedazo de planeta era el verdadero fin del mundo.

bike and skeleton

Pude imaginar el estupor de Diego Cao cuando encontró esta infinita línea de nieve salada. Las fuertes corrientes empujaban contra la tierra todo lo que había flotando en las aguas. De ahí el nombre de Costa de los Esqueletos. Sobre la arena aparecía un espeso tapiz de restos. Madera, huesos y conchas. Sin embargo, una de las osamentas más impresionantes en este desierto no provenía del océano. Se trataba de una vieja instalación industrial corroída por el orín, el abandono y el salitre. ¿Qué sería aquello, para qué serviría, quién demonios la habría traído hasta allí?

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Cuatro horas después de haber entrado, vislumbré la salida. Había recorrido 148 kilómetros infernales y los últimos quinientos metros tampoco iban a ser fáciles. Un camión se encontraba bloqueado. Tuve que rodearlo bajándome y empujando la moto a través de las dunas. Cuando superé el obstáculo, encontré un grupo de jóvenes dubitativos. Eran españoles. Habían alquilado vehículos de tracción a las dos ruedas. El polvo del camino les atemorizaba. Me pidieron consejo.

climb

—Yo lo intentaría—les dije, secándome un sudor hecho engrudo de hollín y cuarzo molido—. La pista es horrible, hay arena por todos lados, pero esto es increíble, una verdadera aventura.

desert bike 2

Los dejé pensándoselo. Al salir encontré una carretera de sal. Parecía nieve. Corría paralela a una costa salvaje. El horizonte era blanco y plano. Lo único que encontraba a mi paso eran señales que indicaban los magníficos puntos de pesca que tanto atraían a los turistas sudafricanos. Sólo se podía acceder a ellos en 4X4. Algunos de estos spots tenían nombres tan originales como el de Popeye.

popeye

En el aislado camping de Meile 108 me detuve a beber una cerveza fría. Sabía a victoria como el NAPALM al coronel de Coppola interpretado por Robert Duvall. Al cabo de un rato vi a mis timoratos compatriotas regresar a la comodidad de sus hoteles. Me sentí un poco triste por aquella retirada. Los habitantes de nuestra vieja península ya no son como en los lejanos y heroicos tiempos de Diego Cao.

 

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Categorías: 100 Países en Moto | Etiquetas: | 1 comentario

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Un pensamiento en “100 países en moto por orden alfabético. Nº63 Namibia

  1. Buenisimo relato. Me llené de arena.

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