100 países en moto por orden alfabético. Nº61 Mozambique


welcome to mozambique

Mozambique, antigua colonia portuguesa en África del Este, terra de la boa gente la llamó Vasco de Gama, el navegante luso que dobló el cabo de las Tormentas y arribó a India. Conocí Mozambique en 2009 durante la segunda etapa de mi viaje africano narrado en el libro Un millón de piedras. Circulaba entonces en la Princesa, una BMW R 80 G/S del año 1992 y había sufrido un accidente en Sudáfrica del que todavía me estaba recuperando. Los siguientes párrafos están extraídos del libro.

 

El ambiente en Maxixe no es agradable. Este pueblo no es más que un lugar de paso. Hay mucho mendigo y buscavidas. El hotel Océano resulta un tugurio de mala muerte al lado de la estación de autobuses. El cuarto sin agua corriente, ni mosquitera. No hay cristales en las ventanas. Tampoco ventilador. Abro un cajón y corren las cucarachas. Las hay enormes. Rocío con insecticida. Hace mucho calor. Me invitan a jugar al billar. Llueve a ratos. Hay niños corriendo. Entre tanta gente, resulta difícil distinguir quien es trabajador, quien cliente, quien familia o quien simplemente pasa por allí. Me siento en la terraza que da a la calle mientras bebo cerveza mozambiqueña. Un tipo pequeño, casi enano, sestea en una silla de madera. La cabeza se le vence hacia atrás y cada vez que eso sucede se despierta para volverse a quedar dormido y cada vez que eso ocurre, la cabeza se le vence hacia atrás y se vuelve a despertar.

niño

Atruena la música de la discoteca del hotel. Estará a tope hasta las 3 o 4 de la mañana. Kit imprescindible en el Tercer Mundo: navaja suiza, linterna y tapones para los oídos. Me rocío con repelente pero los mosquitos hacen caso omiso. Me devoran incluso vestido. Al despertar, hay unos tipos fuera hablando casi a gritos. Traen agua caliente en un cubo. Me ducho a cubetazos entre cadáveres de cucarachas. Cuando termino mi aseo, salgo al mercado a buscar algo de comida. En la parada de autobuses encuentro un puesto donde sirven café soluble mezclado con leche en polvo. Compro 20 meticais de mangos, algo así como un kilo y medio. Me los como en la terraza del hotel. El personal alucina al ver como el blanco se mete tanta fruta entre pecho y espalda nada más despertarse. Joder, porque tengo hambre y no hay nada más para desayunar. El día está feo, la ciudad es fea, la gente es fea y mi desayuno ha sido una porquería. Hay una boda en el ayuntamiento. El sábado es el día de las bodas. Me cruzaré con varias a lo largo del día. Todas ellas feas.

me at xai xai

Coloco el equipaje mientras los clientes del hotel miran con curiosidad. Los africanos siempre alucinan con los blancos en moto. Si vas en coche, no les importa, pero en moto es diferente. El motorista en estos países es un astronauta; genera curiosidad, simpatía, y también respeto. Eso facilita mucho entablar relación. La mayoría está deseando conocerte, hablar contigo, saber de donde vienes y a donde vas. A veces es un coñazo, aunque la mayor parte del tiempo alegra la ruta. Me resulta muy divertido entablar conversaciones imposibles o absurdas con gentes diversas. Sin embargo, hoy estoy de mal humor sin una razón concreta. Simplemente, a veces sucede. Salgo y cruzo el trópico de Capricornio. A partir de ahí la carretera se pone tan mala como mi estado de ánimo.

path to barra and bike

Los baches son tan abundantes, tan profundos y están tan juntos unos de otros que resulta imposible esquivarlos. Otras veces puedes ir evitándolos en un slalom divertido; resulta agotador pero entretiene, es como un videojuego. Sin embargo, aquí no hay escapatoria. Todo el asfalto está plagado de caries y agujeros. Es un suplicio. Me recuerda algunos de los peores trayectos en Kazajstán, especialmente en la zona desértica que rodea el Mar de Aral. Allí la carretera había desaparecido; circular sobre su antiguo perfil era peor que ir campo a través. La diferencia es que Asia Central la recorrí con una moto del año 2004, mi querida Little Fat, una BMW GS 1200, con estupendo chasis, modernos frenos y magníficas suspensiones. Pero a este infierno estoy descendiendo con una moto muy antigua. Aunque la Princesa es del año 92, su diseño es prácticamente el mismo desde los años 80. Frenos, amortiguadores, motor y chasis resultan hoy un poco arcaicos. Cada golpe seco, cada llantazo, cada sacudida me duele como si me pegaran a mí.

—Vamos, Princesa, vamos. Esto no puede durar para siempre.

Tampoco encuentro nada para comer salvo un puñado de cacahuetes. Estoy harto de mangos. En un pueblo paro a comprar bananas. Una mujer se pone muy pesada, me pide dinero insistentemente. Estoy cansado, harto y la mando a la mierda sin contemplaciones. Salgo de allí enfadado conmigo mismo. Creo que no estoy siendo justo y que mi pesimista obcecación está atrayendo un mal karma del carajo. Miro la cruz que cuelga de mi muñeca. Me la regalaron unas Hermanas de la Caridad en Uzbekistán. Me recuerda que no sólo existo yo. Pienso que si no cambio de actitud no va a mejorar el día. Pasan un par de coches y los conductores me saludan alegres. Es una señal.

happy wounded man

Pronto tendré pruebas de que un ligero cambio de actitud determina todo un destino. Al final de una larga recta veo un coche de policía. Los agentes me hacen señas. Tengo que parar. Se dirigen a mí en inglés. Me toman por otro turista sudafricano. Voy con exceso de velocidad. A setenta y ocho en un tramo limitado a sesenta. Tienen que multarme. Me levanto la visera del casco, muestro mi rostro y les contesto en castellano. Eso siempre sorprende a los mozambiqueños. ¿Qué idioma puede ser ese? No es portugués pero suena familiar, casi inteligible, casi próximo.

— ¿De dónde eres?—pregunta un sargento.

—Soy español—respondo.

—Ah, español—corean todos al entender la razón de mi raro acento.

—Pues tienes que pagar dos mil meticais.

—Eso es mucho dinero. No llevo tanto encima—miento—. Tampoco iba tan rápido.

—Da igual—dice el suboficial—; todo exceso de velocidad cuesta dos mil meticais.

—Eso, eso es absurdo—protesto—. Si voy a doscientos no debería pagar igual que si voy a setenta.

— ¿Ibas a doscientos?—dice enarcando una ceja.

—No, claro que no. Pero es ilógico que se sancione igual.

—Estas son nuestras leyes—me reprende—. Si vienes a Mozambique, tienes que respetar las leyes de Mozambique.

El policía tiene razón y yo estoy metiéndome en un charco más absurdo que la absurda normativa viaria mozambiqueña. ¿Quieres empezar a pensar de una puta vez y dejarte de gilipolleces?

—Es verdad, lo siento—digo humildemente—. Claro que respeto las leyes de Mozambique. Lo que pasa es que no tengo dinero. Llevo mucho tiempo recorriendo África en moto y apenas me queda ya.

Se hace un raro silencio. He jugado fuerte. Quizá demasiado. Por ahorrarme ochenta euros puedo acabar detenido. Si un extranjero no es capaz de hacer frente a una multa están autorizados a retenerle; entre otras cosas, porque si tienes visado de turista se supone que dispones de suficientes medios para mantenerte. Pero ya no puedo echarme atrás.

—Bueno, vamos a ver—dice adelantándose el oficial al mando—. ¿Tú de qué equipo eres?

Acabáramos. La eterna pregunta. Lo único que se conoce de España en el mundo son el Real Madrid y el Barcelona. Yo odio el fútbol, sin embargo, mi nacionalidad me obliga a sonreír cada vez que alguien me dice que es fan de una u otra escuadra. Sin embargo, esto es diferente. Es una pregunta trampa. Me estoy jugando mucho, así que por favor, Señor, ayúdame a elegir el jodido equipo correcto aunque a ti y a mí nos dé igual quien gana la próxima liga.

—Del Real Madrid.

El nombre ha salido de mi garganta sin que yo sea consciente de por qué. Entonces suena una carcajada general. La tropa se troncha de risa. El sargento tuerce el gesto y el oficial sonríe abiertamente. Le da una colleja a su subordinado y me devuelve el carné de conducir.

—Largo de aquí. Y no corras.

barra beach

Llego a Vilankulos no muy tarde. El Complejo Ancora está enfrente de una playa fantástica, pero exigen una cifra disparatada. 2860 meticais. No acepto. Una mujer madura aparece en su pick up. Nos observa un instante y sugiere que tome un café, que es el mejor de la zona. Acepto. Nos sentamos. Resulta que es Margie, una especie de leyenda local citada en las guías. Me dice que tiene sitio para mí. Vamos a su Lodge. Una cabaña un poco descuidada en el barrio de pescadores. Apenas un montón de cañas, mas las vistas al mar son fantásticas. La invito a cenar en el Varanda. El calamar asado que tomo es de lo mejor que he probado nunca. Luego damos un paseo y caigo rendido en la cama. Al despertar, decido ir a correr. Es hora de probar mi tobillo. Media hora trotando por la playa me hace exudar dopamina como para euforizar un regimiento. Hemos vuelto a la vida.

room

Vilankulos es un sitio de una belleza espectacular. La marea baja revela una ensenada de multitud de colores. Con las islas de Barazuto al fondo tengo la visión del mismo Edén. Los pescadores zarpan a las seis de la mañana y regresan a las doce. Una pequeña multitud los espera. Cuando arriban, se desata la algarabía. Mujeres, compradores e intermediarios. Vienen algunos chinos que no se dejan engañar y turistas como yo que se engañan ellos solos. Hay también una colonia estable de blancos perezosos. Sudafricanos como David, dueño de Sailaway, una empresa de safaris marinos. Es la generación errante de los que aborrecieron la carrera de ratas de Johannesburgo. Nómadas que fundaron una vida sencilla en un país virgen que renacía de la guerra civil. Margie lleva aquí catorce años. No trabaja en nada, no gana más dinero que el que saca alquilando un par de habitaciones y sólo a quien le gusta. La observo y pienso que alguien tenía que ocupar su sitio. Vilankulos debía tener su propia ermitaña quemada por el sol, perezosa y taoista, o budista, con síndrome de fatiga crónica y adicciones varias. Ella es perfecta para el perfecto lugar en el mundo en el que está. Sin embargo, su mundo se está contaminando. Los turistas suponen una procaz exhibición de poderío económico. Enormes 4X4, motos acuáticas, casas rodantes, embarcaciones. El resentimiento aumenta. Enfrente de las más relucientes mansiones lampan en la miseria cientos de niños con los ojos bien abiertos. La paciencia de la boa gente no durará para siempre.

margie 2

Ningún paraíso es eterno. Los sudafricanos que vienen aquí suponen graves problemas, me explica Margie mientras cenamos. Beben hasta caer rendidos, beben para demostrar que soportan el licor, beben sin disfrutar, beben para emborracharse. Están contagiando a los indígenas ese brutal alcoholismo. Además, ejercen un agresivo desprecio por la población local.

—No soportan a los negros. Creen que todos son asesinos y ladrones. Vienen huyendo del crimen pero luego tratan a los mozambiqueños como si todos ellos fueran criminales o estúpidos.

Miro a mí alrededor. Los camareros sonríen y charlan entre ellos sin hacernos demasiado caso. Desde luego en Mozambique no he sentido la animadversión racial que se respira en el país vecino.

—Un día me crucé con una niña que conocía—prosigue—. Me saludó muy contenta: “Fuck you, dona Margie, fuck you”. Seguramente algún capullo de Johannesburgo se lo había dicho desde su 4X4 y ella pensó que era una forma amable de saludar.

children at boat

Hoy hemos visto un tipo intentando entrar en la casa a robar. Tanta pobreza reventará un día los diques. El mozambiqueño medio no puede ni soñar con tomarse una cerveza local. El precio al cambio de 40 meticais es de 1 euro. ¿Quién de estos desgraciados tiene un euro para cerveza cuando los que tienen la suerte de trabajar ganar menos de dos al día? Los hurtos aumentan. Cuando esta mañana he salido a correr había dos pasaportes franceses en la puerta de la playa. Llamo a la embajada francesa. Pertenecen a dos turistas alojados en un camping cercano. Les dieron un tirón. Hay que reportar el hallazgo a la policía. Margie se pone de mal humor solo de pensarlo. Pronto compruebo por qué. El hecho no importa, importa la declaración, el documento. Nos lleva más de media hora el trámite. Agotador. El agente nos hace mil preguntas y redacta un largo documento inútil. Regresamos por el polvoriento paseo de la playa. Nos cruzamos con turistas y locales. Todos caminan aplastados por el calor.

embarcando 5

Almorzamos cangrejos. Son estupendos. Carnosos y tan grandes como centollos. Seis costaron 100 meticais, unos dos euros y medio, y eso que me engañaron. Por la tarde subo las cortinas de paja y escribo mis notas con el tornasolado mar como fondo de postal. Sólo se oye el sonido de las teclas de mi portátil y el murmullo que hace el océano cuando sube la marea. Compro una botella de vino tinto de Constantia. Hay algo que celebrar. Ayer adquirí un enorme pez sierra de cuatro kilos. Muy parecido a la lubina salvaje, pagué por él 200 meticais. Una ganga. En unas cosas te engañan y en otras sacas ventaja, así se va compensando la vida. Lo cocina Margie a la plancha con el fuego bajo. Ha macerado apenas unos minutos en limón, aceite y ajo. No necesita nada más. El pescado resulta delicioso. Acompañado de un poco de arroz, un poco de vino y la noche pasa tranquila y apaciblemente a orillas del Índico.

princesa y dina

Margie es una mujer educada, culta, de buena cuna. Proviene de una adinerada familia de afrikáans progresistas e intelectuales. Debió ser atractiva, pero está muy deteriorada. Cuenta que las enormes quemaduras que tiene en sus hombros y brazos son fruto de un intento de asesinato. Alguien la ató con cuerdas a un coche y la arrastró. No quiere contar más. “Podríamos hablar de ello”, dice, “no tengo ningún problema, mas la velada se iría a la mierda”. Estoy de acuerdo. Hablamos de otras cosas, como de las treinta toneladas de hachís que el mar arrojó a la playa de Vilankulos hace diez años. Cambió la vida de la ciudad. Unos blancos de Zimbabwe que trabajan a pocos kilómetros lo tomaron por explosivo plástico. Cuando llegaron al Lodge más próximo para advertir del peligro se encontraron con los dueños totalmente fumados. Toda la ciudad se sumergió en hachís. La noticia llegó a las autoridades. El alijo se transportó por carretera a Inhambane para ser destruido. Nunca llegó. Todavía hoy el caso está sin resolver. A juzgar por la diligencia policial de la que he sido testigo, no creo que se resuelva nunca.

child

Vilankulos es una aldea de belleza espectacular. Tomo un baño cada mañana en el Índico después de correr por la playa. Me siento bien aquí; Margie es una grata compañía y yo lo soy para ella. Ninguno molesta al otro, cada cual hace sus cosas; yo escribo y hago deporte y ella lee y pasea por la arena. No nos imponemos nuestras respectivas presencias pero ambos sabemos que el otro está ahí. Es una sensación agradable. Me está viniendo bien este respiro para recapacitar y darme cuenta de donde estoy. Ella tenía razón, necesitaba aquel café. Cuando uno viaja en moto y cada día duerme en un sitio diferente se convierte un poco en esclavo del movimiento, el movimiento perpetuo hacia ninguna parte. Es una inercia adictiva pero a veces no te deja parar a mirar, relajarte y simplemente disfrutar de no hacer nada. Sin embargo, creo que ya es hora de partir. Debo regresar a Maputo y de ahí a Johannesburgo. Me espera en España una novia y una vida. Sin embargo, cuesta tomar la decisión definitiva de arrancar, de ponerse en marcha. Vilankulos es un como cósmico agujero negro y profundo que te puede sumir en la más absoluta indolencia.

vilanculos beach

Me despido de mi anfitriona con un abrazo. Espero volver a verla. He dejado muchos amigos en el camino. Un día tendré que dar otra vuelta al Mundo para visitarlos. Me recomienda el camping de Maxixe. Mis heridas han mejorado mucho, creo que ya puedo acampar sin temor a una infección. La carretera es horrible pero no me lo parece tanto como la primera vez que la hice. El estado de ánimo afecta incluso a los baches. Planto la tienda enfrente de la bahía. Luego me emborracho en el bar. Hay una tía con rulos en la cabeza. Despierto con resaca mas el amanecer es soberbio. Al abrir la cremallera de la tienda descubro enfrente un sol naciente que ilumina de malva el mar. Estos regalos matutinos compensan las incomodidades de la acampada a la que me estaba aficionando sin haberlo sospechado.

 

sunrise from tent

Había comprado mi tienda en Nairobi antes de emprender el primer viaje. No es que fuera un fanático de la acampada y tampoco se puede decir que me apeteciera lo más mínimo dormir sobre una esterilla, pero ya imaginaba que en no pocas ocasiones me sería imposible encontrar hoteles habitables y que entonces sería mejor un mínimo campamento que una pensión hedionda. La primera vez que tuve que montar la tienda me llevó media hora solo la lectura del folleto explicativo. Llevaba veinte años sin armar una. La última vez que lo había hecho fue durante mi servicio militar con los paracaidistas, quienes nos obligaban a ir de maniobras prácticamente cada mes con unos materiales antiguos, espartanos y de quinta mano. Acabé harto de vivacs y de montar el equipo bajo la lluvia o embadurnado de barro. Sin embargo, pronto descubrí que acampar, especialmente de forma libre, era otro de los placeres del viaje. Cenar cualquier cosa bajo las estrellas, escuchar el ruido de la soledad, sentir inquietud y tranquilidad al mismo tiempo, abrir la cremallera de la puerta al despertar y descubrir fuera la silueta de la Princesa a contraluz del amanecer eran deleites que nunca soñé que existieran pero que ahora se me hacían imprescindibles.

Si quieres seguir leyendo cosas sobre África pídeme el libro dedicado en info@miquelsilvestre.com

9788492979158 - Cubierta - RGB 300

Anuncios
Categorías: 100 Países en Moto | Etiquetas: | Deja un comentario

Navegador de artículos

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Crea un blog o un sitio web gratuitos con WordPress.com.

A %d blogueros les gusta esto: