100 países en moto por orden alfabético. Nº60 Marruecos


sahara camels

Marruecos es un país cercano y exótico muy popular entre los aficionados al motociclismo de aventura. Es una opción sencilla y barata para conocer el desierto y escenarios de cuento oriental. Es una nación pobre pero con un desarrollo superior al resto de países africanos. La sensación al entrar en Marruecos desde España es la de ingresar en África, pero si se entra en Marruecos desde Mauritania, se tiene la sensación de regresar a Europa. Yo conocí el país en el viaje contado en el libro Un millón de piedras a bordo de una vieja BMW R 100 GS que me dio muchos problemas mecánicos. Los siguientes párrafos están tomados de ese libro.

La moto ha muerto en Agadir. Al salir de Ouarzazate soplaba un huracán que nos golpeó de frente y de costado. La vieja BMW casi no andaba; llevándola en segunda y altísima de revoluciones apenas alcanzaba los setenta. Era como llevar un ciclomotor de doscientos kilos. Eso sí, cuesta abajo nos poníamos a cien. Pero entonces siempre nos encontrábamos un camión en una curva o una de esas odiosas autocaravanas de los franceses que vienen aquí de vacaciones. Los muy imbéciles adoptan el modo marroquí de conducir y ocupan toda la calzada para que motos y bicicletas nos salgamos al desierto.

morocco castle

Al llevarla así, la gasolina duró la mitad. Me quedé sin combustible por primera vez en estos viajes por el mundo. El espectacular paisaje hubiera sido un deleite de no ser porque el vendaval quería arrancarme la cabeza. Como siempre ocurre en estos países, el primer vehículo que pasó paró a ayudar. Bueno, miento, no fue el primer vehículo, sino el primero marroquí. Antes habían pasado algunos franceses y alemanes que me dejaron pudrirme en el arcén. El conductor me llevó a la gasolinera mientras su acompañante se quedaba vigilando la moto. Cuando regresamos, me lo encontré con el casco puesto para que el viento no le llenara los ojos de tierra. Un puñado de dirhams y adiós amigos. Los favores siempre se pagan en África.

jedai without bike

Los doscientos kilómetros restantes fueron una auténtica odisea. La moto iba a tirones, se calaba y para complicarlo todo un poco más se sucedían las poblaciones con el habitual sistema de tráfico marroquí: el Caos con mayúsculas. Coches, peatones, bicicletas, burros, perros… todos a la vez como en un videojuego. Atardecía y el sol se iba poniendo delante de mis ojos al dirigirme hacia el oeste. O sea, que no veía nada. Mi dieta se compone aquí de té azucarado (seguramente por eso tienen los dientes tan podridos) y pan. Al borde del agotamiento, me pareció divisar los contornos de Agadir. Pero me equivocaba. Era un atasco fenomenal. Cuando me hallaba en mitad del follón, la moto dijo basta y se paró. Un par de tipos aparecieron de la nada y tras interesarse por mi problema, me recomendaron seguirles por un oscuro camino que se apartaba de las luces y la gente.

larache jedai

Aquí creo que es donde se marca la diferencia entre los jedais y los turistas. Un turista hubiera pensado: 1) no los conozco de nada. 2) llevo cosas de valor encima 3) las recomendaciones de las guías son desconfiar de los extraños 4) nadie sabe que estoy aquí 5) se me han olvidado los dodotis. Pero un auténtico Jedai lo que piensa es… bueno, no sé lo que piensa un auténtico Jedai. Probablemente haga como yo y no piense en nada de nada, confíe en la Fuerza, en el Destino, en los ángeles y se meta con aquel par de tipos por el inmundo caminejo que llevaba a una inmunda barriada sin luces ni asfalto. Hay que confiar en la Fuerza. Palabra de Jedai. Mis acompañantes pronto localizaron un amiguete con furgoneta que por 20 euros nos llevó hasta un hotel en Agadir. Desde mi ventana veo ahora mismo brillar el Océano Atlántico. Y como suele ocurrir cada vez que me subo en una moto, no tengo ni idea de cómo va a terminar este viaje.

agadir mirror

 

Despertar en Agadir. La ciudad es nueva y fea. La antigua quedó asolada por un terremoto en 1960. Murieron unas doce mil personas. Hassan II la reconstruyó sin escatimar hormigón. Sin embargo, la larguísima bahía de arena fina atrae miles de turistas nacionales y extranjeros. No llueve pero persisten las nubes. Voy a correr por el puerto deportivo. Es una zona turística, sin interés. Regreso al hotel y desayuno pan con mantequilla y mermelada. No quiero ni imaginar en qué condiciones las guardan ni que pequeños habitantes de las cocinas las pisotean con sus tres pares de patitas. Los camareros retiran las viandas antes de la hora oficial de cierre. Lo hicieron también durante la cena y lo harán en el almuerzo, es como si tuvieran miedo de que los huéspedes coman más de la cuenta. Podría ir a otro sitio más interesante para alimentarme mejor, pero en el comedor tengo acceso a Internet.

larache mechanics

En la oficina de DHL me dicen que la bobina está en París, que llegará dentro de tres días. Tres días en Agadir se me antojan un suplicio. El tiempo no vuela aquí. Soy un experto en descansar en alguna de las más terribles ciudades del Mundo. Nunca olvidaré la horrorosa semana en Almaty esperando por el visado de Uzbekistán. ¿Y qué decir de aquellos cinco días in Akatau suspirando por el ferry que cruzaba el Mar Caspio? Marruecos tiene poco que ver con el África profunda. En realidad, parece una colonia francesa. Si Francia aún gobernara no creo que hubiera mucha diferencia. El colonialismo no ha muerto. Franceses y alemanes son una plaga. Todos los huéspedes son jubilados europeos. No están aquí por la Cultura o la Historia, sino porque es barato. Seguramente preferirían la Riviera. Pero si buscas aquí infraestructura turística, todo es deprimente, sucio y viejo. Así son ellos. Me miran como pensando quién demonios es ese feo astronauta. Yo los miro igual.

 

jean trucyA través de la web Horizonsunlimited.com localizo a un francés que organiza tours en moto en la zona de Agadir. Le llamo y resulta ser Jean Brucy, un héroe del París Dakar con veinte ediciones en su haber. Es un tipo fantástico que me ayuda sin pedir nada a cambio. Si el problema es solo la bobina, tengo dos soluciones. Una es esperar la que viene de Inglaterra. Está mañana estaba en Casablanca, tardará un día entero en llegar. La otra opción es comprar una usada a un mecánico local que arregla las motos de la policía. Pide 180 euros. Al menos una vez en la vida uno debe sentir el enorme placer que supone disponer de más tiempo que perder que un africano. Decido esperar. El mecánico se la tendrá que comer hasta que otro motorista que conduzca una BMW airhead posterior al 85 rompa la bobina en Agadir. Esto probablemente ocurrirá algún día, aunque quizá no en esta década. Ningún problema, no hay prisa en África.

no hurry in africa

Aparece por el hotel otro mecánico. Trae otra bobina, a este paso me van a ofrecer todas las bobinas de Agadir. Me he hecho famoso en los talleres y garajistas. El blanco de la BMW rota que languidece aburrido en el Marhaba. Es de una moto japonesa. No se parece ni en pintura a la que usa mi BMW aunque con un poco de bricolaje podría servir. Me pide un montón de pasta por ella. Ni contesto. Doy media vuelta y me marcho. El blanco de la BMW rota se retira a su mullido aburrimiento de observador de los demás clientes. Los empleados del hotel siguen mis evoluciones con interés. Ya llevo tres días aquí. Me he convertido en una pieza del mobiliario, tan familiar con el ficus de la entrada o los ceniceros llenos de colillas del recibidor. Hoy llueve. Otra vez. Voy al bar. Para los marroquíes la mejor solución si quieren beber cerveza es ir a un hotel de turistas. Es un ambiente tan rancio como los cacahuetes que sirven en pequeños platos. Un tipo maduro y calvo, grueso y repelente, habla con la única mujer del local. Ríen escandalosamente. Me rodean hombres solos bebiendo en silencio. Detrás de la barra hay una colección astrosa de botellas medio vacías. Los huecos entre unas y otras recuerdan las dentaduras melladas de estos desgraciados. Este oscuro local es como un bar de alterne pero sin putas. Por Dios, que llegue pronto mi bobina.

te in the workshop

La bobina llega. Soy el primer cliente, me dice la empleada de DHL. No me extraña, no creo que haya nadie en Agadir tan ansioso por recibir un envío. Coloco la pieza, cambio las bujías y la moto arranca entre una espesa humareda azul y blanca, está quemando todo el aceite que se metió en los cilindros. Lo maravilloso es que todavía funcionen. Los ingenieros de BMW sabían lo que hacían cuando desarrollaron el motor bóxer para la R32 de 1923. Es indestructible. Salgo de la ciudad rumbo al Sahara. La motocicleta ha mejorado mucho, todavía no va redonda. No carga la batería. La luz roja del cuadro de mandos se enciende. En Sidi Ifni vuelve a fallar. Estoy hasta los cojones aunque también contento por haber llegado hasta aquí. Era una deuda pendiente que tenía conmigo mismo.

2t moto the big beach

Sidi Ifni. El pueblo está medio deshecho. El encanto de la decadencia. Las calles están dedicadas a militares como el General Mola o el Suboficial Zabala. Los viejos edificios del pueblo español aparecen vacíos y descuidados. ¿Nadie ha sabido ver el potencial histórico turístico para construir un parque temático del colonialismo? No. Casi mejor así. Es una historia triste, como todas las historias que son verdad, al menos eso cantan Los Suaves. En Sidi Ifni España libró su última guerra entre 1957 y 1958, al menos oficialmente declarada. Se ganó y se perdió. España abandonó la provincia de Ifni por los Acuerdos de Angra de Cintra, pero mantuvo la población, convertida en una especie de Fuerte Apache hasta la cesión definitiva en 1969.

suboficial zabala

Fue una guerra vergonzante, llevada en sordina porque por aquel entonces el colonialismo ya tenía mala prensa y los políticos franquistas habían decidido aproximarse a los Estados Unidos, quien vetó todo uso de material militar y aeronáutico de procedencia americana. Todavía hoy es una guerra que nunca existió. Pero los muertos españoles, unos trescientos, entre ellos algún alférez de complemento en las milicias universitarias, fueron de verdad. Para estos no hay memoria histórica que valga. La Guerra de Ifni no me la enseñaron en el bachillerato. Si me enteré de su existencia fue porque hice el servicio militar en la Brigada Paracaidista, unidad recién constituida por aquel entonces con elementos díscolos de la Legión, y que se mandó aquí a combatir, y a morir. Como reza su himno: “En Ifni se abrió el libro de nuestra historia”. Así que la parada y fonda tiene algo de homenaje a mis compañeros de armas.

sidi ifni

Me alojo en Belle Vue. El hotel está bastante bien por 170 dirhams. La cena es potable y sirven vino y cerveza. Suena Julio Iglesias en francés, sus gorgoritos compiten con el silbido del viento. Hay un cielo anubarrado de plomo sobre un mar agitado. Al despertar salgo a correr por la playa. Paso por debajo del viejo fortín y llego hasta el nuevo puerto pesquero. Luego me contarían que la ciudad se rebeló y lo bloqueó para que no saliera la sardina que se llevaban a Agadir. Desayuno un huevo frito y pan con mantequilla. La diferencia entre el África francófona y anglófona está en el pan. Aquí es de verdad y a veces está francamente bueno. Aunque es mejor no imaginar con qué manos lo amasan. Viene el mecánico local, Mohamed. Su taller es mínimo, pero los posters de viejas revistas de motociclismo europeas ilustran su verdadera afición. Es un enamorado. Me dice que tiene una Ducati monster. Desde luego conoce su oficio. Abre el motor y me enseña el alternador, las conexiones están sulfatadas. No parece grave pero había que verlo. Y él lo ha visto. Pero antes de nada, un te marroquí. Me voy a volver diabético aquí. Mohamed me sopla trescientos dirhams por una hora de trabajo. Es un robo, pero estoy tan contento que se los entrego sin protestar.

destroyed sidi ifni

Antes de salir doy una última vuelta. La ciudad languidece. Es adictiva su indolencia. Al lado del estanco hay una tienda propiedad de un anciano de ojos claros que sirvió en las tropas indígenas. Tiene miedo de Internet. Me dice que ahora hacen fotos a las chicas y luego las cuelgan desnudas en la red mediante fotomontajes. Compro un bello colgante para Mercedes. Le hará ilusión, un antepasado suyo murió aquí. La mujer me dice que no sabe su precio porque esa artesanía la hace su hermana. Le ofrezco 100 dirhams, unos diez euros. Si vale más pierde ella, si menos, yo. Acepta. Supongo que en realidad ganamos los dos. La pieza vale mucho más de diez euros y mucho menos de cien dirhams.

spanish sidi infi

En la terraza de La Suerte Loca hay un hombre desdentado que en lugar de chilaba viste sudadera con capucha de surfero. En Ifni se explota el surf. Habla español. Cuando le pregunto por qué lo habla tan bien, me contesta: “porque soy español”. Nació durante la presencia colonial y lo inscribieron en el registro civil. Se queja de que en el consulado español de Agadir le mintieron cuando fue a reclamar sus papeles en el 78. No se les ha aplicado el Tratado de Cesión a Marruecos publicado en el BOE de 9 de junio de 1969. Leo el artículo 3 y distingue entre los que eran españoles con arreglo al Código Civil “se refieren a los que como yo estábamos inscritos en el Registro”, estos conservarán la nacionalidad en todo caso, de aquellos otros que la hayan disfrutado sin haberla adquirido, a los cuales se les conceden tres meses para optar. De ese modo, la Democracia Española se libró de los españoles marroquíes que les legó Franco.

aguila san juan ifni

—Él sí defendió nuestros derechos, la democracia nos ha traicionado, desde Suárez a Zapatero, todos nos han mentido. Eso sí—dice —, defienden sus propiedades con dientes y uñas.

— ¿Qué propiedades?

—Las de la Plaza de España—contesta enseñándome la fotocopia del BOE.

El tratado explicita una serie de inmuebles que pertenecen al Estado Español. Son los edificios oficiales y viviendas de funcionarios alrededor de la plaza. He visto que algunos están ocupados por instituciones marroquíes.

—Les ceden el uso—prosigue—, pero conservan la propiedad. El resto están sin usar.

Se refiere a los viejos caserones abandonados en la hoy llamada Plaza de Asan II. O sea, que la desidia es española. Me cuenta Alí que una vez falsificaron el título de propiedad de una gran casa que da a la playa para vendérsela a una alemana. Sólo cuando hubo terminado una carísima reforma, le reclamaron la propiedad. O sea, que sería cierto que España defiende con “dientes y uñas” sus propiedades inmobiliarias en Ifni.

—Pero nos mienten sobre nuestros derechos—se queja dolido—. Aplican el tratado sólo en lo que les conviene. Prefieren las casas a las personas. Cada vez que paso por la Plaza de España pienso que esas piedras se están burlando de mí.

Si quieres seguir leyendo puedes pedirme el libro dedicado en info@miquelsilvestre.com

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