100 países en moto por orden alfabético. Nº55 Malí


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Malí, un país africano con dos almas. La del Sahara y la de la sabana. Y un gran río que hace de frontera: el Níger. Lo conocí durante uno de mis viajes contados en el libro Un millón de piedras. Fue mi último país de esa aventura pues allí murió mi vieja motocicleta. Este texto es un extracto de ese libro, que realmente cambió mi vida pues al publicarse y empezar a ser conocido sin yo esperarlo, me abrió las puertas de los medios, las grandes editoriales y la televisión. Fue el libro más importante porque me convirtió en escritor profesional.

Salí de la capital de Senegal lo antes posible para aprovechar el mayor tiempo de frescor. Pero no fue fácil la escapada y el borchorno se me echó encima mucho antes de que pudiera siquiera ver algo de terreno despoblado. Los veinticinco primeros kilómetros fueron un interminable y caótico atasco de camiones humeantes y conductores homicidas. Todos a la vez, nadie quiere quedarse atrás. Autobuses, coches, furgonetas… era la guerra. No sé como he logrado sobrevivir tantas veces a este tipo de circulación. Por eso creo en Dios, alguien ha de estar protegiéndome. En cualquier caso, cuando estoy en el ajo no pienso mucho en ello y simplemente actúo. Puedo ser peor que cualquiera de ellos. Cuando las cosas se ponen feas de verdad, conduzco como un auténtico criminal y no respeto norma alguna. Adelanto por la derecha, por la izquierda y por el centro. Me salgo al arcén, invado el carril contrario, aprieto el claxon con energía, expulso peatones y ciclistas. Me convierto en africano. Lo peor que puede hacer un mosquito es quedarse parado para que lo aplasten.

principito

Cuando el tráfico desapareció, surgieron los baobabs. Impresionantes, enormes, casi sobrenaturales. De ramas retorcidas y hojas diminutas, entre aquellos monstruos vegetales me sentía como el Principito. Solo en mi universo buscando un cordero dentro de una caja. Aislado y perdido, desgajado de toda realidad confortable, coherente y creíble. De nuevo plantado en mis botitas y esgrimiendo un sable inofensivo. En ese momento fue cuando me di cuenta de que, efectivamente, había regresado a África, que no era un sueño de resaca y que la cama de la vieja novia donde estaba recién despertado seguía siendo dura e incómoda, pero irresistible. Saint Exupery estuvo destinado como piloto en esta zona y no me extraña que convirtiera aquellos asombrosos árboles en amenaza del pequeño planeta de su infantil criatura. Los baobabs eran perfectamente capaces de destruirlo con sus raíces totémicas. Él también quedó impresionado al verlos. Y ahí estaba yo, entre ellos, sumergido en un bosque mágico, consciente al fin de mi posición en el mundo, de nuevo en el corazón de África. Era casi hipnótico circular por aquel territorio plano y asolado sin más compañía que esos gigantes en permanente súplica con sus brazos artríticos lanzados hacia un cielo purísimo que por la noche me devolvería mis tres mil estrellas.

kayes gate

Un violento golpe me sacó de mi ensoñación. Era un bache profundo como un estanque de patos en el que se había metido la rueda delantera. En Dakar me habían advertido de los tremendos agujeros que iba a encontrar a partir de Fatick. Conociendo como pueden ser los baches en África, me esperaba un asfalto hecho trizas; pero mi sorpresa fue encontrarlo en unas más que aceptables condiciones. Aceptables para África. Claro que había pozos y simas, badenes y desgarramientos de la calzada, pero los obstáculos eran visibles en la distancia y estaban lo suficientemente separados unos de otros como para poderlos esquivar. Comparado con otras carreteras de Mozambique o Tanzania que había tenido el placer de recorrer, la N1 senegalesa me parecía una verdadera autopista. Volábamos a cien por hora zigzagueando entre los socavones, los pedruscos, las cabras y las pequeñas motocicletas chinas.

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Lo peor no era el firme, sino la temperatura. A las doce de la mañana el calor ya era insufrible. El aire ardía y ni siquiera acelerar me aliviaba. Me quité la chaqueta y viajé en camiseta. Algo que no se debe hacer porque en caso de caída la falta de protecciones puede costar muy caro. Yo ya tenía amarga experiencia en el asunto, pero el bochorno era excesivo. Corría riesgo de deshidratarme. Así que mojaba de vez en cuando la camiseta para refrigerar mi torso, aunque el remedio era muy breve. En seguida me secaba y la sensación de asfixia iba en aumento. Pero no sólo yo sufría, la tierra también parecía pasarlo mal. El horizonte reverberaba bajo un sol plano y glauco. El resplandor era tal que anulaba los colores. Sólo existía un blanco cegador que se tragaba los contrastes, las aristas de los objetos y mi energía. Dejé atrás Kaolack, y antes de lo previsto arribé en Tambacounda, casi a 400 kilómetros de Dakar. Reposté en una gasolinera donde me convertí en centro de atención. Bebí un litro de agua casi de un trago.

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Enfrente había un mercado. Tenía hambre. Olía a carne asada. Sobre una parrilla crepitaban unos apetecibles pedazos de cordero. Pero entonces vi los trozos todavía crudos que colgaban de unos ganchos. Estaban recubiertos de moscas. Era como un manto verde azulado sobre la carne. Opté por comprar unos plátanos. Es siempre la mejor solución. Fruta con piel gruesa. Me los comí casi de dos en dos y arranqué antes de que el calor me derribase. La línea del horizonte seguía lejos, la carretera se ofrecía aburrida, plana y recta. Los poblados que encontraba eran pequeños grupos de chozas. Los niños corrían al verme para saludar y observar de cerca aquel extraño objeto. En un tramo arbolado vi una BMW blanca aparcada bajo la sombra. Sobre ella dormitaba un policía de tráfico. Cuando oyó el sonido de mi motor despertó sobresaltado. Saltó de su moto y me hizo ansiosos gestos para que me detuviese. “Y unos cojones”, pensé yo mientras lo saludaba alegremente. Aquel mamón ocioso sólo pretendía extorsionarme y yo no se lo iba a poner fácil. El regalo inesperado no se iba a dar por aludido. Durante un tiempo estuve vigilando el retrovisor para comprobar si me seguía, pero afortunadamente hacía demasiado calor y aquel tipo debió pensar que se estaba muy a gusto dormitando bajo la sombra de las acacias.

little beauty at gas station

Circulaba en paralelo a una vía de tren. Era la línea ferroviaria Dakar Bamako construida hacía muchos años por los colonizadores franceses. Realizaron un buen trabajo porque el terreno a veces se encrespaba y los ingenieros salvaron el desnivel con taludes de piedra suelta que aún resistían. La frecuencia actual de ese tren es imprevisible. Todos los viajeros occidentales que lo habían usado alguna vez echaban pestes y alertaban de los ladronzuelos que aprovechan la noche para recolectar los equipajes de los durmientes. Habría hecho unos seiscientos kilómetros cuando empezó a oscurecer. Estaba a menos de setenta kilómetros de Kidira, donde se encuentra la frontera como Mali, pero en el pequeño poblado de Goudiri vi un cartel que indicaba “motel”. Me detuve a inspeccionar el sitio. Un grupo de cabañas destartaladas y un comedor repleto de moscas. El encargado vivía allí con su familia. Dormían en colchonetas bajo la techumbre de paja. Pero había ducha. No me lo pensé dos veces y descargué mi impedimenta en una de las chozas. El agua que corrió por mi castigado cuerpo fue como el premio al combatiente heroico que regresa maltrecho pero vivo. Cené abundantemente y bebí mucha cerveza. Un francés joven apareció por allí y apenas nos dirigimos sino un breve saludo. Cada uno se mantuvo en su cómodo mutismo. Cuando me acosté, comenzaron unos cánticos rituales en el poblado. Eran ritmicos y cadenciosos, se repetían una y otra vez. Aquel guirigay se prolongó hasta bien entrada la madrugada. Afortunadamente, siempre llevo en mi equipaje tapones para los oídos.

tribe

Al día siguiente salí a correr por la áspera sabana que se extendía infinita a mi alrededor. Erizada de matorrales, de piso pedregoso y polvoriento, era un lugar inhóspito pero aún puro y salvaje. Para no ser engullido por la inmensidad, mantuve la carretera como punto de referencia. Algunos camiones yacían descompuestos, con las tripas abiertas mientras los hombres buscaban en el interior de sus barrigas mecánicas el origen de la avería. Me observaron asombrados al verme trotar entre los baobabs y los espinos. Cuando regresé a mi choza, ya hacía calor y una gorda lavandera se entregaba ausente a la tarea de destrozar ropa. Toé un frugal desayuno y salí hacia el éste. Cuando llegué a Kidira me alegré de haber pernoctado lejos de allí. El pueblo era una cloaca llena de coches, gente, cabras y camiones. Sobre todo camiones. La frontera estaba colapsada de camiones. No había puesto policial en la linde; debía buscar el cuartel en las polvorientas callejuelas sin asfaltar. Cuando encontré la triste dependencia, un somnoliento agente estampilló con desgana el sello de salida. tuve que sortear de nuevo el atasco y enfilar la carretera que cruzaba el río …Me detuve en mitad del puente para hacer una foto y en menos de dos segundos una nube de chiquillos me rodeó. Los niños aman las motos, esa es una verdad universal cuya explicación no consigo desentrañar. Yo también las amaba, pero es que en casa siempre hubo motos desde que yo tengo recuerdos.

life

No tenía visado de entrada en Mali. Mis noticias eran que se podía conseguir en la frontera. Así fue, los policías me lo entregaron dentro de su galpón, pero pagando la desorbitada cifra de 40.000 CFAs (1 euro: 650 CFA). Lo curioso es que me dieron también un recibo oficial por la cantidad exacta, así que quizá ese fuera el precio correcto. Nunca se sabe en África. El caso es que estaba casi dentro. Faltaba la importación de la BMW. Cuando me acerqué al puesto de aduanas, una caseta de cemento que parecía querer sepultarse en el polvo, encontré que la cola de camioneros era infinita. A pesar de ello, me planté delante del mostrador haciendo uso de mi anómala condición de tubab. Al ver mi piel blanca el funcionario levantó sorprendido la mirada de su gran libro donde registraba las matrículas de los vehículos pesados. Me hizo un gesto interrogativo y yo contesté en mal francés que viajaba en motocicleta. El tipo hizo un gesto de desprecio mezclado con hastío y poco menos que me mandó salir de allí. No tuve que obtener ningún documento de importación para entrar en Mali. Insólito en África, donde la burocracia puede ser desesperante. Debe ser que habiendo tanto camión a quien gravar con impuestos de entrada, no vale la pena perder el tiempo por una pequeña moto.

bamako sunset

Mali es un país escondido en el interior de África. Atravesado por los ríos Niger y Senegal, no tiene salida al mar. Permanece enclavado entre siete antiguas colonias francesas (Mauritania, Niger, Senegal, Guinea Conakry, Costa de Marfil y Burkina Faso). Malí, uno de los estados más pobres del planeta, es miembro de la Unión Económica y Monetaria del África Occidental y también usa como moneda el Franco CFA. La tribu mayoritaria es la Bámbara, aunque hay otras como la Shongay o la Dogón, con su famoso y turístico país al suroeste. Pero Mali, sobre todo, es un país donde hace un calor espantoso, fuera de lo humanamente soportable, todavía peor que el que hace en su vecino Senegal.

bambara kid

Abrumado por una temperatura cruel, llegué a Kayes. En esa región falleció otro gran viajero en moto, Simon Millward, arrollado por un conductor imprudente (www.millenium-ride.com). Su recuerdo me hizo sentir de nuevo lo frágiles que somos los motoristas, siempre a merced de los elementos, los animales, los baches y los malnacidos al volante. Me detuve en un hotel de la pequeña y caótica ciudad a comprar dos botellas de agua. Pregunté donde podía hacer noche y el camarero me recomendó pernoctar en Diema, donde había un hotel, me dijo. Miré en el mapa y vi que estaba muy cerca de la frontera con Mauritania. No guardaba buenos recuerdos de mi paso por el país e insistí en si era un lugar seguro. Él insistió a su vez, si había un lugar seguro en toda la región, ese era Diema. Entendí entonces lo que quiso decirme. No es que Diema fuera seguro, es que la región en su conjunto no era demasiado recomendable para un occidental, pero si yo quería atravesarla, entonces debía pasar la noche en Diema. Un poco más intranquilo que antes de preguntar, salí al patio y me remojé por completo. Fue una ducha en toda regla, pero el calor retornó casi de inmediato.

niger river

Crucé de nuevo el río Senegal por un puente de hierro. Me crucé con unos tipos que empujaban un burro terco. Todos, acémila incluida, me observaron con interés. Más abajo, se bañaban cientos de personas. Reían, jugaban, o simplemente transportaban cosas de un lado al otro. Los envidié por estar a remojo en aquella tórrida temperatura que amenazaba con licuarme el cerebro, pero mis escrúpulos occidentales me impedían acercarme siquiera a aquella agua ocre que regaba de vida las riberas. La vegetación era allí espesa y tenaz. Así que aceleré y me introduje en el reseco interior del reseco país, donde no encontré ni siquiera una gasolinera digna de tal nombre. Cuando tuve que repostar, un muchacho me llevo a un cobertizo y ahí, a fuerza de brazos, doblegó la oxidada palanca de una bomba que extrajo una gasolina sucia con la que la moto pudo proseguir su camino hasta Diema, a donde llegamos bien entrada la tarde. Allí sí había gasolinera. Pregunté a los empleados por el hotel. Me indicaron una dirección. Lo que allí encontré fueron casuchas de adobe, calles sin asfaltar, excrementos de animal y polvo. Cada vez que preguntaba a alguno de los ociosos que tomaban el fresco (es un decir), me indicaban que siguiera recto. El barrio se iba tornando más y más tétrico y pobre. Si había hotel, éste no sería un Hilton, eso ya era algo que tenía claro.

niger river bamako

Efectivamente, no era un Hilton. Tampoco llegaba a la categoría de pensión. Por no ser, no era ni el cuarto de baño de la caseta del perro del señor Hilton. El “hotel” resultó un muladar sucio, caluroso y con discontinuo suministro eléctrico. Llamé a las puertas metálicas y al cabo de unos minutos se abrieron con un graznido de bisagras resecas. Metí la moto dentro de un patio donde un grupo de africanos daba cuenta de una botella de Coca Cola de dos litros. Su saludo de bienvenida consistió en pedirme dinero para beberse otra.

 

—Lo siento—contesté sacándome el casco y enjugándome el sudor—. Yo solo bebo cerveza.

 

Algo desencantados me indicaron donde podía comprarlas. Era una tienducha de adobe en la que despachaba un berebere que parecía vivir allí. Un mostrador mugriento, una banqueta y los restos resecos del almuerzo. Por supuesto, también la tetera y los vasos con posos. En aquella zona se repetían las diferencias sociales que había advertido en Mauritania. Los negros eran pobres y se dedicaban a trabajos manuales; los bereberes controlaban el comercio y se consideraban una clase superior. El comerciante me vendió tres botellas de cerveza tibia sin ningún inconveniente a pesar de su religión musulmana. Business is Business. Me las bebí a gollete rodeado de los africanos alojados en el hotel. Mientras caía una tras otra, yo respondía pacientemente a sus preguntas.

 

—¿Es tu primera vez en África?

—No.

—¿Viajas solo?

—Sí.

—¿Me invitas a una coca cola?

—No.

bamako arrival

Los mosquitos zumbaban inclementes dentro del aire inmóvil, el calor no cedía, las estrellas lucían veladas por el polvo del ambiente. Ahíto de zumo de cebada, decidí que ya estaba lo bastante ebrio como para intentar dormir. Misión imposible. El espantoso bochorno lo impedía. Dentro del cuarto era todavía peor. El ventilador del techo movía un ambiente recalentado. Además, me entró un miedo irracional a haberme equivocado al elegir el lugar de pernocta. Todo el mundo en Diema sabía ya que un blanco estaba alojado en aquel hotel. Demasiado cerca de la frontera mauritana. En caso de asalto, nadie de los presentes haría nada para defenderme. El cerrojo de la puerta era de lo más endeble y el establecimiento no tenía siquiera un mal vigilante. Otra vez me estaba ofreciendo a cualquier secuestrador aficionado. Tumbado en el duro camastro sudé la gota gorda hasta que el suministro eléctrico murió y las aspas cenitales se detuvieron. Aquello fue demasiado. A pesar de mis temores, subí la colchoneta a la azotea. Los demás huéspedes me habían precedido horas antes. Eran más listos que yo. Tendí mi magro lecho en un suelo sucio y me tendí semidesnudo bajo un cielo pesado. Acompañado de rebuznos de burro, de los ronquidos de mis compañeros de estadía y del zumbido de los voraces insectos, dormí sumergido en la balsa de mi propia transpiración.

diema kids

Desperté cansado y ojeroso, pero me sentía contento. Un nuevo día siempre es una promesa sin decepcionar. Bajo la luz cenicienta de la mañana, ms compañeros de azotea dormían a pierna suelta. Haciendo el menor ruido posible, bajé el colchón y salí a correr por el maltrecho poblado. Los africanos más madrugadores se frotaban los ojos al verme trotar en pantalones cortos sobre la arena y los excrementos de cabra. Les resultaba sorprendente. Pero a mí lo que me sorprendía era la profusión desmesurada de ONGs y proyectos de cooperación que salpicaban el país sin que a primera vista alterasen su paupérrima fisonomía de chozas de paja y adobe. En cada pueblo, poblado o aldea había carteles anunciando las bondades de la ayuda internacional. Pero los resultados eran tan pálidos como los colores desvaídos por el sol con que habían pintado los carteles. Por supuesto, la Unión Europea se dejaba ver con su escudo azul lleno de estrellas, pero había también otras entidades compitiendo en generosidad, como la Agencia de Cooperación Japonesa, el Fondo de Ayuda Islámico, la cooperativa agrícola Malibya, creada por Gadafi.

oenegelandia I

Incluso la República Bolivariana de Venezuela tenía allí sus proyectos de cooperación para que el benefactor Hugo Chávez pudiera auxiliar menesterosos allende los mares, quizá para olvidarse así de los que ya le pertenecían en su lado del Atlántico. Pero en eso no era distinto del Fidel Castro, que mandó soldados cubanos a morir en guerras africanas tan distantes y lejanas como la de Angola. Como me contó Rydall, cuando combatió en aquel conflicto se sorprendió de encontrar cadáveres de piel blanca y documentación cubana. La visión de las fotos de mujer y niños en aquellas carteras es algo que aseguró nunca podría olvidar. ¿Qué hacían aquellos hombres tan lejos de sus casas y familias? Ellos al fin y al cabo estaban defendiendo su país de un posible contagio revolucionario venido del norte que pudiera incendiar Namibia, provincia sudafricana por aquel entonces. Pero los cubanos, ¿que demonios hacían los cubanos en África? Era algo tan inexplicable para él como para mí ver el lujo que circulaba por las calles de Bamako, la capital de Mali, donde abundaban los BMW, Audis y Mercedes.

street life

Y es que ya no parecía estar en Malí, sino en Oenegelandia. Bamako era su próspero rompeolas, donde según me dijeron se quedaba el 85% de los fondos para el desarrollo en los bolsillos de burócratas y funcionarios. La ciudad bullía de vida y coches caros. Los cooperantes blancos eran tribu que se congregaba en los hoteles con aire acondicionado. A su alrededor crepitaba una constelación de intermediarios, camareros, chóferes y prostitutas. No obstante, a mí lo que me hacía falta era un mecánico que fabricase juntas para mis carburadores Bing, que pocos kilómetros antes habían empezado a vomitar gasolina. Aquel era un problema nuevo que me había obligado a parar varias veces a desmontar las cubas sin que hasta el momento hubiera podido arreglar nada. Parado en una rotonda mientras decidía qué hacer, me admiraba el concurridísimo tráfico de pequeñas motocicletas chinas. Eran como enjambres que se adueñaran de las calles en cuanto se abrían los semáforos. Lo curioso es que a pesar del peligro que suponían coches, viandantes, motos y bicicletas, la moda imperante consistía en no llevar casco y girar los retrovisores hacia dentro de modo que no servían para nada. Me resultaba imposible entender la razón de semejante comportamiento suicida. Hasta que vi a una mujer soldado que conducía una de estas motos con una sola mano mientras se observaba en los pequeños espejos vueltos hacia ella y con la otra trataba de arreglarse el peinado.

diema hotel

Me alojé en un hotel decente y me entretuve haciendo tareas domésticas tan prosaicas como coserme un siete en unos pantalones. Localicé un mecánico que fabricó una junta de cartón para los carburadores. No sirvió de nada. En cuanto hice los primeros kilómetros, la moto volvió a escupir combustible a chorros. Lo intenté repetidas veces en diferentes mecánicos, pues la ciudad estaba llena de ellos para atender las necesidades crecientes de un enorme parque móvil de chatarra china que se averiaba continuamente. En una de mis paradas obligatorias, coincidí con un tipo que luchaba infructuosamente por arrancar una vespa medio desguazada. Como la mía arrancó, lo remolqué de vuelta a Bamako. Parecía que nunca iba a salir de allí. Él me llevó hasta un mecánico más hábil que los demás que selló con silicona la junta de las cubas y cesó la hemorragia. Conseguí salir en dirección éste cruzando un concurridísimo puente sobre el río Niger. Un grupo de muchachos se remojaba en sus turbias aguas. Los saludé feliz por volver a hallarme en ruta.

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Pero mi felicidad duró poco. La moto volvía a fallar. Un cilindro apenas subía de vueltas. Conseguí llegar a Fana, apenas un villorrio moribundo en mitad de la jungla de arbustos. Me detuve en un motel a revisar las bujías. No encontraba el problema, aunque imaginé que residía en los carburadores. Llegó un hombre maduro conduciendo un Pick Up de la ONG inglesa Plan. Se interesó por mi problema. La población más cercana era Segou, a unos ciento veinte kilómetros. Decidí ir allí en lugar de regresar a Bamako. Era tarde y estaba agotado y medio muerto de calor. Me dejaron ducharme al aire libre. El agua tibia supuso un regalo. Un poco más fresco, fui hasta el mercado acompañado por mi nuevo amigo quien me ayudó a contratar una furgonetilla de pasajeros para que me llevara hasta Segu, ciudad puerta de la ruta de Mopti y Tombuctú. Por 35.000 CFAs desmontaron los asientos, entre cinco metimos la BMW en el interior de la caja y en total oscuridad recorrimos a velocidad suicida los ciento y pico kilómetros de distancia. La furgoneta volaba por encima de los baches. Los faros apenas alumbraban unos pocos metros, pero el conductor, un musulmán piadoso que no hablaba una palabra de inglés, conocía el camino y además parecía llevarse bien con Alá. Milagrosamente, llegamos sanos y salvos hasta las mismas puertas de un hotel.

chapuceando

Inmediatamente se me acopló un guía de ocasión. Era temporada baja, no había turistas y el dinero fácil escaseaba. “De acuerdo”, le dije, “no necesito que me enseñes el País Dogón. Lo que quiero es que me lleves al mejor mecánico de motos de Segou. Pero mañana, ahora necesito descansar”. Me metí en el hotel La Residence, regentado por dos hermanos libaneses no demasiado simpáticos, al menos no hasta que cobran. Tenían una gran terraza en la parte de atrás con altos árboles. Había comida y cerveza fría, aleluya. Me derrumbé en una silla y le pedí a la simpática camarera que me trajera kilos de lo uno y litros de lo otro. Allí sentado observé que a mí lado había unos lagartos de dorada testa disputándose un festín de hormigas aladas. Había miles de ellas, suficientes para todos aquellos reptiles. Sin embargo, aquellos depredadores perdían más tiempo en ahuyentar competidores que en comer. Su ánimo guerrero era superior a su hambre. Entre dentelladas al aire que unos y otros se lanzaban, las hormigas se iban de rositas. Afortunadamente, nadie me disputó mi banquete y tras dar cuenta de él sin tener que pelear, pude irme a dormir completamente satisfecho. Las habitaciones estaban en una dependencia algo apartada del restaurante y fui caminando bajo mis tres mil estrellas. En ese estado de mirífica paz me daba igual la avería de la moto, las hormigas aladas y todos los lagartos pendencieros de este cochino mundo.

wrong way

Al día siguiente, bien de mañana, recorrí trotando la ribera oeste del Níger. Dejé atrás la zona más pulcra de la pequeña ciudad de Segou, ahí donde aún permanecían algunos vestigios de la época colonial. Me introduje de lleno en los populosos barrios de pescadores. Era aquella una urbe plana, de adobe y paja, sin alcantarillado, aceras o pavimento. En verano se respira polvo y en época de lluvias se chapotea en el barro. Casi no había hombres. Estaban pescando o haraganeando en el centro. Niños y madres me observaban al pasar. Yo los saludaba mientras la música rock atronaba en mis auriculares. Poco a poco iba despertando al nuevo día, a la fantástica sensación de estar en este planeta. Cada jornada me sucede igual. Recién despertado, me tiro a los caminos con resignación. Empiezo a correr lento de miembros y espeso de cabeza por el sueño y la digestión nocturna de litros de cerveza. Mas a los quince o veinte minutos de ejercicio, mis ojos se abren a la realidad, mi metabolismo pasa de anaerobio a aerobio, el glucógeno se libera en mi sangre y las neuronas espabilan. Entonces es cuando miro al mundo como si fuera la primera vez que lo viera. Distingo los bellos contornos de los árboles recortados sobre el horizonte, el atractivo azul del cielo, la dulce expresión de las caras, la sedosa textura de las piedras que voy esquivando. Y es entonces, de pronto y casi por sorpresa, cuando me doy cuenta de que estoy vivo y me siento terriblemente alegre y feliz de estar haciendo lo que hago.

paseando a miss daisy

Mi guía esperaba el regreso del único cliente. Aseguró conocer un mecánico fabuloso. Los mecánicos son siempre los mejores. “Es titulado”, precisó. “De acuerdo, vamos no pierdo nada”, me resigné yo. Atravesamos calles mal dibujadas sobre la arena. Los ociosos nos contemplaban con curiosidad. El taller del mecánico titulado no era más que un chamizo de pajas donde se amontonaban los chasis cadavéricos de varias motos chinas. El experto vestía una guerrera de camuflaje y gastaba gafas d espejo. Me recordó a un famoso actor de cine, Laurence Fishburne. Desmontó el carburador y lo volvió a montar. Mientras tanto, yo, utilizando el teleobjetivo de mi cámara, fotografiaba la vida que se desarrollaba a nuestro alrededor. Un niño bámbara apoyado en una estaca de madera, una mujer triste conduciendo un carro, una mujer alegre charlando animadamente con un anciano. Era un espectáculo vital y soberbio que no siempre se aprecia desde el sillín de una moto en movimiento. Es necesario detenerse un tiempo, dejar que la velocidad disminuya y que la realidad pase delante de tus ojos. Entonces descubres un mundo nuevo y te das cuenta de que unos y otros no somos tan diferentes. Cuando el mecánico titulado terminó su trabajo, arranqué la moto e inmediatamente me di cuenta de que el problema seguía sin resolverse. A pesar de ello, pagué la reparación aun discutiendo por el precio. Logré una sustancial rebaja, pero seguía teniendo una motocicleta estropeada.

problems on the forest

Mi guía no se daba por vencido. Recordó entonces que en el pueblo vivía un alemán que entendía de mecánica y que tenía motos grandes. Por poco no lo estrangulo. ¿Un mecánico alemán? Eso era lo que yo necesitaba desde que salí de España. El alemán resultó ser dueño del hotel Djoliba, situado en mitad de la plaza. Albert, que así se llamaba, había recorrido el mundo en moto y entendió mi situación inmediatamente. Al día siguiente examinaría la BMW. Me quedé allí a disfrutar de una buena cena, mucha cerveza y un sueño reparador. Entablé conversación con un nigeriano que por allí contrabandeaba. Mientras hablábamos de la vieja guerra de Biafra, entró un nutrido grupo de fornidos jóvenes norteamericanos. Les comenté que había recorrido su país en moto y sonrieron con magníficas dentaduras profidén. Cuando les pregunté si estaban en el Ejército se quedaron callados como si tuvieran miedo revelar un secreto de Estado. Los pobres no se daban cuenta de que llevaban escrito en la frente su pertenencia a las Fuerzas Especiales.

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Al día siguiente fuimos a su granja. Un gran muro protegía la vivienda de planta baja y dos o tres naves de techo a dos aguas. Varios vehículos de toda clase y condición se encontraban arrumbados por ahí. Albert me invitó a comer en su propia casa. Tenía una mujer atractiva e inteligente y un hijo adolescente, enloquecido por las motos y los motores. Se estaba construyendo una custom con piezas usadas y repuestos chinos. Después de un almuerzo alemán, con ensalada de patata y salchichas, nos pusimos manos a la obra. En el cobertizo que hacía de taller descubrimos que la membrana del carburador derecho estaba rajada. ¿Repuesto? Ni soñarlo. Sin embargo, me dijo Albert, existían dos posibilidades. Una era intentar usar la de los carburadores bing del motor de su ultraligero. Resultaron de distinto diámetro. La otra estaba en el cuartel de la policía. Desde hace años había una BMW abandonada allí. Fuimos en su coche. Después de repartir muchos apretones de manos, bastantes sonrisas y algunos francos, nos dejaron llevarnos uno de los carburadores de aquel irreconocible cadáver que un día fue motocicleta. La membrana estaba intacta. Lástima que como dice el tango no fuera verdad tanta belleza. El diámetro era menor que el de mi R100. Albert y yo nos miramos con expresión de triste desolación. Los viajes terminan cuando terminan y el mío había terminado en ese mismo momento.

hotel djoliba

Al día siguiente regresé a Bamako en coche. El conductor de un impresionante Mercedes había aceptado como pago del viaje todas mis herramientas. Ya no me iban a hacer falta. Albert arreglaría la moto y luego la vendería. Estaba amortizada de sobra después de atravesar Marruecos, el Sahara, Mauritania, Senegal y Mali. Pronto estaría en casa. Tenía ganas de regresar, pero también sentía que aquella despedida de África era agridulce. Afortunadamente, en la televisión echaban una final. El Atlético de Madrid ganó una copa en la lejana Europa. Mi viejo equipo de tantas desventuras y sufrimientos me daba por fin una efímera alegría que remojé con cerveza Castel, embotellada en Mali. Por una vez tenía algo que celebrar desde aquel doblete del que ya casi nadie se acuerda. Y luego dicen que el fútbol no sirve para nada.

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