100 países en moto por orden alfabético. Nº47 Kenia


ecuador

 

Kenia, o Kenya, es para mí un país muy especial porque allí comenzó todo. En 2008 llegué a Nairobi en avión. Recién había pedido la excedencia como registrador y era mi primera vez en África. Compré una antigua BMW R80 GS del año 92, me hice una foto en la señal de la línea del Ecuador, y me largué con rumbo sur. Aterricé en Ciudad del Cabo tras haber recorrido 14 países y 14.000 kilómetros sin experiencia alguna en aventuras de ese tipo. De ese viaje nació mi primer y quizá mejor libro Un millón de piedras. Pero me faltaba hacer la otra parte del recorrido africano, la que iba desde Egipto hasta la línea del Ecuador. Sin hacer ese tramo no podía decir que había hecho toda África. Me desquité en 2011 cuando comencé mi vuelta al mundo en moto Ruta Exploradores Olvidados. Los siguientes párrafos están extraídos de Un millón de piedras.

 

 

Llegué a Kenya a principios de marzo. Hacía calor. Un calor sofocante. Un calor perpetuo. El caos africano se percibía en el mismo aeropuerto internacional Jomo Kenyatta, llamado así en honor al fundador de la nación, líder de la revuelta Mau Mau que lograra la independencia en 1963. El tráfico era infernal. Vehículos de todas clases, antigüedad y condición tratan de llegar a sus destinos sin importar cómo. Lo mismo y a la vez pretendían peatones, ciclomotores y bicicletas. El combate era desigual. Vimos una pequeña muchedumbre. Trataban de ayudar a una niña atropellada. La zarandeaban como a un muñeco. Era espeluznante. Si aquella desgraciada tenía una lesión medular, sin duda quedaría parapléjica. Al ver aquel guirigay recordé otro atropello del que fui testigo. Fue en Arizona. Alguien había arrollado un indio borracho. El tipo estaba tirado en el asfalto y sangraba por la cabeza. Nadie se acercó. Esperaban una ambulancia. Mi compañero de ese día, Smiley Brad, un motorista local, me explicó que todos aquellos mirones tenían miedo a una demanda. En Estados Unidos más de un buen samaritano había sido declarado responsable de los daños causados por una manipulación inexperta.

miquel señal ecuador

No parecía ser el caso de Kenya. La carretera parecía un territorio sin ley. La preferencia era siempre del más grande. Los camiones, ciegos y sordos, arrasaban todo lo que no se apartase con suficiente rapidez. Mas había otro depredador que gracias a su menor tamaño resultaba aun más peligroso: el matatu o taxi colectivo. Se trata de una furgonetilla o mini bus desvencijado. Siempre lleno de pasajeros apretujados, siempre a toda velocidad, siempre impredecible. Funciona sin horarios ni rutas fija, se detiene por sorpresa donde más pueda molestar y reanuda la marcha justo cuando otro vehículo pasa al lado. Sometidos a ninguna regla, cualquiera puede conducirlos. Sus pilotos suelen ser delincuentes o adictos a las drogas. Totalmente ebrios, hacen sonar sus bocinas y potentes equipos de sonido. El medio de transporte más barato y popular es un auténtico ataúd rodante con enorme capacidad destructiva. Su decoración es atrabiliaria y llamativa. Colores chillones, emblemas ininteligibles, fotografías de personajes famosos como Kofi Annan, Bob Marley, el rapero 50 Cents, Chuck Norris o Bin Laden.

matatu

El campo de refugiados de Kakuma era una ciudad fantasma, ingrávida. Construida de plástico y cartón parecía flotar sobre el desierto. Era como uno de esos espejismos que reverberan a lo lejos. Sus laberínticos barrios se distribuían por nacionalidades: rwandeses, sudaneses y somalíes. Estos últimos, mucho más inquietos, tenían convertido su territorio en un concurrido bazar con tiendas, bares y restaurantes. Había allí 45.000 almas sin posibilidad alguna de regresar a una vida y una sociedad que había sido destruida por guerras que pocos recordaban ya como empezaron, si es que en realidad empezaron algún día y no estuvieron ahí desde siempre, desde que el Homo Erectus comenzó a ser Sapiens a medida que iba repartiendo más y más garrotazos. Alimentados por la ONU y algunas organizaciones religiosas, la vida de aquellos desgraciados se limitaba a vegetar entre los confines del reseco horizonte. No había vallas ni guardias. Podían moverse libremente donde quisieran porque no había ningún sitio al que ir. Tampoco esperanza. Nadie se acordaba ya de Kakuma. Su conflicto había pasado de moda. En la televisión ya no quedaba hueco para ellos. Lo habían ocupado otros refugiados, otras guerras, otras madres de ojos asustados.

niños turbi

Se acercaron unos niños curiosos. Querían caramelos o dinero o algo. La hermana Elizabeth cogió uno por banda y le encajó un sencillo sermón: “Ve al colegio, come, crece y sé una buena persona”. El chaval bajó la mirada y prometió obedecer. Tal vez lo hiciera. Los críos africanos son respetuosos y obedientes. También son espabilados como ardillas. De ojos grandes, contemplan el universo con interés. Sin embargo, es como si al crecer se embrutecieran. En la mirada de los adultos pocas veces encontré esa chispa, esa despierta inteligencia de animal joven. Los chavales nos observaron mientras entramos en el recinto del hospital católico. Nos alojamos en la modestísima casa de huéspedes. Un jergón, una mosquitera vieja, ventanas rotas y una toalla áspera.

miquel cebras

 

La hermana preparó la cena. Pescado, tomate y arroz. Un banquete para invitados. Después, salimos a la azotea. Allí las ví por primera vez. Desde entonces, amo África; no por lo que hay en ella, sino por lo que hay encima de ella. Nunca se puede uno cansar de ver tantas estrellas. Es el infinito perfecto aunque sea un infinito falso. No existe el infinito. No para nuestro humano cerebro de Homo Sapiens Sapiens. Incluso bajo el más inmenso cielo, los miserables reptiles evolucionados que somos sólo podemos apreciar una pequeña parte de su pureza.

miquel enseña foto a niños

Al despertar, salí a correr como hago cada mañana. Crucé el “wadi” o cauce seco que se llena de turbulentas avenidas cuando caen las lluvias, que aquí siempre son torrenciales. Había grupos de mujeres excavando agujeros; buscaban pacientemente algo de agua. Pasé delante de un colegio. Inmediatamente se formó una manifestación de críos persiguiéndome e imitando todos mis gestos. Nunca habían visto un blanco trotando por allí. Se detuvieron respetuosamente a las puertas del hospital. Entré. La enfermedad y la pobreza me recibieron. También la misericordia. Las salas olían a sufrimiento, a desinfectante zotal y a bondad sincera.

miquel dos avestruces

Aquellas monjas hacían un trabajo extraordinario sin cámaras ni testigos. Su esfuerzo desinteresado jamás podría sustituirlo ningún gobierno y mucho menos una organización de cooperantes con vocación de realización personal. Sin focos, no hay siglas. Pero los habitantes del Rift necesitaban atención. Como me había comentado Jesús en el avión que nos trajo de España, estos desgraciados no sólo sufren la pobreza sino que además tienen enfermedades comunes como tú y como yo. La diferencia es que tú vas al médico, te diagnostican un cáncer y te dan quimio y sedantes. Ellos en cambio no saben que les pasa y mueren rabiando de dolor.

hospital

Salimos a visitar los dispensarios y escuelas que Sananda sufragaba para los turkana. Sólo pedían una cosa: otro pozo. Recordaban que Ducay excavó el último. Era el tesoro de la comunidad. La bomba hidráulica de manivela funcionaba constantemente. El agua brotaba a fuerza de brazos. Todo estaba organizado. Los turnos respectivos y el orden de prioridades. Primero bebían los animales, después los hombres, luego las mujeres y por último los niños. Era la atroz lógica de la naturaleza. Esa madre crudelísima que tanto añoramos en nuestro hiperprotector mundo de celofán y antibióticos. Sin animales, la comunidad estaría en peligro. Pero podrá sobrevivir sin niños. Es fácil fabricar más.

miquel moto masais

La mortalidad infantil es tan elevada que los escasos recursos no pueden desperdiciarse en los que probablemente no sobrevivirán. Los niños en el Tercer Mundo son los últimos en la escala social. En el Primero ocupan la cúspide. Son objetos de lujo, ídolos sacralizados. Se les dedican los mejores cuidados y en cuanto empiezan a balbucear, se toma en cuenta su opinión. En Occidente permitimos a los jodidos mocosos qué nos digan que ropa podemos ponernos, que comida prefieren o que nueva novia o novio nos es aceptable después de la pertinente separación. Una temporada entre aquellos pastores demuestra lo ridículo de ese pedestal.

turkana 2

De nuevo en Nairobi me presenté en Jungle Juction, una casona situada en el barrio de Lavington. El propietario es el alemán Christofer Handschub. Estupendo mecánico y tipo de pocas palabras. Afronta las averías con los medios más simples. Le he visto reparar un amortiguador con alambre y un trapo. Arrienda habitaciones, permite acampar en su jardín, pero sobre todo repara los muy diversos vehículos de los trotamundos de todas las nacionalidades que por allí recalan. La atmósfera del lugar es atrayente y divertida. Alemanes, suizos, americanos, franceses, sudafricanos. Todos los que recorren África en coche, camión o moto acaban allí, disfrutando de la cerveza local Tusker y de las estupendas barbacoas que Christopher organiza los viernes. Son noches mágicas; alrededor de la brasa se escuchan increíbles historias de caminos cegados por el barro, atracos a mano armada, corrupción policial, campamentos en el desierto y problemas mecánicos en la selva. Christopher jura de vez en cuando haber llegado en una moto con sidecar al Ártico. Nadie sabe si es cierto o no, pero eso qué importa si sabe dejar en su justo punto la exquisita carne de kudu.

christofer handschub

Le había escrito un e-mail preguntándole por alguna moto de segunda mano en venta. Había dos disponibles. Una Kawasaki KLR 650 con matrícula de Sudáfrica y una BMW R80 G/S del 92 con matrícula de Kenya. Mientras la japonesa parecía un pedazo de hierro oxidado, la alemana era una preciosidad. Quedé enamorad nada más verla. Era una princesa de alta cuna, descendiente directa del legendario modelo G/S nacido en 1980. Las G/S revolucionaron el mercado, salvaron la marca bávara de un declive comercial y abrirían un horizonte nuevo a los aventureros. Con una de estas G/S, Hubert Auriol ganó las ediciones de 1981 y 1983 del rally Paris Dakar. Con menos de 30.000 kilómetros, aquella princesa lucía nueva a pesar de sus años.

mujer masai amarillo

 

Su propietario, el jefe de la radiotelevisión alemana en África del Éste, la había importado directamente de Europa para guardarla en un garaje. Supuse que había planeado un largo viaje pero al final se asustó, demasiadas malas noticias que repasar todos los días. Probablemente se convenció de que África era un lugar demasiado peligroso. Fijamos el precio en 3600 euros, incluyendo un casco Schubert y los guantes BMW. Los pagué con la indemnización por el accidente de tráfico. Aquel tipo cometió un grave error del cual probablemente todavía se esté arrepintiendo. En cambio, la hasta entonces aburrida princesa y su nuevo novio estaban felices e impacientes por empezar a conocerse.

DSCN0634

Este es el vídeo de aquel primer viaje

Este es el vídeo de la vuelta al mundo

 

Puedes pedirme el libro dedicado en info@miquelsilvestre.com

 

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