100 países en moto por orden alfabético. Nº45 y 46 Kazajistán y Kirguizistán


 

chicas kazajas 5

Asia Central es un lugar remoto, difícil de visitar. No sólo por sus interminables estepas, infinitos desiertos e inaccesibles montañas, sino también porque con sistemas políticos heredados de la Unión Soviética, el extranjero recibe sistemáticamente trato de sospechoso, espía o traficante de heroína. Las nociones de inglés de habitantes y funcionarios son mínimas. Los visados no son sencillos ni baratos. La estadía requiere temple de estoico y estómago de Carpanta; los hoteles suelen ser decrépitos muladares y la gastronomía, por llamarla de algún modo, monótona y pobre cuando no corrosiva. Sin embargo, atravesarla en moto para rodear el fósil mar de Aral quizá sea una de las pocas aventuras verdaderas que aún quede.

He estado cuatro veces en Kazajistán. Las dos primeras en 2009, y el relato de aquella primera vez está contado con todo detalle en mi libro preferido: La emoción del nómada. Las dos últimas en 2013 durante mi viaje Ruta Embajada Samarcanda. En cada viaje tuve que pasar dos veces por el país porque las fronteras de la región están racionalmente diseñadas para hacerla irracional.Stalin dibujó las fronteras de estas repúblicas de modo intencionadamente absurdo para que no tuvieran viabilidad por sí solas. Por eso el viaje directo entre las principales ciudades kazajas del sur: Shimkent y Almaty, obliga a pasar brevemente por territorio de Kirguizistán, montañosa nación que incluyo en la lista del blog aunque no fuera mi destino principal.

kz bike mountain

El siguiente relato es inédito y narra el viaje de regreso que hice una vez alcanzada Samarcanda hasta Europa. Como el objetivo estaba alcanzado, los reportajes que fui publicando en revistas y el programa de TVE La Aventura del Saber, no contaron esta parte de la aventura. Así que me parece adecuado contarlo aquí.

Esto es lo más parecido a soñar. Enfrentarme a esta infinita, ardiente y blanquecina lengua de roca viva llena de cráteres se me antoja irreal, un escenario onírico, nada que pueda existir en el mundo que tú y yo compartimos. Podría decir que es como una pesadilla de la que no se puede despertar porque ya estás despierto, dolorosamente despierto, angustiosamente despierto. Pero sería injusto e inadecuado calificar de pesadilla lo que estoy viviendo porque he venido a Kazakhastan voluntariamente. Nadie me ha obligado a venir, a recorrer este atroz desierto de polvo y roca más que mis absurdos sueños de aventura. Si ahora dijera que esto es una pesadilla, algo tan horrible y duro como para desear despertar en otro lugar, estaría reconociendo que o bien soy un imbécil o bien que no sé lo que estoy haciendo. Y no tengo siquiera esa posibilidad porque es la segunda vez en mi vida que recorro este infierno y sabía bien a lo que venía: a sumergirme en la irrealidad.

moto pista infinita

Lo escribo ahora que estoy en Rumania, lejos de Kazakhstan, pero podría haberlo escrito si hubiera tenido oportunidad. Han pasado dos semanas desde que superé los peores tramos y ya me cuesta recordar con nitidez lo sucedido. Normalmente llevo un puntilloso diario que actualizo cada mañana para no olvidar ningún detalle de mis aventuras. Pero desde que salí de Tashkent, capital de Uzbekistán, dejé de escribir. No solo es que estuviera cansado de hacerlo después del intenso viaje on line que había seguido hasta Samarcanda, con videos casi diarios para televisiones y post para blogs, webs, redes sociales y revistas. Es que no tenía tiempo material de escribir porque mis jornadas se alargaron desde el amanecer a la noche y solo se trataba de sobrevivir. Ni siquiera pude cumplir con mi cotidiano rito de salir a correr por las mañanas porque esa hora de carrera me era vital para hacer kilómetros. Intento recordar los acontecimientos de esos días intensos mirando el google map y las pocas fotos que tomé.

moto camello

Salí de Tashkent con ánimo y cubiertas nuevas. Había montado las Karoo 3 de Metzeler, enviadas a Uzbekistán a través de un amigo, Vicente Belles, que había venido a visitarme. Pronto comenzaron las complicaciones porque para llegar a Kazakhstan había varias fronteras posibles, pero según iba llegando a cada una de ellas me devolvían porque no tenían servicio aduanero para la moto. Como una mosca contra una ventana fui repelido hasta en dos ocasiones, en Zhibek Zholy y luego en Zaryagash. Me iban dirigiendo hacia el Oeste. Recorrí 100 kilómetros relativamente bien asfaltados aunque con mucho tráfico hasta Chinaz. Según iba viajando en dirección Occidente ya sabia que tendría que recorrer el mismo camino hacia el Este en Kazakhstan para alcanzar Zaryagash. O sea, mi humor no era bueno precisamente. Se puso peor cuando al llegar a las cercanías de la frontera los policías uzbecos de un puesto de control me pidieron fotocopia del pasaporte y el permiso de circulación.

 

—No tengo—contesté—, ¿dónde puedo hacer?

 

—Enfrente hay un puesto de fotocopias—respondió el agente—. Pero no hay electricidad en toda la zona.

 

Allí no había nada. La última población la había dejado varias decenas de kilómetros atrás. Eso en cristiano significaba que no podía pasar y que la espera podría prolongarse horas. Opté por meterme en el cubil de la policía y sentarme en el suelo, con las piernas estiradas y la espalda apoyada contra la pared. El mensaje que funciona es éste: me da igual. Puedo esperar aquí todo el día, hasta el cambio de turno.

caballos

Empezaron a llegar agentes. Tipos rudos, de esos que se rascan continuamente los testículos y mascan palillos y llevan zapatos baratos, sucios de polvo y puntera afilada. Me miraban extrañados. El que estaba de guardia llamó por su teléfono móvil. Consultó con algún superior y me dijo que podía ir hasta la frontera. Cosa que hice con parsimonia. ¿Para que correr, si iba a llevarme horas resolver el papeleo?

 

Las fronteras de Asia Central consisten en una nave y una techumbre. Todo viejo, oxidado, plantado en mitad del páramo. Primero hay que superar la del país de salida y luego la del de llegada. La frontera en la lado uzbeco fue lo esperado: lentitud y poca simpatía. El trámite aduanero de la moto llevó un tiempo prolongado. Tuve que esperar bajo un sol abrasador a que el funcionario me entregase los papeles. Luego inmigración. Hay que rellenar un formulario que nadie va a leer. Es idéntico al que hay que rellenar a la entrada. Nadie lo lee. Nadie comprueba que sea veraz, pero lleva un sello y es fundamental no perder ese papel. Cuando accedí a la ventanilla de los policía que hacen el control de pasaportes la cola tras de mí era de unas cinco personas. Cuando abandoné con mi pasaporte la garita, se agolpaban a mi espalda más de cincuenta. El tiempo que tomó la revisión de mis documentos fue realmente absurdo. Los tipos miraban mi pasaporte y luego la pantalla del ordenador y luego me miraban a mí y luego otra vez al pasaporte y a la pantalla. Repasaron varias veces todos los datos. Es como si temieran equivocarse y que yo fuera un espía o peligroso traficante y que los colgaran de los pulgares como castigo por haberme dejado ir.

camion polvo

En el lazo kazajo lo más relevante fue que el aduanero dormía a pierna suelta en un sofá de su despacho. No me quedaba otra que despertarlo. Lo zarandeé suavemente y nada. Lo zarandeé más enérgicamente y nada. Lo sacudí a mala leche y entonces despertó. Me miró con ojos sorprendidos desde las profundidades de su sueño y negó con la cabeza. No se enteraba de nada. Volví a zarandearle mientras ponía mi pasaporte delante de sus ojos. Entonces reaccionó. Saltó como un resorte, se puso de pie y me pidió disculpas. Nos sentamos y empezamos a rellenar los documentos de importación temporal. Primero lo intentó con los formularios en inglés pero como no los entendía, entonces pasó a los que estaban en rusos, pero entonces no los entendía yo. Total, que nos llevó dos horas obtener el permiso de importación temporal de la BMW.

moto puesta sol beyneu 2

Cuando entré en Kazakhstan era ya endiabladamente tarde. Comencé a recorrer la estepa en dirección Este para recuperar todo el terreno perdido. Me rodeaba un tráfico infernal de camiones y turismos. Cuando entré en la ciudad de Saryagash anochecía y solo quería encontrar un hotel. Estaba harto y cansado de tanto papeleo y tanto recorrido en baldé. Pregunté en una gasolinera y me indicaron. Llegué a un edificio nuevo de color fucsia. Parecía cualquier cosa menos un hotel. Pero era allí según insistían los pocos viandantes que había por allí. Llamé y abrió una kazaja de dientes de oro, tan habituales por aquí. El precio eran en tenges, moneda local y no admitía pago en dólares. Yo no había conseguido cambiar en la frontera. Le dije que me buscara un taxi para ir a un cajero. No pensaba perderme de noche en la moto en busca del banco perdido. Vino un tipo, sacamos dinero y luego lo invité a comer pinchos morunos de cordero en un restaurante local. Regresé, caí rendido en la cama y al despertar encontré que la recepcionista dormía en el suelo de la recepción. Monté en la moto y salí escapando hacia Shymkent y luego Turkestan, distante unos 250 kilómetros por una carretera que la mayor parte de las veces estaba convertida en patatal por las obras.

miquel deparrando turkistan

Turkestan es una de las pocas ciudades kazajas con un monumento realmente reseñable. Un mausoleo. A pesar de que había llegado muy pronto pensé quedarme a dormir en un hotel cercano en el que ya había estado alojado hacia cuatro años. Cuando llegue, el recepcionista, que sesteaba indolente me dijo que no podía darme habitación hasta las cuatro de la tarde. Eran más o menos las dos. Tenia previsto invertir el día en la formalidad burocrática de registrarme ante el servicio de inmigración. Algo que tienen que hacer todos los extranjeros en el plazo máximo de cinco días desde su llegada al país. El departamento no abría hasta las tres de modo que estuve realizando gestiones como proveerme de una tarjeta telefónica de datos. De vez en cuando pasaba por delante de inmigración donde esperaban una serie de tipos que me hacían gestos interrogatorios. Es la constante en Asia Central, al extranjero se le exige por cualquiera que satisfaga su curiosidad y diga de donde viene, a donde va, cuanto cuesta la moto… cuando estas preguntas se repiten quince veces al día con gestos imperiosos de la mano, acaban resultando irritantes, de modo que yo pasaba con la moto por delante, sonriendo y sin decir nada.

 

Hasta que los funcionarios llegaron y como me vieran sobre tan aparatosa montura, enseguida se dirigieron a mí.

 

—Aquí no puedes registrarte. Eso solo es en los servicios de inmigración de las grandes ciudades. Tienes que ir a Kyzylorda.

 

Eso suponía un contratiempo. La población estaba a más de doscientos kilómetros y ya era tarde. Pero no pintaba yo nada en Turkestan, de modo que contento de no haberme registrado en el hotel, recogí mis cosas y salí hacia el Noroeste por una carretera en un estado lamentable. Sin embargo, el destino me tenía reservado un buen final para día tan anodino. Cuando me encontraba a unos sesenta kilómetros de Kyzylorda divisé un bulto a lo lejos. Me aproximé y vi que era un ciclista cargado de bártulos. Nos detuvimos y me dijo que era japonés y que viajaba hasta Portugal.

albert y you

Era muy joven y tenía aspecto de absoluta fragilidad. Sentí deseos de acampar con él pero no tenía comida ni cerveza. Prometí regresar si encontraba. Arranqué y lo intenté en una gasolinera. Tenían de todo lo que necesitaba, de modo que compré y volví sobre mis pasos a buscar al japonés. Lo encontré y decidimos hallar un sitio de acampada. En esas estábamos cuando vislumbre contra el incipiente ocaso a otro ciclista. Se llamaba Daniel y era belga. Otro invitado sorpresa al banquete. Nos internamos por los arenosos senderos hasta encontrar un llano rodeado de arbustos donde plantamos las tiendas. Allí nos compartimos nuestras provisiones, incluidas un buen cargamento de cervezas, y comentamos nuestras respectivas razones para encontrarnos en mitad de la estepa de Kazakhstán.

campamento sombra

Al día siguiente recogimos y nos fuimos cada uno por nuestro lado. En poco tiempo llegué a Kyzylorda. Allí contraté un taxista para que me llevara a inmigración. Estaba en un cuartel de la policía, pero el trámite no llevó más de diez minutos. Asombrosamente rápido. Sin demora, abandoné la urbe y seguí la recomendación de Daniel. En lugar de la carretera principal cogí una secundaria rumbo a Zhagalash. Según me dijo, la otra estaba completamente devastada por las obras. Y si bien es cierto que el firme estaba bien al inicio y que no tuve más incidencia que el que la policía me detuviera por pura curiosidad de funcionario aburrido, el asfalto desapareció completamente desde Zhalagash hasta Torebay, pero la ruta no era mala, la pista era buena y circulaba paralela a un río que dotaba de verdor el paisaje. Hierbas altas y hasta ánades y otras aves acuáticas me acompañaron.

cisnes

De Torebay a Baykonur el frescor desapareció y el asfalto medianamente aceptable se alternaba con las obras y los tramos de espesa arena donde era un suplicio manejar la pesada BMW. En Baykonur intenté entrar en el complejo espacial desde donde mandaron el Sputnik. La enorme instalación, ribeteada de antenas y radares, aparecía como un enorme castillo en mitad del páramo. Pero los guardas rusos no me dejaron entrar y me largaron de allí con malas manera. Hace falta un permiso especial y yo ni lo tenía ni lo iba a tramitar, pero por intentarlo no iba a quedar.

moto camello

La ruta continuó infinita, interminable, contra un sol furioso, un viento feroz y un calor tenaz. Poco a poco iba ganando terreno en mi ruta noroeste. Antes de dirigirme al Oeste, a casa en línea recta, tenía que superar el obstáculo del Mar de Aral. O lo que queda de el. Al atardecer llegaba agotado y cubierto de polvo a la población de Aralsk, que antaño fuera puerto pesquero y hoy es nada en la nada. Busqué el terrible hotel donde me alojara hacer cuatro años y para mi sorpresa, la habitación tenía ducha. En el 2009 me dijeron que no había tal lujo y ya venía preparado para una higiene de guerrilla. Pero no había ducha y agua casi caliente. De modo que me duché, entregué a la antipática empleada una bolsa con ropa sucia para que me hiciera la colada y me largué al bar de enfrente a cenar y beber cerveza.

torpeda

La camarera intentaba un inglés medio inteligible. Me dijo que estudiaba en la universidad en Kyzylorda, pero que en verano regresaba al pueblo a trabajar. Era muy simpática y se veía que quería practicar el idioma extranjero que estaba aprendiendo.

 

Mientras estaba allí se acercó un tipo con mucho mejor dominio de inglés. Preguntó la razón de mi presencia allí. Le dije que viajaba en moto y que me dedicaba a hacer vídeos para televisión y escribir reportajes para revistas. Aseguró envidiar mi destino de hombre libre. Él trabajaba para una empresa canadiense de perforaciones de pozos. Me dijo que sus orígenes eran koreanos. Estaba borracho y me propuso compartir su vodka y las prostitutas que vendrían poco después. Decliné amablemente ambas invitaciones y conseguí quedarme solo para sumergirme en mi cerveza fría y mis pensamientos.

you ape welcome miquel en moto

Al despertar, tenía la cara hinchada. El día anterior un enorme insecto había impactado contra mi rostro causando una herida en el pómulo. El polvo, el sudor, la suciedad y el calor infectaron la llaga y delante del espejo tenía una lesión del tamaño de un a moneda. En mi botiquín de emergencia encontré una loción desinfectante y me la apliqué deseando que fuera suficiente y que no acabar el viaje con una fea cicatriz que arruinase definitivamente mi ya de por sí castigado semblante.

barco varado aral

Tomé una ducha en el deteriorado cuarto de baño. Me enfundé en mi mugriento uniforme de motorista, calcé las botas, abroché los cierres, cerré mi bolsa, recogí los escasos bártulos del equipaje de nómada y recorrí el pasillo del tétrico hotel. Descendí las escaleras, me despedí de la antipática empleada, salí al fulgor polvoriento de la calle y los muchos grados de temperatura. Subí la moto al caballete, bajé la presión de los neumáticos y alcé el manillar. Medidas mínimas para afrontar las próximas etapas de conducción fuera de carretera que me esperaban.

camellos perfil

Abandoné Aralsk rumbo a Aqtobe, distante 600 kilómetros. Para mi sorpresa, la carretera estaba perfectamente asfaltada. Era nueva. Menudo alivio. De modo que el desierto fue pasando rápidamente delante de mí. Hasta que se acabó el combustible. Pregunté en los pocos bares que encontré pero en ninguno vendían gasolina ni sabían decirme con exactitud donde encontrar. De modo que seguí. Cuando ya llevaba un rato con la luz de reserva encendida, divisé un mínimo poblado, apenas cuatro casas bajas en un cruce de carretera. Pregunté en el café y me dijeron que la única gasolina en cien kilómetros a la redonda estaba en una población que quedaba a la derecha de mi ruta, a unos veinte kilómetros. O sea, tenía que hacer cuarenta kilómetros de propina si no quería quedarme tirado. ¡Qué remedio! Y ahí el asfalto se terminó. O sea, piedras, polvo y arena. La sorpresa fue que al llegar al pueblo descubrí que había un humedal y en él nadaban cisnes. ¡Cisnes en Kazakhstan! Para que nadie pensara que eran alucinaciones mías les hice una foto y tras repostar regresé a la carretera principal.

 

Al atardecer llegué a Aqtobe. Una ciudad en el norte del país ya cerca de la frontera rusa. La influencia eslava se dejaba sentir en sus calles. Rostros orientales pero también muchos de rasgos occidentales. Calles arboladas y largas avenidas. Busqué un hotel en el GPS y el primero al que me llevó tenía una sorpresa preparada para mí. La recepcionista hablaba español. Aseguraba que le apasionaba España. La habitación no tenía aire acondicionado, hacia un calor espantoso, la cama era estrecha y el baño anticuado, pero todo me parecía bien a estas alturas de mi viaje. Además, sabía a ciencia cierta que las próximas etapas de mi viaje serían realmente duras. Las había hecho antes, en 2009, y ya tenía información reciente: no había mejorado nada el camino, no se había asfaltado un kilómetro desde entonces.

roderas piedra 2

Al despertar, repetí mis rutinas. Ducha, equipo, desayuno, cargar la moto y arrancar. Vida sencilla. Mi vida. Dejé atrás Aqtobe y comencé a circular hacia el Oeste, hacia Atyrau. Unas pocas decenas de kilómetros después y comenzó el infierno. La carretera primero se llenó de baches enormes, profundos socavones que se podían comer media moto, luego se agrietó, posteriormente se arrugó, más tarde se retorció y finalmente desapareció y en su lugar surgió una lengua de roca viva sin un centímetro liso. Nadie usa este surco infernal. Los camiones han ido abriendo roderas paralelas a la antigua vía, pero allí la arena es pesada y blanda y demasiado inestable para mi moto, de modo que yo tengo que usar lo que queda del viejo pavimento.

restaurante perdido 3

La BMW traqueteaba, saltaba de un lado a otro, botaba de aquí para allá y yo con ella, aferrado al manillar como si fueran las bridas de un toro salvaje. El sol sobre mí. El viento furioso. El polvo alrededor. Y las águilas como compañeras. Estas aves majestuosas eran mi única compañía en la desolación de la estepa. Cuando me acercaba, levantaban el vuelo al oír el rugido del motor y a veces yo podía perseguirlas cuando intentaban alejarse en línea recta. Era sobrecogedor y emocionante.

aguilas

Supongo que esa es la palabra que mejor puede describir la experiencia de recorrer este páramo. Emoción. No hay momento neutro, ni un segundo para evadirse o dejar de pensar en lo que se está haciendo. En el infierno uno es siempre consciente de cada instante. Todo cuenta. Todo duele. Todo es real, directo y radicalmente intenso. Los momentos de euforia dan paso a los de abatimiento, a los de cansancio, a los de sacar fuerzas de flaqueza, al grito, a la queja, al insulto, al latido de un corazón que se llena de estímulos, de rabia, de felicidad, de sufrimiento y de vida. Porque es la vida acelerada lo que corre por las venas cuando la moto esquiva por milímetros ese bache que no has visto hasta estar encima y que podía haberte matado, porque es la vida en toda su cristalina dimensión lo que anhelas cuando nada más que esta áspera inmensidad esteparia te rodea, porque es la vida y su bendita simplicidad sin preguntas lo que se refleja en los ojos de esas águilas que acompañan tu huida hacia el horizonte.

aguilas 3

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Categorías: 100 Países en Moto | Etiquetas: | 1 comentario

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Un pensamiento en “100 países en moto por orden alfabético. Nº45 y 46 Kazajistán y Kirguizistán

  1. Esta ha sido una de las mejores entradas que he visto: Me hubiera gustado saber algo acerca de las niñas con el uniforme haciéndote la foto, pero tal vez es mejor así, da margen a la especulación personal.

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