100 países en moto por orden alfabético. Nº38 Irlanda del Norte


 

derry [DVD (NTSC)]

Irlanda del Norte es un territorio muy peculiar por el que anduve en 2008 y también en 2010. Como comenté en el post dedicado a Gales, las distintas naciones que conforman Reino Unido se cuentan en esta lista como países  pues así lo requieren su especificidad propia y el reconocimiento que supone que cada uno de ellos tiene su propia liga de fútbol. El mismo tratamiento merecen territorios no siempre reconocidos unánimemente como países por la Comunidad Internacional, pero cuya diferencia advierte inmediatamente el viajero overland: son los casos de Kosovo, República Srpska, Sahara Occidental o Isla de Man.

Los siguientes párrafos están extraídos del libro La fuga del náufrago donde narro mi viaje en busca del recuerdo del capitán español de la Armada Invencible Francisco de Cuéllar.

 

Llego a Derry. O Londonderry para los unionistas. Me acerco al Bogside o barrio católico y contemplo las pintadas y más allá las torres de la catedral católica. El Bogside aparece hoy como un museo al aire libre con los muros pintados de consignas y ese gran cartelón en una fachada blanca que anuncia que a partir de ahí se entra en el Derry Libre. Aquí comenzó la madre de todas las batallas por la independencia un 12 de agosto de 1969. Los católicos protestaron contra una de esas marchas orangistas que tanto gustaba celebrar a los protestantes en conmemoración de sus viejas victorias. Durante dos días los disturbios fueron creciendo en intensidad y acabaron contagiando a la capital, Belfast. La respuesta violenta del RUC (Royal Ulster Constabulary) acabó con la vida de dos niños e Irlanda del Norte se deslizó hacia la más horrenda violencia sin que ninguno de los combatientes pudiera ganar jamás el combate.

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Cerca del famoso muro hay un memorial. Es por el Bloody Sunday, el Domingo Sangriento del 30 de enero de 1972. Las opciones políticas y las opiniones son libérrimas de cada cual, pero los hechos objetivos son tercos e inflexibles. La manifestación se detuvo en la frontera del Bogside. Un grupo de unos cien jóvenes rompió la fila y siguió avanzando hasta una barricada del Ejército. Arrojaron piedras y botellas. Los paracaidistas británicos respondieron con fuego real y mataron a catorce manifestantes por los Derechos Civiles. No se encontraron armas entre los muertos y ningún soldado inglés fue disparado. Las consecuencias fueron mundiales y se tradujeron en un gran descrédito para el Gobierno del Reino Unido y en una memorable canción de U2.

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Francisco de Cuéllar por fin encontró la ayuda que necesitaba; se la ofreció el obispo de esta ciudad, Redmond Gallagher, a quien él llama Raimundo Termi. Gracias a él embarcó hacia Escocia, donde tampoco es que tuviera una vida fácil.

 

“(…) estuvimos más de seis meses desnudos, (…) y sino acudieran los Señores y Condes Católicos de aquel reino (…) á favorecernos y hablar por nosotros al Rey y en los Consejos que sobre esto se hicieron, sin duda fuéramos vendidos y entregados á los ingleses, porque el Rey de Escocia no es nada ni tiene autoridad ni talle de Rey y no se mueve un paso ni come un bocado que no sea por orden de la Reina (…)”

 

De Escocia pudo salir gracias a la intermediación del Duque de Parma, que convino en entregar a un comerciante escocés de Flandes cinco ducados por cada español que le llevase. Pero todo era una encerrona, porque como cuenta nuestro héroe, todo era falso.

 

“(…) tenían hecho el trato con los navíos de Olanda y Gelanda para que saliesen á la mar y nos aguardasen en la misma barra de Dunquerque y allí nos pasasen á cuchillo sin que quedara uno (…) Quiso Dios que de cuatro bajeles en que veníamos, se escaparon los dos y embistieron en tierra donde se rompieron é hicieron pedazos, y el enemigo viendo el remedio que tomábamos nos dio una buena carga de artillería, de suerte que nos fué forzoso echarnos á nado y pensamos acabar allí.”

 

Pero si hay algo claro después de leer su asombroso relato es que a pesar de vivir en una época dura y peligrosa, de Cuéllar tenía más vidas que un gato y de nuevo se salva de puro milagro.

 

“Yo salí en tierra en camisa sin otro género de ropa y me vinieron á socorrer unos soldados de Medina que allí estaban. Fué lástima vernos entrar en la villa otra vez desnudos en carnes y por otra parte veíamos como á nuestros ojos estaban haciendo mil pedazos los holandeses á 270 españoles que venían en la nao que allí en Dunquerque nos tomaron sin que dejasen con vida á más de tres”

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Atravieso Bushmills, zona profusa de banderas de la Union Jack. En Irlanda del Norte hay que mirar los balcones para saber en tierra de quien se está. Da la impresión de que los pueblos son homogéneos socialmente, unos son católicos y republicanos, los otros protestantes y unionistas. Es como si estuviera repartido el territorio, salvo en las grandes ciudades como Derry o Belfast, allí una línea invisible separa los barrios respectivos. Actualmente, se mantiene la frontera gracias a las pintadas en las paredes y muros. Voy hasta Giants Causeway, la atracción turística de la zona por antonomasia. Está nublado. Recorro la senda de la colina. Las vistas sobre las raras construcciones geológicas son magnificas. Pero la belleza no suprime la emoción. Ahí se hundió el Gerona.

iglesia cuthbert [DVD (NTSC)]

Decido viajar un par de millas más al este, hasta Dunsverick, donde hay unas ruinas de un castillo en un acantilado. A ratos se abren claros en el cielo anubarrado. Las ovejas campan a sus anchas e invaden la vía. Llevan pintura roja o azul en el lomo para identificar su pertenencia. Al otro lado de la carretera hay un granjero trabajando en sus tierras. Le pregunto por una pequeña iglesia donde me han dicho pueden están enterrados algunos españoles. No le sorprende mi interés y me cuenta que de crío tenía unos vecinos morenos que se suponía eran descendientes de los españoles. Otra vez la leyenda de los Black Irish. No sé, empiezo a dudar que sea solo leyenda. Cuéllar deja caer en su carta que mientras estuvo por aquí esperando el barco que lo llevara a Escocia se entretuvo socializando con algunas de las bellas mujeres de la zona.

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Mi anfitrión se acerca hasta una casa cercana. De su interior brota un anciano decrépito, totalmente pálido y con los ojos enrojecidos por la sangre. Parece un cadáver. El otro le pregunta a gritos si sabe donde están enterrados los españoles. “Esta un poco sordo”, me dice para explicar sus voces. El anciano asiente, claro que lo sabe. Cuando nos da las indicaciones en una lengua ininteligible, se le desencaja la dentadura postiza y en la frente se le transparentan frágiles venas azules. El espectáculo es triste y real. Es la imagen de una muerte lenta que acabará con todos los que aún recuerdan que los españoles están enterrados en una pequeña iglesia, apenas dos millas más adelante. La leyenda de nuestra Armada se está perdiendo con estos ancianos. Los jóvenes que he encontrado en mi periplo no tenían ni puta idea, sólo eran borrachos prematuros con afán de gángster de telefilm americano; los de mediana edad oían campanas, habían oído algo de críos pero no habían prestado atención. Sólo los viejos sabían algo, pero los viejos se estaban muriendo.

 

 

la fuga

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