100 países en moto por orden alfabético. Nº37 Irlanda


 

camino de cuellar

Irlanda es un país esencial en mi experiencia como escritor de viajes. Fue ahí donde me fui en 2008 al pedir la excedencia como registrador de la propiedad y ahí donde empecé a seguir el rastro de los exploradores españoles olvidados. Durante aquel viaje descubrí el rastro del capitán Francisco de Cuéllar, náufrago de la Armada Invencible en su intento de invasión de Inglaterra. Escribí entonces un completo reportaje para ABC que se publicó a tres páginas a todo color. Eso fue en 2008. Con ese artículo fui el primer autor español moderno en acordarse de esa epopeya, de la que posteriormente también darían cuenta escritores como Javier Reverte, José Luis Gil Soto, Arturo Pérez Reverte o Fernando Martínez Laínez, algunos repitiendo incluso un error en el que yo incurrí y del que deduzco de donde tomaron la información para sus escritos. Yo sostuve que la carta de Francisco de Cuéllar iba dirigida a Felipe II, pero me equivoqué. Tomé ese dato de la interpretación que los traductores anglosajones hicieron de la carta original, pero que la carta estuviera dirigida al rey no resulta ni del texto de Cuéllar, ni tampoco de la recopilación de quien la encontró en los archivos, Cesáreo Fernández Duro, allá por finales del siglo XIX. Yo escribí un libro titulado La fuga del náufrago, del que extraigo los siguientes párrafos.

Dublín, la populosa ciudad fundada por los vikingos hace más de mil años. Dublín, la ciudad de Joyce, los Dubliners, los músicos callejeros y el Temple Bar. Casi un tercio de los irlandeses viven en sus alrededores. Me recibe al amanecer y paseo por el puerto y los muelles del río Liffey con su aroma a literatura, borracheras, desarraigo y represión. La capital fue duramente castigada por los cañoneros ingleses durante la rebelión de 1916, y luego prácticamente destruida durante la Guerra Angloirlandesa y la posterior guerra civil.

DSCN3462

Suspendida en el tiempo durante la Segunda Guerra Mundial en la que Irlanda mantuvo su neutralidad, su encanto más canalla y noctivago quedó retratado en la fantástica película de Alan Parker, The Commitments, donde se cuenta el auge y caída de un grupo de música soul. Ese Dublín de callejones y garitos ha quedado en parte sepultado por el vidrio y el metal de la efímera prosperidad del Tigre Celta, nombre que se le dio al extraordinario crecimiento económico de Irlanda y que una vez pinchada la burbuja inmobiliaria ha quedado reducido a piel de gato atropellado. La crisis económica es hoy aquí una bomba de relojería que puede acabar terminando en millonario rescate financiero por la Unión Europea.

DSCN3439

Veo un cartel de oferta en una peluquería y dejo que me corten el pelo. El establecimiento es de lo más cutre, una habitación con una pantalla gigante donde echan deportes. Me lo corta una chica húngara, gordita y simpática, se queja de que los irlandeses beben mucho y de que en Irlanda no hay verano, que se va a volver a su país en cuanto pueda, que aquí sólo se trabaja y que en Hungría hay fiesta y amigos. Me cuenta que sus clientes son casi todos inmigrantes, polacos que se rapan e hindúes que agradecen el buen precio: seis euros. Le pregunto si se dedicaba a esto de cortar pelos en su país y me dice que sí. Es difícil de creer viendo el considerable estropicio que acaba de hacer.

 

Me dirijo al Museo Nacional, situado en Kildare Street. Busco aquí algún vestigio o noticia de los naufragios de la Armada. Pero no hallo nada salvo una exposición de la época vikinga de Dublín y de la posterior edad media irlandesa, católica y guerrera, inasequible al desaliento y opositora a la invasión. O sea, una muestra arqueológica de la inextinguible exaltación nacionalista que articula toda vida política en el territorio de la República. Pero es que Irlanda no es una nación cualquiera. Políticamente, la República de Eire es un estado joven, nacido en 1921. Existe todavía en él un fuerte componente emocional.

 

La dominación británica fue durísima y las leyes que impedían a los católicos (el 90%) ser electores o elegibles no se derogarían hasta 1829. En el siglo XIX, la isla sufrió una hambruna que acabó con la vida de un millón y medio de habitantes (The Great Hunger). En 1921 consiguieron la independencia después de una guerra con los ingleses y gracias a firmar un tratado que implicó la segregación de parte del Ulster. Eso supuso un conflicto civil entre nacionalistas (de nuevo, maximalistas frente a pragmáticos) que causó más muertos que la propia guerra de liberación, entre ellos el mítico general del Ira Michael Collins. Esa guerra fratricida aún divide a la población.

Hace pocos años los irlandeses votaron en un referéndum en contra de la Constitución Europea cuando habían sido de los más favorecidos por la construcción de esa Europa Unida cuyas reglas rechazaban. Algunos de los más llamativos carteles del No consistían en una reproducción de la proclama que los líderes de la calamitosa Rebelión de Pascua de 1916 publicaron como declaración del Gobierno Provisional de la República dirigida a los irlandeses y a las irlandesas (“irishmen and irishwomen”) con un gráfico mensaje sobreimpreso: “Algunos murieron por tu libertad, no les des la espalda. Di no”.

Salgo decepcionado del museo. Un tibio sol rompe la capa de nubes aquí y acullá e ilumina la pequeña multitud de turistas y estudiantes de inglés que llenan de vida está ciudad. Los irlandeses aborrecen Inglaterra, pero han recibido de ella una de las herencias más rentables que un pueblo puede tener hoy en día: el inglés.

En una memorable escena de la película La Vida de Brian, los líderes de un pequeño grupo de nacionalistas judíos arengaba a sus escasos seguidores incitando el odio a los romanos acusándoles de no haber hecho nada por ellos. “¿Qué nos ha traído Roma?”, decía un cabecilla. Alguien levantó la mano y sugirió: “¿El acueducto?” “Bueno, sí, el acueducto”, admitió el jefe, “pero qué más nos ha traído Roma”. “¿Las alcantarillas?”, sugirió otro, “¿Las calzadas? ¿Las termas? ¿El latín?”

caballos salvajes [DVD (NTSC)]

Pues los ingleses han regalado a los irlandeses el inglés. Cualquiera que conozca estas islas y haya paladeado su comida, obedecido sus horarios o disfrutado de su clima, sabe que lo único que justifica el viaje es que hablan la lengua del Imperio. Y bien que saben los irlandeses aprovechar el regalo. Gracias al inglés, Irlanda está en el mapa y sus empresarios se puedan entender económicamente con todo el mundo. Gracias al inglés, Irlanda tiene fantásticos escritores y cuatro premios Nobel de literatura, aunque uno de los galardonados, Samuel Beckett, escribiera en francés.

Gracias, al ingles, Irlanda se alimenta de un turismo estudiantil. Cada año arriban a la isla legiones de estudiantes de inglés que intentan aprender algo de la actual lingua franca. Lo hacen cargados de ilusión y de dinero, pensando que Irlanda es más genuina y campechana que la estirada, arrogante y carísima Gran Bretaña.

La mayoría de los estudiantes no aprende mucho inglés, pero visitando los atestados pubs del dublinés barrio del Temple Bar no se puede decir que estén perdiendo el tiempo. A cambio de su entusiasta participación en los deportes locales obtienen su justo trofeo: unas monumentales resacas de Guinness y algún magreo furtivo con agradecidas rubias de la República Checa o seductores muchachos italianos de grandes gafas y calzoncillo de marca.

DSCN3474

Pero aunque no lo parezca, no solo se habla inglés en Irlanda. El Gaélico es lengua oficial según la constitución aunque hoy lo hablen apenas ciento cincuenta mil personas y eso según los cálculos más optimistas.

Al oeste de Galway, en la costa oeste, salpican el mar un puñado de pequeños islotes asolados por el viento y la lluvia. En la isla más grande apenas resisten novecientas almas, seis pubs y un par de árboles raquíticos. Su economía es de subsistencia: pescan marisco, tricotan jerseys de lana y cultivan patatas. La isla principal no es más que una balsa de piedra en medio del mar. Infinidad de vallas delimitan campos diminutos donde pastan escuálidas vacas. Sólo circulan microbuses, bicicletas y algunos coches viejos. Es una región atrasada, de naturaleza pobre y adversa. Sin embargo, el tráfico de ferries es constante y cada año reciben cientos de miles de turistas en peregrinación para recorrer sus escasos diez kilómetros de largo.

camino acantilado [DVD (NTSC)]

Una de las razones para tan multitudinaria peregrinación es que la lengua materna de los isleños es el gaélico. La naturaleza allí es tan adversa que los ingleses no se interesaron por los islotes. Hoy, los irlandeses del interior los visitan con la reverencia debida a un pedazo vivo de su historia mítica de leyendas celtas. Aran es último reducto virgen en un mundo cultural anglosajón; si ayer fueron las tropas del Rey, hoy son las series televisivas inglesas, norteamericanas o australianas las que diluyen poco a poco su acento y su esencia. Los jóvenes de Dublín hablan un dialecto mestizo que consideran cool y que no es más que una estratificación de dichos y tópicos de sit com y soap opera.

Pero cuando los irlandeses oyen hablar el mitológico y puro gaélico de los isleños, es como si un fósil cobrara vida. Para muchos, en el fondo, toda Irlanda es una inmensa isla de Aran que sigue resistiendo indómita contra el enemigo.

 

Sin embargo, los mejores escritores irlandeses han escrito siempre en inglés. De hecho, el formidable éxito de la literatura irlandesa deriva de la asunción de la lengua extranjera como vehículo de expresión de un sentimiento nacional propio. Cuando los intelectuales decidieron que se podía ser nacionalista y expresarse en inglés. Con menos de cuatro millones de habitantes, Irlanda tiene cuatro premios Nobel de Literatura. Yeats, Beckett, Haney, y Bernad Shaw.

guinness [DVD (NTSC)]

Literatura y política, política y literatura, siempre juntas y revueltas. Varios líderes de la rebelión de 1916 fueron poetas, como Patrick Pearse, quien formaría parte del efímero Gobierno Provisional de la República. Su premio, ser fusilado en el patio de la Prisión de Kilmanheim y que los niños memoricen hoy sus poemas. Las cosas no han mejorado demasiado. Años después, el Nobel Seamus Haney, católico nacido en el Ulster, se negó a formar parte de una antología de autores británicos.

Sin embargo, la gran literatura irlandesa no ha sido codificada por políticos. Por eso los irlandeses reconocen como autor propio al protestante Bernard Shaw (1856-1950), quien emigrara a Londres en busca de dinero y mayfairladies. No era muy afecto a la causa nacionalista, aunque sí vegetariano. También admiran al anglófilo Jonathan Swift (1667-1745), crudelísimo crítico social, que en su divertida y salvaje Una humilde propuesta sugiere menú de bebés irlandeses para acabar con el hambre.

lago [DVD (NTSC)]

Esta apertura de miras se puede comprobar en The Writer´s Museum, sito en Parnell Square, al lado de la asociación y sindicato de escritores irlandeses. La mansión georgiana del XVIII sufrió cambios de propietario y diversas remodelaciones hasta que la adquirió uno de los Jameson, fabricantes del famoso whiskey. Probablemente, debido a la generosa ingesta de los productos de su jefe, el arquitecto Darbyshire construyó en la parte superior un delirante salón con cegadores estucos dorados.

En 1914 pasó a manos del ayuntamiento, quien, a falta de otro mejor destino, la convirtió en 1985 sede del museo. El día de mi visita jarreaba, como suele ocurrir en Dublín. Aunque hay piezas de la época de Swift, el grueso de la exposición parte del renacimiento cultural irlandés del siglo XIX, cuando, con Yeats (1865-1939) a la cabeza (quien fundara el todavía activo Abbey Theatre), los autores locales aceptaron el inglés como legítimo idioma cultural para tratar los temas propios de una nación sin estado.

En el museo figura gente tan variopinta como Arthur Connan Doyle, las hermanas Bronte, Bram Stoker, Yeats, un antinacionalista tan irónico como James Joyce o un renegado cultural como Samuel Beckett (1906-1989) que vivía en París y escribía en francés. Quizá por eso la literatura irlandesa es universal, porque sus mejores autores han sabido escapar del localismo o hacer un localismo universal como entre nosotros sólo supo hacer Josep Pla. Otro de estos grandes del terruño es el dramaturgo John Millington Synge (1871-1909), autor de El playboy del Mundo Occidental, obra situada en las asoladas Islas de Aran, una especie de Hurdes gaélicas .

DSCN3461

En el museo abundan las delicias fetichistas como la máquina de escribir que Brendan Beham (1923-64) arrojó borracho por la ventana de un pub. Beham fue el auténtico enfant terrible de la literatura irlandesa. Miembro del Ira, preso político y alcohólico, su entierro fue multitudinario. También abundan las reseñas de datos curiosos, como el de que Oscar Wilde (1854-1900) fue prometedor púgil en su época universitaria. Paradójico que fuera precisamente el marques de Queensberry, creador de las reglas del boxeo, quien consiguiera meterlo en la cárcel por las dudosas relaciones con su hijo.

La casa ofrece también algunos bonitos retratos, una cafetería agradable y una librería especializada en literatura irlandesa y el clásico merchandising de Guinness y tréboles que tan felices hacen a los turistas. Y es que Dublín es la ciudad de Mister Bloom, el insufrible personaje de James Joyce (1882-1941) en el Ulises. Los seguidores y estudiosos de tan pesada novela desembarcan en masa para pisar con reverencia cada adoquín que pisara el escritor, como la Torre de Sandycove, por lo que quien visita una cosa visita la otra.

Antes de irme, decido subir al dorado salón del piso superior, lo que se conoce como la Galería de los Escritores. La profusión de purpurina aturde y satura, pero allí un actor representa en inglés una pequeña dramatización de una hora de duración sobre aspectos de la historia de Irlanda y de sus escritores. Irónico y dinámico, el tipo se burla sin piedad de los mitos nacionales. Cambiando de voz, el actor intercala frases u opiniones más o menos desmesuradas y tópicas sobre los irlandeses pronunciadas en alguna ocasión por distintos personajes históricos. Conociendo a esta gente, me pareció de lo más acertado el comentario atribuido a Churchill: “Si pudiéramos encontrar una solución al problema irlandés, entonces los irlandeses cambiarían el problema”.

señal de cuellar (2) [DVD (NTSC)]

Al terminar su actuación, el actor pregunta a los presentes de dónde son y qué han venido a buscar. Casi todos proceden de algún país de habla inglesa: Australia, Gales, Escocia, Estados Unidos… Descendientes de la diáspora dispuestos a reencontrar con devoción religiosa y Guinness en vena sus raíces míticas de leyenda celta. Casualidades de la vida, yo soy el último interpelado. Cuando digo que vengo de España, los asistentes se sorprenden un tanto y el cómico, picado de curiosidad, me pregunta qué diablos estaba haciendo por allí.

—Verá—confieso—, llovía mucho y las puertas estaban abiertas.

 

Escampa y mis siguientes pasos se encaminan a la Biblioteca Nacional. Accedo por una entrada lateral y consigo sin dificultad un carné de lector por un día. Subo las escaleras de mármol y penetro en la sala de lectura. El techo es muy alto, abovedado, con ventanas y un gran tragaluz en el cenit. El color de las paredes es un verde aguamarina desvaído, difuso, tranquilizador. Busco referencias en unos ordenadores situados a la izquierda de la entrada. Surge una pequeña miriada de ellos, incluida una novela juvenil de Ellen Regan titulada Spanish John and de Great Armada.

Me siento en una de las mesas de lectura que hay alineadas en el centro de la sala. Son mesas de madera alargadas para varios puestos, con un tapete de cuero verde, un atril y una lamparita de mástil dorado y capuchón también verde. Irlanda, siempre verde. Un par de minutos después, una silenciosa ujier me trae los libros solicitados. El primero es de Lauren Flanagan, Irish wrecks of Spain Armada, de 1995. Un libro básicamente sobre pecios o barcos hundidos y objetos hallados en ellos, sin embargo, en él puedo leer cosas curiosas como que Medina Sidonia ordenó evitar Irlanda por los peligros que allí corrían, o que los marineros arrojaron por la borda mulos y caballos para ahorrar agua. Una multitud de desdichados cuadrúpedos nadaba a la vista de los barcos ingleses.

spanish rock 2 [DVD (NTSC)]

Otros datos de interés que encuentro son los relativos al número de barcos que naufragaron en Irlanda desde el 16 de septiembre de 1588, fecha en que La trinidad Valencera lo hiciera en Kinnagoe Bay, en Donegal, hasta que el 26 de octubre se hundiera el Gerona en Lacada Point, actual condado de Antrim en Irlanda del Norte. Alrededor de veinticinco barcos españoles naufragaron con diez mil hombres a bordo. No sobrevivirían más de cien. El mejor título es el de Evelyn Hardi, Survivors of The Armada, de 1966. En él se niega la folclórica teoría de los black irish, o irlandeses morenos de piel o cabellos como resultado de la mezcla de los supervivientes con los nativos.

Esto es un mito recurrente, como demuestra la protagonista de la famosa canción Galway Girl, una chica de ojos azules y pelo negro de la que se enamora el músico trotamundos. Según Hardi, los supervivientes fueron demasiado pocos y demasiado débiles como para engendrar muchos hijos. En otras fuentes se trata el tema como una leyenda sin fundamento propia de una nación con ansia de mitos que apuntalen su origen y su diferencia respecto al opresor inglés. Sea como fuere, el dato del libro que más me llama la atención es que Robert Bingham, gobernador inglés de Connacht y fiero persecutor de náufragos, luchó en Lepanto del lado de los españoles, aunque luego lo hizo contra ellos en Holanda. Cuenta también Evelyn Hardi que hubo varios pilotos, soldados y refugiados irlandeses y escoceses en la Armada.

Un nombre español aparece repetidas veces en la literatura anglosajona como fidedigna fuente de lo ocurrido. Francisco de Cuéllar, capitán del San Pedro, quien lograra escapar hasta Flandes y escribir una carta de su aventura a Felipe II. El manuscrito permaneció escondido durante trescientos años en el archivo de la Real Academia de la Historia. En 1884 lo rescató otro marino español: el Capitán Cesáreo Fernández Duro, quien prologó la carta y reinterpretó alguno de los pasajes. No aparecían más ediciones en español, sin embargo, abundaban las traducciones anglosajonas de lo que dieron en titular Letter of one who was with the Armada for England. El motivo de tanta atención quizá fuera que el narrador no sólo recogió las desventuras propias de un fugitivo sino que también retrató la vida y las cosas de Irlanda mucho antes de que lo hiciera el costumbrismo irónico y cruel de Jhonatan Swift. En cierto modo, se podría decir que Francisco de Cuéllar es también uno de los primeros escritores irlandeses. Su peripecia, según el manuscrito, se inicia cerca de Sligo, en la Streedagh Strand.

acantilado giant´s causeway [DVD (NTSC)]

El descubrimiento de que fue Cesáreo Fernández Duro quien rescatara la carta de Francisco de Cuéllar es un hecho relevante para mí. De nuevo, una casualidad que me afecta personalmente. Además de erudito era también marino y explorador. Su aportación más conocida fue su capitanía sobre el navío Blasco de Garay, enviado a determinar la posición exacta en la costa saharaui del Borx er Rumi, o Fortaleza del cristiano. Unas ruinas que se corresponderían con el castillo de Santa Cruz de la Mar Pequeña que los Reyes Católicos autorizaron a erigir en territorio africano al adelantado Don Diego García de Herrera y que quedó definitivamente abandonado en el siglo XVI.
La cuestión era más que relevante porque ese emplazamiento servía de excusa a España para arrogarse en el XIX derechos sobre un lugar de África en plena época de reparto europeo del continente. Borx er Rumi podría estar en muchos lugares, pero a España convenía que estuviera en uno muy concreto. En la desembocadura del río Ifni, frente a las Islas Canarias. Así lo aseguró Fernández Duro y así quedo convenido entre Francia, España y el débil sultán de Marruecos. A resultas de lo cual, el territorio fue cedido a la soberanía española que fundó allí una ciudad.

Debido pues a Fernández Duro, Sidi Ifni fue población española hasta el año 1959. Y digo que es curioso porque si un día me interesé por estas historias pequeñas de exploradores españoles fue porque me tocó hacer el servicio militar en la Brigada Paracaidista. El himno de la Brigada comienza diciendo que “En Ifni se abrió el libro de nuestra Historia”. Y es que la guerra de Ifni fue la última librada por España aunque llevada en sordina tanto entonces como ahora y fueron los paracaidistas los llevados allí como tropa de choque. El descubrimiento con veintidos años de que habíamos librado guerras que no me enseñaron en la escuela me llevó a pensar que existía fuera de los libros de texto una historia casi clandestina que bien valía la pena explorar.

Cierro el libro y salgo a la calle. No llueve pero yo no puedo evitar sentir una extraña sensación. Todo parece tener siempre un motivo, una razón de ser. Viajo con algún sentido aunque yo no lo sepa ver al principio. Ya nada es por casualidad. No hace mucho estuve en Sidi Ifni. Visité el lugar durante un viaje a Dakar, recogido en mi libro de aventuras por África titulado Un millón de piedras y sentí una emoción profunda al pisar el polvo que pisaron compatriotas míos muertos por un país que de nuevo les ha dado la espalda y se niega a recordarles, avergonzado por unos estúpidos fantasmas.

comarcal hierba [DVD (NTSC)]

Sligo está en la costa oeste, a unos doscientos cincuenta kilómetros de Dublín. Salí de Dublín por la N3 bajo un cielo encapotado y gris. Atravieso Cavan y Kells con bastante tráfico. En Belturbet me desvío por la comarcal N87, y paso por Ballyconnell, Bawnboy, Derrynacreeve. Minúsculos pueblecitos que viven alrededor del pub local. Poco después, de forma inadvertida, la carretea atraviesa la frontera, entra en Northen Ireland y pasa por Drumcard. En Letterbren gira hacía el éste y vuelvo a la República. Tras un delicioso y revirado descenso se ve aparecer la bahía de Sligo entre la espesa vegetación que bordea la ruta.

 

En la oficina de turismo me atienden unos jóvenes empleados que tienen muy ligeras noticias de algo relacionado con los españoles. Saben que hay un punto en el mapa y que allí hay cosas de la Spanish Armada, pero nada más pueden indicarme. La palidez de su piel es pareja a su pálido interés por nada más que no sea cerrar en cuanto sea la hora el chiringuito oficial y liarse a pintas en el pub para repetir la rutina el día siguiente. El mundo occidental parece estar descafeinándose en la sangre de la juventud e Irlanda, última frontera en el Atlántico de la tradicional fiereza celta, tampoco parece escaparse al proceso.

Inicio de nuevo la marcha, paso por Drummcliff, donde está la tumba de Yeats, el poeta nacional. La lápida es gris, cursi y fea, pero está cotidianamente rodeada de turistas haciendo fotos sin que el divino muerto pueda ya hacer nada para impedir que esta manada perturbe su profundo y eterno sueño. Observando a los japoneses e italianos armados de cámaras fotográficas y chubasquero, imagino que ninguno de ellos sabe que a pocas millas de ahí perdieron la vida mil españoles en la búsqueda de un sueño imposible. Y si lo supieran, supongo que tampoco les importaría gran cosa. Pero a mí sí me importa. No sé por qué, pero me importa. Cuanto más aprendo de ellos, más cercanos los siento.

castillo rosclogher horizontal [DVD (NTSC)]

El siguiente pueblo es Grange. Ahí veo algo. Una señal que indica “Spanish Armada”. La sigo emocionado por haber encontrado una pista fiable. Poco más allá, junto a un muro de piedra suelta, encuentro otra señal que dice “The Cuellar´s Trail”. ¡Eureka! Es el Camino que siguió nuestro capitán en su huida. Acelero por la estrecha senda asfaltada. A los lados hay prados con mansas ovejas y algunas casitas de planta baja. A mi derecha se atisba ya la bahía. Cruzo el estrecho istmo por unas barras canadienses y ante mí se extiende el desolado e inmenso paisaje marino.

Unas suaves colinas sembradas de prado acaban en una playa de arena fina. El cielo es de color plomo y no hay un solo árbol bajo el que cobijarse. Hay unos caballos en una granja. Empieza a llover y a soplar un viento frío. Los equinos no encuentran más refugio que ponerse de espaldas al viento, ofreciendo la grupa a su castigo. Subo un pequeño alto de arena y desde allí contemplo al otro lado de la bahía la inmensidad del océano Atlántico con los montes de Donegal al otro lado. Siento compasión por los españoles que vinieron a morir aquí. Yo hice el servicio militar y aunque me tomaba con escepticismo las invocaciones al honor y a la patria, siempre me emocionó el toque de oración que la corneta llora al atardecer. Es un toque por los caídos. No por los generales, los almirantes o los comerciantes de la ciudad, es un toque por cada uno de los humildes españoles que fue a morir lejos de su casa, en Flandes, Filipinas o Irlanda.

placa sligo [DVD (NTSC)]

Le pregunto a un surfero que se está vistiendo un traje de neopreno. Sabe de qué le hablo. Me indica que al comienzo del camino hay algo. ¿Tumbas? No, tumbas no. Me dirijo hacía donde me indica. Es un modesto monumento que me había pasado inadvertido. Apenas diez o quince metros cuadrados cerrados con un murete de piedra. Dentro una especie de reproducción simbólica de un barco hecha también en piedra y unos grupos de drácenas enanas. Y una placa que recuerda que en septiembre de 1588 La Juliana, La Lavia y la Santa María de Visón naufragaron en estas costas. De 1200 hombres embarcados, sobrevivieron 300. La placa y el memorial los pusieron allí la oficina de turismo del Condado de Sligo. No hay rastro de algún tipo de participación por parte de entidades o autoridades españolas.

Se hace de noche y pido posada en el Bed and Breakfast Mount Edward Lodge. El hotelito es acogedor pero de un cursi subido, como casi todo por aquí. Los B&B son casas particulares que alojan huéspedes por un precio módico. Cuando le pregunto a la dueña si sabe algo de los españoles, me enseña dos libros. Uno es la propia carta de Francisco de Cuéllar en una versión de 1985 de la traducción realizada en 1885 y publicada en Londres. No puedo creer en mi suerte. El traductor, Robert Crawford, era un verdadero hispanista irlandés y había descubierto algunos errores del capitán español, como cuando entendió que el naufragio había sido en la bahía de Ballyshannon, varias millas más al norte.

tumbas vertical 3 [DVD (NTSC)]

El otro es una publicación más reciente, del 2001. El recuerdo de De Cuéllar sigue vivo para estas gentes. El autor, Jim Stapleton, había hecho una incursión por los archivos españoles buscando referencias del capitán, pero su suerte final seguía siendo un misterio. El pequeño volumen había sido sufragado con fondos procedentes de los programas comunitarios para la reconciliación, pues De Cuéllar atravesó en su marcha a pie territorios que hoy se encuentran en Irlanda del Norte y la República de Eire. En cierto modo, su epopeya es también un símbolo de lo absurdo de la división.

Nada más abrir el texto me sorprendo vivamente ante el tono de nuestro héroe. Sorprende que un simple capitán de la Armada se dirija directamente al rey por medio de una epístola y no a ninguno de sus superiores o posibles intermediarios. Y no solo eso, sino que admira la desfachatez del tono con el que escribe al monarca. Textualmente comienza su misiva con un campechano “Creo que se admirará Vuesa Merced viendo esta carta por la poca seguridad que se puede haber tenido de que yo soy vivo”. Pronto comprobaré que esta familiaridad irá mucho más lejos rozando incluso la socarronería o incluso la confidencia ambigua.

tumbas horizontal [DVD (NTSC)]

La dueña me comenta que probablemente haya tumbas españolas en el cementerio local. Lo visito antes de cenar, pero dudo que tal cosa sea cierta. El camposanto es viejo, pero no veo tumbas españolas. Tal vez enterraron a los náufragos en una fosa común, si es que los enterraron, porque Cuéllar cuenta que los irlandeses (los salvajes, como él los llama) les robaron y les maltrataron y que los perros se comieron a los muertos. Tal vez no se molestaron en enterrarlos siquiera. Acompañado de su carta, ceno en el pub local acompañado de unas cuantas pintas de Guinness. Sigue lloviendo a cántaros pero la aventura del capitán español es apasionante.

Este es el documental

 

El libro La fuga del náufrago lo tengo agotado, pero puedes conseguirlo en La Casa del Libro

Cubierta La fuga del náufrago ALTA

Anuncios
Categorías: 100 Países en Moto | Etiquetas: | Deja un comentario

Navegador de artículos

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Blog de WordPress.com.

A %d blogueros les gusta esto: