100 países en moto por orden alfabético. Nº34 Indonesia


miquel ecuador

 

Indonesia no es solo un país del Sudeste Asiático, son más de 20.000 islas. Lo que lo convierte en uno de los países más complicados de recorrer en moto. Hay que llegar en barco y hay que irse en barco. Pero vale la pena. Yo lo conocí en el 2012 durante mi vuelta al mundo en moto Ruta Exploradores Olvidados. Después de los mucho más civilizados Tailandia y Malasia, Indonesia me sorprendió por su salvajismo. Me recordó a la India. En Indonesia recorrí tres de sus islas más grandes: Sumatra, Java y Borneo. He aquí el relato del recorrido por la primera que un día será parte del libro sobre aquella vuelta al mundo.

Sumatra es la sexta isla más grande del planeta. 50 millones de personas y casi 500.000 kilómetros cuadrados. Perteneciente a la República de Indonesia y mal colonizada por portugueses y holandeses. Víctima de frecuentes terremotos, erupciones, huracanes y tsunamis, es también uno de los lugares más puros, bellos y terribles que he tenido la suerte o la desgracia de haber recorrido en moto.

 

Grandes ríos caudalosos, palmeras, caucho y arrozales espejeantes. La carretera es mala. A ratos desaparece el asfalto pero un densísimo tráfico. Se pone a llover torrencialmente. La ruta se empina, atravieso montañas, bosques y selvas. La niebla nos envuelve y yo me lo paso endiabladamente bien en este infierno. Estas cosas son las que me gustan, las que me excitan y hacen que la adrenalina corra dentro de mis venas.

moto carretera mojada

Siento que un buen humor repentino va fluyendo hacia mi corazón y mi cerebro. Llevaba varios días enfadado con el mundo. De pronto me doy cuenta de qué era lo que me pasaba. Me hacía falta viajar. Viajar en moto. Sufrir, esquivar, sudar, mojarme, pensar en todo y en nada, sobrevivir, acelerar, sortear baches, tomar mil curvas. Me hacía falta volver a ser motorista y dejar el sedentarismo de Bangkok y Kuala Lumpur. Sé que tengo que hacer fotos y vídeos, que tengo que escribir mil reportajes, pero ahora es delicioso sentir de nuevo que todos tus deberes para los próximos días se reducen a llegar.

rostro agricultor

Tras muchísimas horas consigo llegar al otro lado de la isla, al Índico. Duermo aceptablemente en Padang. Al despertar, enfilo hacia el sur. La ruta circula por los montes. La selva me quiere comer. Si llueve, el suelo es un espejo deslizante. Si voy por el litoral, la silueta de la isla se llena de bahías, de playas de arena y de palmeras. El asfalto está agujereado y el tráfico de camiones y motos es incesante. En algún tramo, desaparece por completo y es como si se lo hubiera tragado un Tsunami.

moto grupo playa

La gente es acogedora y sencilla. Veo un puente colgante sobre una laguna que hay entre el mar y el territorio. Allá que voy. Al cruzarlo, arribo a un poblado de pescadores donde me reciben como a un dios caprichoso caído del cielo para una visita de cortesía. Soy un extraterreste. Me rodean para tocar, hablar, preguntar. Pero como se dirigen a mí en indonesio, les entiendo poco. Para esta gente es completamente estrafalario que yo no sepa hablar su lengua. Y quizá tienen razón, si uno no sabe hablar indonesio, para qué diablos está en Indonesia.

crios

Cada diez kilómetros tengo que cruzar algún puente metálico. Sin ellos sería imposible viajar por aquí. Hay decenas, centenares de ríos que bajan de las montañas marrones del lodo que arrastran. Vienen muy crecidos y muy turbios debido a la gran cantidad de lluvia que está cayendo sobre la isla. Lo veo desde la costa. Mirando a mi izquierda hacia las montañas cubiertas de selva, se divisa un manto grisáceo y ominoso. Son nubes, espesas, gigantes, pesadas, llenas de una lluvia densa que van descargando sin prisa ni pausa.

barca 3

Cuando me internó en el interior de la isla para salvar algún accidente costero, la selva se abate sobre mí. Una floreta espesa a la que lleva la carretera más empinada que haya visto nunca. Llena de baches y mojada, es un matadero. Los camiones bajan escupiendo humo y aceite y las pequeñas motos zumban a mi alrededor como un enjambre enfurecido. Y entonces se abren las compuertas del cielo y comienza a diluviar. El túnel vegetal de lianas y plantas trepadoras engorda de niebla y vapor de agua y voy tan asombrado y miedoso que apenas puedo respirar.

palmeras playa

Escapo de la jungla y tras un largo descenso vuelvo a ver el mar. Está agitado, tan gris como este cielo ominoso. Aun así, es el paraíso. Estas bahías y playas ribeteadas de palmeras y rodeadas de arrozales, habitadas por estas gentes tan risueñas y puras, resultan un milagro increíble. No hay nada. ¿dónde están los hoteles, los chiringuitos y los negocios? Solo arena, agua y firmamento. No sé qué le quedará de vida al Edén, pero por ahora esto lo es. Muy primigenio, sí, pero muy incómodo también. No hay turistas, luego no hay alojamientos.

niña

Se hace de noche. Llego a una pequeña población. Llueve inclementemente. Cae como una cortina. Veo un cartel que señala: Beach Hotel. Introduzco la moto en el callejón. Al fondo, una luz mortecina. Veo dos figuras de pie en la puerta. Acerco la moto. Es una pareja de jóvenes occidentales. Nunca me he alegrado más de ver occidentales. Eso significa que hay un hotel cerca. Me preguntan de donde soy. Cuando contesto que español se alborotan. Ellos también. Son surferos de Cantabria. No se pueden creer que venga en moto desde España.

niñas

Karen y Juan explican que Sumatra es el paraíso surfero. Está sin explotar pero se está poniendo de moda en el mundillo. Nunca será como Bali por el conservadurismo de los habitantes musulmanes. Es mejor así, opinan, esto es para surfear y relajarse, el que quiera marcha que se vaya a otro sitio.

barco

Al despertar ha dejado de llover. Frente a mí tengo una bahía maravillosa y primitiva. Es un oasis de olas, arena y firmamento. Sobre la inmensa playa descansan un grupo de barquitas y en el horizonte se eleva una montaña alargada.

pasajera

Luce un sol fantástico. Mi camino me lleva a Lampung, la gran ciudad del sur de Sumatra. Llego al puerto para coger el ferry hacia Java. Me pongo el primero en la cola e inmediatamente soy rodeado, interrogado, acuciado. “¿Quién soy, qué hago, de dónde vengo?”

naranja isla

Zarpamos. Atardece sobre el Mar de Java. El horizonte se inflama. Según nos alejamos, la isla de Sumatra parece arder a nuestra popa. Las nubes densas que se alargan sobre ella semejan columnas de humo. Huimos, huimos del fuego, de ese devastador incendio que sucede cada tarde.

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