100 países en moto por orden alfabético. Nº32 Hungría.


budapest (3) [HDTV (1080)]

 

Hungría es Europa Oriental. Está al otro lado de lo que fue el Telón de Acero. Y eso marca irreversiblemente la fisonomía y la identidad de esa parte de nuestro continente. Recorrer la parte de este europea es de mucho interés porque es como haber cambiado de mundo. Yo he estado tres veces en Hungría. La última fue durante el regreso de mi Ruta Embajada Samarcanda en el 2013. Anteriormente estuve en el 2011, en el comienzo de mi vuelta al mundo en moto Ruta Exploradores Olvidados.

Pero la primera vez siempre es la inolvidable. Fue en el año 2009, durante el viaje que más me marcaría personalmente y que recogí en el libro La emoción del nómada.

hungarian bus

Desayuno en la terraza de una cafetería de al lado del hotel. Es una plaza muy concurrida y el local tiene aspecto de negocio tradicional para señoras emperifolladas. Me recuerda al Embassy de Madrid. Empieza a llover débilmente. A pesar de eso cojo la moto y me pierdo por la ciudad. Visito el Parque Central y el museo del Terror. La exposición es curiosa. Se centra tanto en el terror alemán como el soviético. No hay diferencia apenas, salvo que el último duró mucho más tiempo. Visto desde el otro lado del Muro, el imperialismo ruso aparece terrible. Es sorprendente lo ciegos que están algunos respecto a este régimen ominoso. Los maestros húngaros traen al museo decenas de escolares diariamente para que a ellos no se les olvide. Salgo a la luz del exterior con el ánimo sombrío.

budapest bridge

Desde la moto, Budapest luce desgastada, vieja, sucia pero digna. Es como una de estas ancianas que se ven por la calle, arregladas como para un cóctel, con sombrerito y sombrilla, pero ni un florín en el bolsito. Vestidos elegantes pero ajados. Eso es Hungría. Un gran país con un gran pasado imperial y un presente triste. Después de la Primera Guerra Mundial lo descuartizaron y cada uno de sus vecinos se llevó un pedazo. Desde entonces no levanta cabeza. Salgo de la ciudad. Voy a un pueblo turístico convertido en parque de atracciones de la identidad húngara.

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Me dirijo a Visegrado. La carretera va paralela al Danubio. Hace calor y los árboles nos hacen de escolta. Es un buen día, uno de esos días tranquilos en los que solo pasa la vida y eso ya es extraordinario. Un día en el que la felicidad se asoma por los visillos sin querer molestar ni hacerse demasiado presente. Cuando llego a Visegrado descubro que apenas es una aldea. El palacio anunciado en la guía es en realidad una fortaleza milenaria en un elevado saliente rocoso sobre el río. Cuesta ascender pero las vistas desde lo alto de la muralla son espectaculares. Bosques infinitos y la gran herida fluvial que se abre bajo nuestra mirada.

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Bajo y me dirijo de vuelta a Budapest. El tráfico es siempre denso. Agobiante. Voy al barrio de Buda. Es precioso, antiguo, imperial. Lleno de estatuas y rincones. De calles empedradas. Llueve de nuevo con gotas gordas como lagrimones de un dios triste. Las estatuas lucen verdosas y melancólicas. La sinagoga, sin embargo, es vistosa, enorme y está en el centro de la ciudad. La comunidad hebrea sufrió lo suyo durante la guerra. Hitler invadió Hungría en 1944 y no hubo guetto. Tan avanzada la guerra, la Solución Final se aplicaría de inmediato y sin contemplaciones. Sin embargo, también hubo ángeles que hicieron lo posible por auxiliarles, como Ángel Sanz Briz, encargado de negocios de la embajada española que se las ingenió para salvar 5200 judíos y que fue declarado Justo entre las Naciones en 1966. Hoy una placa en la embajada de España recuerda su generoso gesto.

 

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Bajo su responsabilidad y sin orden a favor ni en contra del Ministerio de Asuntos Exteriores franquista, rescató un decreto derogado de Primo de Rivera que concedía la nacionalidad española a los judíos sefardíes dispersos por el mundo. En Hungría apenas había expulsados de Sefarad, pero los alemanes no sabían cuantos, así que le concedieron autorización para extender 200. Sanz Briz salvó el obstáculo extendiendo diferentes series de pasaportes familiares (no personales) que nunca excedieran del número 200. Debido a su esfuerzo personal, fue declarado Justo entre las Naciones por el Estado de Israel, título concedido a los gentiles que hicieron algo por auxiliar a los hebreos durante aquellos tiempos de barbarie. Ángel Sanz Briz es nuestro Schindler, quien salvó muchos menos judíos que él, pero nosotros no tenemos un Spielberg!

magyar and horse

Al día siguiente, desayuno en la terraza cercana al hotel. Se pone a llover otra vez. El cielo es de color plomo. Se cierne sobre nosotros como un dosel grumoso y amenazador. Voy al Museo Nacional. Descubro con cierta sorpresa que hay unas salas destinadas a la pintura española. Tienen hasta retablos medievales. Luego aparecen incluso obras del siglo de Oro. Hay algunos pintores menores como un tal Antolinez, pero también las hay de grandes genios como el Greco, Zurbarán, Murillo, Velázquez o Goya. El origen de este rico legado es para mí una incógnita.

 

limusines and art

Me dirijo a los baños públicos, otra gran institución nacional húngara. Están en un hotel de lujo. Las vidrieras del techo abovedado le dan una extraña majestad. Hay dos grandes termas a 36 y 38 grados respectivamente. Muchos hombres desnudos o semidesnudos se dejan humedecer la piel hasta que queda con una textura de pasa cocida. La mayoría lleva una toalla alrededor de la cintura pero yo voy completamente en pelotas. No siento demasiado pudor por mi desnudez. Cuando canso de chapotear en el caldo, me hago dar un masaje. El masajista es grande, gordo y peludo Sus manos son enormes, como mazas. Espero de él una gran paliza pero al final resulta una faena de aliñó que me deja igual que antes pero con ocho euros menos.

baths

El cuidador de los vestuarios es también grande, gordo y peludo. Tiene aspecto de matarife. En su rostro no hay rastro alguno de inteligencia. Lee con parsimonia una revista pornográfica. No se avergüyenza lo más mínimo. Los demas usuarios pasan a su lado y depositan unas monedas en el plato que tiene delante. Él gruñe un agradeciento superficial y pasa una hoja plagada de carne y sexo. Cuando salgo llueve a cántaros.

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Lunes. Sueño con Rusia. Es una pesadilla. Anticipo problemas. Me despierto pronto. Voy a correr por la ciudad con el ánimo preocupado y triste. Antes de salir de Budapest paso por el taller del mecánico que me dijo que tendría problemas. He decidido no cambiar una pieza que no ha fallado todavía, aun así, por precaución, compro el rodamiento y el aceite del cardan. Los cargaré conmigo todo el viaje. Si la pieza original revienta en el camino, me digo, ya encontraré alguien que sepa montarlo. Sin embargo, y a pesar de los malos caminos que recorreré los próximos meses, no tendré problema alguno con el rodamiento trasero, que aguantará fenomenalmente todos los baches, los agujeros, las piedras y la arena. Menos mal que no me decidí a cambiarlo en Budapest. Mi consejo es que lo que no funciona mal es mejor no tocarlo no vaya a ser peor el remedio que la hipotética enfermedad. O sea, que no hay que ponerse la venda antes que la herida.

Si te interesa leer el libro, puedes pedírmelo dedicado en info@miquelsilvestre.com

La emoción del nómada - Cubierta

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