100 países en moto por por orden alfabético. Nº30 Gales


 

isla of man back

Reino Unido o Gran Bretaña es un estado plurinacional. Auténticamente plurinacional, como se ve en algo tan relevante como sus distintas ligas de fútbol. Hay liga propia de Inglaterra, Gales, Escocia e Irlanda del Norte. Esas ligas distintas son lo que a fin de cuentas parece definir una nación europea. Si hay liga propia, hay nación.

En todo caso a Reino Unido voy a dedicarle varios posts de esta lista. Por sus particularidades propias hablaré de Gales, Escocia, Inglaterra e Irlanda del Norte. El texto que recupero para este post tiene importancia porque relata el regreso del viaje que me llevó a Irlanda durante el verano del 2008 cuando pedí la excedencia de mi trabajo como registrador de la propiedad. Como se comprueba de estos párrafos yo no tenía pensado dar la vuelta al mundo ni convertirme en viajero profesional. Solo quería usar ese año sabático para escribir, y así lo manifesté en mi diario cuando concluyó la que pensé entonces sería mi única aventura viajera. Pero mejor será que leamos este extracto de mi primer diario viajero y que no se ha publicado en ningún sitio hasta la fecha.

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Brecon, en Gales, en medio de un parque nacional. Al desembarcar, el tiempo es igual que en Irlanda, gris, neblinoso, intrínsecamente húmedo. Hay muchísimo tráfico y muchas rotondas. La moto empieza a hacer ruidos, petardea y el freno delantero rechina. No sé si me estoy quedando sin pastillas. Cuando la A40 se aparta del camino de Cardiff, la cosa mejora mucho. No el tiempo pero sí el tráfico. La carretera es suavemente revirada. Llego a Brecon y busco alojamiento. Encuentro el Brecon Castle Hotel, que efectivamente está al lado de un castillo. La habitación es single de verdad pero con buenas vistas. Salgo a tomar algo. En el pub veo un poster que reclama donaciones para los héroes. Leo con atención y descubro que se trata de una organización que apoya a los soldados heridos en las guerras que libre Gran Bretaña. Se declaran como apolíticos y dicen que no se meten en si la guerra es justa o injusta, que ellos sólo apoyan a sus soldados. Me llama la atención la forma que tienen de decirlo: “ellos dicen de sí mismos que son sólo unos tíos (blokes) haciendo su trabajo, pero para nosotros son héroes”. En mi país a los soldados se les desprecia y jamás vería un cartel de apoyo en un pub.

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En el mismo pub ceno y conozco a Jonathan, un carpintero medio budista con quien hago buenas migas. Tiene 44 años y ya ha tenido un ataque al corazón. Dos hijos, una ex mujer, un hermano recién muerto de un aneurisma pulmonar. Hablamos de las diferentes lenguas, de los grupos que nos gustan, como los Pogues y los Stiff Little Fingers. De la paz y de Eta. De la vida. Me invita a acompañarle al Bull´s Head. Allí hay una pandilla de locales que me reciben amigablemente. Charlamos y me emborracho con pintas diversas. Jonathan me cuenta que los dueños de las minas eran los dueños de las casas, de las tiendas, de los mineros. Que el sistema es igual en todas partes. Claro que tiene razón, ¿qué voy a decir? La noche transcurre animada entre pintas y salidas al patio a fumar. Los galeses de verdad parecen buena gente aunque a algunos no les entiendo porque mezclan palabras de su propio y antiguo idioma. Al regresar al hotel me pierdo durante un rato. Debo estar borracho.

 

Al día siguiente salgo a correr por el pueblo. En la entrada hay un polígono industrial y en él una fábrica de alimentos procesados que esparce un penetrante olor a ajo. La llegada a Brecon saluda con este intenso y desagradable aroma. El pueblo, no obstante, es encantador. Castillo, iglesias, puente sobre el rìo… la gente es muy amable. En la puerta del hotel preparo la moto y un jubilado bien vestido me pregunta cuánto cuesta en Alemania. Le digo que no lo sé y que soy español y sorprendido me pregunta qué diablos hago por aquí en moto. Le gusta España y Fuengirola. A mí también, pero lo que no entiendo es que cuando le pregunté por una dirección en el mapa me corrigiera tres veces la pronunciación inglesa del nombre de un pueblo y él me diga tan campante que le gusta mucho “Migues” en lugar de Mijas.

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El viaje del 28 de agosto fue horrible. Un día para olvidar. Un palizón por autopista. Con la moto cargada hasta arriba salgo de Bracon, pero la carga no está bien colocada y la mochila se me clava en la espalda. El freno delantero chirría y temo que se estén agotando las pastillas. Me detengo un par de veces para recolocar el equipaje. Durante un rato coincidí con una BMW de Alemania en la mejor parte del camino, pero la perdí cuando me detuve. Entre Newport y Bristol seguí a un grupo de unas ocho motos irlandesas. Fue extraño viajar arropado, la historia cambia completamente y los coches se vuelven respetuosos. En Bristol me confundo y me meto en la ciudad. En una gasolinera le pregunto a un rubito de larga melena que conduce un Range Rover Vogue que funciona con autogas. El tipo habla italiano y español aunque confunde algunas palabras. Busca la dirección en el impresionante navegador de su impresionante coche y me ayuda amablemente. De Bristol a Plymouth por autopista fue simplemente un ejercicio de paciencia. Sale el sol, qué rara sorpresa. La llegada a Plymouth exige atravesar un parque nacional arbolado que desciende hasta el mar. Cuando llego a la ciudad estoy agotado. Busco un sitio donde quedarme cerca de un parque. Encuentro un B&B cutre al lado del Central Park. El interior es kitch con moqueta azul eléctrico y todo tipo de souvenirs lumpenbritish. No tienen baño en las habitaciones ni ningún lujo como cafetera o mesa de trabajo. Sólo camas. Muchas camas. Pero los dueños son encantadores de verdad, sin esa falsa amabilidad tan habitual en los B&B irlandeses. Él es un viejo pescador que organiza viajes de buceo en su barco. Conoce los pecios de la zona y aloja grupos de buceadores. Ella es una rubia pizpireta de 62 años. Tienen una casa en Torrevieja y pasan allí lo más duro del invierno inglés. También alojan estudiantes de intercambio aunque este negocio no les gusta demasiado, son demasiado mayores para cuidar de jovenzuelos españoles.

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Voy a cenar a un sitio horrible. Britannia Inn. Hay cientos de miles de clientes. Tienes que coger una mesa, fijarte en el número y pedir en la barra. Te sirven la bebida inmediatamente y ellos te llevan la comida hasta la mesa. Es un sistema muy habitual en Reino Unido. Un sistema asqueroso.

 

Al día siguiente  visito el museo municipal. Es pequeño y lo único interesante es una exposición de fotos sobre la naturaleza de distintos autores. Hay una exposición que consiste en un solo cuadro: A fish sale on a cornish beach, de Stan Hope Forbes, pintado en 1884. Se trata de una pintura grande, quizá de dos por dos, con una imagen marinera en la que en primer plano aparecen dos mujeres y un pescador maduro con peces en la arena, al fondo más mujeres y pescadores subastando el pescado y más al fondo, el mar, el cielo y los veleros. Es un cuadro gris, sin luz, una especie de Sorolla en el Atlántico, pero más oscuro. Me gusta. El resto de salas abiertas son una especie de batiburrillo naturalista con esqueletos y animales disecados.

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Plymouth es una ciudad pequeña y universitaria, abraza la bahía asentada sobre unas colinas, lo que hace que sea empinada. Todos son cuestas. Para cruzar hacia el este hay que tomar un ferry. Se ven gaviotas por todas partes. Pero no es difícil de manejar si se compra un mapa. La gente es gorda y tatuada, les encanta comer fish and chips.

 

Salgo a pasear en moto. En la zona portuaria, el Barbican, está el Capitan Jasper, donde se reúnen los moteros. Antes era donde vivían los pescadores y ahora es turística. Las antiguas tabernas acogen todo tipo de restaurantes. El Capitan Jasper siempre está concurrido. Al final del muelle, no es más que un barracón con unos bancos de madera, el café es soluble y las hamburguesas grasientas, pero es barato y tiene encanto. Pides la comida, pagas y te dan un tiquet con un número. La comida rápida lleva su tiempo, hay un par de chavales en la plancha. A veces hay que esperar un cuarto de hora. Venden camisetas de Captain Jasper, dicen que famoso en el mundo entero. El reclamo es una foto de un soldado británico de barba y pelo crecido que sostiene una ametralladora pesada en un desierto irakí, viste la camiseta azul del establecimiento. Hoy, sin embargo, prefiero comer en una terraza con una buena pinta. Leo el periódico local. Hay una sección muy interesante, son los condenados en la ciudad por embriaguez, resistencia a la autoridad, quebrantamiento de libertad condicional o posesión de canabis. Nombres, dirección, cargos y condena. Muy aleccionador.

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Me siento en la terraza con vistas a la Isla de Drake. El cielo es gris espeso y solemne. A mí lado hay una mesa de matrimonios de más o menos mi edad, aunque parecen mayores. Son ruidosos y se ríen sin parar. Si no llueve, la vida es fácil sentado en una mesa con amigos. Delante de mí hay un pequeño puerto y varios pescadores lanzan sus cañas al mar. No veo que pesquen nada. Cuando termino mi cena y tengo la botella mediada, me acerco con mi copa en la mano. Me dirijo a un pescador joven, delgado, muy moreno. Viste pantalones de camuflaje y una gorra de béisbol sobre su cabeza rapada. Tiene mi estatura. Le comento que no hay mucha suerte hoy y asiente. Hablamos de la comida inglesa y de la incultura inglesa respecto a otras lenguas, de lo caro que es Inglaterra y lo soberbios y arrogantes que son los ingleses. Es simpático, se le ve buen tipo. Me cuenta que ha estado en Portugal y que le encantó el clima, la comida y lo barato que era. Le pregunto si pesca incluso cuando llueve y me dice que sí. Tiene la dentadura oscura, pero los dientes a salvo. No está borracho. Me cae bien. Me pregunto por qué un tipo tan joven permanece pescando en el muelle en lugar de estar trabajando.

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Llegan dos tipos. Tienen cuarenta y tantos años y son pobres. Uno es gordo, de gran barriga, calvo y con unos ojos azules muy abiertos, como espantado. El otro es delgado, con el pelo sucio y despeinado. Un piercing le atraviesa una ceja. El gordo es amigo del joven. Les invito a mi vino y ellos a tabaco de liar. Ambos se ríen. El sucio se ha dejado caer en una silla plegable y sonríe bobaliconamente. Pasa un japonés y le hacen señas para que se acerque, el oriental casi se muere del susto y sale corriendo. Ellos se encogen de hombros y siguen hablando y riendo. Me preguntan si he probado la comida inglesa y el joven golpea la barriga del gordo. Me recomiendan el pudin de Yorkshire, al joven le encanta. De pronto el gordo dice algo señalando mi vaso y sólo entiendo “cinco libras”. Le pido que me repita la frase y tampoco entiendo del todo, sé que me ha dicho que el joven ha puesto o pone o pondrá su ojo en mi vaso. El verbo to put se conjuga igual en presente y pasado. ¿De qué están hablando? Por unos instantes creo que me están diciendo que le gusta el vaso o que quiere un poco de mi vino, pero la botella está ahí, entre nosotros y el joven no la ha tocado. ¿Qué quiere decir con que le pague cinco libras?

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Entonces lo entiendo todo. Me quedo blanco. No, por supuesto que no voy a pagar cinco libras por eso. No quiero verlo ni aunque sea gratis. El joven me mira y se disculpa, él también ha entendido. Es un buen tipo. Pero el gordo está lanzado con la chufla y quiere que el despeinado lo vea. Se me pone el vello de punta cuando veo como el joven abre la caja de herramientas y pide un destornillador. No lo encuentra pero lo intentará con un manojo de llaves que le tiende el gordo. Yo me quedo allí de pie mientras el joven se da la vuelta y se dobla sobre sí mismo. Sé lo que va a hacer y no me apetece verlo pero me parece una falta de respeto salir corriendo como hizo el japonés. Yo comencé esta conversación y tengo que quedarme hasta el final.

Cuando el joven se da la vuelta tiene una prótesis ocular en la palma de su mano y un pedazo de carne muerta en su cuenca. Miro el horror con calma y le pregunto cómo sucedió. Irak, responde mientras se da la vuelta de nuevo. Cuando se gira la pupila falsa mira el cielo mientras la otra me devuelve un brillo triste. 34 años son muchos para héroe y muy pocos para andar vagabundeando. Fue de los primeros en entrar en el país. En el año 2002. En la línea del frente. Recuerdo el cartel del pub galés y le pregunto si se siente reconocido por su país, me dice que sí y le creo. Yo mismo he visto como la gente de la terraza del restaurante se levantaba a aplaudir y vitorear cuando ha entrado en la bahía un barco de guerra. Creo que es hora de irme. Les estrecho la mano y le digo que me siento orgulloso de haber conocido un héroe. Él reacciona y me dice de modo vehemente que de ningún modo es un héroe, noway, de ninguna manera, que sólo era un tío haciendo su trabajo por su país.

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El sábado hace buen día y quiero ir a dar una vuelta con la moto. Cuando me voy a montar descubro un clip retorcido metido en la goma. Al sacarlo, empieza a silbar el aire. Ya tengo otro problema. Ayer estuve dando vueltas por los talleres porque chirriaba el freno delantero, pensé que me estaba quedando sin pastillas. No era nada, en el concesionario BMW, Ocean, me atendieron muy bien, pero esto sí es serio. Es sábado, quizá no encuentre quien me cambie la rueda. Me equivocaba. Sí lo encuentro aunque no me sale barata la broma. 134 libras.

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El sábado soleado hace que todas las gordas tatuadas de Plymouth salgan a la calle. Hace calor y una multitud pálida toma las calles, los parques, las terrazas. El cielo es de un azul pálido, tenue y desvaído. Al atardecer una cortina deshilachada de nubes cubre a medias la bahía, es como si una tejedora se hubiera quedado sin tela suficiente y quisiera cubrir el espacio estirando el tejido, dejando enormes agujeros entre las fibras. A las 7:30, desde el restaurante del hotel se ve una lánguida neblina que oculta el otro extremo de la bahía. La cena es nefasta y el vino francés horrible. Ceno rodeado de matrimonios ancianos. Su arrogancia me resulta ligeramente enojosa, como el zumbido de un moscardón. Al final de mi cena, el cielo se ha vuelto perla. Casi brilla y se confunde con el espejo del calmo mar. Un barco se aleja en el frío atardecer. Aquí el sol al morir no arranca destellos dorados, más bien pareciera que el universo se ha congelado. Sólo el lento movimiento de unos pocos navíos delata que no es verdad.

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El domingo 31 de agosto del 2008 llueve sobre Plymouth. Me despierto a las 6:30 en una habitación de hotel. Anoche me miraba reflejado en la enorme ventana y le preguntaba al tipo desnudo quién era, qué era. No me respondió, y por la mañana esas preguntas ya no me importan. Por la mañana actúo, vivo, salgo deprisa de mi propio recuerdo. Me tomo un par de cafés, estudio, escribo y salgo a correr. Soy como un caracol con su casa por dentro, mis rutinas son mi casa, mi caracola, mi cascarón y mi navío. Paso delante de la estatua de Sir Francis Drake, para ellos un héroe, para mí un pirata. Para todos, un gran navegante. Le retratan con un compás en la mano. Hay dos estatuas seguidas, una está destinada a los marineros que dieron la vida por Gran Bretaña y fue construida en el 300 aniversario del desastre de nuestra Armada y la otra lo está a los aviadores que defendieron Inglaterra de los alemanes durante la 2ª Guerra Mundial. Bajo hasta el Barbican y subo de nuevo al hotel. Acabo totalmente empapado. Es mi último trote por las islas. Mis zapatillas han corrido en Italia, Francia, Irlanda, Irlanda del Norte, la Isla de Man, Escocia, Gales e Inglaterra. No está mal para unas New Balance compradas en Madrid.

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Cargo la moto y me dirijo al ferry. Es impresionante, hay como veinte o treinta motocicletas. Delante de mí hay dos aprilias radicales conducidas por unos ancianos de más de sesenta años. Encuentro a tres compatriotas. Una pareja en una honda Varadero y un hombre en una BMW GS 1200. Han recorrido Escocia durante tres semanas. Les ha llovido casi todos los días. Subimos las motos. El barco es gigantesco, es el más grande de todos los que he usado hasta la fecha. La tripulación es francesa. Mi camarote está muy bien, casi de lujo, pero el precio es disparatado. 224 libras por viajar solo. Pero la comida del buffet es buena y el vino tiene buena pinta. Al fin y al cabo estamos en una nave francesa y eso se tenía que notar. Pero yo sigo prefiriendo Italia.

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El pasaje del barco lo constituyen en su mayoría jubilados británicos. Septiembre es la época vacacional de los ancianos. El horizonte se puebla de canas y achaques. ¿Y yo? ¿Qué voy a hacer cuando regrese? No lo sé todavía. Por delante tengo ocho meses de excedencia. Creo que un buen plan sería recorrer algo de España, saltar en paracaídas, ir a Denia, Huelva y Gijón, la concentración de motos antiguas de Colombres… y escribir, claro.

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La mañana del lunes salgo a correr por cubierta. El barco es enorme y hace sol. Es delicioso. Desayuno y escribo en el camarote. Llegamos a Santander. La ciudad reluce desde el mar. Cuando bajo a la bodega, encuentro más de ochenta motos. Es impresionante. Entablo conversación con unos ingleses. Son simpáticos y están entusiasmados con la idea de montar en moto bajo el sol español. Atracamos y poco a poco el atasco de motocicletas se va deshaciendo. Salimos al muelle y allí encontramos un policía nacional y un guardia civil intentando contener una impaciente multitud de moteros ingleses. Cuando me paro delante del policía oigo como me exige de forma bronca y con un acento horrísono el “pazport”. Definitivamente, estoy de vuelta.

 

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Un pensamiento en “100 países en moto por por orden alfabético. Nº30 Gales

  1. Todo iba bien hasta que he visto la estatua de ese cobarde pirata inglés llamado Francis Drake, el más sanguinario de los piratas del siglo XVI, famoso almirante, enaltecido por Isabel I. Familiar de otro bucanero, también distinguido por su reina, John Hawkins. Drake consiguió el más grandioso botín recordado en la historia de la piratería: dos galeones españoles que transportaban innumerables riquezas fueron asaltados, lo que le supuso que Isabel I lo armara caballero. La Guerra Anglo-española se alargaba en tiermpo y pese a las esperanzas iniciales de Inglaterra tras el desastre de la Gran Armada de FelipeII, lo cierto es que no iba bien para ellos tras su fracaso en La Coruña y Lisboa de 1589 (La Contra Armada) y su derrota en la batalla de las Islas de las Flores del año siguiente, en la que se perdió el galeón real Revenge, insignia que había sido de Drake en las dos citadas campañas. A pesar de los numerosos intentos, los ingleses no habían podido capturar la flota de las Indias ni arrancar ningún territorio del Imperio español. Ante este cúmulo de adversidades el pirata Drake presenta a la reina Isabel un audaz plan de ataque a las posesiones españolas en el Caribe, con el objeto, aparte de los habituales saqueos y asesinatos de la población civil, de establecer una colonia inglesa en Panamá, desde la cual amenazar a todo el Imperio español en América. Isabel I accedió pero impuso a Drake un mando conjunto con el pirata John Hawkins y general Baskerville. Así se organizó la mayor flota enviada hasta ese momento contra las posesiones españolas de ultramar, con 26 naves y 4500 hombres. Al poco de partir de Inglaterra, los ingleses comienzan a sufrir las privaciones de alimentos y agua. Deciden entonces atacar Las Palmas de Gran Canaria pero perderían el factor sorpresa. Tras ser fustigados por los cañones españoles, los ingleses huyen con destino a la Gomera, donde pudieron abastecerse de agua y comida en una zona despoblada y seguidamente pusieron rumbo a América el 6 de octubre de 1595. Le llegó información a Drake de que el galeón español Nuestra Señora de Begoña, comandado por don Sancho Pardo Osorio iba cargado de riquezas valoradas en 3 millones de pesos de plata y había llegado a San Juan de Puerto Rico. Rápidamente ordenó poner rumbo a Puerto Rico para apoderarse del tesoro. Los españoles sabedores de las intenciones de Drake de saquear y apoderarse de los bienes de España tras su paso por Las Palmas de Gran Canaria, mandan de inmediato 5 fragatas, buques de nuevo diseño, al mando de Pedro Téllez de Guzmán. Tan rápidamente fueron que tuvieron su primer enfrentamiento antes de llegar a San Juan con parte de la flota de Drake, combatiendo con 7 buques y apresando al Francis. El 22 de noviembre aparecen los piratas frente a San Juan y empiezan mal las cosas para los ingleses, el buque insignia de Drake fue alcanzado, estando éste en su propio comedor reunido con varios capitanes. Según Fernandez Duro, las fuentes españolas indican que fue en esta acción cuando murió el pirata Hawkins contradiciendo así a los ingleses que decían que había muerto de enfermedad poco antes de llegar a Puerto Rico. Tras varios tanteos comienza el ataque aprovechando la oscuridad de la noche. Los ingleses incendian tres fragatas pero el fuego ilumina la escena de combate y los españoles acribillan a balazos a los ingleses perdiendo en este ataque 400 soldados, haciendo fracasar a los ingleses. Hubo un intento menor de desembarco prontamente rechazado así que Drake ordenó el 25 levar anclas y abandonar el escenario de su segunda intentona y segunda derrota. A primeros de enero de 1596 se presenta en Nombre de Dios (Panamá); buscaban una victoria rápida para luego entretenerse saqueando pequeñas poblaciones abandonadas de las que poco pudieron obtener y que incendiaron por despecho. Drake ordena el ataque, con más de 1000 soldados, contra Fuerte San Pablo defendido por 70 infantes. Los españoles además de diezmar a los ingleses consiguen, con un pequeño refuerzo de 50 hombres, provocar la huida desordenada de los atacantes causando no menos de 400 hombres entre las tropas de Baskerville. Tras ser derrotado de nuevo en Panamá frente a un ejército diminuto de 120 soldados españoles mandados por los capitanes Enríquez y Agüero, a mediados de enero de 1596, a los 56 años, Drake enfermó de disentería muriendo frente a las costas de Portobelo, Panamá, quedando el mando de la expedición a cargo de Thomas Baskerville.

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