100 países en moto por orden alfabético. Nº28 Georgia


escultura moto

Georgia supone entrar en el salvaje este. Este país es para mi el territorio de la perfecta indefinición: ni Oriente ni Occidente. He estado allí cuatro veces. La primera en 2009, cuando regresaba de mi primera gran aventura, Asia Central contada en La emoción del Nómada. Luego en 2013 en mi Ruta Embajada a Samarcanda. Fui y volví por el mismo camino  que pasaba por Georgia. La última ha sido durante el rodaje de la 3ª temporada de la serie de TVE Diario de un Nómada, Operación Ararat.

Georgia en tiempos griegos era la Colquis, famosa por el relato del Jasón y sus argonautas en busca del Vellocino de Oro. Los romanos dibujaron una división entre la occidental Cólquida y la oriental Iberia, reinos que ya en el siglo IV reconocieron el Cristianismo, religión que mantendrían firmemente a pesar de verse rodeados de vecinos musulmanes, como persas, otomanos y mongoles, que los invadieron y sojuzgaron hasta casi aniquilar a los georgianos.

ruina moto

En el siglo XVIII los rusos se aprestaron a defenderlos de los persas, lo que supuso su anexión al Imperio del Zar, algo que los nobles georgianos tampoco aceptaron de buen grado y protagonizaron sucesivas revueltas que derramaron más sangre sobre la ya convulsa historia del país. Tras la Revolución Bolchevique, Georgia vivó un corto sueño de independencia democrática de 1918 a 1921, año en la que fue invadida por el Ejército Rojo, incorporada la Unión Soviética y obligada a ceder territorio a todos sus vecinos: Turquía, Armenia, Azerbaiján y Rusia.

moto bloques gori

En 1991, tras el colapso de la USRR, declaró su independencia, pero la intervención pro-rusa provocó una guerra civil que duró hasta 1995 con episodios de limpieza étnica de georgianos en Abjasia y Osetia del Sur. Rusia bombardeó Tiflis todavía en 2008 y la artillería solo cesó con la visita sorpresa a la capital Georgiana de Nicolás Sarkozy, entonces mandatario francés, único personaje de relieve internacional que tuvo cojones para hacer algo ante la pasividad del mundo entero.

georgian friends

Recuerdo que cuando estuve aquí en 2009 me llevé un sobresalto al entrar en un café a oscuras. Cuando estuve dentro vi que había una mesa con nueve o diez hombretones de aspecto inquietante. Parecían gánster o paramilitares. Estábamos muy cerca de Osetia del Sur, ocupada por las tropas rusas. Los tipos me miraron con curiosidad y me preguntaron directamente quién era y qué hacía por allí. Contesté que era español y que viajaba rumbo a Turquía. Sus rostros se iluminaron, me ofrecieron un sitio en su mesa y me invitaron a comer sin dejarme pagar nada. Odiaban a los rusos. Si yo no era ruso era bienvenido en Georgia. Me despidieron con besos y me desearon buena suerte. Pensé entonces en que si yo hubiera sido ruso tal vez habría desaparecido sin más. Esa gente tan amable y bondadosa me habría matado sin pestañear, pero cono no era ruso me invitaron a comer sin dejarme pagar nada.

moto carretera caida

Kapucinski observó que los habitantes del Cáucaso tienen en la mente archivado un mapa distinto al que veríamos al examinar la cartografía clásica, muy diferente al que nos ofrece Google Maps. Es el mapa de la supervivencia, el de los amigos y los enemigos. Esta carta náutica es muy diferente al que nos ofrece Google Maps. Es el mapa de la supervivencia, el de los amigos y los enemigos. este los dejáutica le advierte de donde vive cada miembro de su tribu o clan, y de donde viven los que pertenecen al contrario. “Ojo, que en esta casa vive un osetio, aquel es un pueblo abjacio, ese sendero lo controlan los chechenos.” El Cáucaso es un mosaico de clanes, grupos, tribus, familias, y este fragmentado universo étnico solo lo entienden los que forman parte de él.

campesina

La cortés policía georgiana y los relucientes edificios nuevos de Batumi son el mejor escaparate de lo que el país quisiera ser: Europa. Las vacas sueltas, los conductores homicidas y las pobres colmenas grises de factura soviética son la fotografía de lo que es Georgia en realidad: un país que flota entre dos mundos sin ser aceptado por ninguno. Ni es Oriente ni es Occidente. Demasiado occidental para los orientales; excesivamente oriental, pobre y lejano para los occidentales. Georgia nada entre dos aguas y a pesar del abandono al que la condena Europa y al acoso al que la somete Rusia, no se ahoga. Pero tampoco despega, a pesar de que Batumi, ciudad del Mar Negro y único gran puerto comercial del país, vive un frenesí edificatorio de torres, rascacielos, hormigón, acero y cristal. Pero a pie de calle, los taxis son viejos ladas y los hombres vegetan en el desempleo y el vodka.

barriada

Así la describí en el 2009 “La línea de Batumi, ciudad portuaria del Mar Negro, se divisa a lo lejos. En ella encuentro ambiente turístico y mucha chatarra acumulada. Toneladas de óxido emergen del mar. Son barcos abandonados, inservibles, esqueletos de un fracaso político, social y económico. Es Georgia. Setenta años de locura no pasan en balde. Todo el país está plagado de ruinas industriales que ya no producen sino desencanto y tristeza en el viajero.”

edificios batumi

El horizonte portuario de grúas oxidadas e inservibles revela que todavía estamos en una ex república socialista soviética, pero en cualquier caso, la ciudad ha dado un enorme salto hacia delante en cuatro años. Desde mi primera visita en 2009 mucho han cambiado las cosas. Un gran paseo marítimo por el que iré a correr los dos próximos días, un Sheraton y un Radisson demuestran que el turismo es una industria floreciente. Intento encontrar el hotel donde me alojé aquella vez pero resulta imposible. Mi memoria no da para tanto, de modo que lo intento en un modesto establecimiento que descubro cerca del puerto. El hotel De Ville. La primera impresión es de ser un prostíbulo, pero la habitación es barata, unos 25 euros después del regateo, y al dar a la parte trasera no oiré el ruido del bar que hay en la entrada.

Pasaré dos días aquí, conviviendo con las empleadas, que no son putas aunque lo parezcan, y con los clientes, quienes tampoco son proxenetas, aunque lo intenten. Trabajo sin pausa en la habitación y desayuno y ceno en la básica cocina, atendido por una mujer gruesa y simpática que lava mi ropa y me prepara ensalada, arroz y gulash. No necesito ir a ningún sitio aparte de correr por el paseo marítimo, tengo la Batumi más real en tres cuatro metros cuadrados y en este picante estofado de carne.

balalaikas

Recorro la carretera principal hacia Gori y tras dejar atrás el litoral, nos rodean verdísimas montañas salpicadas de poblaciones decrépitas y cientos, miles de grandes camiones. Esta es la ruta que va de Turquía a Azerbaiján y los pesados TIR son mi pesadilla y mi peor enemigo. También la lluvia, que lo pone todo todavía más complicado.

monasterio 5

Aparece el monasterio de Ubisa. Leo que es del siglo IX. Desciendo por una estrecha y destruida carretera. Encuentro una mujer paseando una enorme cerda y varios lechones. Son como sus perros. Le pregunto por el templo y me señala una sólida construcción de piedra dentro de un patio. En el interior hay expuesto merchandising religioso pero nadie para vender o cuidarlo. Dentro de la capilla hay iconos y frescos muy deteriorados y una gran paz y un profundo silencio. Cojo un puñado de crucifijos y anillos, cuento el dinero que cuestan según los precios marcados y enciendo tres velas. Una por los que quiero, otra por los que no conozco, y otra por mí, para que Dios me ayude a ser mejor persona y a combatir mi enorme egoísmo.

ayuntamiento gori

Llego tarde y mojado a Gori. Paso por delante del ayuntamiento y me llevo una sorpresa. Ha desaparecido la enorme estatua que tenía Stalin. ¡Maldita revisión histórica buenrollista! Y no es que sienta simpatía alguna por semejante criminal megalómano, responsable del asesinato de millones de personas, pero el pétreo homenaje que la ciudad dedicaba a su hijo más conocido suponía una presencia que esperaba reencontrar. Hace cuatro años entré en esta población y literalmente aluciné con la profusión de estatuas y recuerdos a Stalin. De hecho la avenida principal de Gori se llama Stalin. Entonces hice una foto con mi BMW de entonces y para mí el monumento al dictador ha sido un recuerdo imborrable, un símbolo de mi viaje al Este y a la antigua Unión Soviética.

gori (14)

Esperaba hallar la gigantesca figura de Stalin como signo de mi regreso y hacer una nueva fotografía con la nueva moto. Pero en su lugar solo encontré ausencia. Para un visitante primerizo, la plaza del ayuntamiento solo tendría eso: una plaza y un ayuntamiento, pero para mí tiene un enorme vacío, un agujero sobre el aire que casi lo ocupa todo. Sé que no está, pero incoscientemente la busco y siempre topo con el vacío.

Al menos el museo permanece. Y casi enfrente, el hotel Intourist. El hall es inmenso, pero la recepción es diminuta. Dentro hay un chico y una chica. Piden 70 laris. Ofrezco 60 y lo aceptan. Mañana ofreceré 50 y también los aceptarán. Por ese precio tengo derecho a un autentico palacio soviético de gruesos muros, columnas, largos pasillos, ausencia de cafetería, restaurante o huéspedes. Estamos solos el casino y yo. Y es que hay un casino abierto las 24 horas en la primera planta. En la segunda no hay más que obras y habitaciones devastadas por un incendio. En la tercera hay más de veinte cuartos y solo uno ocupado. El mío. El número 4. Con dos camas duras, un baño limpio y una terraza con vistas al alargado parque de la avenida Stalin que nos llevará a la casa original de Stalin, al tren privado de Stalin y al museo de Stalin. Pero eso será mañana. Hoy estoy agotado, de modo que voy al bar de al lado del hotel y pido ensalada y dos cervezas, pero antes de que pueda pedir una tercera me exigen que abandone el local que la camarera quiere irse. Stalinismo hostelero en Gori.

hotel 4

El museo es un auténtico delirio. No hay asomo de crítica o censura, es como si Hitler tuviera un museo en su pueblo. Aquí no ha habido perestroika, ni revisión histórica, ni caída del Muro, ni paz, piedad y perdón. Esto es droga dura y se mantiene inalterada desde los tiempos oscuros de la época de las purgas, las deportaciones y el GULAG.

avenida stalin

Stalin, hijo único y cruelmente maltratado por un padre alcohólico, gobernó la Unión Soviética con mano de hierro desde 1929 hasta su muerte en 1953. Aupado por Lenin a un cargo político aparentemente hueco, fue maniobrando incluso antes de la muerte de su mentor hasta hacerse con el poder absoluto. Lo usó como un depredador despiadado en busca de su supervivencia a toda costa. Deportó pueblos enteros y purgó a cualquiera del que sospechara desafección.

estatua

La institución la fundó el mismo Stalin en la calle donde estaba su humildísima casa de niño. Derribó el barrio primitivo y construyó un mamotreto de cemento para mayor gloria suya, pero, romántico él, mantuvo en pie la vivienda familiar como testimonio de la dureza de su infancia. Su padre era zapatero y su madre, ama de casa. Como tantos otros chicos, pienso yo, que prefirieron ser zapateros y casarse con un ama de casa antes que asesinar a millones de persona y deportar otras tantas. Aquí esa fruslería parece no importar demasiado. Su rostro se repite en decenas de fotografías. Es el retrato de un héroe que se fugó cinco veces de las prisiones en que lo encerraron.

casa original 2

Durante años la propaganda anticomunista le imputó entre cuarenta y sesenta millones de muertos. Se ha demostrado que tales cifras eran falsas. Lo verdaderamente grave de la exageración es que parece hacer menos grave el dato contrastado según los propios archivos soviéticos. Un millón cuatrocientos mil rusos murieron por haber sido condenados por actividades antirrevolucionarias. Eso es sin contar a los campesinos deportados y los soldados muertos en el frente en campañas bélicas suicidas o ejecutados por deserción o derrotismo. Lo realmente terrible es que la inflación de estas cifras nos haga sentir menos horror ante un millón de muertos que ante cuarenta.

casa original

Lo peor de las reflexiones que me suscita este atroz museo no es que no haya en él nada que censure al dictador y su fría crueldad, sino que de nuevo vulevo a ser consciente de que debido al fenómeno del kilómetro emocional nos sentimos igualmente fríos ante la muerte de un millón de desconocidos que ante cuarenta millones. Seguramente y por pura cercanía nos afectará más ver sufrir a un perro conocido que enterarnos que en el otro confín del planeta están siendo asesinadas millones de personas. Llevado al extremo este sentimiento de no considerar cercanos a quienes no conocemos, deriva en la patología social de no reconocer como iguales a los que conocemos mal o de forma incompleta. Estimulando ese defecto moral es como los totalitarismos han logrado convencer a zapateros, panaderos o abogados de que podían, de que debían ser verdugos de sus vecinos por ser judíos, contrarrevolucionarios o comunistas.

museo 6

Nada se dice, sin embargo, de sus horrendos crímenes, pero sí se expone el tren personal del dictador con sus aposentos personales, sobriamente principescos. Paseando por el interior del vagón, observando los delicados cueros y maderas con los que se regalaba Stalin, pienso en que hay algo en todo este sencillo lujo que me recuerda a Graceland, la mansión de Elvis Presley en Memphis. Él también tenía su propio y particular modo de transporte, aunque en su caso era un avión a reacción llamado Liza Marie con las hebillas de los cinturones de seguridad hechas de oro macizo. Con dos cojones. Le comento a la guía este paralelismo y adopta expresión de no entender a qué carajo me puedo estar refieriendo al comparar al camarada Stalin con un rockero americano, aunque el hecho cierto es que al menos sí sabe quién fue Elvis Presley. Algo es algo. No todo está perdido en Gori.

vagon stalin 2

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