100 países en moto por orden alfabético. Nº25 Etiopía


 

miquel y niños

Etiopía es el único país africano, junto con Liberia, que nunca ha sido colonizado. Está en el este del continente, debajo de Sudán y encima de Kenya. Lo recorrí en el 2011 durante mi vuelta al mundo en moto Ruta Exploradores Olvidados y era precisamente mi objetivo en África pues allí se encontraba un pedazo de historia española bastante desconocida: el descubrimiento de las fuentes del Nilo Azul por el jesuita madrileño Pedro Páez de Jaramillo. Lo que sigue es un texto que un día formará parte del libro sobre aquella vuelta al mundo tan especial.

 

Uno de los más sugestivos mitos del medioevo fue la existencia en tierra de infieles del próspero reino africano del Preste Juan. Durante siglos, la búsqueda más allá del Sahara de un legendario y rico territorio donde regiría un príncipe cristiano, mitad gobernante, mitad sacerdote, fue un anhelo tan poderoso como luego lo sería la del Dorado en América. Los primitivos exploradores europeos de los siglos XI al XVI persiguieron con ahínco un sueño que los sucesivos avances geográficos se encargaban de desvanecer. Hasta que Bartolomé Díaz dobló el Cabo de las Tormentas en 1488 y abrió la ruta africana hacia las Indias Orientales que realizó por primera vez Vasco de Gama diez años después. Cuando los portugueses exploraron la costa este del continente negro se toparon con lo que tantos habían perseguido: el imperio del Negus: un rey cristiano que gobernaba una nación cristiana rodeada de musulmanes: Etiopía.

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La única frontera abierta hoy entre Sudán y Etiopía es la de Metema/Galabat. En la oficina de inmigración comprueban mi visado, me hacen una foto y graban mis huellas dactilares con un escáner. Por último, las preguntas de rigor: profesión y domicilio en Etiopía. Como nunca sé donde voy a alojarme, uso la táctica que ya expliqué en mi primer libro de viajes por África Un millón de piedras. En cualquier agujero, por inmundo que sea, siempre hay un Gran Hotel. Así que respondo: Gran Hotel de Addis Abeba.

 

Salgo a la calle, aunque en realidad no es una calle propiamente dicha sino un sendero embarrado que atraviesa dos puertas que separan mundos completamente diferentes. La “oficina” de cambio de moneda es un colmado hecho de tablones. El dependiente es un joven con una gran cruz colgando del cuello. Muchas mujeres la llevan tatuada en la frente. La religión es omnipresente en Etiopía. El cristianismo llegó en el siglo IV gracias a dos misioneros sirios. Fue durante el periodo histórico conocido como reino de Aksum, etapa de gran esplendor comercial y político que se prolongó desde el año 400 AC hasta el siglo VII de nuestra era, en la que Etiopía quedó definitivamente aislada de la Cristiandad por el ascenso de los árabes como poder hegemónico en toda la región.

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Sin embargo, el Islam no supuso una verdadera amenaza militar para los emperadores etíopes, autoproclamados descendientes de Salomón y la Reina de Saba, hasta el siglo XV el Imperio Otomano, sucesor de los antiguos califas, puso sus miras en las fértiles tierras altas de Abisinia y con ayuda del líder musulmán etíope Ahmad bin Ibrahim Al Ghazi declaró una sangrienta Jihad contra los cristianos. Cientos de iglesias fueron destruidas. Solo una intervención militar portuguesa salvo el reino del Preste Juan.

El cambista abre una gaveta cerrada con candado y saca el fajo de billetes más sobado y sucio que haya visto jamás. Un dólar equivale a 17 birrs, un euro a 23. Pido que me lleven a hacer una compra urgente. Aparezco en un patio agradable donde hay varios clientes. Mis acompañantes abren una cámara frigorífica y al fondo reluce el tesoro. ¡Botellas de cerveza! Quince días de abstinencia islámica sudanesa van a tocar a su fin. Dashen, la más barata, cuesta 10 birr. St George, la más popular, 13. La botella de agua cuesta también 10 birr. La cosa está clara, me llevo 4 botellas de cerveza y dejo el agua para otro momento.

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Verdísimos montes nos rodean; están divididos en cuadrículas de labor. Aquí maíz, al otro lado cebada, más allá cebollas y pimientos. Todo un abanico de tonalidades verdes que refulgen bajo el sol. Esta zona alta es un vergel. Sin embargo, no es oro todo lo que reluce. Etiopía ha sufrido una atroz deforestación para alimentar su creciente población de más de 75 millones de habitantes. Los árboles que más abundan son los terribles eucaliptos que crecen rápido, dan mucha madera pero empobrecen el suelo.

La carretera hasta Gondar es de buen asfalto aunque es obligado compartirla con burros, vacas y cabras. Revirada, atraviesa decenas de aldeas aferradas a las laderas de los montes. Las casas están construidas con techo de paja y un armazón de madera sobre el que se aplasta barro para armar paredes. Hay gente por todas partes. La mayoría saluda alegre. Los niños corren detrás del motorista maullando “yuiyuiyui”; yui significa extranjero. Todos tienden la mano pidiendo dinero. El limosneo llega a ser asfixiante. Sin duda es peor que en cualquier otro país africano en el que haya estado. Y en cuanto a la leyenda de que tiran piedras, es cierta. Algunos de estos niños pedigüeños son también hábiles honderos y hay que andarse con ojo.

castillo gondar piedra delante 2

Gondar es conocida como el Camelot Africano. En el centro asaltan los típicos guías de ocasión para visitar el castillo de Fasilides, quien convirtió la ciudad en su capital en el siglo XVII. Fasilides era hijo de Susinios, el emperador amigo del jesuita madrileño Pedro Páez (Olmeda de las Cebollas, 1564), mi explorador olvidado del África del Este.

Enviado desde Goa junto a otro sacerdote, su viaje no fue fácil. Disfrazados de mercaderes armenios, su barco fue abordado por piratas yemeníes. Hecho prisionero, fue obligado a recorrer a pie atado a cola de caballo el inmenso desierto de Yemen, donde pasó esclavizado seis años antes de poder ser rescatado. Tras regresar a Goa, conseguiría pisar Etiopía en 1604.

Coincido con un grupo de españolas. Han visitado las cataratas del Tisisat. ¿Alguien allí les ha explicado quien fue el primer europeo que vio ese lugar? Se encogen de hombros. No, nadie les ha dicho nada. Cuando les comento que fue un español llamado Páez se quedan perplejas.

niños en patchwork

Susinios le brindaría la oportunidad de visitar en las montañas Sahalal las fuentes del Nilo Azul al sur del Lago Tana, en las proximidades de las cataratas del “Agua que echa humo”, situadas a 30 kilómetros por una pista sin asfaltar de la agradable ciudad lacustre de Bahir Dar. Suceso que finalmente se produciría el 21 de abril de 1618 y que él describiría con estas sencillas palabras:

“Y confieso que me alegré de ver lo que tanto desearon ver antiguamente el Rey Ciro y su hijo Cambises, el Gran Alejandro y el famoso Julio César.”

Aunque el torrente ha menguado mucho debido a una cercana central hidroeléctrica y ya no es tan espectacular como antaño, confieso que también me alegro de ver lo que vio Pedro Páez, uno de los españoles con los que la Historia ha sido más injusta y al que quiero rendir homenaje con mi viaje, que sin pretender compararse con el suyo, también ha sido duro y difícil al haberlo hecho en moto desde España arrostrando penalidades, burocracias fronterizas, tormentas de arena, algún riesgo y bastante cansancio.

miquel rodando seguido niños

Más allá de Azezo el camino se torna pista de grava durante cincuenta kilómetros. Una gran nube se asienta sobre el horizonte. Pronto adquiere una tonalidad ominosa, gris plomo, preñada de lluvia. Empieza a descargar. El terreno se convierte en una resbaladiza pista de patinaje y el agua fría penetra hasta la ropa interior. Sin embargo, no puedo cejar porque no hay más cobijo que las chozas de los campesinos.

Enfilo la embarrada senda, atravieso otro poblado lleno de animales, de niños y de ojos curiosos, subo una loma y entonces lo veo. Al fondo, marrón y agitado, el Lago Tana. Una larga recta lleva hasta Gorgora, que no es más que una aldea con apenas un centenar de casas de barro.

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Poco después aparece otra señal. “Tim & Kim camping”. La senda es estrecha y escarpada. Tras una curva a la izquierda, se aplana y surge el paraíso absoluto. Ante mí aparecen unos pequeños lodges cónicos con techumbre de paja. Un joven europeo con largo pelo rizado me recibe con un apretón de manos y una sonrisa. Es Kim, el holandés errante que gobierna este sencillo complejo para overlanders.

Durante la cena sirven un plato de patatas gratinadas con queso. Lo devoro y bebo una cerveza tras otra. Parezco náufrago. Hablo por los codos. Cuento por qué estoy aquí. Busco al “descubridor” español de las fuentes del Nilo Azul.

—Ah, Pedro Páez.—dice Tim.

Miro a mi anfitrión con sorpresa.

—¿Lo conoces?—comento.

—Sí—asiente—, me apasiona la historia de Etiopía.

La oscuridad nos rodea y los mosquitos zumban a nuestro alrededor.

—¿Sabes que Páez convirtió al catolicismo al emperador Susinios?.

Tim asiente.

—Esa conversión tuvo mucho que ver con la política. Susinios se las veía con un enemigo formidable: El Islam. Amenazados por los cuatro puntos cardinales, los portugueses eran un gran aliado, pero le prestaron ayuda a cambio de admitir a los jesuitas en un territorio de recia tradición ortodoxa. Tras la conversión oficial del emperador a una fe extranjera comenzó una guerra civil que supuso la muerte de decenas de miles de campesinos coptos. Fasilides retornó a la ortodoxia y expulsó a los colonos portugueses. Fue el fin del catolicismo en Etiopía.

—Pero al menos quedará el palacio que diseño Páez para Susinios—comento casi preocupado. Para mí es vital visitarlo.

—Hoy es una pura ruina—comenta Tim—. Apenas queda en pie algún arco. Todo está cubierto por la maleza. Es el reino de las serpientes. Has de ir en barco. La carretera es intransitable. Los puentes han caído. Yo no he conseguido llegar en mi 4×4.

—¿Hay allí alguna tumba?

Mi interlocutor niega con la cabeza mientras da un largo trago a su cerveza y me mira con curiosidad.

—¿A qué te refieres?

—Páez está enterrado ahí. Regresó a Gorgora varias veces para supervisar la construcción del complejo. Cada viaje debía suponer un gran esfuerzo para un hombre que ya tenía casi sesenta años. En su última visita cayó enfermo. El 25 de mayo de 1622 moría aquí.

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Al día siguiente salgo en busca del Palacio de Susinios en mi moto desprovista de equipaje para hacerla más ligera. Llego al primer escollo anunciado en el croquis que ha dibujado Tim: el puente caído. Debo vadear un torrente cuyo cauce está lleno de grandes piedras de aluvión. Estas rocas picudas y sueltas serán una angustiosa constante. Saltan en todas direcciones y se desplazan de sitio al pisarlas. Proceden de la antigua calzada que llevaba al palacio. Es como si un arado gigante hubiese clavado su metal en mitad de la vía y hubiese arrancado todas las piedras dejándolas en la peor posición posible. Sobre esta especie de colchón de fakir resulta casi inconcebible rodar. A veces solo queda una estrechísima vereda por la que apenas puede pasar una persona, una vaca, un burro, un par de cabras y ahora una BMW R1200 GS bautizada Atrevida. Su nombre se está demostrando en estos momentos como totalmente adecuado.

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Acelero, meto la rueda en los surcos, vuelo sobre las aristas pétreas y supero poco a poco la trampa. En estos comprometidos momentos es cuando de verdad agradezco haberme provisto de un juego de amortiguadores TFX made in Holland. De altísima calidad y con botellas de aceite independientes para el delantero y el trasero, No hacen tope ni una sola vez. La recuperación resulta asombrosa para una montura tan pesada. En cuanto al agarre, lo tengo garantizado gracias a las cubiertas de tacos Continental TKC 80. Las mejores del mercado en su sector. Tampoco temo una caída. La moto va blindada con todo tipo de defensas.

 

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Una vez alcanzada una meseta, me admiran las asombrosas vistas. El lago estará a unos 10 kilómetros sobre los que se extiende una sucesión de suaves y fértiles colinas exuberantes en sembrados, bosques y granjas. Campesinos y vacas recorren este idílico horizonte. Este escenario es lo más parecido que he visto nunca al Jardín del Edén. Sobre nosotros sobrevuelan las rapaces, verdaderas señoras de los cielos de Etiopía.

Insisto. Dejo atrás otro millón de piedras y entonces encuentro una senda plana y bucólica que serpentea entre campos de maíz. Al final se erige una montaña sobre una pequeña península en el lago. En la cima descubro el roto perfil de unas ruinas.

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Al final de la vereda, comienza una ascensión pronunciada. Al paso abierto en la maleza no se le puede llamar siquiera camino. Clavo las botas sobre las estriberas, me yergo sobre la moto, alzo la vista, aprieto los dientes y acelero sin miedo. La selva nos traga. Los personajes que salen a ver qué demonios está pasando forman parte de otra categoría de campesinos. Saludan pero no piden nada. Signo claro de que por aquí no se acercan muchos hombres blancos. Realmente primitivos y aislados, estos etíopes son centinelas de un tesoro cuyo valor desconocen.

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Llego hasta la planicie y solo encuentro en pie el esqueleto del palacio y los restos de un torreón. A su lado yacen esparcidas las piedras que forjaron los muros de la Iglesia. Los labriegos han ido desmontando paulatinamente el complejo para construir sus casas. Dentro de poco no quedará nada. Huele maravillosamente a hierbabuena. Los pájaros trinan con mil voces diferentes.

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Apenas queda derecha una arcada con delicadas celosías portuguesas. No hay nada que aquí recuerde a Pedro Páez. La Unesco y el Gobierno Etíope han rehabilitado otros templos, palacios y castillos, y su buen dinero cobran por ello, pero nadie se ha acordado de que aquí yace un hombre decisivo en la historia de Etiopía. El inglés Speke tiene una placa en el Lago Victoria de Uganda como descubridor de las fuentes del Nilo Blanco. Páez un agujero negro en un lugar remoto.

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Cuán diferentes son las naciones en el trato dispensado a sus hijos. Sin embargo, aspirando el aroma preñado de selva y contemplando este paisaje perfecto no puedo evitar recordar el atroz circo de turistas montado alrededor del castillo de Gondar. Ante esta soledad perfecta pienso que éste quizá sea el mejor homenaje que pudiera tener Pedro Páez.

 

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Categorías: 100 Países en Moto | Etiquetas: | 1 comentario

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Un pensamiento en “100 países en moto por orden alfabético. Nº25 Etiopía

  1. Fantástico relato y estupenda reproducción en you tube. Más de Pedro Páez en el libro de Javier Reverte “Dios, El Diablo y La Aventura “. También en el http://www.ivoox.com/3059713

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