100 países en moto por orden alfabético. Nº21 Ecuador


 

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Ecuador fue el 8º país en mi viaje por Sudamérica para filmar la 1º temporada de la serie para Televisión Española Diario de un Nómada. En ese país lo que buscaba era por un lado hacerme la típica foto en la línea Equinoccial pero sobre todo seguir el rastro del gran explorador Francisco de Orellana, quien embarcó en la selva del Oriente Ecuatoriano para acabar descubriendo el gran río Amazonas. El siguiente texto está extraído del libro Diario de un Nómada, donde relató la gran aventura que supuso hacer ese viaje panamericano y las dificultades de un rodaje tan complejo con muy limitados medios.

Al atardecer entramos en la ciudad de Coca, también conocida como Puerto Francisco de Orellana. Es una población de reciente creación, pero no es moderna, sino fea, caótica, desordenada y algo sucia. Los arrabales son espantosos y hay mucho tráfico. Vive por y para el petróleo. Una gran población de empleados solteros de las petroleras viven aquí. Los precios son altos por esa razón. Y también por eso abundan los bares y las prostitutas. No nos gusta el sitio pero no nos queda más remedio que quedarnos porque aquí es donde Orellana construyó la balsa y se embarcó rumbo a lo desconocido.

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Atravesamos la urbe entre coches, motos y camiones y llegamos a un puente. Por fin aparece el gran río que lleva al Amazonas. Calmo, caudaloso, implacable. La visión del enorme cauce de color violáceo con las luces de la ciudad al otro lado, todo rodeado de selva, es impactante, uno de los espectáculos más bellos que he visto en este viaje sobresaturado de belleza natural.

 

El río Napo. Aquí llegaron los expedicionarios y construyeron un bergantín. Se separaron aquí. Francisco de Orellana iba a busca alimentos y Gonzalo Pizarro lo esperó, pero su socio nunca regresó. Encontró el Amazonas y llegó hasta el Atlántico.

 

No nos da tiempo a nada más porque se hace de noche con inaudita violencia. En un abrir y cerrar de ojos ya no se ve nada y tenemos que regresar al centro. Intentamos algunos hoteles pero los precios en dólares son disparatados. Al final encontramos uno en un barrio feo y degradado, pero tiene un gran aparcamiento y acceden a rebajar el precio. Dormimos cada uno en su propio cuarto por veinte dólares, disfrutando así del raro lujo de la intimidad.

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Hemos visto el lugar donde se embarcó Francisco de Orellana, pero eso no es suficiente, hay que ver lo que vio el descubridor cuando ya estaba navegando. Ya que estamos aquí, no podíamos quedarnos sin rememorar la gesta. Hay que navegar el Napo y no quiero hacerlo sólo. Anayansi después de tan largo viaje se merece venir conmigo. Vamos a organizar una pequeña revolución, pero ella se sube conmigo en una barca.

 

Convencido de tan peregrina idea, nos dirigimos al puerto. Hay barcas para turistas que les llevan a dar paseos por el río y también hay botes de carga que transportan mercancías. Alguna de estas embarcaciones ha de poder llevarnos. He subido muchas veces la moto en naos y no es una operación extraña para mí. En el embarcadero me dirijo a los responsables de la cooperativa fluvial y después de contarles mi propósito y las razones para ello, acceden a ayudarme por un precio de auténtico favor: 50 dólares.

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Desciendo la moto por una estrecha pasarela hasta una plataforma al nivel de las aguas. Una pequeña multitud se agolpa en la parte superior de la dársena para no perderse el espectáculo. El cielo está salpicado de nubes pero no amenaza lluvia y el calor es insoportable. Cuando empiezo a maniobrar con la BMW para subirla a un bote, quedo cubierto de copioso sudor. Un chava me mira curioso sentado sobre la barandilla. Parece estar pasándolo en grande.

 

—Es una sauna—le digo bromeando—¿Tú estás acostumbrado, verdad? ¿Te estás divirtiendo viendo esto? Mola, es como el cine, pero de verdad.

 

Los miembros de la cooperativa se unen para ayudarme. Entre todos subimos la rueda trasera y superamos el escollo del alto casco del bote. La moto queda apoyada sobre el carter en la tajamar de la quilla. De ahí no se mueve. Ha quedado perfectamente encajada. La rueda frontal se asoma a las turbias aguas del río. Anayansi parece un auténtico mascarón de proa, una esas esculturas que los barcos antiguos llevaban en la parte delantera.

 

La barca comienza a navegar. Un río marrón zumba bajo nosotros y la selva espesa y ominosa se desliza a los lados. Cualquier cosas puede haber allí enfrente y también en las profundidades. No se ve el fin de esta inmensidad parda. Debería experimentar quizá algo de temor a naufragar en tan frágil barca pero en realidad me siento eufórico. Es asombroso pensar que estoy navegando las aguas que llevan al Amazonas, repitiendo el camino de Orellana, y encima en moto. La verdad es que sí que tengo suerte en la vida. He podido hacer lo que me apasionaba y he podido hacerlo a mi modo.

 

Uno de los responsables de la cooperativa viene conmigo a dar el paseo por el río.

 

—¿Donde estamos exactamente?—le pregunto.

 

—Estamos en el puerto Francisco de Orellana. Estamos especialmente ahorita navegando el río Napo.

 

  • Y este fue el camino que llevó Francisco de Orellana.

 

—precisamente estamos un poco cerca. Es el río Coca donde Francisco de Orellana navegó. Llegó hasta allá desde las cordilleras y navegó el río Coca hasta este lugar.

 

—Ah, digo, entiendo entonces que la ciudad de Coca es justo el lugar donde está la confluencia entre el Coca y el Napo. Y siguiendo este río llegaríamos al Amazonas.

 

—¿En una de éstas cuanto tardaríamos?

 

—En ésta tardaríamos aproximadamente hasta allá un mes.

—Un mes. Cómo tuvieron que pasarlo estos hombres que no estaban acostumbrados a este clima, porque aquí la temperatura media es altísima.

 

—32 hasta 38 grados con una altísima humedad.

 

Me siento solo en la parte delantera de la barca y saco mi diario. La toldilla me tapa del furioso sol. La luz reverbera en las aguas ocres, que a veces parecen hervir. Los árboles de la jungla sumergen sus ramas y raíces en el río. A mi lado pasan algunas canoas hechas de un solo tronco vacío, iguales a las que pudieran usar los habitantes de esta región quinientos o mil años atrás. Contemplo el jardín del edén y siento muy cerca la presencia de los héroes del pasado, esos tipos obsesionados, impulsivos, llenos de defectos y también de virtudes en grado extremo.

 

El 22 de febrero de 1542 Francisco de Orellana se embarcó en algún punto de esta costa fluvial, y el 26 de agosto alcanzó el litoral atlántico de Brasil en la desembocadura del río Amazonas. Lo bautizó así porque durante la navegación fueron atacados por mujeres guerreras. Murió en 1546 intentando remontar el gran río que había descubierto.

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He dado la vuelta al mundo siguiendo el rastro de los exploradores menos conocidos. Siempre me he preguntado qué llevaba a esos hombres a arriesgar la vida y he querido ver los lugares donde la Historia sucedió. Supongo que en realidad lo que yo quería ser era uno de ellos. Y en momentos como estos de soledad ante la atroz naturaleza que dominaran, sueño por unos pocos instantes de ilusa ensoñación que ya lo soy. Y ese sueño justifica todos los esfuerzos. Tú, lector, si estás ahí, sueña y vive para hacer realidad tus sueños aunque sea por unos pocos instantes de ilusa ensoñación porque entonces conocerás el sabor de la verdadera vida.

Puedes pedirme el libro dedicado en info@miquelsilvestre.com

DIARIO DE UN NOMADA

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