100 países en moto por orden alfabético. Nº17 Rep Checa


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La República Checa la conocí durante mi viaje del 2008 para escribir el libro Europa Lowcost y luego repetí al comienzo de mi vuelta al mundo en moto Ruta Exploradores Olvidados del 2010 al 2011. Aquel viaje de 18 meses comenzó en Europa, viajando a Cabo Norte, y de regreso recorrí los países europeos más orientales. Uno de ellos fue Chequia, pero si bien en la primera ocasión visité Praga como destino principal, en la segunda lo hice para asistir a las carreras de Moto GP en el circuito de Brno. El texto que sigue será parte del libro que algún día contará aquella vuelta al mundo en moto.

 

 

Hubo un tiempo no tan lejano en que el mundo estuvo dividido en dos bloques separados por un muro ideológico y misiles con cabeza nuclear. Un tiempo de guerra fría, pasaportes, fronteras y películas de espías. Un tiempo en que cruzar Europa no era sencillo. Había que superar controles, cambiar de moneda y casi, casi de universo. Un tiempo en que la mayoría de españoles que viajaban lo hacían movidos por el hambre y en el que había dos Alemanias, una donde se ataban perros con longanizas y otra en la que a través de los muros los perros escuchaban la vida de los otros. Un tiempo donde existía un país llamado Checoslovaquia.

praga square 2

Pero ese país ya no existe. Chequia es ahora Estado reciente pero de larga historia. Su ciudad más famosa es Praga; monumental y magnífica, antigua y moderna, pero el resto de la nación mantiene todavía una pátina de óxido socialista que salpica la salvaje geografía de un territorio boscoso y agrícola, de suaves colinas, pintorescos valles y sencillos campesinos. Sus habitantes y paisajes todavía parecen estar instalados en dos décadas atrás. Y, afortunadamente, sus precios también. Resulta mucho más barato que Alemania y Austria. La moneda checa está a una relación de 1 euros 23, 7 coronas. Sus carreteras secundarias son estrechas y antiguas. Viniendo desde Munich, las rutas alternativas más directas cruzan infinidad de pasos a nivel sin barreras. Los trenes que se pueden divisar son vetustos y algo obsoletos aunque, como casi toda la ingeniería comunista, resultan toscos pero funcionales. Siguen funcionando.

ciclista checo [HDTV (1080)]

Hoy todo ese pasado de estrellas rojas y héroes del pueblo nos parece un sueño, algo que nunca sucedió, una historia lejana, una batallita del abuelo y un país que ya nadie puede encontrar en los mapas . Pero sucedió. No hace tanto. Veinte años no es nada, cantaba Gardel. Han pasado unos cuantos más desde 1991, pero las huellas de aquella época aun son visibles cuando se cruza una línea que hoy ya no existe en las carreteras pero que de algún modo permanece ahí. Una línea que si bien hoy suele estar trufada de casinos y burdeles, por eso de que el sexo mercenario y el juego es más barato en los países pobres, hace apenas tres décadas lo estaba de policías, militares y agentes de aduanas. Era el Telón, y más allá de él poco se podía ver y poco se sabía.

moto curva checa

Había, sin embargo, algún agujero en el muro. Huecos por donde se colaba algo de aire fresco en los países comunistas. Pequeñas fallas del sistema que dejaban atisbar un poco lo que se cocía al otro lado. Brno era uno de ellos. El viejo circuito urbano de la que es hoy la segunda ciudad más populosa de la República Checa albergaba carreras desde los años treinta. En 1950 comenzó ahí el Gran Premio de Motociclismo de Checoeslovaquia y a partir de 1965 fue sede permanente hasta 1982 de una de las carreras del Campeonato Mundial, cuya primera prueba en este hoy mítico circuito tuvo lugar en 1949. En 1987 se inauguraría un nuevo circuito permanente a unos quince kilómetros de la ciudad en medio de un frondoso bosque. Poco tiempo después caería el muro, la URSS se colapsaría, los Estados satélites se liberarían del yugo y los checos y los eslovacos decidirían ir cada uno por su lado sin disparar un tiro ni soltarse una mala palabra. Y las carreras siguen.

web brno [HDTV (1080)]

¿Cómo y por qué sucedió semejante prodigio en una época de tanta intolerancia? Brno fue en primer lugar un circuito de automóviles donde se disputaron carreras legendarias en tiempos previos a la segunda Gran Guerra. Pero los automóviles son cosas muy serias, muy caras pero también de consumo masivo. Tras el conflicto ya se veía venir que eso de la competición automovilística tendría mucha importancia e influencia, estaba a punto de nacer algo que se llamaría Fórmula 1, de modo que tras la guerra, no se autorizó por la Federación Internacional de Automovilismo permiso a Checoeslovaquia para organizar una prueba de coches en Brno. Pero justo entonces comenzaba también una cosa pequeña, pobre, algo sin importancia de cuatro chalados que montaban unos raros cacharros de dos ruedas.

logo brno

La Federación Internacional de Motociclismo, que debía ser en 1965 algo muy parecido a una modesta reunión de amigos, concedió a Brno una prueba anual del recién nacido Gran Premio de motociclismo. A nadie en ningún establishment pareció importarle que hasta ahí fuera a matarse los pilotos subidos en sus locos cacharros recorriendo a toda velocidad las malas carreteras de la rural y bucólica región de Moravia, de la que Brno es capital. Ahí se pudran esos hippies debieron pensar en uno y otro lado del Telón. Y desde entonces e ininterrumpidamente hasta 1982 y de 1987 hasta la fecha, han acudido pilotos de todo el mundo a correr en uno de los que ha acabado siendo circuitos más míticos del calendario, sobre todo a partir de aparecer en la película Continental Circus de Jerome Laperrousaz.

dentro de brno [HDTV (1080)]

Continental Circus retrata perfectamente aquel mundo de pilotos humildes e insensatos. Es una película imprescindible para conocer como fue la mejor época del motociclismo. El filme sigue durante todo un campeonato a uno de esos héroes épicos que han nacido para ganar batallas y perder las guerras. Jack Findlay, un australiano que se retiró con veinte años de carrera. En su última época era uno de esos “privados” que hacen bulto en la parrilla para que los grandes no corran solos, pero hubo un tiempo, el que retrata la película, finales de los años sesenta, en los que Jack competía seriamente por el título mundial. Pero tuvo la mala suerte de batirse con un genio: Giaccomo Agostini, que era guapo, inteligente y todo lo hacía bien. Giaccomo, niño bien y talentoso, era una estrella como hoy lo es Rossi, mientras que Jack conducía su propia furgoneta, reparaba su moto y nacido en un suburbio no tenía ningún glamour. Aún así, quedó subcampeón en 1968. La contraposición entre los dos personajes da un tinte trágico a la película, pero también retrata una época en la que un pobre tipo que no tiene mecánico, que se cura como puede las fracturas y que duerme en su vehículo puede aspirar a ganarle la partida a un niño bonito.

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En la Village Vip de Brno, rodeado de pijos, niñas guapas, relojes de marca, camareros y delicatessen, no puedo evitar acordarme de aquellos viejos guerreros de los setenta que conducían sus propias caravanas para ir de circuito en circuito. Aquí Jack Findlay sufrió un accidente que le dejó maltrecho y le alejó definitivamente de la carrera por el campeonato. Aun así tuvo mucha más suerte que otros que se quedaron tendidos en el asfalto. La película de Laperrousaz comienza con una entrevista a un jovencísimo piloto rubio delante de su familia. La siguiente escena sucede durante la carrera. No se ven las motos ni las curvas, la imagen permanece quieta sobre una joven con gesto preocupado. Se oye el ruido de los motores. Se ve la gente mirando. Entonces se oye un estruendo y un alboroto. Todos saben lo que ha sucedido. La joven también. Mientras los demás corren, ella se echa las manos a la cara para recogerse en el regazo de alguien amigo. Su compañero ha tenido un accidente. Otro más. El jovencísimo piloto era Santi Herrero. Luego comienza en la pantalla una larga lista de otros tantos pilotos fallecidos.

chatis paddock

El recuerdo de Santi Herrero es otro de los que he ido a buscar en moto. Se mató en la Isla de Man en 1970 cuando luchaba por el título mundial con Ossa. Desde entonces la Federación Española prohíbe a los pilotos con su licencia correr en el TT de la Isla de Man debido a su extrema peligrosidad. Pocas cosas quedan de él en ese islote vikingo entre Irlanda e Inglaterra, pero yo lo encontré en el cementerio de Douglas, la capital, justo enfrente de la línea de meta. El camposanto es sobrecogedor. Muchísimas lápidas tienen motocicletas esculpidas. 250 pilotos han fallecido en ese terrible circuito en los poco más de cien años de historia de la carrera. Al final de un sendero de grava descubrí un muro con una placa dedicada a la memoria de los pilotos fallecidos. Es el Memorial Wall. Hay placas más pequeñas. La última era para Santiago Herrero, donde coloqué un humilde ramillete de flores silvestres.

herrero

Estaban locos. Corrían en circuitos urbanos, sin protecciones, con cascos que parecían tarteras, con motos de dos tiempos que los lanzaban por el aire cuando gripaban y el motor se agarraba. Corrían sin esperar fama ni dinero, sin fans haciendo cola, sin periodistas, cámaras de televisión, motorhomes, azafatas, cáterings, agentes de prensa. Corrían porque amaban correr. Por eso estaban locos. Por eso este tiempo ya no es aquel. Los Grandes Premios de Motociclismo eran una cosa de cuatro chiflados románticos a los que hasta se dejaba cruzar en sus furgonetas desvencijadas el Telón de Acero para estrellarse contra sus insensatos sueños de velocidad. Sin embargo, observando este colorido circo de vanidades y bebidas en fino vaso de cristal, me parece que hoy todo el romanticismo que queda en las carreras profesionales de motos cabría en el hilo dental del tanga de una de estas ceñidas azafatas que pasean palmito por el paddock.

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