100 países en moto por orden alfabético. Nº14 Chile.


 

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La otra gran ruta mítica de la Patagonia es la Carretera Austral, que recorre Chile de norte a sur. El recorrido es de 1240 kilómetros y une Puerto Montt con Villa O’Higgins.  Es la principal vía de transporte terrestre de la Región de Los Lagos y hace un completo recorrido por la Patagonia chilena. Tuve ocasión de recorrerla mientras filmaba para hacer la primera temporada de la serie documental de Televisión Española Diario de un Nómada.

La faraónica obra se comenzó durante la dictadura de Augusto Pinochet, como un medio de reforzar la soberanía sobre un territorio lejano pero en disputa con Argentina por sus límites. Participaron más de diez mil soldados en una construcción bajo riguroso control militar. Debido a las complicadas características geográficas de los Andes Patagónicos, los turbulentos ríos y la presencia de campos de hielo es obligado tomar ferries y la ruta está en permanente reparación y gran parte carece de asfalto.

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Pero lo que realmente ofrece la Carretera Austral es belleza a raudales. Estaba en un escenario de cuento que cambiaba por completo en cuanto dejábamos un valle y nos metíamos en otro y sin que se alterarse su fabulosa belleza. Los árboles nos abrazaban, despuntaban las araucarias y al fondo se veía un teatro de montañas nevadas y glaciares. Estábamos atravesando la reserva natural de Cerro del Castillo. Parecía una broma o que estuviera pintado el paisaje con un croma como el que usan en las televisiones para fingir un decorado natural en estudio. Pero, no, era real. Absolutamente real. A veces duramente real.

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El aire estaba limpio y se respiraba pureza. El tramo estaba bien asfaltado y podíamos disfrutar de dejarnos llevar. Y así, casi sin darnos cuenta llegamos a las cercanías de Río Ibañez, que era el pueblo donde tomar el ferry que cruzara el Lago Buenos Aires. La carretera era una larga recta formada por un raro enlosado octogonal en lugar de asfalto plano. De donde veníamos teníamos como fondo la espectacular estampa de una montaña llena de aristas y salientes afilados. Era de un color gris ominoso y parecía más propia de una fábula de brujas. Era el Cerro del Castillo. Imponente, nevado, gigantesco.

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No sabía con seguridad a que hora salía el barco que cruzaba el Lago Buenos Aires para cruzar la frontera con Argentina, pero lo que sí sabía era que solo zarpaba uno al día. Nos dirigimos a toda prisa al embarcadero. Una gran explanada llena de vehículos que se abría al lago. El cielo esmaltado de un azul musculoso y limpio de nubes. Nos rodeaban montañas por todos lados. Do quiera que mirásemos, solo había montañas picudas y rotas en el horizonte. Era como estar dentro de una caldera mellada. El barco, un mero lanchón con la bodega descubierta, estaba atracado, de modo que habíamos tenido suerte de nuevo.

El barco se deslizaba sobre las calmas aguas y aunque había una sala con butacas, preferí salir a cubierta y contemplar aquella película de belleza casi sobrenatural. Acodado en la barandilla, miraba en silencio como algunos remolinos de espuma se formaban sobre el suave oleaje y su vapor resplandecía con la luz declinante del atardecer. Las montañas vigilaban nuestra singladura con la severidad de guardianes de un secreto mitológico. El trayecto duraba dos horas y media hasta el puerto de Chile Chico surcando el lago Buenos Aires y fue uno de los mejores regalos del viaje. La puesta de sol tras las cumbres andinas tornó la luz tenue y difusa; el agua se volvió de color morado y me di cuenta por fin de donde me hallaba y de lo que estaba haciendo. Fue un violento encontronazo conmigo mismo.

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Hasta ese momento siempre había tenido prisa, urgidos por la dictadura de la producción y el viaje. Desde que aterrizamos en Santiago de Chile hacía casi veinte días siempre había estado haciendo algo, conduciendo, filmando, documentándome, cruzando fronteras, repostando, comiendo o durmiendo, pero todavía no había tenido un solo momento para, sencillamente, hacer nada. Hasta que el barco zarpó. Entonces me acodé en cubierta y simplemente me dediqué a observar aquel escenario de leyenda. Y así, de un modo natural y espontáneo, sucedió. Sin proponérmelo pude pensar. Mis pensamientos fluyeron libremente sin interferencias del deber hacer, del imperativo de las obligaciones perentorias. Solos mis reflexiones, el paisaje y yo. Viví el aquí y el ahora. Una cosa tan sencilla pero tan rara de vivir actualmente, permanentemente urgidos por las responsabilidades y los deberes y las preocupaciones. Fui simplemente un hombre que pensaba y vivía. Y fui feliz.

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Me di cuenta de que estaba contemplando uno de los espacios más puros y grandiosos del planeta, que ante mí sucedía un ocaso perfecto, irrepetiblemente idéntico a los que habían acontecido hacía miles de años sin alteración alguna del entorno. Sentí como propia la estupefacción de los primeros descubridores al adentrarse boquiabiertos por esa formidable geografía americana en la que todo es gigantismo; América es sinónimo de enormidad y sus extremos sur y norte son los maximalismos de esa enormidad; todo resulta brutalmente descomunal y todo brutalmente bello.

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Embarcado en una chalupa a miles de kilómetros de cualquier sitio, comprendí que contemplaba el fin del mundo, pero también su mismísimo comienzo. Observando aquellas moles de piedra erizadas de afilados riscos que se confundían con el firmamento según desaparecía la luz del sol austral, tenía la impresión de estar asistiendo al nacimiento de un cuerpo celeste llamado Tierra. Por primera vez en mi viaje fui consciente de que muy pocas personas en el mundo tendrían ese privilegio y me felicité por haber elegido esta rara forma de vida en la que no se obtiene derecho a jubilación pero se disfruta de ventanas directas al Génesis.

 

Este es un extracto del libro Diario de un Nómada que puedes pedirme dedicado en info@miquelsilvestre.com

DIARIO DE UN NOMADA

 

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