100 países en moto por orden alfabético. Nº12 Bulgaria.


Welcome to Bulgaria

 

Al sur de Serbia desaparece la autopista. Es una zona montañosa y atrasada. Muy pobre pero me resulta más atractiva. La vía recorre un estrecho cañón donde el tráfico de camiones TIR turcos es agobiante. Bulgaria aparece. País netamente soviético y oriental aunque presuma de ser Unión Europea. Por lo menos las motos no pagan viñeta, y menos mal porque sus carreteras no son ninguna maravilla. He hecho 1000 km de autopista hasta casi el final de los Balcanes. Aparezco en Sofía mucho antes de lo previsto. Tenía pensado dormir aquí, sé que la ciudad es bella, pero me entra el nervio por llegar a Turquía lo antes posible y salgo en dirección sur sin meterme siquiera en la ciudad. Autovía, paciencia y un frío intenso. Empieza a caer el sol y pienso en proveerme de alojamiento. Veo un motel de carretera y pienso que no es muy atractivo, demasiado impersonal, así que lo desprecio pensando que sin duda encontraré otra cosa. Tenía razón, pero no en el sentido que yo deseaba.

welcome to sofia

Cuando apareció el desvío hacia Estambul, encontré también un edificio rojizo con el letrero de Motel. Un buen número de camiones descansaba en el parking, así que pensé que podía ser un buen sitio para dormir. Lo que primero encontré fue el restaurante. Sucio y oscuro, apenas un puñado de conductores y tres mujeres feas. La comida, eso sí, lucía espectacular. Daban bien de comer, eso estaba claro. Pero también ofrecían otras delicias en el menú. Lo entendí en cuanto me salió al paso la encargada. Aquello era un burdel. Bueno, a mí no me importaba si podía descansar en condiciones. Me pidió 20 euros por la habitación en moneda local, no tenía cambio de euros. Subimos al primer piso y resultó que el cuarto era inhóspito y sin calefacción, el baño estaba sucio, la cama no tenía mantas y en las paredes había mosquitos del tamaño de troleobuses. Reclamé un cambio de habitación, accedió y el nuevo dormitorio era mejor, aunque seguía siendo frío. Para pagar, debía irme con un taxista a sacar dinero de un cajero que estaba en la ciudad. El tipo me pidió 10 euros y luego bajó a 5. Yo pensé que era la excusa perfecta para poner pies en polvorosa. Cargué de nuevo la moto y salí a la oscuridad de la noche.

donde las putas

En una gasolinera me dijeron que había un complejo hotelero a 25 km. 15 después encontré un motorista polaco que me dijo que había visto un hotel a 50. 20 después pregunté y me dijeron que a 50 más allá sin duda había un motel. Apenas a 5 kilómetros encontré un hotel pero me dijeron que estaba completo. Era ya noche cerrada, hacía un frío polar y algo de niebla. El viaje en moto ya no tenía ninguna gracia. Entonces vi un local con luces encendidas en su interior. Detuve la BMW y estiré el cuello para ver que había. Un grupo de mujeres me hizo señas de que pasara. Sospeché que era otro lupanar pero ya no estaba en condiciones de hacerme el estrecho. Entré. Una mujer mayor, sin duda la madame, me dijo que no había problema, que por 20 euros tendría cama para mí. Sí, la suya misma. El cuarto que me enseñó, decorado con sus objetos personales más íntimos, era su dormitorio. Me resigné. Bajé al salón. Dos putas pequeñas y horrendas me esperaban. Había una mujer más, que sufría obesidad mórbida. Cerraba el grupo un chaval que cocinaba durante toda la noche para los camioneros que allí entraban cada dos por tres. Cené carne picada a la plancha y bebí cerveza hasta casi quedar inconsciente. Pero entonces entró la policía. Tres tipos. Uno de paisano, y otros dos de uniforme. Modales soviéticos, estaban de inspección. Las putas se quedaron congeladas, como estatuas de sal. Yo miraba la escena como desde lejos mientras en la televisión echaban una comedia americana traducida al turco. Al cabo de un rato llegó el dueño de todo aquello. Un tipo rapado y mezquino que traía los papeles que los policías requerían. Pero había problemas. Faltaba algo, o sobraba algo o yo que sé. Excusas para sacarle dinero. Cuando los agentes marcharon, el chulo echó una fenomenal bronca a las putas, pero me di cuenta de que era un fulano inofensivo, un desgraciado.

 

Me quedaban mil dinares serbios, unos diez euros, pero no los cambiaba ni los aceptaba, las putas no hacían más que pedirme que las invitara a cerveza, a comer, que me las follara, que me la chupaban, que me hacían un masaje en el absurdo sillón eléctrico que junto a la estufa de leña era el protagonista del mobiliario. Yo decía a todo que no. Subí al dormitorio y la vieja aun se me ofreció. Enternecedor. No sé bien como, pero conseguí dormir mis buenas 6 o 7 horas. De hecho, fue la vieja la que me despertó. Cuando bajé, el escenario era muy diferente al de la noche. No quedaba nadie en el local. El joven dormía en la cocina y a la luz del día el salón no era tan tétrico. Era sólo una cafetería sucia y descuidada que había sido diseñada demasiado tiempo atrás con demasiadas pretensiones y que habría pasado por mil vicisitudes y cien dueños diferentes. La vieja me cobró 3 euros por dos cafés de sobre y un plátano. Salí de allí ardiendo en deseos de llegar a Estambul. La ciudad de las mil delicias.

arriving turkey

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