100 países en moto por orden alfabético. Nº 11 Brasil


 

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Conocí Brasil durante el rodaje de la primera temporada de la serie de Televisión Española Diario de un Nómada. El siguiente texto está extraído del libro del mismo título publicado por Plaza & Janés narrando los pormenores de aquella gran aventura. Siguiendo el curso del río Uruguay hacia el norte, llegamos a la frontera de un país convertido ya en un auténtico icono popular de música, fiesta y fútbol. ¡Bienvenidos a Brasil! Decía el cartel y me puse debajo a improvisar un baile patoso a lo carioca. La verdad es que cuando llegas a Brasil a pesar de que no me guste ni la samba ni el fútbol ni el carnaval, no se podía evitar sentir una particular emoción.

 

Aunque la realidad se encargó pronto de descafeinar el mito. La región donde nos encontrábamos no era la de las mulatas y la fiesta perpetuo. Estábamos en la provincia de Río Grande del Sur, un territorio que no fue portugués hasta la cesión por España en el siglo XVIII y por tanto resultaba más parecido étnica y culturalmente al Uruguay del mate que al Brasil de la samba.

Y es que lo que veníamos a buscar tenía poco que ver con la diversión sensual y mucho con el paso de España por las tierras al oriente del Río Uruguay, objeto de disputa con Portugal por la interpretación del tratado de Tordesillas firmado en 1494 entre los Reyes Católicos y el lusitano Juan II.

El tratado dividía América en dos partes cortadas a partir de las 270 millas desde el archipiélago africano de Cabo Verde. Pero los españoles entendían que la distancia se contaba desde el centro de la isla de San Nicolás, y los portugueses desde el extremo occidental de la de San Antonio. Y ello suponía grandes diferencias sobre el terreno americano a deslindar. Y esa imprecisión se encontraba allí precisamente, en la ribera del río Uruguay que estábamos remontando.

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La zona fronteriza fue objeto de litigios y choques hasta el tratado de Madrid de 1570, que reconoció el derecho de cada potencia hasta donde hubiera ocupado materialmente el territorio. Sin embargo, la Banda Oriental seguía siendo territorio en disputa.

Iba a recorrer la Ruta de las Misiones. El paisaje era lo más semejante al Jardín del Edén que uno pudiera imaginar. Inmensos campos de labor que se perdían en la lejanía, bosques frondoso, caudalosos ríos y senderos de una tierra de color rojo brillante, que parecía la misma sangre del planeta corriendo entre los maizales y arboledas. Era una naturaleza fértil pero amable, domesticada pero sin haber sido adulterada. Se entendía que los indígenas guaraníes vivieran allí libres y desnudos, integrados al medio, y se entendía también que los jesuitas pensaran haber encontrado el paraíso terrenal y los mejores fieles a quien evangelizar y enseñar.

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Un arco plantado sobre la carretera nos recibió. Nos dirigíamos a la Misión de San Miguel Arcángel, en Brasil. Un testimonio en piedra del conflicto entre dos posiciones muy diferentes y dos formas radicalmente opuestas de ver al indio y a la humanidad. Íbamos a visitar un lugar mítico que muchos conocen por la película, un lugar mágico que ha sido declarado patrimonio de la Humanidad por la Unesco y que alberga un pedazo de nuestra mejor historia, que a pesar de que se ha contado en el cine, no se ha contado bien o los españoles no somos demasiado conscientes de ella.

Las ruinas, de 1687, resultaban estremecedoras y maravillosas. En un plácido prado se alzaban la fachada de una iglesia de piedra de sillería y el campanario de tres cuerpos. De estilo grecorromano, parece centellear rojiza y oro bajo el sol moribundo de la tarde. Dentro todavía aguantaban la mayoría de los arcos de su planta de crucero. Casi veinticinco metros de ancho por setenta de largo ofrecen la impresión de hallarnos ante un gran templo en un lugar privilegiado por la naturaleza o por Dios según las creencias de cada cual.

 

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Españolito que vienes al mundo te guarde Dios, una de las dos Españas ha de helarte el corazón. Así decía el verso de Antonio Machado. Yo fui niño en un tiempo en que esa maldición parecía por fin superada, eso que vino en llamarse la “Bendita” Transición. Tiempo más mitológico que real y que como cualquier época idealizada ha alumbrado todo tipo de fantasías. Yo lo viví con los siete años de un crío muy despierto y estoy seguro de que no había tantos grises para todos esos que ahora juran haber corrido delante.

Pero fue un espejismo, la supuesta reconciliación de las dos Españas era solo un cortinón teatral de terciopelo barato para encubrir una nueva estafa al españolito de a pie, a ese al que los Austrias enviaron a morir a guerras de religión, los Borbones a guerras de sucesión, los Canovas y Sagastas a guerras coloniales y republicanos y nacionales a guerras políticas. Españolitos de a pie, sacrificados por todo el planeta con la excusa de la gloria, la evangelización, el honor, la lucha contra el fascismo o el comunismo. Españolitos de a pie a los que ni un gramo de plata de Potosí benefició pues el tesoro de América se gastó en la banca genovesa para pagar esas guerras incesantes que trituraron la mejor sangre de Castilla. Y al final, la Bendita Transición nos trajo una casta política de uno y otro signo que le dijo al españolito de a pie: tu sacrificio de siglos fue inútil.  ¿No lo sabías? Pues aquí tienes la nueva verdad: La Leyenda Negra es cierta y tus antepasados unos asesinos crueles y avariciosos. Avergüénzate de ellos.

Y así me educaron. En el nuevo credo de que toda la empresa de España en América fue una vil matanza. Y se me hurtó toda una parte de mi propia Historia. Y se redujo en los libros de texto a unos apresurados datos sobre Cortés y Pizarro, y se olvidó toda una legión de historias humanas, grandes y pequeñas, buenas y malas, nobles y miserables. Y estudié Derecho, y me licencié. Y siempre me decían lo mismo: la teoría general de los Derechos Humanos procede de la revoluciones Norteamericana y Francesa.

Y entonces apareció una película de Hollywood contando una historia en la América Española Y la peli se hizo famosísima. Y fue un éxito mundial. La Misión. Y resulta que si mirabas por detrás de Robert de Niro y Jeremy Irons e indagabas un poco te enterabas de cosas que nadie le había contado al españolito para hacerle sentirse menos vil, para aportar un poco de cal en el océano de arena.

Resulta que los jesuitas fundaron 30 misiones entre los ríos Uruguay y Paraná. Servían para la educación y evangelización de los indios guaraníes. Se le llamó la República de los Indios, aquí eran considerados seres humanos plenos, libres e independientes. Pero no eran vistos así por los portugueses. Los bandeirantes los secuestraban para venderlos como esclavos en Brasil. Pero los jesuitas no les abandonaron, se unieron con ellos para iniciar la Guerra Guaranítica. Esos son los acontecimientos que narra la famosa película “La Misión”,

Y es que si rascabas descubrías cosas tan sorprendente como que la primera vez que se teorizó sobre la igualdad, la libertad y la autonomía personal del diferente fue en la España del Descubrimiento. Resulta que los precedentes modernos de los derechos humanos están en las Leyes de Burgos promulgadas nada menos que en 1512 y que reconocían al indio su libertad y el derecho de propiedad. Eso sí, reservando al rey el derecho a evengelizarlo, por su bien. Pero también es cierto que en esto de los deberes religiosos, no éramos diferentes a las demás naciones de la época.

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Aun así, verdad es que se dieron toda clase de abusos puesto que el hombre es egoísta y en eso somos iguales los hombres de todas las épocas, pero también se dieron actos de enorme generosidad y valor, como el que cuenta la película La Misión. Mientras que en el territorio español regían las Leyes de Indias, que reconocían al indígena como hombre libre, en el portugués los indios podían ser capturados como esclavos. Cuando España cedió a Portugal parte de la Banda Oriental del Río Uruguay, las misiones jesuíticas en esa zona, donde vivían miles de guaraníes, se enfrentaron militarmente a los bandeirantes portugueses para defender a los indios. La guerra se perdió. Traicionados de nuevo por los monarcas españoles. Pero el significado de la epopeya es enorme, universal e inmortal.

 

La historia era de por sí conmovedora sin que necesitáramos la música de Ennio Morricone. Podría haberse enseñado en las escuelas de España, pero tuvo que venir Robert de Niro para que el españolito fuera al cine a aprender algo de su propia historia que tal vez le deshelara un poquito el corazón.

 

 

Habíamos visto las piedras que cuentan la historia de la guerra guaraníticas, ahora queríamos ver a los herederos vivos de aquella contienda. Al recorrer el pueblo habíamos visto carteles que señalaban el camino hacia una “Aldea guaraní”. Pero no sabía a cuánta distancia estaba.

 

La floresta me tragó, literalmente. La carretera se volvió pista de tierra y las casas desaparecieron. Me sentía como en la época de los misioneros. Al cabo de un rato, la población no aparecía. Vi un tipo que caminaba y le pregunté. Indicó el camino pero no fui capaz de entender su agreste portugués ni a cuantos kilómetros estaba. Cuando me di cuenta, había avanzado más de diez por aquellos caminos polvorientos. Estaba ya muy lejos para volver de vacío porque eso supondría haber perdido el día para nada.

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El compromiso de un escritor es solo con su mirada. No creo en cambiar el mundo con la pluma, no confío en más revoluciones que las personales, he leído suficientes libros y recorrido demasiados kilómetros como para la ingenuidad de creer que las causas justas siguen siendo justas cuando alcanzan el poder mediante los votos o las balas. Mi escepticismo es el de Diógenes el Perro, un cínico que se mofaba de los oradores de ágora. Cuando Platón definió al hombre como bípedo implume para aplauso de la Academia ateniense, él se presentó con un gallo desplumado y dijo “he aquí el hombre de Platón”.

 

Yo solo creo en contar la verdad de lo que uno ve por sus propios ojos. Creo en revelar lo que no está visible, lo que no todos pueden ver por sí mismos. Por eso viajo. Porque yo no creí en las versiones masificadas de los grandes medios y pensé que podía ver por mí mismo. Hay quien viaja en moto y toma como modelo a los pilotos del Dakar por modelo. E incluso hay quien hoy viaja en moto queriendo imitar a un tal Miquel Silvestre. Yo solo quise imitar la honradez de Kapuscinsky y el modelo de Miguel Gil.

 

Un día me enteré de que un abogado de Barcelona dejó el trabajo y cogió su Yamaha XT 600 cuando supo que bombardeaban Sarajevo. Se convirtió así en reportero y su trabajo alcanzó los mejores medios. Lo mataron años después en Sierra Leona intentando dar voz a quienes no la tenían.

 

Yo no quiero morir en una cuneta ni tengo el valor de Miguel Gil, pero tampoco creo que las guerras sean la historia real de nuestro mundo ni que los verdaderos olvidados sean los que allí combaten o mueren. Las guerras siempre tienen alguien que las cuente. Para mí, los olvidados son los que viven en la silenciosa normalidad de las aldeas perdidas del planeta, en esos lugares a donde solo se alcanza llegar por caminos sin asfaltar, esos caminos para los que poseo una motocicleta todo terreno. Lo hago no para correr un Dakar sino para llevar allí mi mirada y descubrir una humilde choza guaraní del mismo modo que Miguel Gil encontraba un kalashnikov en una cuneta africana o Diógenes un gallo sin plumas en la Academia de Atenas

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Conducir la moto por aquellas pistas de tierra y piedras no resultaba fácil y en alguna ocasión estuvimos a punto de irme al suelo, pero me divertía mucho.

La aldea apareció a más de treinta kilómetros de San Miguel de la Misiones. Había tardado casi una hora en llegar. No eran más que un puñado de chozas de tablas diseminadas en un prado y con campos de maíz en derredor. Un muchacho caminaba por el sendero. Le saludé cordialmente pregunté por un jefe o autoridad y sin mucha simpatía señaló una cabaña. Fui hacia allí y encontramos un hombre de unos treinta años, bajo, robusto y de pelo largo. Llevaba una raída camiseta que decía “Cristo nos ama”. Me presenté y me dijo que se llamaba Cristino. Hablaba un español muy correcto, a diferencia de los brasileños que había conocido hasta ahora, que a pesar de su proximidad a territorios hispanohablantes no decían una palabra en español.

 

—¿Usted a qué se dedica, de qué vive, de qué vive su familia?

 

—La mayor renta en dinero para nosotros es la artesanía. Y nosotros cultivamos también para la sustentabilidad de nuestros hijos.

 

—O sea, que si quiere conseguir reales tiene que vender estas figuritas—

dije sosteniendo un jaguar tallado en madera que me había tendido— Y si quiere comer, han de plantar lo que consumen. ¿Qué cultiva usted?

 

—Por ejemplo nosotros plantamos maíz, mandioca, batata.

 

Estábamos en el porche de su humilde morada, construida de tablas y con techumbre a dos aguas madera, a diferencia de muchas otras viviendas que lo tenían de simple paja seca; había a pocos metros una letrina para toda la familia, cuyos miembros eran bastante numerosos. Nos veíamos rodeados de un número indeterminado de niños, jóvenes y mujeres. No sabía exactamente quienes eran hijos, sobrinos o nietos. Todos parecían vivir en aquel pequeño espacio de no más de veinte metros cuadrados y sin más estancias separadas que el que se reservaba a las aves de corral, cuyo criadero estaba dentro de la vivienda.

 

—¿Y cuántos hijos tiene usted?

 

—Yo tengo seis. La más chiquita yo tengo de 8 años, el mayor es de 22.

 

 

Cristino me condujo a la escuela, que parecía ser el único centro definido de una comunidad de casas desperdigadas. Era un simple barracón de madera pintado de colores muy vivos. En el patio había columpios y un grupo de muchachos que nos miraron con curiosidad, sobre todo por la moto, pero con una reserva evidente. No hubo ningún gesto hostil, pero no podía decir que fuera bienvenido.

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Entré en la escuela y encontré a la maestra, una joven guaraní que nos miraba con desconfianza. Traté de tranquilizarla con simpatía y una sonrisa. Le dije lo que estábamos haciendo y que solo quería filmar el aula y hacerle unas pregunta. Penetramos en la clase y encontramos unas mesitas bajas y unos niños jugando en el suelo. Tres niñas muy guapas y de grandes ojos curiosos permanecían disciplinadamente sentadas en sus sillas.

 

—¿Cómo se llama usted?—le pregunté a la profesora.

 

—María—respondió.

 

—¿Puede decirme cuántos reales gana usted por hacer este trabajo?

 

—800.

 

Eso equivalía a unos 260 euros al cambio. Pero aparte del salario a mí me interesaba conocer cómo les había afectado el cambio del sistema semi independiente que tuvieron en la época de las misiones, cuando aquella región se llamaba la Republica de los Indios, por el estado nacional de la República del Brasil.

 

—¿Usted les enseña historia guaraní a los niños?

 

Ella asintió.

 

—Y dígame, en tiempos de las Misiones, ¿cómo era la vida?

 

—Mejor que ahora—dijo ella—, entonces éramos dueños de nuestra tierra. Ahora pertenece a los blancos.

 

Extractos del libro Diario de un Nómada.

DIARIO DE UN NOMADA

 

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Categorías: 100 Países en Moto | Etiquetas: | 4 comentarios

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4 pensamientos en “100 países en moto por orden alfabético. Nº 11 Brasil

  1. Estas es una de las aventuras más bonitas e interesantes que has contado. Lo que dices referente a la historia sobre las disputas de España con Portugal acerca de las tierras fronterizas referidas en la película La Misión, es verdad, así como también que España nunca esclavizó a los indios porque ya la reina Isabel en su testamento refirió muy claro que España iba a esas tierras a llevar la fe a los hombres de allí y a hacerles cristianos y por consiguiente no se podía esclavizar a un cristiano. Los indios vivieron en un régimen de servidumbre muy grande, pero como el que se vivía en Europa; recordemos la película de Charles Dikens, Oliver Twis, la miseria en la que vivía la población después de trabajar duras jornadas que no tenían ni para comer.

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  2. La historia de España en América es una aventura fantástica. Leer a Cortés es casi como leer a Julio Cesar. Lastima que muy pocos españoles la conocen, es por esto que tanto me gusta leer la aventuras de Miquel.

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  3. Soy tu fan, pero, Brasil no es sólo “la samba, el fútbol y el carnaval.” Venga a conocer en su totalidad. Saludos

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    • Creo que del contenido completo del texto resulta claro que Brasil es mucho más que eso. Como todos los tópicos, son siempre incompletos, y mi labor consiste precisamente en enseñar lo que no es tópico, como una aldea guaraní en un Brasil sin samba, fútbol y carnaval

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