100 países en moto por orden alfabético. Nº10 Bostwana


 

pushers at border

En cuanto entré en la antigua Bechuanalandia, me sentí mucho mejor. Había dejado Sudáfrica y su aburrida perfección viaria. Bostwana era otra vez el África real de los baches, los animales sueltos y los niños caminando por la carretera. Para mí, de nuevo el paraíso. Sonreí feliz, volvía a recuperar la adictiva sensación de aventura. Los occidentales somos así, un poco idiotas, nos encanta viajar para pasarlo mal.

 

Gaborone es una extraña ciudad con increíbles edificios de acero y cristal que refulgen entre áridos solares vacíos. La impresión es de urbe a medio hacer. En el animadísimo mercadillo vendían toda clase de imitaciones. África es el paraíso de las marcas de lujo. Toda la ropa lleva enormes y falsos logotipos. El hotel Gaborone estaba situado enfrente a la estación de autobuses. Doscientos cincuenta y dos pulas. El sitio era céntrico aunque tenía aspecto de nave industrial bombardeada. En la habitación había un cajón lleno de condones y una Biblia en Afrikáans. Bajé a cenar algo al restaurante. Oscuro y triste, apestaba a fritura y aceite rancio. Estaba prohibido fumar aunque desde luego era más tóxico aquel grasiento ambiente que la mayor dosis de nicotina. Esas contradicciones me llamaban la atención. En Sudáfrica, por ejemplo, no se puede conducir sin cinturón de seguridad pero las pick ups circulan con la caja abierta llena de pasajeros. Si vuelcan, la papilla humana es inevitable. No obstante, hay algo bien pensado en el sistema sudafricano. No hay que contratar póliza a terceros. El combustible lleva un sobrecoste para extender una cobertura universal. A grandes males grandes remedios. De lo contrario, serían millones los conductores que circularían sin seguro.

La camarera era bonita, simpática y curiosa. No se creyó que yo viniese desde Kenya. “Eso es imposible”, sentenció segura. Y quizá tuviera razón; tal vez todo hubiera sido un sueño.

friends

 

JUERGA EN EL APARCAMIENTO

Salí a la calle. El cielo lucía inmenso y despejado. Había mucha gente. En el pub anejo al hotel la fiesta era de órdago. Los viernes se lía en todas partes. Me senté con un par de tipos jóvenes en la terraza. Eran simpáticos aunque con el follón y su borrachera apenas entendía algo de lo que decían. Se montó jaleo en una esquina. Había estallado a mi lado una pelea. El motivo eran cinco pulas que alguien debía a no sé quien. Fue una riña a puñetazos. Al día siguiente aquellos dos energúmenos se despertarían con resaca y la cara amoratada. Lo malo es cuando en una de estas trifulcas alcohólicas alguien saca un arma y comete una estupidez irreparable. Entonces la espiral de odio no se detiene. Mis acompañantes estuvieron de acuerdo y asintieron moviendo la cabeza como vacas ebrias.

elephant

Cogimos un taxi. Aparecí en un parking al aire libre. Aquello era un macro botellón. Todos me miraban al pasar, aunque como estaba borracho me daba lo mismo, además, también a eso acaba uno acostumbrándose. Divertido, pedí a mis acompañantes que imaginaran por un momento lo que sentirían si cada vez que caminasen por la calle fueran seguidos por cien ojos, si cada vez que entraran en una tienda todo el mundo se callara y los examinasen de arriba a abajo. “Sería como ir desnudo”, reconocieron, Exactamente, el blanco va siempre desnudo en África. Nos reímos con ganas. Entonces nos entró hambre. Había decenas de vendedoras situadas en una ordenada fila. Sobre unas mesitas tenían cacerolas con guisos humeantes. Compramos cabrito asado y ugali, una pasta de maíz cocido con agua. Plato africano por excelencia que sustituye al pan. Nos lo tomamos con las manos sucias. Reíamos y comíamos. Estaba delicioso. En plena exaltación de la amistad cervecera prometimos reencontrarnos pronto, pero se hizo la hora de regresar al hotel y las cenicientas buscaron una carroza que las llevase de vuelta. Al otro lado de las ventanillas del taxi las sombras de Gaborone se deslizaban fugaces sobre el marco de la noche estrellada. Me sentía feliz y eufórico. Mañana iría a encontrarme conmigo mismo en el desierto del Kalahari.

kalahari road

Desperté con una resaca terrible. Cuando la Princesa y yo pasamos cerca de un barrio popular, un grupo de niños salió corriendo. Saludaban al centauro blanco. Uno de ellos, sin embargo, nos miró con odio y desplegó el dedo corazón como un enhiesto escupitajo. A veces pasaba. De vez en cuando recibía un gesto hostil, alguien que amenazaba con tirarme piedras o que hacía el ademán de disparar con un fusil. Aquello siempre me entristecía. Me congelaba la sonrisa aunque sabía perfectamente que esas manifestaciones de rencor eran la excepción. Durante mis viajes, la gente se mostraba amable conmigo. Los africanos no eran diferentes a los asiáticos o los árabes o los norteamericanos, solo más pobres. En las ciudades quizá estuvieran algo maleados, pero la gente de las aldeas era buena en todas partes. Había aprendido a amar y agradecer a todos esos seres humanos que me había cruzado. A los que me habían saludado, ayudado, mostrado el pulgar hacia arriba; a todos esos que me habían deseado buena suerte, me habían indicado la dirección correcta, me ofrecieron comida y cama, me dedicaron una sonrisa, una pregunta o una palmada en la espalda. El mundo desde una moto me enseñaba su mejor rostro y yo quería devolvérselo. Me daba la impresión de que cada día que pasaba en la carretera me hacía mejor persona.

 

EL KALAHARI

 

Botswana es el mayor productor de diamantes. A pesar de eso, el país es de los más estables del continente. Una vez me dijeron que lo peor que le podía suceder a una nación africana era tener riquezas minerales. El petróleo o los diamantes son una maldición que alimenta oligarquías corruptas y conflictos civiles. La guerra de Angola pudo alargarse décadas porque un bando controlaba el crudo y el otro los diamantes. Botswana era la excepción: ordenada, próspera y pacífica. Aún así, era el África real de lo impensable, lo imprevisible y lo inevitable. La A2 ofrecía buen firme, pero los animales domésticos circulaban a sus anchas. Vacas, burros y cabras eran los amos del asfalto. El gobierno los regalaba y nadie se ocupa de pastorearlos. Sorprendía también que los niños no extendiesen tanto la mano como en otros países. Tal vez sea por la mayor proporción de turistas sudafricanos. Los sudafricanos blancos están acostumbrados a la miseria y se rascan menos el bolsillo que los americanos y europeos. Botswana, en cualquier caso, era interminable y en gran parte desértica. Cruce una zona montañosa de tupida vegetación y de repente aparecí en el Kalahari. Ante mí se extendía una infinita llanura amarillenta. Durante grandes tramos no vería un alma. Era como si por fin comenzasen las vacaciones.

 

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Para despejar la confusión no hay nada como perderse en un desierto. No he encontrado nunca un mejor espejo. Creo que soy mi yo más nítido en el desierto, cuando no hay nada ni nadie más que los pasos que voy dejando detrás. Salí rumbo al norte y me encontré con numerosos coches sudafricanos que regresaban de un largo fin de semana. Enormes 4X4 casi blindados, provistos con todo lo necesario para una campaña militar en tierra hostil. Era como asistir a un desfile de BMRs. Venían de Namibia. Aparte de los turistas de regreso, sólo había africanos a caballo que pastoreaban enormes vacas de lento caminar. Ellas no me preocupaban, eran predecibles en sus movimientos. No así las cabras. Odiaba las cabras. Gordas, eléctricas, rápidas, imprevisibles en su huída. Cuando nos acercábamos, salían despavoridas en todas direcciones. Varias veces estuve a punto de tener un accidente por su culpa. Me prometí comer estofado de cabra cada noche. Otra cosa también era nueva: controles veterinarios. Check points para impedir que se transportasen animales de unas zonas a otras. Había que evitar contagios. En uno de estas paradas forzosas, una bella agente de tráfico examinó a la Princesa durante un largo rato.

 

bostwana policemen

—Me gusta mucho—comentó por fin— ¿Me la vendes?

—Es usted muy persuasiva—dije—, pero nunca hago tratos con la policía. No suelen salir bien.

 

Extractos del libro Un millón de piedras. Puedes pedírmelo dedicado en info@miquelsilvestre.com

 

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Categorías: 100 Países en Moto | Etiquetas: | 1 comentario

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Un pensamiento en “100 países en moto por orden alfabético. Nº10 Bostwana

  1. Me han gustado dos frases que has dicho: la de que “la aventura es encontrar sin buscar” y “a los problemas sin remedio, litro y medio”. Las dos sirven perfectamente para la aventura en África,

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