100 países en moto por orden alfabético. Nº6 Azerbaiyán


caucasus landscape

 

Azerbaiján es un pequeño país de Asia Menor que tiene fronteras con Rusia, Georgia, Armenia e Irán. Fue parte de la URSS hasta 1991, año en el que se encontró con una independencia no deseada junto a otras repúblicas socialistas de Asia Central. Sus habitantes son musulmanes de etnia turca. He estado tres veces. La primera vez fue en el 2009. Llegué en un ferry que cruzaba el Mar Caspio desde el puerto kazajo de Aktau. Este es el relato de aquella primera impresión recogido en el libro de mi gran aventura por Asia: La emoción del nómada, sin duda mi título más íntimo y emotivo.

Dicen que el barco llegará a puerto sobre las dos de la tarde. Me temo de nuevo lo peor. No hay equivocación posible. Lo peor es siempre la opción escogida por el destino. Efectivamente, el ferry llega a Baku a las dos en punto. Sin embargo, debemos esperar a bordo durante horas. No hay sitio para atracar. Tan cerca y tan lejos. Me consume la ansiedad. Paso la tarde en una contemplación impaciente de la primera ciudad de Asia Menor. Sé que cuando pise tierra, podré llegar rodando hasta Europa sin más barcos ni problemas de visados. Cuando se hace de noche cerrada, asumo resignado que dormiremos en el barco y me dirijo al tórrido camarote. Sin embargo, de pronto, prisas y carreras. Vamos a desembarcar. Hay que desalojar a toda máquina.

Como siempre, las órdenes se ladran, no somos pasajeros, somos presos o soldados. No hay respeto. Solo oigo gritos y malas maneras. Salimos del barco y pasamos sin dificultad el control de pasaportes. Nuestros visados están en regla y los funcionarios no parecen especialmente hostiles. Mas la aduana es otra historia. Una mala y de terror psicológico; o más bien de agotamiento. Los camioneros tienen preferencia. El Carne de Pasaje que portan para sus enormes TIR simplifica el trámite, mas nosotros debemos esperar cerca de cinco horas metidos en un estrecho cubil para obtener un maldito código de importación temporal por tres días. Alucinante. Esto es todavía peor que lo peor que me ha pasado en Asia Central. ¡Cinco horas!

La culpa parece que es de la informática. No nos exigen mordida, es solo que el aduanero no se aclara con las teclas. No es mal tipo, pero entre su ineptitud, que la fotocopiadora no funciona y que todo tiene que hacerse primero a mano para luego duplicarlo en un programa informático con miles de campos que rellenar, el permiso de la moto lleva un tiempo irracional e infinito.

Salimos de la aduana portuaria a las 3 de la mañana. Voy en busca de hotel. El que me han recomendado en la aduana está cerrado, el que encuentro en el centro cuesta más de 180 dólares la noche. Así que de pronto me veo vagando por la ciudad sin saber a dónde ir. Entonces diviso unas luces rojas y ante mí aparece el Red Lion. Un hotel económico y sencillo. Otra casualidad. Esta noche trabaja un recepcionista motero. Me enseña su Yamaha R6 e indica dónde puedo esconder la mía dentro de un patio al que se accede a través de un portal vecino.

baku old town (4)

Mientras tomo una cerveza que sabe a gloria me cuenta que pocos días antes han pasado por allí unos ingleses dispuestos a dar la vuelta al Mundo. Tal vez se refiera a los de la expedición multitudinaria que me crucé en Uzbekistán, aunque de eso hace ya tantas lunas que me parece como si de un sueño se tratase o hubiese sucedido en otra vida. Cuando viajas durante largos periodos de tiempo, suceden miles de cosas, tan intensas y a tamaña velocidad que parece que no puedan caber en una sola vida.

 

Al día siguiente me despierto tarde y me voy a correr por el boulevar comercial con un calor de muerte. El puerto está muy concurrido. Este nuevo país tiene un aspecto muy diferente a los de Asia Central, al menos así resulta en Bakú, capital petrolera llena a rebosar de tiendas de lujo y cochazos último modelo. Proviniendo del Este me resulta desconcertante y hasta pornográfico este derroche de riqueza.

scotish

En un bar encuentro tres anglosajones: dos escoceses y un sudafricano; trabajan en una compañía petrolífera británica. Trabajan un mes y libran otro. Hombres solos, aburridos y con mucho dinero que gastar. Las empresas les pagan unos salarios altos para manternerlos en Azerbaiján. La ciudad está llena de ellos, y por supuesto, también de bares y putas para tan ruidosa y dipsomana clientela. Resulta que a Bakú la llaman Little Aberdeen.

 

Bien, pienso, ya puestos, nos emborrachamos como sólo los escoceses saben hacer. Comenzamos a darle duro al fraco y mi propia resistencia me asusta. Creo que me he hecho demasiado tolerante a la bebida. Hablamos con las camareras de los garitos. Una de ellas es nigeriana. Me pregunto qué diablos hace una nigeriana en Azerbaiján. Pero la pregunta correcta es qué diablos hago yo porque ella al menos aquí tiene un trabajo: servir copas, mientras que yo no tengo más afán que vivir la experiencia de viajar por los agujeros más incómodos por el mero deseo de probarme. Hablamos y bebemos y al final ya solo bebemos. Mis nuevos amigos van cayendo uno tras otro. Se pierden tambaleantes en la noche después de despedirnos con efusivos abrazos. Debo llevar demasiado tiempo en la carretera, pienso algo preocupado, porque aguanto en pie más que unos currantes de plataforma petrolifera.

waiters baku

Me despierto a las 7:30 de la mañana con un terrible dolor de cabeza. Alargo el brazo para agarrar el termo. Maldición. Olvidé llenarlo de agua caliente antes de irme a dormir. Ese es un ritual que repito cada noche. Pero anoche estaba demasiado borracho para acordarme. Así que mal disuelvo el café soluble con agua fría y trago el horrible brebaje de un golpe. Lo importante es que la cafeína me espabile un poco. Luego me pongo las zapatillas y los pantalones cortos y salgo al calor de la calle. Carrera y gimnasio. Adiós resaca. Hacer ejercicio es la mejor aspirina que conozco. Duchado y con la panza llena armo la impedimenta de la moto y me despido de los simpáticos trabajadores del hotel. Antes de salir de la ciudad me empeño en conseguir unos emblemas de Azerbaiján para la moto no sin muchas dificultades. La gente es amable y tratan de ayudarme. Se emocionan especialmente cuando comprenden que quiero pegar la bandera de su país en mis maletas.

Con mucho calor salgo hacia el norte, hacia Shaki. Me han advertido repetidamente que no vaya por ahí, que la ruta es muy mala. Yo miro el mapa y veo dibujada una línea roja preciosa y directa. Decido hacer caso a mi instinto y olvidarme de las recomendaciones de los asustadizos conductores locales. Pronto empieza el asunto de los baches, el polvo y el traqueteo. De acuerdo, la carretera está arruinada durante los 100 primeros kilómetros de desierto, pero no es nada que no haya visto ni sufrido antes. La única diferencia con Kazajstán es que aquí hay mucho más tráfico.

 

baku night

Las montañas se divisan al norte, que queda a mi derecha. El país que cruzo no tiene nada que ver con la occidentalizada y moderna Bakú. Esto es rural, pobre y auténtico. Poblados sin asfaltar, mercados callejeros, policías corruptos y sandías. Muchas sandías. Enrmes, jugosas, dulces, deliciosas. Es la fruta del verano y aquí son tan duras y reales como las piedras del camino. Las venden en el arcen. La carretera es siempre el mejor mercado. Tras comer una y llenar mi estómago de líquido y saciante fibra, empieza la ascensión al Cáucaso. Vacas, árboles y puentes derruidos. Tramos de baches, tramos de grava y tramos de asfalto. Imposible aburrirse, nunca sabes qué habrá detrás de la siguiente curva.

 

Al atardecer entro en Shaki, una pequeña localidad retrepada en la ladera de las caucásicas moles montañosas de Azerbaiján. Me ha costado todo el día hacer estos cuatrocientos kilómetros y ha habido momentos en los que dudaba si lo conseguiría mientras rebotaba de los baches a las piedras. Pero vamos endureciéndonos y cada vez conducimos con más habilidad en estos inhóspitos terruperios. Una de las consecuencias del gran viaje de aventura en solitario es el reforzamiento de la autoestima. No conozco ningún viajero de larga distancia que no tenga una confianza en sí mismo granítica. Yo, desde luego, no soy ninguna excepción. Mi consejo es: tira los libros de autoayuda y viaja tú solo más allá de las fronteras de lo conocido. Volverás fléxible como el junco, sabio como un maestro Zen, estoico como un monje y duro como un boina verde. Te reconocerás frágil pero fuerte; vulnerable e indestructible a la vez. Acabarás cada jornada como un anciano agotado y despertarás como un ave Fénix lleno de energía que despliega sus alas y deja caer la ceniza acumulada durante la víspera. Saldrás de tu casa lleno de dudas y regresarás a ella pleno de certezas. En definitiva, sabrás quien eres en realidad. Y a lo mejor te sorprendes tanto como yo al contemplar tu verdadero rostro.

 

caucasus bridge

Salgo a cenar al restaurante de la plaza. Me siento en la terraza y pido kebab y cerveza. Veo una viajera occidental con trenzas rastas de color rojo; oígo como explica al camarero que es vegetariana e intenta hacerle entender que no quiere nada que contenga carne. La invito a mi mesa y me explica que es australiana y que vive en Sydney. Tiene 27 años y es un poco hippie. Lleva viajando varios meses. Me cuenta que Bielorrusia es una pesadilla ex soviética en la que hay espías por todos lados; el asunto de la carta de invitación y del registro en los hoteles se lo toman muy en serio. Aunque se queja un poco de este sistema policíaco, de algún modo discrepamos, para ella el sistema soviético no era tan malo, había trabajo y educación gratuita, es ahora cuando las cosas son peores. Si son peores, pienso yo aunque no se lo digo para no discutir, es precisamente por la herencia horrible que dejaron 70 años de comunismo.

 

cows

No bebe, dice mientras yo me bajo una botella detrás de otra; pero sí fuma. Pedimos una gran pipa de agua con sabor a manzana. La noche se nos echa encima pacíficamente. Resulta agradable estar aquí sentados, fumando y charlando sobre nuestros viajes y sobre la gente de esta región y sus fabulosos dientes de oro. Ella viajará unos meses más hasta que se acabe el dinero. Después regresará a Australia para ahorrar algo y seguir viajando. Definitivamente, moverse es una droga. Nos despedimos cuando se hace tarde y casi estamos solos en la plaza. Pago su cena, que resulta muy barata. Lo verdaderamente caro aquí son las cervezas.

green grass of home

La carretera de Shaki a la frontera georgiana prácticamente no existe. Ahora entiendo las advertencias de los habitantes de Bakú. La pista va paralela al Caucaso y la atraviesan cauces torrentosos que bajan de los montes. No sólo no hay asfalto, tampoco puentes. Hay que salvar el agua a pelo. En algunos vadeos me mojo hasta los tobillos. El paisaje es más verde por aquí pero sigue haciendo mucho calor. Hay bastante policía, mas no me molestan. Conducen imponentes BMWs y Passats. En Azerbaiján gastan el dinero del petróleo en coches oficiales, pero no en carreteras para esos mismos coches. Es una lógica cuando menos peculiar. La gente que me voy cruzando es amable pero sin efusiones.

Entro en una zona administrativa diferente dentro de Azerbaiján: la Balakan Region. Lo leo en un gran arco sobre la vía. Tan pobre como el resto del país, hay profusión de orgullosos símbolos balakíes. No veo que haya mucha diferencia con el resto del país aunque sin duda para los balakíes sí la hay. Seguro que el orgullo nacional Balakí se sentiría herido si yo no aprecio a simple vista la abismal frontera etnica que separa a un Balakí de su vecino Azerí. A mí estos campesinos me parecen sumamente parecidos y no entiendo muy bien las razones por las cuales de vez en cuando trocan las azadas por fusiles para matarse entre ellos, pero es que yo sin duda no entiendo la enorme importancia de ser Balakí.

ural

Llego hasta la frontera con Georgia. Hay una gran cola de vehículos pesados. Los supero a todos con la moto y me planto en la verja. Hay un soldado joven haciendo guardia. Le comento que soy español y que la moto es fácil de pasar. Dice que me entiende y llama por radio. Me dejan entrar sólo a mí, el resto de conductores tendrá que esperar su turno durante horas. La aduana azerbaijana la paso sin demasiados problemas. Cruzo un puente y estoy en Georgia. La cuna de Stalin. Bajo la moderna techumbre de la aduana encuentro policías uniformados de azul y tocados con discretas gorras de visera. Parecen casi occidentales. Es un choque cultural el que sufro de considerables dimensiones. Se han acabado los aparatosos uniformes militares llenos de entorchados y estrellas así como las operísticas e inmensas gorras de plato. Amables y eficientes, los agentes georgianos realizan una rápida revisión del pasaporte y equipaje, así como una no menos rápida toma de datos de la moto. Resulta asombrosa tamaña sencillez. Ha sido la frontera más rápida de pasar desde que entré en el antiguo territorio de la URSS. “Welcome to Georgia” dice el funcionario devolviéndome los documentos. Estas palabras, pronunciadas sin un átomo de ironía ni rentintín, me suenan a gloria. Es evidente que en Georgia están haciendo un tránsito decidido hacia Occidente y que su administración pública ha derogado los alambicados procedimientos soviéticos.

Estos vídeos son de un viaje posterior pero sirve para conocer mejor el país

 

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Categorías: 100 Países en Moto | Etiquetas: | 1 comentario

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Un pensamiento en “100 países en moto por orden alfabético. Nº6 Azerbaiyán

  1. Tienes toda la razón: ‘Una de las consecuencias del gran viaje de aventura en solitario es el reforzamiento de la autoestima. No conozco ningún viajero de larga distancia que no tenga una confianza en sí mismo granítica. Yo, desde luego, no soy ninguna excepción. Mi consejo es: tira los libros de autoayuda y viaja tú solo más allá de las fronteras de lo conocido. Volverás fléxible como el junco, sabio como un maestro Zen, estoico como un monje y duro como un boina verde. Te reconocerás frágil pero fuerte; vulnerable e indestructible a la vez.’

    Tras mi viaje a Mongolia, esa sensación de confianza en ti mismo es muy real. Cuando te has enfrentado a muchos de tus miedos y descubres que los has superado te haces fuerte, te sientes LIBRE.

    Eso sí, con el retorno a la rutina y comodidad, tras unos años, los miedos retornan. Aquella sensación es sólo un recuerdo que añoras. ¡Tengo que hacer otro gran viaje!

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