100 países en moto por orden alfabético. Nº 4: Armenia.


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Armenia es un pequeño país de Asia Menor que no tiene salida al mar y linda con Irán, Turquía, Azerbaiyán y Georgia. Tiene sus fronteras cerradas con Turquía y Azerbaiyán, nación de etnia turca con la que está formalmente en guerra por la ocupación del enclave armenio de Nagorno Karabaj. Ha sido el último que he añadido a mi lista de países visitados ya que aunque había pasado ya tres veces por Asia Menor yendo o viniendo de Asia Central a través del Mar Caspio, hasta hace pocos meses nunca había encontrado oportunidad de desviarme ex profeso para conocer Armenia. Lo he podido hacer gracias al proyecto para filmar la 3ª temporada de serie de TVE Diario de un Nómada/a>.

Lo que leerás en las próximas líneas forma parte del libro que saldrá en 2016 con el título de Operación Ararat.

El armenio es un pueblo muy nacionalista, chauvinista incluso. Los armenios tienden a considerarse el centro del planeta y, como los judíos, tienen brillantes armenios en la diáspora, potentes intelectuales en importantes centros del pensamiento o la producción intelectual que no cejan en la propaganda pro armenia. Armenios son Alain Prost, el tetra campeón de fórmula 1, Atom Egoyan, los tenistas Andre Agassi y Nabaldian, los cantantes Charles Aznavour y Cher, el ajedrecista Kasparov, Gregori Peck, el futbolista Djorkaeff, y hasta la abuela de Lady Di era armenia. Son ellos los que luchan porque las matanzas de armenios por los turcos en 1915 sean consideradas como genocidio. Yo estoy sinceramente alucinando porque al contemplar esta catástrofe urbanística y circulatoria, cuesta comprender el exacerbado nacionalismo armenio que considera esta nación como la mejor de todas.

 

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El monasterio de Terghe es bello, de piedra oscura, basáltica, construido con ángulos rectos y afiladas aristas, está situado sobre una alta colina desde la que se pueden ver muchos kilómetros a la redonda. Estaría muy bien si no fuera porque en el camino de subida hemos visto a un tipo que paraba en el arcén, abría el maletero de su Lada, y sin vergüenza alguna arrojaba a la cuneta paletadas de basura. No la había metido ni siquiera en una bolsa. Directamente del maletero al universo. Tampoco ayuda a nuestra buena opinión sobre el nuevo país que el guarda del monasterio, un hombre anciano y maltratado por la vida, nos pida no se qué autorización para filmar el templo ¡Desde fuera! No lo hace con nadie más, solo con nosotros. Como nos comenta un turista de Yereván que hablaba inglés

 

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—Esto se puede arreglar por 1000 dirhams.

—Ya, pero es que yo me niego a pagar por filmar un monumento público desde el exterior.

—Sí—repone—¡Pero esto es Armenia!

Y el más representativo espejo de Armenia es Yereván. Una ciudad monstruosa que probablemente hacinará a 1/3 de toda la población del país. Las capitales de las ex republicas socialistas han crecido diabólicamente, apresuradamente, para acoger el éxodo de un campo miserable y sin oportunidades. Es el fenómeno de monstruosidad urbana que sucede en el tercer mundo: las ciudades se hacen mastodónticas, enormes, gigantescas, rodeadas de barrios de chabolas e infraviviendas. La gente escapa del campo, donde no pueden conseguir dinero y tratan de alcanzar un mínimo modo de vida en las urbes, aun entrando a formar parte del lumpen, la marginación y la miseria. Las capitales africanas, por ejemplo, se han hipertrofiado brutalmente en los últimos años con millones de campesinos sin tierra ni esperanza. Lo mismo está sucediendo en los países surgidos de la desintegración de la URSS. Antes había otras ciudades en todo el país en las que podría probarse suerte, ahora cada ex – república solo tiene una capital que detrae a un campesinado sin esperanzas y crece, crece y crece amorfa y enfermiza. Lo vemos en nuestro viaje, la gente vende directamente los productos agrícolas en pobres puestos a pie de calzada. Para ellos tener acceso a la carretera principal es tener acceso a la vida, a algo de dinero. De lo contrario, en las comunidades campesinas del interior, sin asfalto, sin bancos, sin trabajo… ¿de qué vive la gente? Comen lo que cultivan, pero ¿qué dinero pueden conseguir?

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La periferia de la capital es un asco, comienza mucho antes de estar oficialmente en la ciudad. Se anuncia con la congestión, con el tráfico espeso, las obras y la pobreza, esa pobreza triste que solo sufren los pobres urbanos. Un campesino a caballo o en un carro no resulta pobre aunque no tenga nada. Sin embargo, un hombre de ciudad que camina o pedalea en una bicicleta oxidada es el ejemplo de la miseria. Y al fondo de una larga y recta autopista descuellan los brillantes rascacielos. Y todos en manada vamos hacia la gran urbe. Las barriadas periféricas ofrecen esa decadencia soviética de colmenas apiñadas, pequeños balcones, ropa tendida, fachadas grises, pero cuando llegamos al centro, situado dentro de lo que llaman Parque Circular, resulta impresionante, monumental, soviético. Un derroche urbanístico para acobardar, para demostrar poderío y potencia. Edificios emblemáticos, enormes, relucientes. La ovalada Plaza de la República tiene un diámetro de por lo menos 500 metros. Me fijo en que hay mucha policía y cada coche patrulla tiene otro coche civil parado. Eso es muy mala señal, indica corrupción. Indica que los agentes dan el alto indiscriminadamente para pedir la documentación y encontrar faltas que justifiquen un pago directo a su bolsillo. En las ciudades donde la policía no es corrupta, los agentes no están siempre dando al alto a los ciudadanos. Me acuerdo ahora con preocupación de que no llevamos seguro porque me negué a pagar otra gabela en la frontera. Si me paran y me lo piden, tendré que apoquinar.

En cuanto pongo la BMW en movimiento, un policía me para por un cambio de sentido prohibido. El tipo es joven, pálido, delgado y cejijunto. Este muchacho no sería nadie sin uniforme. Me disculpo y le digo que tengo el carné de conducir en el hotel. Hago como que no me entero de nada. El tipo está esperando que le ofrezca la mordida, pero yo sigo poniendo cara de tonto. Entonces saca un teléfono y marca un número. Me lo pasa. Es un Iphone. Un móvil muy caro para un funcionario de una ex – república socialista sin petróleo ni industria. Al otro lado contesta alguien que habla español con acento armenio.

—Hola, amigo. Parece que se ha metido en un pequeño problema.

—Sí, es que no tengo encima el carné de conducir, está en el hotel. Es muy cerca, el agente puede acompañarme.

—El agente no puede ir. Tiene que retirar su moto a la comisaría.

—Ah—contesto muy tranquilo—, de acuerdo, vamos a la comisaría.

—Usted puede resolver esto de modo sencillo. Dele 20 euros y él le dejará marchar.

—Ya, me encantaría, pero es que no puedo. Soy periodista, estoy haciendo un reportaje para la televisión española y si pago un soborno tengo que contarlo y sería una mala imagen para Armenia. Dígale al agente que prefiero ir a la comisaría.

—Entiendo—dice la voz muy seria—, páseme al agente.

El policía se lleva el teléfono al oído y según escucha le va cambiando la expresión. Corta la conversación, se mete el celular en el bolsillo, me devuelve los papeles y se despide.

—Good bye

Yo recojo mi cámara deportiva sony que había estado filmando la escena. Pero ahora está apagada. La desconecté tiempo atrás. He podido grabarlo todo y pagar el soborno. Habría quedado una secuencia espectacular sobre corrupción por solo 20 euros. Sin embargo, ese no es el objetivo de mi serie. Y he preferido cortar y no seguir adelante con la filmación. Si se hace pública, probablemente habría supuesto la ruina de este agente de policía, que no es más que un pobre hombre. Recuerdo la situación vivida por mi amigo Fernando Quemada cuando dio la vuelta al mundo en moto. Filmó con su cámara de casco una extorsión de un policía peruano para “una soda”. La subió a YouTube e inmediatamente se viralizó y se montó un gran escándalo nacional. Hubo hasta parodias en los programas de humor de la televisión nacional. Al agente lo despidieron por corrupción. Fernando retiró el vídeo de Internet y aunque podría vanagloriarse de su victoria sobre quien le extorsionó siempre me ha dicho que en el fondo se sentía mal por ese policía. Era un corrupto, pero no diferente al resto de funcionarios creados por el sistema mismo, y que él ahora pensaba en su familia, en cómo vivirían sus hijos, en que seguramente sufrirían la pobreza y el deshonor por ese padre al que todo el país había visto pidiendo un soborno a un conductor extranjero.

De nuevo es lo que considero más ético en mi trabajo. Yo no soy un reportero sensacionalista. No uso cámara oculta salvo para obtener detalles irrelevantes del paso de fronteras. Ejerzo autocensura porque mi serie es para divertir, entretener y enseñar. En los libros puedo contar la realidad de estas cosas, profundizar en los sórdido, lo corrupto o lo oscuro, pero no en la televisión. Hay diferencia entre lectores y espectadores. Aquellos tienen más criterio, son siempre adultos, ejercitan el intelecto, sin embargo, la televisión llega a niños y a personas con solo un interés: pasarlo bien. Creo que es saludable mantener el doble nivel. Más banal y divertido en pantalla, más profundo en la escritura. Por eso en los libros puedo contar cosas que jamás pondría en imágenes, como aquella vez en Baja California, México. Filmé un repostaje de combustible en un tramo de desierto sin gasolinera. Me servía una humilde mejicana que amontonaba unas cuantas garrafas en el arcén. Me contó que la compraba a sesenta pesos el galón y la revendía a ochenta. Debía pagar para ello a dos policías diferentes. Aquella pobre mujer reconoció ante la cámara esa corruptela policial. Yo sabía que mi programa se emitiría también en México a través del Canal Internacional de TVE. Cuando monté el capítulo comprendí que tenía un buen total de aquella vendedora, aunque emitirlo solo podría perjudicarla si alguien en México reparaba en ello. Periodísticamente podría valer la pena, mas yo no estaba haciendo un reportaje sobre corrupción sino una serie amable de aventuras. Esas dos frases habrían pasado inadvertidas a los espectadores de Diario de un Nómada, a los que interesa la diversión y el entretenimiento cultural, pero aun así podían lastimar a una persona débil y necesitada. Decidí suprimirlo del montaje.

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El templo de Garni es una reconstrucción soviética terminada en 1975 pues el original fue destruido por un terremoto en el siglo XVII. El pequeño conjunto monumental es bonito y supone una novedad paisajística. Lo contemplo admirado. Una explanada de losas grises llevan hasta una edificación de unos 30 metros de alto. Una fachada triangular es sustentada por seis lisas columnas. Son jónicas. Las reconozco por su capitel con dos volutas y la basa al pie. Los laterales y la parte trasera también se sostienen por columnarios, dejando un habitáculo sin ventanas en el interior. Me recuerda al mucho más conocido templo de Portuno en Roma. Resulta increíble que los romanos llegaran tan lejos en su expansión. Es el edificio mejor conocido y conservado de la era precristiana de Armenia y su único recuerdo de la época romana. Es de hecho el único monumento romano de toda la antigua Unión Soviética. Hasta aquí alcanzó el poder de las legiones. El general Lúculo invadió Armenia en el año 69 antes de Cristo. Más allá Roma tuvo que reconocer la hegemonía de los persas. Este templo, precisamente, lo erigió Tiridiates I, primer rey de Armenia, entronizado por Nerón para calmar el conflicto entre ambos imperios. A partir de ese momento, los reyes armenios serían príncipes persas pero necesitarían el consentimiento de Roma para reinar.

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El lugar es espectacular con las montañas caucásicas de haciendo fondo de escenario. Apenas hay turistas aquí. Algunos rusos y armenios que parecen un poco despistados. ¿Cómo es posible que esta maravilla esté tan vacía de gente y otros monumentos similares estén de bote en bote? Misterios del mundo moderno. Además, hemos tenido mucha suerte y coincide nuestra llegada con una sesión de fotos de una modelo amateur. No es que la chica sea muy guapa, sin embargo, tiene buen tipo y su gaseoso vestido de hetaira. flameando al viento con el templo de fondo, genera unas imágenes muy sugerentes.

Todavía tenemos luz, así que salimos por la ruta que bordea una garganta hasta cercano monasterio de Terghe. Es otro de esos centenarios templos cristianos que la Unesco protege. Llegamos a tiempo para echarle un vistazo. Hay algunos pocos turistas y muchos más vendedores de unos alargados caramelos con nueces de producción casera. Son de muchos colores y parecen muy empalagosos. La afición oriental por el azúcar es algo que nunca deja de sorprenderme.

Entramos en la sencilla iglesia de piedra. Las paredes impresionan por su desnudez. Apenas hay aire en el interior. Aire sagrado y milenario, aire viejo, ahíto de aroma a cirio y a devoción. La oscuridad apenas deja ver los velados rostros de los santos pintados en los iconos dorados. El silencio es total, absoluto, trascendente. Armenia hace gala de ser el primer país que se reconoció oficialmente como cristiano en el siglo IV. Antes incluso que el Imperio Romano. Imbuido de la mansa espiritualidad de este templo me emociona pensar en los años de persecución que supuso el comunismo, en el cierre de iglesias, en el encarcelamiento de los sacerdotes. Y en como tras setenta años de obligada clandestinidad, el culto ha revivido en cuanto desapareció la bota rusa. Hoy quedan en pie muy pocas cosas anteriores a la revolución, incluso Garni le debe su restauración, pero quedan las iglesias y queda la fe. Como si la dictadura del proletariado solo hubiera sido un suspiro en una historia que en Armenia se cuenta por milenios.

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