100 países en moto por orden alfabético. Nº5: Austria


mountain man

 

Austria es uno de los mejores países de Europa para recorrerlo en moto, especialmente los Alpes. Estrechísimas veredas bajan hasta profundos y pintorescos valles alpinos para luego subir casi verticales a estaciones de ski. Hay grandes crucifijos en los cruces. Austria es un país conservador y católico. Estoy en el Tirol. De aquí provenían los Habsburgo, esa familia que supo acceder a los mejores tronos de Europa gracias a la diplomacia de la bragueta.

Originarios de Suabia, los Habsburgo era una familia noble sin especiales méritos guerreros. No se conoce ningún Habsburgo relevante en las Cruzadas, que eran donde la nobleza europea medieval se batía el cobre para conseguir riquezas, prestigio y poder. El gran patriarca de la saga fue Rodolfo I de Habsburgo, quien logró que el Papa Gregorio IX le nombrara emperador del Sacro Imperio Romano Germánico en 1273 para acabar con una época de inestabilidad debido a la lucha por el trono imperial en la que se postulaba un Alfonso X de Castilla. Su poder era más aparente que real porque en el Medioevo quien cortaba el bacalao eran los señores feudales apegados a su terruño. Aunque Rodolfo nunca llegó a ser coronado parece que debió enseñar a sus descendientes que el arma más poderosa para lograr riqueza, prestigio y poder no es la que disparaba balas de cañón, sino la que inyecta semen en las matrices de las mujeres de sangre azul. En apenas tres generaciones, y gracias a matrimonios de conveniencia, los Habsburgo alcanzaron el mayor poder terrenal del mundo.

alps christ 2

Hoy no hay rey en Austria, pero las vacas, los prados, las motos son buenos vecinos. Curvas, nieves, edelweiss. Me siento eufórico y feliz. A poca distancia de Innsbruck veo un hotel que anuncia “Bikers welcome”. Me detengo. Es una gran construcción tirolesa de madera. El dueño es amable. Los austriacos dicen siempre sí, sí, da da, o yes, yes. Ceno en la terraza una grasienta especialidad local parecida a los huevos estrellados. Tres enormes cervezas de un lúpulo espeso y casi mate me ayudan a digerirlos y a conciliar el sueño.

Algo realmente maravilloso de mis viajes es combinar la motocicleta con las carreras a pie que realizo cada mañana. Esto me permite ver y sentir a vista de peatón lugares y detalles que a la velocidad del motorista perdería. Hoy he despertado muy pronto, sobre las cinco y media. Es habitual cuando viajo que abra los ojos muy temprano debido a la excitación y la impaciencia por seguir moviéndome. Me embriaga el movimiento. Tomo el café en la habitación y me asomo a la terraza. Las montañas del sur están despejadas. Su nieve brilla a lo lejos. Salgo a correr a las 6:30, sólo me cruzo con un conductor de autobús y un cartero. El terreno es empinado pero la pureza del paisaje alpino es primigenia. Me desvío por un sendero de grava, cruzo un puente de madera sobre el río, asciendo por una carreterita de juguete hasta un grupo de casas. Se acaba el camino pero un par de madrugadores campesinos me dicen que puedo seguir. Descubro una mínima vereda que recorre la loma. Tengo el pueblo a doscientos metros debajo de mí. El aire es purísimo y la mañana se ofrece preñada de posibilidades.

welcome to tirol

Innsbruck. Ciudad pacífica encajada entre montañas. Turistas, souvenires. Compro en una gasolinera la pegatina de Austria y salgo. La carretera se torna maravillosa. Estoy en el interior de los Alpes. Hay cientos, miles de motos. Y curvas y más curvas. Y belleza a raudales. Tanta que asombra. El GPS me lleva por lugares increíbles. Pasan las horas y ni me doy cuenta. Paso el alto Gerlopass, de 1507 m, linde entre el Tirol y el Salzburg Land. Cada vez más feliz e impresionado. Cada vez más yo, más viento, tierra y sol. Desciendo exhausto al llano. Para llegar a Salzburgo hay que pasar por territorio alemán. No hay frontera señalizada, así que uno no sabe cuando está en Alemania y cuando en Austria. Miro las matrículas de los coches para saberlo. Poco a poco el cansancio y el hambre van haciendo mella. Hace calor, los campos refulgen de verde, pero el tráfico aumenta.

 

tirol lake

Salzburgo aparece impresionante, mágica y monumental. Mezcla lo viejo y lo nuevo. Lo turístico y lo auténtico, la piedra más noble y el metacrilato brillante. Callejeo por la ciudad antigua en busca de alojamiento. Apenas unos metros fuera del casco histórico veo el Hotel Strubber. La chica de recepción me pide disculpas. Está completo. Pero al ver mi cara de agotamiento confiesa que aún tiene un cuarto muy pequeño y sin ducha, que puede dejarme por poco dinero.

 

El dormitorio es realmente pequeño, pero suficiente. Desde mi ventana veo una chica en su piso desnuda de cintura para arriba. “¡Coño!”, exclamo. ¿Por qué será que unos senos entrevistos por una ventana nos parecen más interesantes que plantados a mogollón en una playa? Misterios de la psicología. Pero lo mejor del hotel está en el subsuelo. La ducha de mi mini dormitorio se aloja en el sótano y consiste en una especie de cápsula espacial encajada en el cuarto de la plancha. Es como un capullo de plástico o una máquina del tiempo.

 

Salgo a por alimento espiritual y físico en la que fuera cuna de Mozart, nacido aquí en 1756, y a quien, cómo no, han dedicado plaza y estatua. El joven genio que Milos Forman retratara como un brillantísimo subnormal, auténtico antecedente de los más subversivos punkies, nos contempla a todos desde su impávida majestad de bronce. Callejeo por la ciudad, que a estas horas empieza a lucir mágica bajo un sol declinante y acabo en la terraza de una trattoria. La camarera es amable. Parece tener orígenes árabes o turcos. Es morena y guapa aunque algo pasada de peso. Dos grandes cervezas, una ensalada de pollo y un appleestruddel. Tengo vistas directas sobre la Catedral. Disfruto enormemente con la lectura de El Cielo Protector y con la contemplación de los que vienen y van. Voy emborrachándome de cerveza mientras en algún lugar suena el pumba pumba de música electrónica.

 

salzburgo

Domingo perfecto. Luce el sol, la mañana está despejada, son las 6 y ya me estoy tomando el primer café. Reviso las fotos, les pongo título y edito algunas. Luego escribo el primer borrador de lo sucedido la víspera. Salgo a correr. Subo hasta la ciudadela, luego recorro un parque magnífico. Suenan campanas. En Austria suenan campanas constantemente. Es un bonito sonido. La religión está muy presente. Llego hasta un lago. Un gran palacio preside uno de sus extremos. Hay gente pescando. Un grupo de borrachos matutinos lo intenta. Me miran con interés. Cuando vuelvo al hotel, veo un tipo doblado sobre sí mismo, está sentado en una de las grandes esculturas de bronce que salpican el parque. Cavilo que lo más probable es que tenga resaca, pero aún así me acerco. Podría necesitar ayuda, estar muerto o sufrir una sobredosis y mis melindres lo habrían matado; no cuesta nada cerciorarse. Le pregunto en inglés si está bien. Yergue la cabeza completamente aturdido. Su expresión es de no saber dónde diablos está.

 

—Ya, ya—, contesta con voz de trapo.

 

Bien. No está muerto, solo tiene una resaca monumental.

 

Regreso al hotel y mientras acomodo mi impedimenta a las puertas el dueño sale y me recomienda una ruta por el norte. No más Alpes, sino que debo seguir el curso del Danubio. Hasta Linz, luego Melk y dormir en Krems. Tenía otro itinerario previsto pero le hago caso. Así es mi modo de viajar. Sin rutas fijas, al albur del clima y los consejos. Eso es para mí viajar en moto, ser flexible como el junco y volátil como una veleta pero sin perder nunca mi eje ni mi asiento en el suelo. A veces sale bien y a veces no tan bien, pero seguir esta vez los consejos del hotelero resulta un acierto difícil de mensurar. Su ruta es un trayecto perfecto como contraposición a las dos etapas alpinas previas. El recorrido es verdísimo, de bosque continental, suaves colinas, campos de labor. Suavidad y dulces prados. Bosquecillos, trigales verdes, campesinos sonrojados y amables que apenas hablan sino austrobavaro. De nuevo, el GPS elije las carreteras más estrechas, reviradas y atractivas. Escoge incluso pistas de tierra. Casi no lo puedo creer pero estoy recorriendo Austria de oeste a éste sin pisar una autovía.

melk church

 

En Melk hay una gran iglesia en lo alto vigilando el río. Es una Abadía benedictina. Me detengo a orillas del Danubio para comer medio bocadillo. Los mosquitos me acribillan de inmediato. Sus picaduras son obstinadamente dolorosas. Al día siguiente seguirán escociendo. Empiezo a notar el cansancio pero la saturación de sensaciones placenteras, de belleza rural, de curvas y caminos es tal que apenas lo noto. Si le encuentro un inconveniente a Austria es que mi umbral de percepción quizá está habituándose demasiado rápido a tanta hermosura y disfrute; seguro que después de esto todo me va a parecer feo, seco y soso.

 

Krems. Encuentro tres partes diferenciadas a lo largo del Danubio. La vertiente occidental es turística, con cafeterías y terrazas. La zona situada más al éste, es fea e industrial. El centro es típicamente tradicional. Un pintoresco casco urbano de pueblo austriaco con un parque, iglesias y una larga calle comercial adoquinada. Ahí se encuentra el Hotel Alte Post, ubicado en un antiquísimo edificio con un gran patio interior en el que crecen unas maravillosas buganvillas. El lugar llama la atención. El restaurante está animadísimo y pululan por allí decenas de camareros. He acertado de nuevo por pura casualidad.

krems church

Aparece una mujer madura de edad indefinida, pelo muy largo y lacio, maquillaje espero, vestido negro, ojos de simpática loca. Sí tiene habitación individual. Es la única que le queda. No tiene baño. Tampoco ducha. Ante mi cara de decepción, sugiere que la vea antes de tomar una decisión. De acuerdo. La sigo por unas escaleras y entonces lo comprendo todo. Es una mezcla entre Motel Bates y Hotel California en versión austrohúngara. Decenas de pálidas muñecas nos observan mientras pisamos las gruesas alfombras y respiramos un aire ahíto de ácaros y polvo Nuevo Imperio. El barroquismo exagerado del lugar me conmueve.

—Tengo que dormir aquí—me digo para mis adentros.

La habitación número 2 es de fresa. El rosa lo domina todo. Las diminutas camas son rosa. Los edredones son rosa. Las cortinas son rosa y las toallas son rosa. La atmósfera es tan rosada que me da la impresión de haberme metido dentro de una gigantesca flor de plástico durante una de mis más descontroladas melopeas cerveceras. ¿El precio por semejante delirium tremens? 43 euros con desayuno.

hotel alte poste krems

La moto la puedo aparcar en un trastero que hay en la calle adyacente. El desnivel en la puerta es considerable. Regreso y me siento en la terraza a cenar. Estoy hambriento y tengo ganas de probar el famoso vino de Krems, que me recomendó el hotelero de Salzburgo. Pido una botella de Riesling por 22 euros, una ensalada y la especialidad de la casa: roast beef con patatas fritas. El vino resulta delicioso, seco y aromático. No soy de blancos, pero éste vale la pena. Me fijo en que casi todos los demás comensales beben cerveza. Pero la beben como si fuera agua y ellos caminantes sedientos después de una travesía en el desierto.

 

Observo a un padre y un hijo. Comen y beben casi sin hablar. El joven apura su gran vaso de medio litro y pide otro más. El progenitor ni siquiera lo mira. Hay otros dos tipos a mi lado. Uno se hurga entre los dientes sin disimulo y el otro mastica con la boca bien abierta. Enfrente se sienta un hombre solo. Maduro, elegante, delgado, vestido de azul oscuro. Trae un periódico serio. He visto los grandes castillos a orillas del río que todavía son propiedad privada. Es obvio que esta sociedad es todavía muy clasista y conservadora. Me traen la comida. Todo a la vez. La ensalada me sorprende por la proliferación de verdura cocida, como la zanahoria o el repollo, además, tiene un ligero saber agrio a encurtido; será el chucrut. Tengo tanta hambre que la devoro. El roast beef está duro y demasiado hecho, pero las patatas son de verdad y la salsa es deliciosa. El vino desaparece a ojos vista y yo me voy sintiendo cada vez mejor. Antes de dormir, bastante borracho, salgo a la calle a sentarme en un banco para mirar la luna. Lo último que recuerdo antes de despertar en mi camita rosa es que una chica pasó delante de mí arrastrando un trolley que arrancaba del adoquinado un rumor de carroza de Cenicienta.

 

Extractos del libro Europa Lowcost. Puedes pedirlo dedicado en info@miquelsilvestre.com 20 euros. Envíos gratuitos en Península y Baleares.

cubierta Europa Low Cost - Miquel Silvestre

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