El tuerto que se sacó el ojo en Plymouth


drake Plymouth es una ciudad pequeña y universitaria. Abraza la bahía asentada sobre unas colinas, lo que hace que el casco urbano sea empinado. Todos son cuestas. Aquí llegó Francis Drake después de su vuelta al mundo y la población le ha erigido una estatua y concedido una ínsula. Para cruzar hacia el este hay que tomar un ferry. Se ven gaviotas por todas partes. Pero no es difícil de manejar si se compra un mapa. La gente es gorda y tatuada, les encanta comer fish and chips. Salgo a pasear en moto. En la zona portuaria, el Barbican, está el Capitan Jasper, donde se reúnen los moteros. Antes era donde vivían los pescadores y ahora es turística. Las antiguas tabernas acogen todo tipo de restaurantes. El Capitan Jasper siempre está concurrido. Al final del muelle, no es más que un barracón con unos bancos de madera, el café es soluble y las hamburguesas grasientas, pero es barato y tiene encanto. Pides la comida, pagas y te dan un tiquet con un número. La comida rápida lleva su tiempo, hay un par de chavales en la plancha. A veces hay que esperar un cuarto de hora. Venden camisetas de Captain Jasper, famoso en el mundo entero. El reclamo es una foto de un soldado británico de barba y pelo crecido que sostiene una ametralladora pesada en un desierto irakí, viste la camiseta azul del establecimiento. Leo el periódico local. Hay una sección muy interesante, son los condenados en la ciudad por embriaguez, resistencia a la autoridad, quebrantamiento de libertad condicional o posesión de canabis. Nombres, dirección, cargos y condena. Muy aleccionador.

Me siento en la terraza con vistas a la Isla de Drake. El cielo es gris espeso y solemne. A mí lado hay una mesa de matrimonios de más o menos mi edad, aunque parecen mayores. Son ruidosos y se ríen sin parar. Si no llueve, la vida es fácil sentado en una mesa con amigos. Delante de mí hay un pequeño puerto y varios pescadores lanzan sus cañas al mar. No veo que pesquen nada. Cuando termino mi cena y tengo la botella mediada, me acerco con mi copa en la mano. Llegan dos tipos. Son pobres. Uno es gordo, de gran barriga, cano y con unos ojos azules muy abiertos, como espantado. El otro es delgado, con el pelo rapado. Un piercing le atraviesa una ceja. Les invito a mi vino y ellos a tabaco de liar. Ambos se ríen. El sucio se ha dejado caer en una silla plegable y sonríe bobaliconamente.

Pasa un japonés y le hacen señas para que se acerque, el oriental casi se muere del susto y sale corriendo. Ellos se encogen de hombros y siguen hablando y riendo. Me preguntan si he probado la comida inglesa y el joven golpea la barriga del gordo. Me recomiendan el pudin de Yorkshire, al joven le encanta. De pronto el gordo dice algo señalando mi vaso y sólo entiendo “cinco libras”. Le pido que me repita la frase y tampoco entiendo del todo, sé que me ha dicho que el joven ha puesto o pone o pondrá su ojo en mi vaso. El verbo to put se conjuga igual en presente y pasado. ¿De qué están hablando? Por unos instantes creo que me están diciendo que le gusta el vaso o que quiere un poco de mi vino, pero la botella está ahí, entre nosotros y el joven no la ha tocado. ¿Qué quiere decir con que le pague cinco libras?

Entonces lo entiendo todo. Me quedo blanco. No, por supuesto que no voy a pagar cinco libras por eso. No quiero verlo ni aunque sea gratis. El joven me mira y se disculpa, él también ha entendido. Es un buen tipo. Pero el gordo está lanzado con la chufla y quiere que yo lo observe. Se me pone el vello de punta cuando veo como el joven abre la caja de herramientas y pide un destornillador. No lo encuentra pero lo intentará con un gran manojo de llaves que le tiende el gordo. Yo me quedo de pie mientras el joven se da la vuelta y se dobla sobre sí mismo. Sé lo que va a hacer y no me apetece verlo, pero me parece una falta de respeto salir corriendo como hizo el japonés. Yo comencé esta conversación y tengo que quedarme hasta el final. Cuando el joven se da la vuelta tiene una prótesis ocular en la palma de su mano y un pedazo de carne muerta en su cuenca.

Miro el horror con calma y le pregunto cómo sucedió. “Irak”, responde mientras se da la vuelta de nuevo. Cuando se gira la pupila falsa mira el cielo mientras la otra me devuelve un brillo triste. 34 años son muchos para ser un héroe pero muy pocos para andar vagabundeando sin futuro. Fue de los primeros en entrar en el país. En el año 2002. En la línea del frente. Recuerdo el cartel del pub galés y le pregunto si se siente reconocido por su país, me dice que sí y le creo. Yo mismo he visto como la gente de la terraza del restaurante se levantaba a aplaudir y vitorear cuando ha entrado en la bahía un barco de guerra. Eso jamás sucedería en mi país.

Creo que es hora de irme. Les estrecho la mano y le digo que me siento orgulloso de haber conocido un héroe. No miento. Admiro a los soldados de todas las épocas que se han dejado la piel y los miembros para que en la retaguardia los cobardes y los oficinistas podamos disfrutar de la paz y despreciar su sacrificio. Él reacciona y me dice de modo vehemente que de ningún modo es un héroe, “noway”, de ninguna manera, que sólo era un tío haciendo su trabajo por su país.

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Notas tomadas de mi diario al regreso de Irlanda para escribir La Fuga del Náufrago.

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