Próximo libro: el manual de aventura que nadie se atrevió a escribir


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El Juez de la Horca fue un personaje real en la historia de los Estados Unidos al que prestó su rostro Paul Newman en una fabulosa película. Roy Bean, que fue de todo y casi todo malo: cuatrero, bronquista, propietario de saloon, y hasta llegó a ser juez de paz de un villorrio texano perdido en el culo del mundo donde se convirtió en la ley al oeste del Pecos. Entre sus fechorías están haber multado a un muerto para quedarse con su dinero, o celebrar una pelea de boxeo en una isla del Río Grande para burlar la prohibición tanto en México como en su propio estado. En una escena memorable de la película se autoproclama juez con el código legal de Texas en la mano y afirma: “Como he vulnerado todas las leyes, soy el más indicado para aplicarlas.” Creo que a la hora de redactar un manual de viajes en moto soy también muy indicado para dar consejos porque no seguí ninguno e incumplí todas las recomendaciones. Lo que sé lo aprendí equivocándome.

Por eso voy a escribir un manual de aventura en moto como no se ha escrito antes. Con la actitud rebelde de quien nunca leyó manuales, despreció reportajes de recomendaciones prácticas pero se rompió huesos en África y consiguió salir indemne. Quizá mis enseñanzas no sean las más ortodoxas pero seguro que resultan divertidas, algo subversivas y sobre todo útiles para quienes han decidido viajar de verdad y despreciar el “moñismo”, que tan extendido parece a veces. Para que podáis comprobar qué tipo de manual vais a encontrar, os anticipo parte de un capítulo sobre algo tan importante como es la documentación necesaria para viajar. Si la introducción te ha interesado, entonces te interesará el resto, dalo por seguro.

DOCUMENTACIÓN

Si en nuestras sociedades occidentales los papeles son algo bastante importante, en lo que llamamos Tercer Mundo adquieren un valor absoluto, taumatúrgico, fundamental. Los documentos y los sellos lo son todo. Funcionarios, policías, aduaneros de África, Rusia, Asia u Oriente Medio sienten idolatría documental. Necesitan ver y palpar papeles, muchos papeles, con sellos, muchos sellos, cuantos más sellos y más coloridos mejor. Ok, si quieren papeles, hay que darles papeles. Otra cosa es que tengan que ser auténticos. Porque al ser extranjero y provenir de lejos, de muy lejos, de no se sabe bien de donde de lejos (pues esa es otra, si en Kazajstán o en Kenia dices que vienes de España, nadie sabe exactamente dónde carajo está, pero sí saben que está más allá de lo que conocen, o sea, que está lejísimos), pues entonces ninguno ha visto un documento original de donde uno viene, con lo cual probablemente colará todo aquello que se les enseñe.

Como ejemplos citaré que compré una moto en Kenya sin ponerla a mi nombre y como cuento en mi libro Un millón de piedras no solo conseguí cruzar toda África del Sur (Tanzania, Zambia, Zimbabwe, Bostswana, Namibia, Sudáfrica, Lesotho, Swazilandia y Mozambique) sin papeles, sino que incluso logré traerla a España. Cierto que en alguna ocasión tuve que recurrir al soborno, pero la mayor parte de las veces lo resolví usando una aparente ingenuidad o las falsificaciones más descaradas. Porque vamos a ver, ¿quién diablos ha visto un permiso de circulación keniata fuera de Kenia?

Así las cosas, ¿qué funcionario no español ha visto un carné de conducir español fuera de España? ¿Y qué funcionario de cualquier país ha visto un carné internacional emitido en España? Pues creo que nadie a juzgar por cómo conseguí cruzar 17 fronteras sin carné. O mejor dicho, con una falsificación cutre y autógrafa, pero eso sí, con sello, pues el sello es siempre lo más importante.

Resumidos, los hechos son los siguientes: Salgo de España en dirección éste sin el carné español y sólo el Internacional, que es un librito que tiene en la portada la fecha de expedición del carné internacional y varias hojas con las traducciones a varios idiomas (francés, inglés, árabe o ruso) de los distintos vehículos que puedes conducir, y, como en el español, le ponen un sello en el renglón correspondientes, en nuestro caso, A y B. Y al final está la parte más importante, que es tu nombre y la foto con sello de Tráfico.

Pues bien, mi carné internacional, de tanto abrirlo en África tenía la última parte rasgada y a punto de separarse del cuerpo principal. Atravesé la UE sin problemas hasta Ucrania, y allí empezó la pesadilla. Los policías de carretera son como buitres que detectan una enorme GS extranjera a kilómetros (yo creo que se avisaban por teléfono unos a otros), y en cada pueblo parada obligatoria y excusas para multar/sobornar. Y cada vez hay que sacar toda la documentación y discutir. En una de estas, los tíos se quedan con la parte final, la identificatoria, y yo con el librito y salgo de allí maldiciendo a todos los ucranianos de uniforme.

Ofuscado no pagué la mordida, pero cuando, unos 500 kilómetros después me di cuenta de que no tenía carné me sentí bastante perdido. ¿Que hacer? Ya no iba a regresar a por él, así que tiré. Tiré y tiré y crucé Rusia, Kazajstán y Uzbekistán con un documento sin foto ni nombre. Y colaba. Vaya que sí colaba. Los tíos no tenían ni puñetera idea y solo querían pasta. Pero el asunto era decirles que de acuerdo, que “protocol”, que rellenasen los papeles, que me metieran preso si querían, pero que había que avisar a la embajada o al ministro de interior. No se si eso es lo que funcionaba, pero antes de rellenar un solo papel me dejaban ir.

Y en estas llegué a Tashkent, capital de Uzbekistán, y me pasé por el consulado español. El cónsul (honorario) apareció en un Lada con 20 años, sin Internet ni impresora y con un Windows 98 que se colgaba a todas horas. Allí escribí mi nombre a bolígrafo en lo que quedaba de carné, le planté una foto y le dije al tipo que le pusiera un sello. Y se lo puso. Un sello que no servía para nada, pero era un sello, que es lo que a fin de cuentas importa en esos países.

Y así crucé otra vez a Kazajstán, a Azerbaiján y a Georgia, y en todas esas naciones hay que enseñar el carné para conseguir el seguro en la frontera. Y a de ahí a Turquía, donde también me lo pidieron, y a Siria, Jordania y el Líbano, donde me lo pidieron otra vez para hacerme los seguros. Todo el mundo tragaba con un papel escrito a mano con tinta azul de boli bic. Ni Mortadelo hubiera puesto una cara más seria que la mía al enseñarlo.

Pero lo más acojonante fue en Israel, donde te miran hasta los calzoncillos. Después de examinar mi equipaje y la moto, empezaron a pedirme papeles y papeles, y al final el carné de conducir. Y yo tragué saliva, saqué mi papelucho y el funcionario lo examinó, apuntó los datos que yo mismo escribí a bolígrafo y me dió el permiso de importación. Casi me caigo. Después de eso, me quedé tranquilo, supe que llegaba hasta casa sin problemas.

No soy ninguna excepción. Conocí a dos chavales franceses, Samuel y Sylvan, que compraron dos sidecares en China y con documentación china, carné chino y seguro chino (absolutamente falsos) consiguieron recorrer toda la Ruta de la Seda y llegar hasta Francia.

De modo que la clasificación más importante entre los documentos que debe llevar un viajero es entre aquellos que los funcionarios de los países visitados no conocen, como el permiso de circulación del vehículo y el carné de conducir, y aquellos que sí conocen, como el pasaporte y el Carné du pasagge en douane o CDP. Ojo con ellos porque si bien respecto a los primeros se puede ser hasta imaginativo en caso de no tenerlos a mano cuando nos los pidan, con los segundos se debe ser estricto y llevarlos siempre y en regla porque como esos sí los conocen, no os dejarán pasar si tienen algún problema o les falta algún requisito.

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Categorías: Manual de Aventura | 1 comentario

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Un pensamiento en “Próximo libro: el manual de aventura que nadie se atrevió a escribir

  1. Será bueno para leer !!
    Espero poder encontrarlo en Buenos Aires…
    Saludos,
    César Espona

    Me gusta

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