Terrorismo en Túnez, deber e interés de Occidente


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El oasis ha saltado por los aires. El futuro del país más abierto, seguro y tolerante del Magreb es hoy impredecible. Las cancillerías europeas contienen la respiración. Túnez era una cuña de estabilidad y moderación entre Argelia, acuciada por un islamismo fanático, y Libia, convertido en estado fallido tras el descontrolado derrocamiento del sátrapa, saludado con la euforia de un ciego Occidente que se ha empeñado en creer que la democracia es una etiqueta que se puede poner a voluntad. Del futuro de esta sangrienta crisis depende la estabilidad de toda la región, y la nuestra.

La gran pregunta es quién tomará el control, quién saldrá ganando. Kant aseguraba preferir la injusticia al desorden. La frase del filósofo no significa más que una obviedad. La mayor injusticia es la falta de orden. El caos o la ausencia de normas solo favorece a los fuertes y crueles frente a los débiles y escrupulosos. La tunecina es una sociedad moderada, pero como la de cualquier país musulmán no está exenta de elementos integristas, empeñados en destruir la convivencia en sus propios países. ¿Cuántas veces habrá que repetir que las principales víctimas del Yihadismo son los musulmanes? Lo que ocurre es que esos muertos no nos importan.

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Los turistas han regresado en masa y se prevé una catástrofe para una gran industria tunecina. Creo que no viajar a Túnez es dar la espalda al país. Como viajero por todo el mundo usando una motocicleta, he recorrido multitud de países musulmanes sin ningún problema, pero siempre doy los mismos consejos en mis conferencias: hay que huir como de la peste de los hoteles para occidentales, de las aglomeraciones de turistas europeos, de la piel blanca y los bikinis. El turista occidental tiende a creer erróneamente que está más seguro donde hay muchos como él, que la masa le protege, pero sucede todo lo contrario. He visto estos resorts en el Sinaí, en Bali, en Túnez, en Egipto, en Jordania y he evitado siempre alojarme en ellos porque es precisamente en esos sitios donde suceden los atentados porque una bomba garantiza una masacre. El viajero blanco está mucho más seguro en hoteles, restaurantes y plazas donde acuden los locales. Además de que conocerá mucho mejor la extraordinaria hospitalidad de estas gentes que contempla con desconocimiento y desconfianza. Los mismos desconfianza y desconocimiento que descubro en muchos comentaristas que jamás han estado allí.

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Pero Túnez no sólo es un agradable lugar de vacaciones con playas infinitas, cuidadas ruinas romanas y oasis datileros en mitad del Sahara. Túnez es sobre todo un modelo social. Un país musulmán sin estridencias ni extremismos. Un país donde las mujeres conquistaron hace años eso que ahora llaman espacios de libertad gracias, entre otras cosas, a la profunda reforma educativa realizada entre 1989 y 1991. La reforma no solo desterró los dogmas arcaicos de la educación musulmana como la sacralización de la Yihad. También instauró un sistema de enseñanza de valores en igualdad entre hombres y mujeres. Además, lo aplicó en la práctica generalizando los centros mixtos. Viajar por Túnez supone contemplar multitudes de chicos y chicas caminando juntos y revueltos camino del colegio, instituto o universidad, como la de Kaoiran, de donde procedía el asesino.

Lo que se ve allí es difícil, por no decir imposible, verlo en el resto de vecinos. En Túnez se respira un ambiente de verdadera libertad religiosa y social. Libertad para ser conservador o para ser moderno; para rezar en la mezquita, en la sinagoga o en la Catedral de San Jorge, en pleno centro de la capital; libertad para ser abstemio o para consumir el famoso vino Magon o la cerveza Celtia (afamados productos locales), sin tener que esconderse en el propio domicilio; libertad para vestir Hiyab o para pasear maquillada y con pantalones ajustados; libertad para moverse por el país sin ser acosado ni extorsionado por soldados o policías, quienes por cierto, se muestran de una amabilidad inusual. A diferencia de lo que ocurre en otros países cercanos, el extranjero es bien recibido y los turistas son tratados con una hospitalidad y una simpatía sorprendentes. Todo eso está ahora en riesgo.

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Lo que de verdad está en el aire es algo que atañe no solo a la región norteafricana o a la batalla militar contra el EI, sino al mundo entero y a las opciones de convivir con sociedades musulmanas tolerantes. La cuestión esencial no es si hay más o menos terroristas en Túnez, en Marruecos, en Argelia o en Francia, sino si hay verdadero futuro político a largo plazo para un Islam moderado y moderno como el que ofrecía Túnez a sus propios ciudadanos y por tanto a sus vecinos. Lo que realmente importa es saber si habrá esperanza para esas muchachas que hoy en Túnez todavía caminan como iguales junto a sus compañeros de aula.

Ese espejo democrático y abierto que era Túnez era el único que en lo político podía contrarrestar el influjo del salafismo en el seno de otras sociedades musulmanas. Si fracasa Túnez fracasa la democracia en el Islam, y si fracasa Túnez, fracasamos todos.

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