LA BODA DE MIQUEL SILVESTRE


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Esta mañana me he despertado y he notado algo extraño en la mano. En el anular tenía un anillo, una joya nueva cuyo roce inesperado ha sido lo primero que he sentido al ir deshaciéndome de los últimos filamentos de sueño. Adormilado, le he dedicado una mirada sonámbula. Era de oro, muy fino y muy sencillo. Me ha gustado verlo ahí. Y entonces me he dado cuenta de que todo lo sucedido en las últimas horas no había sido un sueño. Al lado dormía Teresa, mi mujer, y al pensarlo con palabras comprendí que era la primera vez que podía decirlo con propiedad: mi mujer, mi esposa, mi cónyuge, con todo lo que eso significa social, jurídica y familiarmente. “Es cierto, diablos”, me dije todavía en la cama, “me he casado.”

La boda tuvo lugar el 30 de mayo en la Basílica de nuestra Señora del Prado, de Talavera de la Reina, de donde es Teresa Perales, la novia, popular reportera del programa de La 1 Comando Actualidad, y a quien conocí precisamente por ese programa pues un día tuvo que dedicar un reportaje a alguien que hubiera cambiado radicalmente de vida, como por ejemplo de registrador de la propiedad a nómada, y ahí aparecí yo. Un día de hace más de dos años Teresa esperaba en la sala de llegadas del aeropuerto de Barajas a un tipo con el que se había cruzado unos cuantos correos y que se dedicaba a algo tan poco interesante para ella como viajar en moto. Y yo llegaba desde Split, Croacia, donde había detenido momentáneamente mi viaje Ruta Samarkanda para poder realizar el reportaje, de mucho interés para BMW Motorrad España, patrocinadora de aquel proyecto que me llevaba tras los pasos de Rui González de Clavijo.

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Yo nunca había visto el programa y tampoco sabía como era aquella periodista. Y cuando aterricé tan cansado después de varias horas de retraso, la encontré tan rubia e inteligente, con un abrigo ceñido que revelaba un cuerpo de mujer deportista. Y ella se topó con un tipo de barba estrafalaria, aspecto desaliñado y modales de leñador. Y aún así, algo pasó en ese mismo instante. Normalmente las descripciones del momento en que se conocen los cónyuges son algo recreadas, pero en nuestro caso se da la circunstancia de que somos de las poquísimos matrimonios que tienen filmado el momento exacto en que se conocieron. Y creo que ya se descubre en esos pocos planos que nació la atracción de modo espontáneo nada más vernos. Pero tampoco se puede decir que fuera un flechazo. Tuvimos tres días de rodaje para ir conociéndonos y aun así tuve que cortejarla.

Al terminar el reportaje, arranqué una última cita. Como le escribí en un sms al despedirnos tras la secuencia final, “no te voy a proponer que cenes conmigo porque sería prematuro y estaría fuera de lugar, pero sí te ofrezco tomar unas cañas de día porque me apetece conocerte mejor”. Y así era. No había otra pretensión porque yo me iba para una larga aventura, pero realmente quería conocer mejor a aquella periodista. Para mi sorpresa, accedió. Se presentó con un traje sin escote y la cara lavada. Nada en su actitud revelaba interés más allá de la curiosidad por el espécimen neandertal. Me contó que tenía novio y que había sido muy interesante conocerme. Me deseó suerte en mi viaje a Asia Central que retomaba ese mismo día y que me llevaría varios meses. Nos despedimos sabiendo que ahí terminaba todo.

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Y sin embargo, el whatsup pronto empezó a crepitar. No recuerdo quién comenzó, supongo que fui yo, pero la conversación se hizo íntima e intensa. Según yo viajaba rumbo a Turquía por los Balcanes, el tono de los mensajes subía. La tensión fue haciéndose insoportable para ambos. Cuando me encontraba en Montenegro, le propuse resolverlo con una cita en Estambul, distante más de 2.500 kilómetros. De nuevo accedió, pero tenía que ser el próximo fin de semana por no sé qué compromisos tenía después. Quien siguiera entonces mi viaje quizá se sorprendiera de que cometiera la locura de cruzar Albania en un solo día. Albania es el país de peor red viaria de Europa, atravesarlo en una jornada es un completo disparate. Hasta el aduanero albanés de la frontera de salida se sorprendió cuando se lo dije. Pero había una razón poderosa para ello. Se llamaba Teresa. Grecia la crucé en dos largos días de autopista y el viernes previsto yo estaba como un clavo en el aeropuerto de Estambul para recoger a una chica que no se explicaba todavía muy bien qué estaba haciendo.

Pasamos aquel fin de semana entre la sorpresa, la pasión y la negación. Evidentemente, fuera lo que fuera lo que estábamos haciendo, no podía durar, no tenía sentido y aunque incluso quisiéramos tener una relación estable no podría funcionar. Éramos demasiado dispares, seguíamos caminos divergentes y buscábamos cosas distintas. Así que cuando nos despedimos, dimos por bueno el apasionado fin de semana en un sitio exótico donde nadie nos conocía y podíamos ser cualquier persona menos nosotros y a seguir cada uno su propia senda. Ella regresó a España y yo seguí viaje hacia el corazón de Asia.

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Pero la cosa no podía terminar así. Teresa había dejado a su novio antes de viajar a Estambul y yo mantuve vive nuestra conversación. Aceleré todo lo que puede mi aventura por Uzbekistán y Kazajistán. Durante el regreso recuerdo que crucé Asia Menor desde Bakú, en la costa del Caspio, hasta Estambul en dos días, casi 2.000 kilómetros por carreteras a menudo infernales y tres cruces de frontera, Azerbaiján, Georgia y Turquía. Yo tenía que estar en el evento de BMW Motorrad Garmish y ella voló a Munich. Habían pasado más de dos meses desde nuestro encuentro turco y fue como si hubieran sido solo unas horas. Regresé a España y al llegar a Madrid me instalé en su casa.

No se puede decir que la convivencia fuera fácil. De hecho me llegó a echar en varias ocasiones, pero vivimos grandes momentos juntos, algunos duros como la difícil producción de la serie Diario de un Nómada, cuando nadie confiaba en mí y todas las puertas se cerraban, pero también otros muy felices, como cuando por fin se empezó a emitir, o cuando salió el libro publicado por Plaza & Janés en el que yo conté nuestra historia de amor y como ella había estado apoyándome para sacar adelante lo que ya siempre sería nuestro proyecto.

Tan solo dos años después de comenzar nuestra convivencia, me vi llegando al altar de la Basílica de nuestra Señora del Prado llevando del brazo a mi madre, emocionadísima madrina. Allí ya esperaban unos pocos amigos y familiares, no más de cincuenta personas, todos muy queridos por mí, solo gente que sabía me apreciaban y se alegraban de mi felicidad. La novia se retrasó porque había olvidado el ramo y su madre las arras y anillos. En fin, lo normal en estos casos. Pero cuando llegó, creí sinceramente que era la novia más guapa que jamás había visto y supe que mi extraña y compleja vida de nómada había tenido sentido. El de llegar a esa iglesia a esperar a la mujer que había decidido compartir su vida con la mía.

¿Cambiará esto mi relación con la aventura, las motos, la televisión y la literatura? Evidentemente. Todavía no sé cómo lo hará ni en qué afectara a mi modo de contar y viajar, pero lo que sí sé es que ahora la prioridad ha cambiado y que ya no es otra que mi familia. Y cada vez que veo este raro y fino anillo en mi dedo mientras escribo estas letras lo confirmo. “Ahora tienes familia”, me digo a mí mismo entre asustado y emocionado.

Y ahora perdonen ustedes que me despida aquí, pero es que me llama mi mujer.

Mira el programa donde nos conocimos

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Categorías: situaciones | 6 comentarios

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6 pensamientos en “LA BODA DE MIQUEL SILVESTRE

  1. Vale Miquel !!! Felicidades !!!
    César (Argentina)

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  2. ¡Mi más sincera enhorabuena a ambos!¡Esperamos todos poder veros juntos durante muchos viajes en moto.

    Un abrazo

    Javier (España)

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  3. que grandes sois, mi mas sincera enhorabuena!

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  4. Enhorabuena Miquel.

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  5. Enhorabuena que seáis muy felices

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  6. Enhorabuena y que sean muy felices

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