Recuerdo imborrable de Nepal. Viaje con mi madre a los Himalaya


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Me duele Nepal. Las terribles imágenes de una devastada Katmandú conmueven mi interior. Viajar no es solo desplazarse, sino conocer aquello por donde se viaja, y por tanto amarlo. Yo amo Nepal porque estuve allí durante mi vuelta al mundo en moto Ruta Exploradores Olvidados del 2010 al 2011. Y no es para mí solo otro país visitado ni su capital otra ciudad. Nepal será siempre la nación refugio donde hallé la paz tras el infierno que viví en India durante más de un mes y 5.000 kilómetros. Aborrecí La India por su horrible tráfico homicida, el ruido omnipresente, la suciedad y la superpoblación. Sin embargo, Nepal se me apareció como un tranquilo país, de gente amable, silencioso y limpio. Pero sobre todo Nepal fue el país donde me visitó mi madre y fuimos juntos a ver los Annapurna. Por eso hoy quiero recordar aquellos días felices para que ver de nuevo la Katmandú que conocí y no la devastación que nos ofrece la pantalla.

durbar plaza

AL HIMALAYA EN MOTO CON MI MADRE

Al llegar a Katmandú en la primavera del 2011 recibí un correo electrónico de mi madre. Como todo en esa temible señora de 74 años, era fatídico y sin apelación posible. “Hijo, he visto en Facebook que estás en Nepal. Necesitas buenas fotos del Annapurna para tu Ruta de los Exploradores Olvidados. Te haré de fotógrafa. Llego mañana.”
Por un lado me ilusionaba verla. Llevo ocho meses fuera, viviendo con lo poco que cabe en las maletas de una motocicleta. Pero la idea de recorrer con ella estas terribles carreteras asiáticas era inquietante.
Camino del aeropuerto encuentro una marcha por un estado sherpa independiente. Cuando no es una huelga, hay una manifestación. Tras la guerra civil, Nepal es una república dividida entre dos poderes. El Gobierno y los maoistas. Lo curioso es que estos son también miembros del Gobierno, lo que no impide que prosigan las protestas.
Varios occidentales van saliendo del avión. Un pálido lama escocés con ropones rojos, un grupo de trekkers, dos ejecutivos impecablemente vestidos, una pareja de hippies americanos que han venido a recoger a los padres de ella. El novio y la suegra se saludan con un abrazo de apenas una fracción de segundo. Sin calor físico, contacto, ni afecto, estos abrazos yanquis son de horchata.
Y entonces aparece mi madre. Nosotros sí que nos abrazamos de verdad. Lleva más de veinte horas de aviones y salas de espera, pero sigue desprendiendo una energía extraordinaria.
—¿Dónde nos vamos a alojar?—pregunta.
—Estoy en un albergue del centro.
—Ah, no—protesta—. Yo quiero ir al Dwarika´s.
El Dwarikas es el mejor hotel de la ciudad. Un auténtico museo de artesanía nepalí. Un lugar que vale la pena visitar. El problema es el precio.
—¿No eres escritor de viajes?—comenta —. Diles que vas a hacer un reportaje y que te hagan descuento.
Imposible negarse. Intento la estratagema, enseño la BMW, les digo que doy la vuelta al mundo escribiendo para revistas y periódicos. De modo casi milagroso consigo una sustancial rebaja, y que me dejen meter la moto dentro para una sesión fotográfica.
Cerca está el templo hinduista de Pashupatinath, el más antiguo, a orillas del río Bagmati. Declarado Patrimonio de la Humanidad, es centro de peregrinación y crematorio de cadáveres. Interminables escaleras llevan hasta la cima, tomada por un centenar de monos que aprovechan las ofrendas alimenticias mejor que los dioses.
—En Katmandú—dice ella—, hay muchas cosas, pero te interesan solo aquellas a las que puedas ir en moto. Recuerda que el viaje que estás haciendo es excepcional. Tú no llegas a los sitios en avión como todo el mundo. Vamos a la Plaza Durbar.
—Pero—me atrevo a objetar—, el centro es peatonal y hoy hay huelga. Nadie circula.
—No digas tonterías. Tú eres un extranjero, la política nepalí no va contigo.
En Plaza Durbar se haya un curioso templo de madera, reconstrucción del primigenio que hace miles de años diera nombre a la ciudad, así como la residencia de esa desgraciada niña diosa, la Kumari.
—Una tradición perversa—comenta—, esa cría no puede pisar el suelo, no se relaciona con otros niños y no tiene una vida normal. Es una divinidad, sí, pero solo hasta que tiene la primera menstruación, entonces es devuelta a su casa. Ya me contarás qué futuro tiene alguien que ha vivido aislado sus primeros años.
Viajar a Pokhara no es fácil. Tráfico, montañas, baches y curvas. Topamos con un control de maoistas. Exigen peaje. Intento esquivarlos adelantando al coche que me precede, pero el carril es estrecho y golpeo su parachoques con mi maleta. La moto queda con la rueda delantera dentro de una acequia. Para sacarla me tienen que ayudar estos filibusteros de la dictadura del proletariado.
—Ya tienes historia.—comenta mi madre divertida mientras hace fotos—, los maoistas te acaban echando una mano.
La carretera del valle de Katmandú es ondulada, serpenteante, preciosa; sin embargo, se hace interminable con tanta curva y tanta aldea. Siete horas después arribamos molidos y hambrientos a Pokhara. Pero como ocurre una vez se termina con bien un largo viaje, delante de una buena cerveza Everest las cosas ya no parecen tan terribles y uno puede reírse de ellas y también de uno mismo. Hasta el día siguiente, claro.
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A las siete de la mañana aparece mi madre.
—Hay que hacer fotos del Annapurna. Espabila.
Salgo adormilado. Entonces lo veo. Es enorme, fabuloso. Las paredes nevadas refulgen rosáceas. Domina el pueblo como un celoso guardián.
—Para conseguir buenas tomas—indica— vamos a la Pagoda de la Paz, sobre el monte que está al otro lado del lago Phewa.
Para llegar hay que subir una empinada senda sin asfaltar sobre el abismo. Es sobrecogedor. Cuando llegamos al lugar desde donde se ve bien el enorme macizo mi madre se apea y se dirige hacia mí.
—En realidad he venido porque esa montaña habla. A todo el que tiene delante le dice algo. Quiero escuchar lo que te dice y que por estar conmigo eso no se te olvide nunca.
Me enfrento a la majestad pétrea y la veo como realmente es: un espejo. Un espejo de nieve, cielo y sol. El más alto y puro del planeta.
—Dice que hay algo allá arriba—musito—. Alcanzar esa cima debe ser parecido a lo que siento cuando llego a un destino lejano después de rodar sobre un millón de piedras para escribir sobre las pequeñas historias que encuentro. Hay algo profundo en ello. No sé que es exactamente, pero ahora sé que existe y que vale la pena.
—¿Lo ves?—me dice mi madre con voz suave— tenía que venir para que lo escucharas porque con tanto blog y tanto Facebook se te estaban olvidado las verdaderas razones. Ahora sácame pronto de aquí, que me da mucho miedo este precipicio.

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Categorías: situaciones | 2 comentarios

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2 pensamientos en “Recuerdo imborrable de Nepal. Viaje con mi madre a los Himalaya

  1. Te parecerá absurdo, pero la primera persona en la que pensé al enterarme de la tragedia de Nepal fue en ti y en esa pequeña aventura con tu madre que supongo te marcaría como persona y como hijo. Aunque nunca llegue a comprender la profundidad de tus sentimientos ante la realidad que está viviendo esa gente, te mando un fuerte abrazo.

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  2. Somos una pareja de españoles que desde 2012 vivimos en Nepal. La verdad que nos encantan los programas y vídeos que haces. Eres toda una fuente de inspiración!!! Esperamos que puedas seguir viajando por el mundo y descubriendo sitios maravillosos. Nosotros tenemos un blog en sus inicios, jeje, acerca de Nepal esta es la dirección: nuestronepal@blogspot.com
    Saludos!!

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