En moto por el Eje del Mal. Despertar en Irak.


iraki women

Durante el año 2009 realicé un viaje en solitario por Turquía, Irak, Irán, Siria, Jordania, Líbano, Egipto, Libia y Túnez. Fue justo antes del estallido de lo que los medios llamaron Primavera Árabe y que en realidad no fue más que el comienzo de los desordenes y la violencia que no ha mejorado las cosas en Túnez o Egipto, o que aún golpea Siria, el país de la gente más hospitalaria que me he encontrado, después de los iraníes. Mi diario de aquellos días recoge fielmente el retrato de las personas que encontré y de los momentos allí vividos, que serán los protagonistas de mi próximo libro. Siempre he pensado que los libros de viajes deben escribirse cuando ha pasado tiempo desde que se terminó el trayecto geográfico para que se maduren las vivencias y para que el narrador vuelva a sorprenderse al releer los cuadernos escritos a vuela pluma en el lugar e instante en que se viajaba. Hoy he abierto ese diario por la página del despertar de mi primer día en Irak.

“Desperté en el salón familiar donde habían tendido una colchoneta para mí. Cubierto por un grueso edredón y con tapones en los oídos, había dormido profundamente después de haber dado gracias a los muchos cristos que había colgados en las paredes por haberme enviado aquella noche a aquella casa y a aquella familia. De nuevo, me había salvado por los pelos y caído en el mejor lugar posible. Era muy pronto, recién amanecía y todavía no había nadie despierto. Tome el café de mi termo, salí silenciosamente al patio, abrí el gran portalón que separaba la intimidad del hogar de las calles sin pavimentar y empecé a correr como hago cada mañana. Recorrí el modesto barrio de casas bajas, me crucé con algún madrugador que me miró sin dar crédito a lo que veía. Encontré un río y lo seguí. El cauce me llevó a las afueras. Sudé el miedo de la noche anterior y sentí revivir. Cuando había hecho unos veinte minutos de carrera, regrese pleno de endorfinas por el mismo camino. Reconocí el portalón. Llamé. Abrió uno de los hermanos. Estaban todos despiertos y activos. Me esperaban con un gran desayuno que tomamos en el suelo. Pan, omnipresente pan sin levadura, yogur, tomates, huevos fritos y aceitunas.

La familia de mi nuevo amigo Jan es muy amplia. Son cinco hermanos varones y una hermana; el padre, la madre, cuatro nueras y seis sobrinas. Viven todos juntos y bastante revueltos en una gran casa de planta baja de un barrio alejado del centro de la población kurdoiraquí de Zakho. Las modestas habitaciones no tienen camas y están distribuidas alrededor de un patio interior. Por la noche tienden esteras para dormir cuatro o cinco personas en cada cuarto. Realizan tres comidas diarias sentados en el suelo sobre delgados cojines. Primero los hombres, luego las mujeres. Hay dos azoteas en las que tienden la ropa. Una cocina de gas, un cubículo que sirve de ducha y otro anejo con una placa turca que, cosa sorprendente, encuentro siempre limpia. Las niñas son de edades comprendidas entre los 10 y los 2 años. Parece que todas sean hijas de todos, pues los miembros adultos de la familia las miman o las reprenden sin que se distinga bien quienes son padres, hermanos, primos o tíos.

La hermana está soltera, no desea casarse todavía. Al parecer, no le gustó el tipo que la pretendía. Como me explica Jan, ellos son cristianos y no la fuerzan a casarse con alguien que no es de su agrado. “Tal vez no se case nunca”, añade, pero yo la he visto hablar por teléfono de noche, a solas, y aunque no entiendo el kurdo, sé reconocer el tono de voz de una enamorada.

El padre de Jan es un anciano que sirvió en el ejército de Saddam Hussein durante veinte años. Guarda algo del orgullo y la apostura marcial de los viejos soldados. Es propietario de un humilde café en el centro del pueblo y con él trabajan varios de los hijos. Viste el traje típico kurdo con chaqueta de paño, pantalones bombachos y una ancha faja. Calvo y corpulento, es todo un personaje que me trata con afecto y campechanía aunque no habla inglés y no entiendo una palabra de lo que me dice. Fuma continuamente cigarrillos y también un tabaco de liar alemán, Black Capitán, que huele a rayos. Sus gestos tienen siempre un aire solemne y todos en la familia aseguran respetarle, pero a pesar de esa reconocida autoridad, quien de verdad manda y decide en este hogar es la madre. Es como si esta enjuta mujer tuviera rayos X en los ojos para leer el alma de las personas. Supongo que esa es una cualidad indispensable para sobrevivir en Oriente Medio.

La niña que me abrió la puerta la noche anterior no me quita ojo. Descubro en esa mirada la natural curiosidad por el extranjero, pero también un tipo de atracción precoz que me inquieta. Delgada y muy pequeña para su edad, pienso que está madurando muy deprisa. No puedo evitar pensar en el futuro que le espera en el Kurdistán Irakí.”

Anuncios
Categorías: situaciones | Etiquetas: | Deja un comentario

Navegador de artículos

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Crea un blog o un sitio web gratuitos con WordPress.com.

A %d blogueros les gusta esto: