Avance nuevo libro II. En moto por el Eje del Mal


Welcome to Bulgaria

En mi último post avancé que mi nuevo libro relatará el viaje que realicé antes de la vuelta al mundo y que me llevó a recorrer toda la orilla sur del Mediterráneo desde el Bósforo hasta el golfo de Túnez atravesando Irak e Irán. Un viaje que ya no se podría realizar en años debido a la violencia de Siria y Libia, que se desencadenaría justo cuando yo los abandonaba. Mubarak en Egipto y Ben Alí en Túnez también caerían poco después. Recorrí entonces muchos de los países estigmatizados por la prensa internacional y la política exterior de USA y la UE. Lo que vi fue sumamente ilustrativo respecto a como se contamina a la opinión pública con prejuicios y medias verdades.

Tras terminar este viaje, abandoné todas mis posesiones y mi puesto de trabajo para comenzar la vuelta al mundo Ruta Exploradores Olvidados que me haría popular en el mundillo virtual de la moto aventura, pero cuando yo hacía el equipaje, apenas nadie me conocía y mucho menos podría imaginar la pequeña revolución que iba a causar en el ambiente. Tal vez por esa inocencia como viajero anónimo y por la situación ya desaparecida de aquellos países, el relato de mi Grand Tour ofrezca el interés de las fotografías de ciudades que ya no existen.

Mientras lo termino iré subiendo a este blog algunos párrafos o capítulos como hice con La Emoción del Nómada para que mis amigos y lectores puedan ir apreciando los matices que ofrece mi mirada, que no es ni mejor ni peor que otras, pero sin duda ha sido siempre muy personal.

Noviembre del 2009. Preparativos antes de salir.

La primera satisfacción de un viaje es que quepa todo el equipaje. A pesar de mi experiencia, hacer el equipaje me lleva horas de selección. Elijo lo que me gustaría llevarme, lo que pienso que puedo necesitar, lo que sin duda echaré a faltar, y luego dejo fuera la mitad. Hago montones de cosas, las imprescindibles, las necesarias y las optativas. Luego dejo fuera la mitad. Clasifico las herramientas, la ropa, el equipo de camping, el material electrónico… y luego dejo fuera la mitad. Cuando ya tengo hecha toda esta labor de escrutinio y organización, reviso las maletas y el espacio que tengo disponible y entonces me cabe la mitad de la mitad y aún me sobra algún hueco absurdo que relleno metiendo cosas de la primera mitad que deseché por inservible o innecesario.

Pero hete me aquí, rodeado de objetos y prendas, diseminadas todas alrededor, convertido el despacho en campo de batalla. Sin embargo, una gran sonrisa me delata. Estoy feliz. Tengo delante dos maletas de aluminio cerradas a presión. Lo esencial ha cabido en ellas y aún me queda por llenar una mochila con aquello que usaré a diario. Una muda, las zapatilla de correr, el termo, el ordenador portátil, y los cargadores. Es curioso, el capítulo cargadores de aparatos es en sí mismo un mundo. Decenas de cables, transformadores y enchufes machos sin los cuales mi tenderete no funcionaría. Antes los llevaba todos desordenados, pero ahora me caben bien apretados en una mini maleta que nunca devolví a mi amigo Fernando Prieto.

Bulgaria.

Cuando apareció el desvío hacia Estambul, encontré también un edificio rojizo con el letrero de Motel. Numerosos camiones descansaba en el parking, así que pensé que podía ser un buen sitio para dormir. Lo que primero encontré fue el restaurante. Sucio y oscuro, apenas había allí un puñado de conductores y tres mujeres feas. La comida, eso sí, lucía espectacular. Daban bien de comer, eso estaba claro. Pero también ofrecían otras delicias en el menú. Lo entendí en cuanto me salió al paso la encargada. Aquello era un burdel. Bueno, a mí no me importaba si podía descansar en condiciones. Me pidió 20 euros por la habitación en moneda local, no tenía cambio de euros. Subimos al primer piso y resultó que el cuarto era inhóspito y sin calefacción, el baño estaba sucio, la cama no tenía mantas y en las paredes había posados mosquitos del tamaño de troleobuses. Reclamé un cambio de habitación, accedió y el nuevo dormitorio era mejor, aunque seguía siendo frío, casi gélido. Para pagar, debía irme con un taxista a sacar dinero de un cajero que estaba en la ciudad, a distancia indeterminada. El tipo me pidió 10 euros y aunque bajó a 5, pensé que era la excusa perfecta para poner pies en polvorosa. Cargué de nuevo la moto y salí a la oscuridad de la noche rumbo a lo desconocido.

Estaba agotado y el tráfico era peligroso. Divisé unas luces. Era una gasolinera. Allí me dijeron que había un complejo hotelero a 25 km. 15 kms después encontré un motorista polaco que me dijo que había visto un hotel a por lo menos 50. 20 más allá pregunté en un tugurio y me dijeron que pasados 50 más sin duda había un motel. Mi extenuación crecía tanto como mi estupor. ¿Es que nadie sabia donde diablos había un alojamiento? Apenas recorrí 5 larguísimos kilómetros cuando encontré un hotel. Detuve la moto aterido, tenía buen aspecto, como de residencia vacacional. Un rayo de esperanza se abrió en la oscuridad. Pero me dijeron que estaba completo. Era ya noche cerrada, hacía un frío polar y algo de niebla. El viaje en moto ya no tenía ninguna gracia.

Entonces vi un local con luces encendidas en su interior. Detuve la BMW y estiré el cuello para ver qué había. Un grupo de mujeres me hizo señas de que pasara. Sospeché que era otro lupanar pero ya no estaba en condiciones de hacerme el estrecho. Si había sitio, dormiría allí. Entré. Una mujer mayor, sin duda la madame, me dijo que no había problema, que por 20 euros tendría cama para mí. ¿Un cuarto individual? “Sí, sí”, aclaró, tendría una buena habitación: la suya. El que me enseñó, decorado con sus objetos personales más íntimos, era su dormitorio. Me resigné. Dejé mis cosas y bajé al salón. Desde las escaleras eché una mirada más detenida. Dos putas pequeñas y horrendas me esperaban. Había una mujer más, que sufría obesidad mórbida. Cerraba el grupo un chaval que cocinaba durante toda la noche para los camioneros que allí entraban cada dos por tres. Cené carne picada a la plancha y bebí cerveza hasta casi quedar inconsciente.

Entonces entró la policía. Tres tipos. Uno de paisano, y otros dos de uniforme. Modales soviéticos, estaban de inspección. Las putas se quedaron congeladas, como estatuas de sal. Yo miraba la escena como desde lejos mientras en la televisión echaban una comedia americana traducida al turco. Al cabo de un rato llegó el dueño de todo aquello. Un tipo rapado y mezquinos que traía los papeles que los policías requerían. Pero había problemas. Faltaba algo, o sobraba algo o yo que sé. Cuando los agentes marcharon, el chulo echó una bronca a las putas, pero a pesar de su presunta autoridad, me di cuenta de que era un fulano inofensivo, un pobre desgraciado al que todos los funcionarios búlgaros de la región extorsionaban.

Me quedaban mil dinares serbios, unos diez euros, pero el tipo no los cambiaba ni los aceptaba. Las putas no hacían más que pedirme que las invitara a cerveza, a comer, que me las follara, que me la chupaban, que me hacían un masaje en el absurdo sillón eléctrico de polipiel que junto a la estufa de leña era el auténtico protagonista del mobiliario. La cena que me sirvieron era un menú infantil. Seguía hambriento. Acabé abonando en euros dos cenas y al final conseguí que el mamón me aceptara el dinero serbio como pago de la cerveza. Subí al dormitorio medio grogui y la vieja aun se me ofreció. Sus proposiciones ya no eran ni incómodas ni surrealistas. Ahora me resultaban enternecedoras. Caí rendido en la cama de muelles viejos y cabecero de latón y conseguí dormir mis buenas 6 o 7 horas debido al cansancio. De hecho, fue la vieja la que me despertó ya que yo podría haber dormido hasta bien entrada la mañana. Cuando bajé, el escenario me pareció muy diferente al de la noche. No quedaba nadie en el local. A la luz del día el salón no era tan tétrico. Era sólo una cafetería sucia y descuidada que había sido diseñada demasiado tiempo atrás con demasiadas pretensiones y que habría pasado por mil vicisitudes y cien dueños diferentes.

Aún hubo tiempo para un último robo. La vieja me cobró 3 euros por dos cafés de sobre y un plátano. Salí de allí ardiendo en deseos de llegar a Estambul. La ciudad de las mil delicias. La ciudad a la que siempre se vuelve y uno nunca abandona del todo.

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Un pensamiento en “Avance nuevo libro II. En moto por el Eje del Mal

  1. Me encanta la forma que tiene de escribir, es amena,real, diferente.es casi como si estuvieras viviendo la experiencia. gracias por ella

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