Una historia que no me gustaría olvidar con las prisas


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Vivo envuelto en una vorágine que apenas me deja tiempo a respirar. No solo estoy viajando por un continente inmenso de enormes distancias y en ocasiones pocas comodidades. El viaje ya de por sí es un reto. Además estoy produciendo un documental para televisión, y además sigo haciendo yo mis propias filmaciones y ediciones de vídeo para la web de RTVE como anticipo o adelanto de lo que será el producto profesional terminado. Sigo haciendo mis fotos y escribo dos blogs, éste y el de RTVE.es, y aún me preocupo de redactar los reportajes para Solo Moto. Gestiono un equipo de trabajo compuesto por un cámara y un conductor sobre el terreno y un productor y un guionista en España, y a eso súmale las relaciones contractuales complejas y estresantes con los patrocinadores y los canales de televisión que han de emitirlo. Menos mal que esto es mi despedida, porque estoy con la lengua fuera siempre relegando lo importante ante lo perentorio.

Pero hay una historia que cuyo relato no puedo postergar por lo que significa respecto a la amistad, la confianza, la camaradería y las cosas que en el fondo hacen que todo este esfuerzo valga la pena. Supongo que alguien se habrá dado cuenta de que en los vídeos que estoy haciendo aparecen tomas aéreas. Las hacemos con un dron, un multicóptero que se diseñó con fines militares para espionaje y ataques selectivos (asesinar talibanes sin jugarse la vida, básicamente) y que ahora son usados para filmaciones. Pues bien, la historia es como conseguimos uno nuevo perdidos en Patagonia.

Nos encontrábamos en El Bolsón, en la Patagonia Argentina más boscosa, a tomar por saco de cualquier gran ciudad, cuando nuestro dron decidió volar por su cuenta en busca de su propio talibán y nos dejó con cara de tontos. Lo llamamos, lo buscamos, intentamos todo lo humanamente posible pero buscar un diminuto dron en un bosque patogénico era tarea inútil. Lo dimos por perdido. El desánimo se instaló. Por supuesto podríamos terminar el documental sin el dron, cuya presencia es mínima, pero jodía que habiendo cargado con él desde España y habiendo filmado algunas buenas tomas, ya no lo usáramos más.

No paraba de dar vueltas a la cabeza. Yo aquí soy el productor y se supone que los productores resuelven los problemas así. Entonces se me ocurrió buscar un dron en Patagonia y si no, en las ciudades más lejanas. Consulté internet. En Buenos Aires no tenían nuestro modelo. Pero sí en Santiago de Chile, a más de 2000 kilómetros y con una agenda apretadísima de viaje donde no podíamos ni regresar ni esperar. Pagar el dron por transferencia y esperar que nos lo enviarán a Argentina, con durísimas leyes de importación era inviable por costoso y lento. Entonces me acordé de Carlos Baeza Guíñez.

Carlos es un abogado de Santiago de Chile que un día leyó que necesitaba dinero para financiar este viaje y me ofreció una aportación económica, algo a lo que siempre me niego si viene de particulares porque yo acepto patrocinios de empresas o vendo libros y camisetas a lectores, pero no pido dinero a gente de civil por viajar. Él insistió. Cuando fui a Santiago se presentó en el local de Touratech y reiteró su promesa. Le dije de nuevo que no, pero que le aceptaba una buena cena para todo el equipo. Y nos invitó a uno de los mejores restaurantes de Santiago.

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Le llamé y le conté mi problema explicando que el precio era superior a 1800 dólares americanos. “No te preocupes”, dijo, “yo lo compro hoy mismo y te lo mando en avión por Chilexpress. Tú solo tienes que cruzar la frontera hasta Cohiaque, que es la última ciudad grande en la Patagonia Chilena y que está a la altura de Río Mayo, a unos 700 kms al sur de donde estás”. Se lo agradecí y prometí ingresarle el precio del dron en cuanto llegara a Chile. Viajamos a Rio Mayo en un día dándonos una paliza y cruzamos los Andes al día siguiente por una pista de ripio terrible. Conseguimos llegar a Cohiaque en plazo. Allí estaba el dron esperando. Yo cambie los 1800 dólares y se los ingresé en pesos chilenos en su cuenta bancaria. Y así fue como el productor de Diario de un Nómada consiguió un dron en La Patagonia.

La confianza se construye con los pequeños gestos y la confianza permite construir los grandes. Los dos sabíamos que el otro cumpliría el trato aunque solo nos habíamos visto una vez en la vida. Y por eso hoy yo cada vez que veo volar el puñetero dron recuerdo a mi amigo de Santiago de Chile, que ya para siempre estará dentro de lo que salga de este loco proyecto de documental.

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Categorías: Uncategorized | 3 comentarios

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3 pensamientos en “Una historia que no me gustaría olvidar con las prisas

  1. Miquel, uno en la vida cosecha lo que siembra, y por que sea una frase muy gastada de tanto usar, esa es la verdad. Creo que día tras día vas viendo que tu cosecha es de gran calidad humana.
    Un abrazo viajero del mundo!

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  2. Que buena historia y me siento parte de ella porque estuve en esa ocasión en Touratech y tengo mi Dron, que espero no perder.

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  3. Miquel, esa es una de las cualidades de las personas que no solo somos moteros, sino que ademas llevamos dentro el verdadero espíritu aventurero que tiene como característica la solidaridad y la hermandad sin distingo de nacionalidad o frontera!!! Eso sólo nos lo dan nuestras maquinas… la capacidad de mantenernos en nuestra verdadera esencia: “la esencia humana”!!!!

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