Historia de una vuelta al mundo en moto. Extracto egipcio.


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Repaso el pormenorizado diario que escribí durante la vuelta al mundo en moto que di entre junio del 2011 y septiembre del 2012. La llamé Ruta Exploradores Olvidados y hoy me parece ya algo lejano en el tiempo, como si lo hubiera vivido otro, como si no fuera yo quien viajó desde Cabo Norte a Kenia, luego a la India, a Nepal, a Tailandia, Malasia y cruzara toda Borneo para subir la moto a un maltrecho cascaron que me dejaría en la filipina isla de Mindanao para luego ir subiendo ferry a ferry, puente a puente, hasta Luzón y penetrar en Manila. De ahí, a Vancouver, para luego alcanzar Alaska, el Mar Ártico en Inuvik y luego viajar hasta Nueva York para mandar la moto de regreso a España.

¿De verdad hice eso? Parece mentira. A veces semeja un sueño. Sucedió no hace tanto tiempo pero de aquellos días hasta hoy he dado una vuelta entera a España dando charlas, he viajado a Uzbekistán, he publicado dos libros, un centenar de reportajes, he dado decenas de entrevistas, he recorrido el Sahara y ahora planeo un viaje por América, el viaje que tenía previsto hacer aquel septiembre del 2012 y que no hice. Pero mi diario me demuestra que sucedió. Y me asombra, porque ya he olvidado muchos momentos, muchos detalles, anécdotas, reflexiones, conversaciones, enfados y alegrías. Y me divierte, porque mi empeño obsesivo de escribir cada jornada un acta notarial de lo sucedido la víspera hace que esté todo ahí, tal y como sucedió.

Ha llegado pues el momento de intentar el libro, ahora que ha pasado el tiempo y puedo reflexionar sobre aquellos intensos días vividos. Y la verdad es que reconozco que dudo si lo voy a conseguir antes de marchar a América y el libro quedará pendiente otro año más, pero es que hay tanto que la tarea es hercúlea; mas no hay prisa, el texto esperará a ser completamente revisado. Y mientras tanto, iré compartiendo extractos que nunca publiqué, extractos como estos que rescato de mi paso por Egipto, quizá uno de los países donde más harto me sentí. Y eso es lo bueno de mi diario, que nunca pretendí ser correcto ante mis ojos ni los de los demás. La verdad cruda, eso es lo que hay. Imagine el lector que está en Asuán, a punto de coger el ferry que ha de llevarle a Sudán.

ALQUIMIA INVERSA

Los caleseros egipcios son como las pulgas. Hay que mantenerse alejado para no acabar con erupciones y sarpullidos. Son el último escalón. La escoria. A la caza del turista. A diferencia de los taxistas, ellos no van rápido sino a trote corto y lento. De ese modo su radar detecta cada extranjero que pasea por los alrededores. Se coloca al lado y comienza su táctica de negociación. Insistir, insistir e insistir. Al final, uno, que necesita llegar a un lugar cualquiera, cede, cierra un precio de diez o veinte libras, y se sube en un carromato viejo e inmundo que en su día debió ser bello, pero el clima africano, el sol, el viento, el polvo y la falta de cuidado lo han arruinado definitivamente y no es raro que al apoyar la espalda el turista descubra que bajo el acolchado de cuero se han reventado los muelles que pugnan por liberarse penetrando en su costillar.

Con la incómoda presión de unos hierros punzantes en los lumbares se inicia la marcha y con ella, el arrepentimiento por haber cedido. Cierto que la lentitud del paseo permite contemplar la ciudad con calma, pero la incesante charla del calesero y la visión del costillar prominente de un maltrecho jamelgo que sufre y resopla para hacer avanzar el carro suponen un amargo precio. Si el turista es de temple ordenará callar al conductor para que cese en parloteo y deje de ofrecer hachís o de pedir más dinero. Mientras tanto, el rocín flaco alternará el trote cochinero con un amago de asmático galopar a golpe de fusta que apenas durará unos segundos, los suficientes para martirizar con los golpes de secas ballestas en el espinazo del cliente.

En un momento dato, el calesero propone visitar la mezquita o la catedral o tal o cual monumento. Si el turista no está al quite, tal vez acepte, lo que supone un grave error porque cualquier servicio que se acepte deberá ser pagado según la tarifa unilateral ofrecida por el calesero, que normalmente doblará o triplicará el precio fijado inicialmente debido a que la mezquita está al final de una cuesta muy dura para el caballo o cualquier otra excusa semejante.

El diálogo ideal debería ser de este tenor.

—Mister, ¿quiere que pasemos por mezquita? Muy bonita mezquita para fotos.

—Haz lo que quieras, Mohamed, pero no te voy a pagar más de las diez libras acordadas.

Por supuesto, Mohamed refunfuña pero no toma el camino de la dichosa mezquita bonita para las fotos.

El calesero ofrecerá entonces hachís o marihuana y otra vez le diremos que no. Y entre tirones, aflojas, baches, trotes y galopillos, llegaremos al lugar acordado, que puede ser el hotel, la estación de tren o el restaurante. Entonces nos bajaremos. Él también descenderá para tener mayor libertad de movimiento y ambos contendientes se prepararán para su último baile, la danza de la prestidigitación y el alquimismo inverso de como convertir el oro en mierda y en oro otra vez. El turista echará mano al bolsillo y sacará un puñado de billetes de diez, veinte o cincuenta libras egipcias. Es posible que tenga alguno de cinco o de cien. En cualquier caso, son billetes mohosos, sobados, jodidamente parecidos entre sí y de valor incierto. Nunca se sabe. Todo es un lío con esta moneda. Escogerá uno y pagará creyendo que es de valor aproximado al precio acordado. Realizado el pago, guardará el montón de papel en el bolsillo, se dirigirá a su acompañante para decirle algo y ya dispuesto a alejarse caminando se encuentra con el calesero enfrente con cara de estupor preguntándole dónde está el resto.

—¿Qué dinero?—pregunta incrédulo el occidental—. Ya te he pagado.

—No mister—niega vehementemente el calesero mostrando un billete de color similar al de diez libras—, me ha dado usted cincuenta piastras.

El mister mira el billete. Es verdad. Son cincuenta miserables piastras. Media libra, unos 10 céntimos. O sea, nada. Me he debido equivocar con todos estos billetes tan parecidos entre sí, piensa. Joder, en este país no hay manera de entenderse.

—Ok, ok—se disculpa —, no me he dado cuenta. Toma—añade tendiendo al calesero un billete de diez libras que éste atrapa ipso facto—, ah, y quédate con las cincuenta piastras.

No contento, el calesero aun intentará obtener algún regalo o propina. El turista se mostrará inflexible. Al fin y al cabo es un hombre de mundo y no se deja tomar el pelo. Se aleja camino de su hotel, del restaurante o de la estación de autobuses satisfecho de su determinación. Él sí se hace respetar. Aún no sabe que le han picado las pulgas hasta sacarle veinte libras que el calesero guarda ahora mismo en el bolsillo de su chilaba sucia junto a las cincuenta piastras que recupera una y otra vez. Mientras el pagano se pierde en el fulgor del sol o en la oscuridad de la noche egipcia, el calesero sube en su astrosa carroza de cuero viejo y muelles rotos. Con una sonrisa en la cara enjuta, hace restallar el látigo. Es hora de buscar otro primo de piel blanca y repetir el truco de la conversión de la mierda en oro y el oro en mierda. Si el día le es propicio en tontainas coronel tapioca tal vez incluso le dé comer algo de paja a su esquelético caballo.

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NO WEMAN NO KLY

Son las nueve de la mañana. Un joven con chilaba viene a recogerme en un Peugeot familiar. El coche es viejo, decrépito y en la luna trasera luce una asombrosa pegatina de Bob Marley con el título de una famosa canción escrito en un inglés tan macarrónico que parece una broma: “No weman no kly”. Es impensable que alguien haya redactado esa sencilla frase en serio. Pero así es. Mr. Ahmed no bromea. Para él está claro. Según asegura.

—No weman no life and no hash no fly”.

Tiene toda la razón pero empiezo a sospechar que esta tropa de desarrapados está todo el día fumada para soportar la dura existencia que llevan aquí. Viéndolo así, todo se entiende mejor. Su lentitud, su pereza y el que no entiendan ni las más sencillas instrucciones.

Mr. Ahmed es un empleado de Kemal, el fixer que se encargará de echarme una mano con el asunto aduanero para enviar la moto a Sudán. Lo primero es acompañarnos a la oficina de los billetes del barco. Está cerca. Encerrada en una especie de soportales laberínticos llenos de polvo añejo y basura olvidada. La oficina tiene la fachada azul y el interior desvencijado, pero debe ser uno de los negocios más prósperos de Asuán. Cuando llegamos nos encontramos con una concurrida presencia de viajeros. Reconozco a dos japoneses que vi en el consulado sudanés de El Cairo. Repito la broma que les hice entonces.

—No sudan visa por japanese people.

Se ríen. Buenos chicos un poco perdidos en el polvo. A su lado hay una joven belga. Viaja con su novio en un 4×4. Aparece un grupo de alemanes. Conducen un enorme camión todo terreno. Les acompaña un rubio delgado, de dientes débiles y procedencia indefinida. Su vehículo es una camioneta de terrible aspecto, parece un trasto que lleve en Egipto más tiempo del recomendable. Entramos todos en la oficina de Mr. Salah. El jefe del cotarro. Un tío importante. Es negro arabizado, o sea, bastante más oscuro que el café con leche habitual pero sin ser de betún. Habla un inglés decente, ofrece una imagen de honradez moderada y sabe hacer su trabajo. Pero muchos de sus clientes viven en otro mundo. Me doy cuenta cuando nos informa de que el barco que lleva los vehículos, lo que llaman “barge”, va lleno. La moto cabe, el gran camión del alemán y su familia también cabe. Pero el resto de 4×4 no entran, no hay sitio hasta la próxima semana.

Lo suelta así, tranquilamente, sin darle importancia. Hay que esperar una semana entera para viajar a Sudán. Por supuesto los afectados intentan todos los argumentos, que si las visas expiran, que si mira que pena, que si pueden pagar más.

—No es posible—rechaza Mr. Salah sin inmutarse—. El barco va lleno.

Lo dice sin darle importancia, como si fuera solo un pequeño contratiempo en una existencia larga donde todo es relativo. Para él seguro que es así. Qué más da una semana que otra. Qué importancia tiene esperar siete días en un agujero tan caliente y agradable como Asuán. Qué demonios se puede hacer en Sudán que no se pueda hacer aquí. Mr Salah se encoge de hombros para desesperación de la impaciencia europea. Una semana es una eternidad para un occidental que viaja por África, para un africano en cambio no es más que un corto bostezo en una vida que pasa lenta, sometida a las pequeñas sorpresas que deparen los días, todos parecidos pero todos diferentes. Una semana en África no es una unidad de medida temporal. Es solo la sucesión de momentos comprendidos entre dos sábados. Mr Salah se encoge de hombros y se come otro dátil. No, no hay hueco en el barco hasta la semana que viene y asunto arreglado.

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2 pensamientos en “Historia de una vuelta al mundo en moto. Extracto egipcio.

  1. “”Una semana en África no es una unidad de medida temporal. Es solo la sucesión de momentos comprendidos entre dos sábados.””

    Muy buena reflexión del factor tiempo…

    … “tú tienes el reloj, yo tengo el tiempo”

    Me gusta

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