Operación Sahara. Tarfaya. Nacimiento de un príncipe inmortal


rodando camion

Dejamos atrás Sidi Ifni y nos dirigimos hacia el sur por la N12 recorriendo unos sinuosos cerros de color ocre y verde. La ruta es revirada y divertida y el asfalto estrecho pero en buen estado. Es la carretera ideal para la vieja R50/2 de 1965. Me sorprende su agilidad y potencia. Esta moto era una maravilla técnica en su tiempo y aún hoy demuestra su raza en este terreno. En una autovía quedaría completamente obsoleta, pero en el recorrido ratonero que me toca realizar hoy resulta una máquina divertida y llena de encanto. Me entusiasma el sonido rotundo de su motor y un punto de sorpresa siento cuando responde con brío a cada golpe de acelerador.

Me cruzo con borricos, viejos coches de gasolina y ciclomotores desvencijados. Marruecos es un país pobre, pero avanza hacia la modernidad. Crece a un 8% anual y eso se advierte en las ciudades, aunque los pequeños pueblos que atravieso parecen dormir el sueño de hace un siglo.

curva
Aparece Guelmin. Es una población mediana con mucha vida y tráfico. Paro a comer un tajin, el plato nacional que sirven en una fuente de barro con forma de cono y que consiste en un guiso de cebolla, patata, pasas y un poco de carne de cordero, más correosa que abundante. Pero como sí es abundante en grasa y especias y tengo hambre, el plato me sabe a gloria.
rodando ciudad 3

La moto no va tan fina en las aglomeraciones urbanas. Sus frenos son bastante flojos, especialmente el delantero y hay que anticiparse a los obstáculos para no empotrarse contra ellos. Eso es algo muy difícil de conseguir en Marruecos a no ser que uno sea vidente, mago o tenga una bola de cristal. Aquí la conducción es caótica y agresiva. Perros, carros, coches, motos, niños, hombres, mujeres… todos a la vez y sin mirar se interponen en tu camino. Apretar la maneta de freno de una R50 sirve tanto como intentar detener la lluvia cantando. O sea, aquí solo te puede salvar la Providencia.

salinas fondo

Tras varios sustos, consigo salir a la N1 rumbo Tan Tan. La ruta se aplana y el llano se me ofrece infinito. El horizonte es una línea marrón que choca contra el intenso azul del cielo. Un cielo metálico con ribetes de algodón muy blanco. Son las nubes, que no detienen un sol que se va poniendo poco a poco clavándose en mis ojos al llevar rumbo suroeste. Estamos en el desierto. Esto ya es el Sahara aunque la frontera administrativa esté mucho más al sur. El camino se hace largo, arenoso, interminable, agotador y algo aburrido.
perfil mar fondo
Hasta que aparece el mar. Entonces la retina se llena de alegría. Un océano Atlántico embravecido se agita a mi derecha. El cansancio se evapora al sentir la amable y fresca presencia de este profundo azul. Pero las horas van pasando y la noche está al caer. Al llegar a la pequeña población de Akfhanir decido quedarme a dormir. Aquí hay un hotel recomendado, la Courbine de Argent, lo regenta un francés y es popular entre los viajeros de 4×4, sin embargo a mí me parece caro y no tiene wifi, un ingrediente que ya es imprescindible en cualquier hotel porque lo primero que quiere hacer el viajero es conectarse, consultar su correo, comunicarse con su familia y amigos y compartir con ellos las fotos e impresiones. De modo que elijo un hotel a la entrada del pueblo, el Sahara Beach, nuevo, cómodo, barato y moderno.

pulgar
Al día siguiente salgo a correr por las inmensas playas blancas que hay al sur de la población. La marea está baja, la arena húmeda relumbra bajo el sol naciente como plata vieja y la brisa fresca y el ejercicio físico me sacuden el aturdimiento matutino. Sin embargo, una sombra afea el paraíso. La basura. El plástico. El maldito plástico. Toneladas de desechos se acumulan a lo largo de la línea costera. Hace unos cinco años que pasé por aquí en mi viaje a Dakar y ha sido un lustro desastroso. El horizonte se ha llenado de mugre. A este ritmo el futuro se presenta muy negro.

Algo entristecido salgo hacia el sur. A unas pocas decenas de kilómetros la ruta se aparta del litoral para proteger el parque nacional de Khnifiss, donde se encuentran las lagunas de Naila, uno de esos parajes primigenios llenos de vida vegetal y animal.

Y entonces aparece Tarfaya. Hay que desviarse de la carretera principal y llegar a un pequeño pueblo de pescadores. Se encuentra en Cabo Juby y la población se llamó en tiempos Villa Bens y fue una de esas posesiones españolas en el Sahara. El origen de nuestra presencia aquí se remonta a 1916 cuando el capitán Francisco Bens tomó posesión de Cabo Juby y fundó una población cuya soberanía se mantuvo hasta 1958. España usó Villa Bens como escala aeronáutica. Aquí repostaban los aviones en su ruta Europa América. Por eso, con beneplácito de las autoridades españolas, aquí se instaló la compañía francesa Aeropostale, que tenía su sede en Toulousse.

aeroposte
Pregunto a los lugareños si saben donde está el monumento a Saint de Exupery. Nadie sabe darme razón hasta que les enseño la foto que he bajado de internet. Se trata de un avioncito biplano. Ahora sí, todos saben donde está. En la playa. Hasta allí me voy con la R50 que cabecea en la arena. Me hace ilusión rendir homenaje aquí a uno de los escritores que más me han influenciado con un solo libro, el magistral El Principito, que pasando por cuento infantil es en realidad un tratado de filosofía completo que hace reflexionar sobre muchas cosas importantes de la vida.

monumento exupery

La razón de que Antoine de Saint Exupery tenga aquí un museo y un monumento obedece a que en 1927 fue nombrado jefe de escala en Tarfaya por la compañía Aeropostal. Gracias a ello, se mantiene su recuerdo en el Sahara. Sentado a los pies del monumento mientras contemplo las ruinas de la fortaleza fundada en 1879 por la británica Compañía del África Noroccidental, imagino la soledad del piloto francés, rodeado de sol y arena. Precisamente así era el escenario donde al narrador del relato se le presentó un extraño niño venido de otro planeta. Como escritor sé que aislamientos como éste son los que hacen que los hombres inquietos alumbren los grandes sueños de evasión. En Tarfaya Antoine de Saint Exupery escribió su primera novela: Correo del Sur.

De pronto siento una rara satisfacción al darme cuenta de que el inmortal Principito comenzó a existir en lo que una vez fue suelo español.

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